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Raimundo Saporta, el arquitecto de sueños

Si hay un nombre que esté ligado al baloncesto nacional e internacional ese es, sin lugar a dudas, el de Raimundo Saporta. Aunque no destacara como jugador, su capacidad para la gestión le convirtió en una pieza imprescindible en el engranaje de la Federación, primero, y del Real Madrid, después. En el club blanco se convirtió en casi un padre para los jugadores y su palabra valía mucho más que un papel firmado. Dentro de la serie de Históricos de la Liga Nacional, Gonzalo Vázquez nos acerca la figura de Don Raimundo

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Escribía recientemente Pérez Reverte que, haciendo honor a la verdad, no vale epitafio mayor en un hombre que haber sido “honrado y caballero”. Así tampoco hay palabras que mejor se ajusten a la vida de la inmensa figura que presentamos hoy. Si excluyendo a jugadores y técnicos, los auténticos protagonistas del Baloncesto, nos preguntásemos por las personalidades más influyentes de este deporte en España durante el pasado siglo, habríamos de situar dos tronos: uno, para el padre Millán, que fue quien lo trajo, y dos, para Raimundo Saporta, que fue quien lo hizo. Sólo con ellos dos no cabe discusión. “Por sus obras les conoceréis”, podría subtitular cualquier biografía sobre la vasta figura de don Raimundo, tan vasta y magna como toda su obra. Razón que complica una síntesis que, en verdad, le haga justicia.

Como justo es arrancar pronto con su vida. Y es que con 14 años, y por una Guerra, no es precisamente sencillo tener que emigrar su familia, formada por padre, madre y hermano mayor, del lugar de nacimiento (París, 16 de diciembre de 1926). Pero menos lo es asimilar la muerte de un padre, atropellado por un tranvía, poco después de llegar a Madrid. El profundo amor de su madre, otro de una jovencita vecina (Arlette, su futura esposa), el tiempo y terminar el Bachiller en el severo Liceo Francés, templaron al paso la desgracia. Allá en el Liceo se practicaba el Baloncesto, y esa primera inercia inclinó a Raimundo a este deporte para siempre. Aunque lo intentó, no tenía grandes condiciones pero sí un don natural para la organización. Con 16 años fue nombrado delegado y administrador del equipo, y así comenzó a frecuentar religiosamente la Federación para organizar los torneos y asignar los horarios y el material necesario. Todo ello de una forma tan pulcra y precisa que con 19 años el presidente de la Federación, el coronel Querejeta, ya quería nombrarle directivo aun sabiendo que hasta los 21 los estatutos no lo permitían. Pues a esa misma edad fue nombrado tesorero y casi de inmediato se convirtió en alguien tan imprescindible que un año después, con 22, ya ostentaba el cargo de vicepresidente. Era muy serio trabajando, dominaba varios idiomas y los números como nadie.

En 1952 el Real Madrid cumplía su 50º aniversario y su presidente Bernabéu decidió organizar un torneo de Baloncesto, del que don Santiago sabía apenas nada. Solicitó por ello una persona a la Federación. Querejeta envió a Raimundo y el presidente blanco se sorprendió de recibir a alguien tan joven. Sin tiempo a mayores excusas, preguntó muy serio:

-Oye, ¿cuánto dinero nos puede costar esto?
-Nada. Se puede ganar dinero.

Días después el frontón Fiesta Alegre no daba abasto para ver el cuadrangular entre el Racing de París, la selección de Puerto Rico, un combinado americano (soldados destinados en la base inglesa de Lakenheath) y el anfitrión, el Real Madrid. Tan sorprendido quedó Bernabéu de las dotes del chico que al día siguiente le pidió integrarse en el club.

-Pero señor Bernabéu, si yo no entiendo de fútbol.
-Por eso mismo me interesas, chaval. De fútbol ya entienden demasiados.


Así fue como en mayo del 53 entró a formar parte de la entidad como contador, un año después como tesorero y en 1962, de la mano de un encantado Bernabéu, ya era vicepresidente del Real Madrid. No hubo un solo tramo en la vida de Saporta que no estuviera marcado por los más brillantes golpes de mano en la gestión deportiva nacional y, como se verá después, internacional. Quizá el primero y más sonado, el fichaje de Alfredo Di Stefano. En el encuentro entre ambos, es célebre la sorpresa del argentino por la juventud del emisario blanco. “¿Vos sos directivo del Real Madrid?”. A petición azulgrana, Saporta había acordado traspasárselo luego de jugar un año en el Madrid. Transcurrida esa campaña, los culés desestimaron a un jugador que, tal y como dijeron, había vestido la camiseta blanca.

Arrancó así la etapa más gloriosa en la historia del club. No fue aquella la última cortesía con el eterno rival, el Barça. Precisamente su estrella, Kubala, tenía retenida a su familia en Hungría y gracias a la gestión de Saporta pudo el azulgrana disfrutar de ella para siempre en España. “En mi vida he sido ni forofo ni antinada”, solía decir quien años más tarde mantendría una verdadera relación de amistad con José Luis Núñez. “¿Por qué tengo yo que insultar u odiar a nadie? Las personas están por delante de las entidades”.

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Además de una inmensa caballerosidad, toda la época de Saporta en el Madrid está marcada, por una filosofía paternalista hoy día impensable. Se convirtió en un segundo padre para todos los jugadores, con quienes se reunía personalmente para comprobar su situación y solventar el menor problema. Nadie contraía matrimonio sin su autorización para que las fechas de boda no interfiriesen en el bien de la entidad. Mensualmente comía con los solteros y llevaba a los juveniles a comer carne -todo un lujo entonces- a ver si engordaban. Abrió una cartilla de ahorros a cada jugador y no había un solo gasto que no supervisara previamente. Cuando Grosso, de 22 años, quiso comprarse un 600 tras la sexta Copa de Europa, encontró bloqueada su cuenta. “Hable con el señor Saporta”, le dijeron en el banco. Al acudir a su encuentro, Raimundo tan sólo dijo: “Chaval, déjate de tonterías”. Poco después Grosso y su familia disfrutarían de una casa en cuya compra intervino, ahora sí, “el tío Rai”, que era como cariñosamente le llamaban.

Las firmas y renovaciones de los contratos no duraban más que la indicación con el dedo de dónde tenían los jugadores que firmar a ciegas porque primaba la confianza en el club. Era la época en que don Raimundo recibía de los padres de los jugadores la consigna de “hacerles hombres dentro de la casa”. Y esto era lo primero y más importante para quien revisaba hasta el menor movimiento interno de la entidad, incluidos los estudios. Obligatorio cursarlos y cursarlos bien. Incumplir este requisito equivalía a cerrarse la puerta al club. La presencia de un intermediario, un abogado o agente en las relaciones y fichajes era entonces algo impensable. Bastaba estrechar la mano de don Raimundo y mirarle a los ojos para llegar a un acuerdo.

Durante la celebración de una Copa de España en Alicante, un joven nativo de la ciudad, un tal Ferrándiz, se le ofreció como entrenador. “Si va por Madrid, venga a verme”, fue la respuesta de Saporta, que conocía a las personas de un vistazo. Y así fue que poco después el alicantino llegó a la capital, recibió del club el encargo de organizar un torneo infantil y su éxito le abrió la puerta como colaborador, muy poca cosa de inicio. El de provincias, solo en la capital, pagando la pensión con cuatro perras gordas y prestadas, recuerda: “Muchas noches, cuando salíamos del frontón, con un frío de mil demonios, Saporta me llevaba a casa en coche, porque sabía que la mitad de las veces no tenía dinero ni para el metro”. Si por alguien batalló don Raimundo en esa casa, fue por Ferrándiz, al que ascendió al primer equipo en cuanto fue posible. El resto se resume en la época más gloriosa de la sección en la historia del club blanco.

Desde su cargo en la Federación puso en marcha la Liga en 1956 con 6 equipos (Madrid, Barça, Orillo, Aismalíbar, Estu y Joventut). Con el único fin de ahorrar dinero, Saporta desestimó la ampliación geográfica a Aragón o Vizcaya por suicida. Primero había que comprobar los gastos y así tomó religioso cargo de ellos, a saber: viajes, árbitros, hoteles y alquiler de pabellones. A cambio apiló taquillajes y publicidad. Terminado el curso ingresó casi 290.000 pesetas, de las que más de la mitad fueron beneficios a repartir entre todos. El éxito fue rotundo.

En el fondo Saporta tenía en mente una competición nacional que sirviera de clasificación para otra mayor, la Copa de Europa, cosa que había que fundar como ya hiciera con la de Fútbol. Un periódico inglés había publicado que el campeón británico, el Wolverhampton, era el campeón del mundo. Esto incomodó al directivo al punto de ponerse manos a la obra con el fin de poder dirimir ese título en los terrenos de juego. Saporta estrechó el cerco de su gestión sobre el influyente diario francés L’Equipe para redactar un documento que sería entregado a la UEFA. Poco después nacería el Torneo y aún Saporta arrebataría al Reims a su jugador estrella, Raymond Kopa, para llevarse a sus vitrinas las cinco primeras ediciones con un equipo de ensueño.

Igual modelo fue trasladado al Baloncesto. Presidiendo la comisión responsable de la FIBA (Jones, Stankovic, Busnel, Semasko y Kriz), Saporta presentó una fórmula de 22 equipos enfrentados en eliminatorias de proximidad geográfica para abaratar costes. Así nacía la Copa de Europa. Conviene recordar que corrían años de ruptura diplomática con los países del Este, donde jugaban los mejores equipos de Europa. Así fue que en la 1ª edición (1958) la semifinal que debían disputar Real Madrid y ASK Riga tuvo que suspenderse por la oposición del Régimen a todo encuentro con los soviéticos. Cuando tres años después la situación volvió a ser idéntica, Saporta dijo basta. Su excelente relación con los ministros Castiella y Solís motivó que el Madrid pudiera medirse a los letones en campo neutral. Pero la derrota convenció a Saporta de que así no se podía luchar por un título, que era preciso normalizar todo aquello. Cuando solicitó una nueva autorización al Ministerio, el Madrid se convirtió en el primer equipo occidental en viajar a Moscú. Aunque para ello hubiese de superar ese último escollo procedente del Pardo: “Antes de decidir si se puede viajar o no -advertía el ministro bajando el teléfono- quiero saber si existen posibilidades de ganar, porque si no las hay...”.

Cuando en el 65 los soviéticos del TSKA llegaron a Madrid el sábado jugándose la final el martes, Saporta se encargó de que lo pasaran en grande el domingo: novillada en Las Ventas y corriendo al Bernabéu a ver al Athletic. Así revalidaron los blancos su corona europea. Cada vez que Saporta escuchaba en el último tramo de su vida que el Madrid era el equipo del Régimen, respondía con serenidad: “No lo era. La prueba es que el Madrid entró en Europa 20 años antes que España”.

Aquel año 65 don Raimundo sacó otro as de su manga. Había conseguido publicidad de Phillips, pero la marca exigía Televisión. Reparando que en Navidad no había eventos deportivos, ideó un torneo para esas fechas. La conservadora Junta directiva, donde siempre tuvo que lidiar los profundos rechazos a la sección, se opuso frontalmente, pero Saporta convenció a la FIBA para que el torneo lo organizase ésta y no el Madrid. El directivo satisfizo así a todos, incluida TVE, que rellenó con inesperado éxito buena parte de su programación. El Torneo de Navidad escribe algunas de las más jugosas páginas en la historia de la sección. Saporta traería a Madrid, en fechas complicadas, un desfile de equipos que abarcaba selecciones, universidades americanas y clubes europeos de renombre. Y con el deseo de hacer sentir a todos en familia, cada día 25 organizaba una copiosa cena conjunta en el Hotel Victoria que coronoba un fraternal brindis.

Como presidente de las Competiciones Internacionales trató siempre de complacer a todos cuando tenían lugar los emparejamientos de primera ronda. Los equipos españoles se reunían con él y llegaban incluso a elegir rival o grupo. Saporta concedía todo lo posible por ellos. Durante una comida con la plantilla previa a la Copa de Europa se dirigió a Emiliano y le dijo: “Emiliano, dime, ¿qué equipos quieres y en qué orden?”. El jugador tomó una servilleta y allí escribió su lista. Tal cual fue el deseo, el directivo cumplió su promesa.

Ni el infarto sufrido en 1987 le privó de su reunión en la FIBA. En casi cuatro décadas no se perdió ni una. En los años que éstas se celebraban en Munich, Saporta encargaba una paella en el castizo Restaurante Riscal y allá que la metían en una caja de cartón. Trasbordo en Frankfurt, pasillos y pasillos con ella al brazo, nuevo vuelo, y llegados por fin a Munich la paella había perdido hasta el color. Saporta se las ideaba para recalentarla dignamente y regar la comida con unas botellitas de fino que también acarreaba. Con el estómago lleno y conquistada la mesa, procedía entonces la reunión. “Cuéntenos, señor Saporta, cuéntenos...”.

Aun con el inmenso poder que atesoraba, mucho mayor que cualquier otro miembro de la Junta que envidiaba su cercanía a Bernabéu, Saporta hacía mutis cuando el Baloncesto recibía una y otra vez ataques durísimos en las reuniones del club. Era para él una convicción casi religiosa mantener el orden de la entidad, lo que casi suponía ocultar el Baloncesto, donde no cabía el menor problema. Sólo títulos y superávit. “La directiva me perdonaba mi capricho del Baloncesto a cambio de trabajar día y noche para el club. Decían, que este loco siga con su Baloncesto mientras nos lleve la casa”. Con el único fin de procurar una actitud humilde y sumisa de los “canasteros” y la paz del club, solía terminar cada temporada diciendo: “Chicos, no sé si el año que viene podremos seguir con la sección”.

Las gestiones de Saporta no cabrían en una enciclopedia. Durante décadas su despacho en el Banco Exterior se abría, con británica puntualidad, media hora después de las 8. Por las tardes simultaneaba sus obligaciones en el Real Madrid, la Federación y la FIBA, cargos por los que no recibía una peseta, y rara era la jornada que regresaba al hogar antes de las 2 de la mañana. Cuando en 1980 España acude a Moscú bajo bandera olímpica, prevalecía una norma que impedía a los deportistas abandonar el servicio militar. Epi era el caso. Saporta acudió directamente a hablar con el Rey don Juan Carlos para solicitar una excepción. El equipo partió sin él, pero horas después Epi y Saporta volaban hacia Moscú para consumar a la postre un brillante cuarto puesto olímpico.

Que fuese artífice clave en la organización del Eurobasket ’73 en España no bastaba. Seis años después recibió el encargo de hacer lo propio con el Mundial de Fútbol. Sólo puso dos condiciones: que el nombramiento fuese por Real Decreto (para que no interfiriese un cambio de Gobierno) y no recibir una peseta por ello. Con él como cabeza pensante todo salió bien. Todo excepto la selección española, que pareció olvidarse de qué iba el asunto. Saporta aún tuvo tiempo de poner la guinda en el 50ª aniversario de la sección trayendo a España un combinado NBA y, a la par, ir promoviendo la futura ACB.

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Durante décadas y como una firme promesa, don Raimundo silenció un expreso deseo de Bernabéu. “Don Santiago me dijo en una ocasión que a su muerte no aceptara la presidencia. Y eso fue lo que hice. Primero por falta de ambición personal, y segundo, porque me dijo que sufriría mucho en ese puesto”. Poco después de fallecer el histórico presidente en junio del 78, cuando todos pensaban en Saporta como sucesor, el directivo encerró al comité en la Sala de Juntas. Él se marchó y no regresó hasta que hubo fumata blanca. En septiembre, luego del tiempo preciso para hablar con todos y cada uno de los empleados del club, al que dejó en la mejor disposición posible, cogió sus cosas y se fue, no sin antes procurar incluso patrocinio al Tempus. Curiosamente el elegido, Luis de Carlos, le había presentado años atrás a un amigo que decía estar interesado en ser directivo. Se llamaba Ramón Mendoza. Tras media hora de reunión con él, don Raimundo se dirigió a Agustín Domínguez para decirle: “Toma, la tarjeta del futuro presidente del Real Madrid. No la pierdas”. Viene a cuento la anécdota porque tan sólo las súplicas de Mendoza consiguieron que siete años después regresara para hacerse cargo Saporta de su sección, pero ya entonces, más simbólicamente y como siempre había deseado, muy lejos de las luces que otros anhelaban. Su adiós definitivo se produjo en 1991, pese a que los problemas de salud venían ya de atrás. De ese modo se cerraba la etapa más gloriosa y prolongada en la historia del club blanco.

Aún en 1995 llegó a ser nombrado vicepresidente de la FIBA con una absoluta unanimidad. “Yo no lo pedí ni lo esperaba. Después de 37 años en la FIBA -35 en el Madrid, más de cinco décadas en la Federación- que me propusieran y saliese elegido fue algo muy emocionante. Pero mucho más el que los representantes de los 5 continentes me aplaudieran de corazón. (...) Yo jugaba muy mal. Yo no he sido jugador, ni árbitro, ni entrenador, ni siquiera espectador. En el palco nunca miraba el partido; miraba si había tranquilidad a mi alrededor y si todo estaba bien. Sólo al final miraba el resultado. He sido directivo sólo de dos equipos, el más pobre, el Liceo, donde tenía que comprar los balones a plazos y pintar con cal las líneas de juego, y el más rico”. Antes de ese nombramiento ya trabajó con firmeza en la nueva Euroliga que sería vigente en 2000 y que hoy disfrutamos.

En el 32º Torneo de Navidad celebrado en 1996, al que asistieron sus grandes amigos Stankovic y Samaranch, Saporta recibió un sentido homenaje de todos los presentes. Lo agradeció de todo corazón. Pero al día siguiente apostillaba: “Estos homenajes me huelen mal. Eso es que creen que será el último Torneo que vea”. Así fue. El domingo 2 de febrero de 1997 el inmenso corazón de uno de los mejores directivos deportivos mundiales de todos los tiempos dejaba de latir.

De entre las infinitos elogios que este hombre recibió en vida, acude uno manuscrito sobre el original de una fotografía legendaria de nuestro Baloncesto: aquélla en que Ramos vuela en paralelo al piso a por un balón. “Con mi agradecimiento a Don Raimundo Saporta, de quien recibí orientación deportiva y humana (VICENTE RAMOS)”.

Así pues, si no lo reza su epitafio vale recordarlo aquí: “Fue un hombre honrado y un caballero”. No hay mejor sentencia para la vida de un hombre.

FICHA PERSONAL

Raimundo Saporta Namías
París (Francia), 16 de diciembre de 1926.

Trayectoria directiva

1945-48
Entra en la FEB
Es nombrado directivo de la FEB

1948-60
Vicepresidente de la FEB
Accede al Real Madrid (contador y tesorero)
Miembro creador de las Copas de Europa de Fútbol
Crea la Liga española de Baloncesto
Crea las Copas de Europa de Baloncesto

1960-78
Nombrado Vicepresidente del Real Madrid
Nombrado Responsable de la Sección de Baloncesto del Real Madrid.
Elegido miembro del Consejo Internacional de Deportes de la UNESCO
Elegido miembro del COE
Nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la FIBA
Crea al Torneo de Navidad
Nombrado Presidente de la Asoc. de Baloncestistas Internacionales (AEBI)

1978-97
Nombrado Presidente del Comité Organizador del Mundial ’82 de Fútbol
Nombrado Responsable del Comité Reestructurador de las Comp. Intern. FIBA
Nombrado Responsable del Comité de la Liga Europea en la FIBA
Nombrado Vicepresidente de la FIBA
Nombrado Vicepresidente de Honor del Real Madrid

1997
Fallece

1998
La FIBA renombra la Recopa de Europa por Copa Saporta
Se crea la Fundación Raimundo Saporta y su beca anual a un jugador promesa

Distinciones honoríficas

Gran Cruz del Mérito Civil
Encomienda de Isabel la Católica
Medalla de Oro al Mérito Deportivo
Orden del Mérito Olímpico
Comendador de la Orden de Mayo
Orden del Mérito de la FIBA
Medalla de Oro de la Federación Española de Baloncesto

Fuentes oficiales: Biografía "Raimundo Saporta, retrato de un líder en la sombra", de Rafael W. González, y "Libro del Centenario del Real Madrid"