Artículo

Letonia: El primer campeón

El baloncesto letón ha vivido dormido muchas décadas, eclipsado por los éxitos de la voraz Unión Soviética. Sin embargo, muchos de los nombres que asociamos a la historia del baloncesto, como el ASK Riga (tres veces campeón de Europa) o el gigante Krumins nacieron, crecieron y jugaron en lo que sería la actual Letonia. Yendo más allá, en 1935 Letonia se impuso en el primer Europeo de la historia, en la final a España. Pablo Maroto nos presenta la historia del equipo báltico y el curioso 'affair Lubinas'

Valdis Valters fue una leyenda letona... y ahora su hijo Sandis es internacional (Foto FIBA Europe/Ciamillo-Castoria)
© FIBA Europe / Ciamillo-Castoria
  

Para la mayor parte de los aficionados existe una asociación casi unívoca entre el concepto “baloncesto báltico” y Lituania. Aunque en los últimos tiempos los indudables logros lituanos han hecho que sean éstos los abanderados del deporte de la canasta en esta región del norte de Europa, sería injusto obviar a su vecina del norte, Letonia, país de añeja tradición que tiene en el baloncesto una de sus principales señas de identidad a nivel deportivo.

Y es que la historia del baloncesto letón, en muchos puntos forjada a raíz de una fuerte e intensa rivalidad con Lituania, es tan rica como sorprendente. No en vano, este país báltico tiene el honor de haberse coronado como campeón del primer Eurobasket de la historia. Allá por mayo del año 1935, Letonia vencía a España por un exiguo 24-18 en la final de un torneo celebrado en la ciudad helvética de Ginebra, en lo que fue la génesis de los Campeonatos de Europa de baloncesto. Como vencedor en curso, el país se aseguró la organización del siguiente torneo, que se disputaría 2 años después en Riga, competición que se adjudicarían precisamente los lituanos.

Tendrían que pasar otros dos años para que los letones volvieran a pisar un podio de Eurobasket, aunque esta vez en el peldaño intermedio. En el campeonato de 1939, celebrado en la ciudad lituana de Kaunas, y uno de los múltiples momentos en los que se han cruzado las dos potencias bálticas, Lituania se adjudicaría el torneo en liza tras una victoria por un ajustado 37-36 frente a Letonia.

Este partido entraña una curiosa y polémica historia; los locales alinearon al pívot Pranas Lubinas, jugador nacido en Estados Unidos cuyo verdadero nombre era Frank Lubin. Aún faltaban muchos años para que la FIBA admitiera la figura del “nacionalizado” en competiciones internacionales, por lo que la inclusión de Lubinas en el torneo era fraude deportivo (aunque una práctica bastante extendida en muchas selecciones que intentaban mejorar sus prestaciones con la presencia de algún “refuerzo extra”). A pesar de que finalmente, tras una posterior investigación, se acabó descubriendo la procedencia del jugador, oriundo de Los Angeles, el inminente estallido de la Segunda Guerra Mundial paralizó cualquier tipo de rectificación. Para el anecdotario y la historia queda la peculiar reclamación posterior al encuentro, efectuada por el mismísimo Gobierno letón, que curiosamente no se basaba en el origen norteamericano de Lubinas, sino en que las dimensiones del citado pívot (sus 2,01 metros de altura y 107 kilos de peso excedían, con mucho, los estándares del baloncestista de la época) violaban el “espíritu de deportividad” que debía regir la competición. La selección de Letonia regresaba a casa con el convencimiento de ser campeones de Europa en baloncesto de “talla normal”. Sin duda, corrían otros tiempos.


El final de la Segunda Guerra Mundial conllevaría la inclusión del país en la órbita de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los efectos que este nuevo “status” tendrían en el baloncesto del país serían, cuanto menos, contradictorios. Por una parte, la pertenencia a la URSS cortaba cualquier posibilidad de que Letonia apareciera como tal en una competición a nivel internacional. Pero por otra parte, la importancia que las jerarquías soviéticas daban al deporte como medio propagandístico (el baloncesto fue una importante punta de lanza en este entramado) influyó de manera positiva.

El canalizador de este flujo baloncestístico fue el “Armijas Sporta Klubs”, más conocido como ASK Riga, y que está catalogado como el primer gran club del baloncesto europeo. Vinculado como otros muchos equipos de la época al ejército soviético, este conjunto dominó con mano de hierro e insultante superioridad (de la mano de Jānis Krūmiņš, su jugador más emblemático) los primeros años de la Copa de Europa de clubes, venciendo las tres primeras ediciones (1958, 1959 y 1960) y finalizando subcampeón en la cuarta. Se da la curiosidad de que el conjunto letón se cruzaría con el Real Madrid en las semifinales de dicha competición en 1958, aunque el enfrentamiento no pudo disputarse al no conceder Franco el permiso para que el conjunto blanco se desplazara a territorio soviético, ni permitir la entrada de los bálticos en España. El temor a una probable derrota del conjunto merengue, cuyas consecuencias rallarían más en lo ideológico que en lo meramente deportivo, bien pudo ser el causante de esta decisión.

Tras los años dorados del ASK, el epicentro del baloncesto soviético se desplazaría hacia el este, tanto a la capital de la República de Georgia, Tiflis (el Dinamo protagonizó varias buenas campañas) como sobre todo a Moscú, donde el CSKA se haría con cuatro entorchados continentales en apenas una década (1961-1971) y se convertiría en la referencia más visible del admirado y a la vez temido baloncesto de la Unión Soviética.

En los años 80 la figura de Valdis Valters brilló con luz propia en representación del basket letón. Este eléctrico base, dotado de un prodigioso tiro exterior, llevaría el timón de una de las mejores camadas de baloncestistas de la historia, compartiendo equipo y éxitos con los Tarakanov, Homicius, Tachenko, Marciulonis, Lopatov o Volkov, bajo la sabia dirección del “zorro”, el general Alexandar Gomelski. Los actuales internacionales letones Sandis y Kristaps Valters, hijos del mítico jugador, pasean hoy en día este prestigioso apellido por las canchas europeas.

A principios de los 90 el torbellino geopolítico existente, en plena descomposición del “Telón de Acero”, no dejaría de pasar factura a niveles deportivos. En 1991, Letonia proclamaría su independencia, al igual que muchas otras Repúblicas ex soviéticas, entre ellas sus vecinos lituanos. Aunque el camino a la formación de unas federaciones deportivas y un Comité Olímpico no sería precisamente un camino de rosas, dada la particular composición étnica de la población de Letonia, que cuenta con un 39 por ciento de habitantes con origen ruso y bielorruso (porcentaje bastante superior al de sus vecinos bálticos), hecho que ralentizó bastante el proceso.

Por ello, en los Juegos Olímpicos de Barcelona’92, mientras la flamante Lituania de Sabonis, Kurtinaitis y Homicius regresaba a casa en pleno fervor popular con la medalla de bronce, jugadores letones como Raimonds Miglinieks o Gundars Vetra (primer jugador del país en llegar la NBA) se vieron “obligados” a alinearse, junto con rusos (Tikhonenko, Bazarevich, Belostenni...) y ucranianos (Volkov) en aquel inclasificable y atípico híbrido llamado “Equipo Unificado”, que pretendía ser el heredero deportivo de la URSS.

El Eurobasket 1993 de Alemania supondría el retorno letón a una competición internacional, tras 54 años de ausencia. Letonia, que acabaría en décima posición, se convertiría en un habitual de los Campeonatos de Europa, ya que desde esta fecha sólo se ha ausentado en dos ocasiones (Atenas ‘95 y Francia’99). Sin hacer demasiado ruido, se han ido sucediendo en estos últimos años buenas generaciones de jugadores letones, encabezados por el controvertido Kaspars Kambala, ex del Real Madrid, y el NBA Andris Biedrins (dos de los deportistas más reconocidos e idolatrados en el país), pero sin olvidar a otros como el talentoso base Roberts Stelmahers, el excelente tirador Ainars Bagatskis, el rocoso Uvis Helmanis, el especialista defensivo Aigars Vitols (ex del Alta Gestión Fuenlabrada) o los citados Vetra y Miglinieks.

Si hay que rescatar un momento de todas estas presencias en Campeonatos de Europa, tenemos que remontarnos al 3 de septiembre de 2001, una fecha para el recuerdo en la afición letona. En partido de repesca para acceder a los cuartos de final del Eurobasket de Turquía, disputado en el Aski Sports Hall de Ankara, Letonia protagoniza una auténtica campanada al vapulear por 94-76 a una Lituania que un año antes había causado sensación consiguiendo el bronce en los Juegos de Sydney y poniendo contra las cuerdas a Estados Unidos. La conjunción entre la muñeca de Bagatskis, la dirección de Miglinieks y la potencia interior de Kambala dejaron sin argumentos a sus oponentes, tomándose cumplida revancha y cerrando de alguna forma el círculo abierto 62 años atrás con el peculiar “affair Lubinas”.