Sus padres le transmitieron la pasión por el deporte, la familia le enseñó los valores del amor y la generosidad… pero hay algo que es propio y exclusivo a él: un irresistible instinto anotador. Conoce la historia de Erick Green y como un golpe del destino la cambió
   

Cogió el pequeño balón, lo mesó entre sus dedos y lo lanzó. Era la primera vez que sentía la sensación de aquel objeto y por su cuerpo recorrió una extraña sensación que los años fueron descifrando. Ahí, en el patio de su casa y con aquel balón sintió la necesidad de actuar, de responder con unas pautas de conducta que se escapaban del mandato cerebral. Éste era mero espectador del control que el instinto tomaba del cuerpo frente al estímulo que ofrecía tener el balón en sus manos. Corrió, botó con dos manos y lanzó…. No hubo acierto pues entonces no había canasta donde apuntar, aunque el recuerdo de aquella sensación nunca se le olvidó.

El baloncesto es la respuesta al instinto de Erick Green (Foto Euroleague/Getty)


La familia es todo para Green

El pequeño Erick Green responde al grupo de personas cuyo destino antes de escribirse se puede intuir por el genoma con el que nace. Un alumbramiento que encuentra en el deporte su punto de inicio y la Universidad de Howard el lugar de gestación, pues fue donde sus padres, Erick y Tamara, se conocieron. Él, corredor de fútbol americano, ella, jugadora de baloncesto. Dos pasiones que no tardaron de transmitir a su hijo.

De aquella mezcla de deportes, Erick se empapó casi a la par que comenzó a caminar y encontrar sentido a sus actos infantiles. Una pequeña canasta en casa era el adorno que lucía en su patio en Winchester (Virginia), aunque “el fútbol fue mi primer amor, mi padre jugaba en la universidad a fútbol americano y siempre estábamos jugando. Sin embargo, mi nivel era mayor en baloncesto y dejé de jugar a fútbol en el segundo año de instituto”, reconoce Erick Green. El pequeño Erick quería ser como el gran Erick y juntos se pasaban el balón ovalado mientras, Tamara iba impregnando a cuentagotas la esencia del baloncesto en su recuerdo e instinto.

El pequeño Erick Green (Foto Erick Green)


Fueron muchas las tardes donde Erick se juntaba con sus padres y disputaba intensos unos contra unos donde había de todo menos fraternidad. Mientras Tamara daba lecciones improvisadas de clase y estilo anotando triples sobre su hijo, Erick Sr. no dudaba en postearle y sacar músculo cerca del aro. Él no lo sabía, pero aquellos improvisados entrenamientos eran lecciones deportivas de gran valor porque fortalecían su carácter y, pese a que más de una tarde llegó a casa derrotado y llorando, formaron en él su instinto competitivo… Hasta que a los 14 años dejó de perder en casa.

En paralelo a la formación deportiva, Erick siempre tuvo la proximidad mentora de dos padres que cuidaron de él dentro de la pista para ser mejor jugador y fuera de ella para ser mejor persona. Erick recuerda como su madre se encargó de enseñarle a gestionar sus cuentas y controlar sus gastos (es un fan de las zapatillas y confiesa acumular más de 150 pares) con el dinero que empezó a ganar como profesional. Sin embargo, la lección más importante no fue la que escuchó de boca de nadie, sino la que vio con sus propios ojos y que habló de generosidad y amor.

Jugando con la mascota de casa (Foto Erick Green)


La familia Green nunca fue la que el libro de familia decía ser sino la que su corazón abarcaba. Desde joven, Tamara Green sintió una especial vocación por el altruismo y, si profesionalmente encauzó su vida a los Servicios Sociales, a nivel personal convirtió su casa en un hogar de acogida donde ayudar al prójimo haciéndole sentir la fortuna que significa tener el calor de un hogar y el cariño de una familia. Así, los Green se convirtieron en un refugio para jóvenes con problemas en familias desestructuradas y convirtiéndoles en ocasionales hermanos de Erick. “Debía tener unos 9 o 10 años cuando mi familia acogió niños. Es algo que te aporta otro tipo de roles de liderazgo porque se trata de ayudar a chicos que no tienen familia, no tienen casas, no tienen para comer u otras comodidades como zapatillas y ropa. Todo ello te enseña a ver lo privilegiado que eres”, asegura. Lección de bondad con calado social en un mundo donde gestos como éste destiñen rareza cuando deberían ser loados y extendidos a una mayor población.

Ver y conocer las historias de aquellos chicos y chicas le hizo agradecer su propia realidad. “Tener a esos chicos en casa y luego ver cómo se iban hace que te des cuenta de lo afortunado que eres por tener una familia”, reconoce. Cada historia, cada hermano fugaz fue una pieza en el puzle familiar del joven Erick para componer, capítulo a capítulo, la propia historia de un chico que creció aprendiendo de la mejor manera, con el ejemplo de sus padres, lecciones de lealtad, amor y generosidad. Es cruel que el ser humano no perciba la suerte que rodea su existencia cotidiana hasta que ésta se fractura o ver la desgracia reflejada en ojos de otros cercano a él. Para Erick Green los ojos de algunos hermanos de acogida le abrieron los suyos, sintió el regalo de tener a una familia, un techo, un plato de comida caliente cada día y, sobre todo, amor. Ojos abiertos a la realidad, empáticos con el más cercano al que siempre tendió la mano, pero también ojos vidriosos cuando, en su despedida de la Universidad de Virginia Tech recibió el homenaje de todo un pabellón puesto en pie y donde estaban varios de aquellos niños y niñas a los que su infancia vio pasar por casa.

Erick Green con dos de sus tres hermanas (Foto Erick Green)


El baloncesto lo es todo en la Familia Green

Por carácter y por cualidades físicas Erick era un chico muy dotado para el deporte: era el quaterback ideal sobre el césped, mientras que al ponerse las botas y correr por el parqué lo hacían mandando como el base que era. Dos deportes con dos estrategias tan distintas encontraron réplica en un mismo liderazgo: fuera donde fuera, Erick ordenaba a sus compañeros, pensaba por y para ellos y era la conexión con el entrenador. Pero Erick era mucho más que un líder y su instinto primario seguía intacto alimentando un voraz apetito competitivo. Poco importaba hablar de yardas y touchdowns o de asistencias y canastas… Erick era puro amor anotador.

La historia del deporte americano está llena de ejemplos de deportistas que compaginaron disciplinas de forma notable hasta bien entrada su madurez competitiva y el de Green podría haber sido un ejemplo más de no haber devenido el destino. Ese al que no se le pregunta, pero siempre responde y, aunque no siempre guste, decide muchas de las grandes cuestiones vitales. Eso sucedió cuando un mal golpe mientras jugaba a fútbol americano provocó una fractura de hombro en Erick Green. Una lesión traumática por lo inesperada y que sirvió como gota para colmar el vaso de la paciencia de una madre que no quería ver como golpeaban a su hijo. “Tras el golpe, mi madre sacó rápidamente del fútbol para centrarme en el baloncesto”, cuenta Erick Green. Por más que el constante padecer sea la penitencia que pagar cuando se es madre, Tamara Green comprendió que en la esencia de la maternidad hay un sufrimiento ineludible, pero otros muchos que son subsanables y evitables… y el fútbol americano estaba en este segundo grupo.

La familia Green (Foto Instagram @egreen_11)


Inoculado el gen del deporte en el ADN de Erick Green y ya sin la duda del camino a elegir, los teóricos del darwinismo vieron con regocijo como aquel niño no sólo mantenía la estirpe competitiva de sus progenitores, sino que la llevó a un estadio superior de excelencia desde niño. Erick era un portento para los deportes y agotaba a sus rivales anotando touchdowns sobre el césped, empero, mayor era su capacidad para decidir sobre el parqué. Fue tan tiránica su superioridad en edad escolar que los asistentes a sus partidos de baloncesto sonrojaban con su anotación. Los padres de sus compañeros pedían que sentaran a aquel niño que dominaba el juego y éste, genio en talento, hizo caso al consejo materno y tuvo la mejor respuesta posible ante la protesta vociferada por aquellos padres. No, no se sentaría, seguiría jugando porque es lo que le gusta a cualquier niño y sí, dejaría de lado su faceta de anotador pero para dedicarse a botar el balón irse de cuanto adversario le saliera al paso con la velocidad de Flash (su héroe favorito) y asistir a su hermana pequeña. La felicidad de aquellos días fue doble porque era la suya y la de una hermanita que se hinchó a meter canastas gracias a la genialidad del base que se estaba formado.

Y así el pequeño Green fue haciendo grande su nombre. Llevó a su primer instituto, Millbrook al título estatal y eso le hizo ganarse una beca escolar para que, en su último año antes de la universidad, pudiera jugar en el Paul VI donde también ganó el título estatal. Con medias de 16,8 puntos por partido, Green fue nombrado EA Sports All American pero quedó apartado de los ojos de las grandes universidades norteamericanas. Pese a la notoriedad de sus números, jugar lejos del epicentro del baloncesto nacional le condenó al ostracismo y sólo recibió ofertas de reclutamiento de las universidades de George Mason, James Madison, St. Joseph’s y Virginia Tech… Siendo de Virginia, la decisión fue sencilla.

No lo fue tanto su primer año en la Universidad y es que, por más que su primera canasta en partido universitario fuese un triple y pudiese presagiar días felices, la temporada fue todo menos fácil. A las derrotas del equipo se le unió un descenso a su producción en pista: sus medias anotadoras decrecieron y, por primera vez en su vida, hubo noches donde se fue a dormir sin haber anotado en un partido. “Recuerdo verle lágrimas en sus ojos durante los partidos cuando se iba al banquillo. Sabía que era un ganador y que no estaba jugando bien”, reconocía James Johnson (entrenador ayudante en la universidad) en una entrevista.

Angustioso proceso madurativo el que tuvo que pasar un chicho que hasta entonces había tenido la anotación por costumbre. De no poder tirar por exceso a no hacerlo por defecto, el ilustre anotador que era Erick Green debía afrontar una difícil tesitura. Aquel primer año de universidad fue lo más cercano a la nada y sólo el calor familiar a través de mensajes de texto de sus hermanas, consejos de su padre y las palabras de su madre acariciaron su alma en aquellas noches donde ésta dormía ante el desconsuelo de no ser el jugador que quería ser.

Tamara fue la primera entrenadora de su hijo Erick (Foto Instagram @egreen_11)


Especial fue entonces el papel jugado por Tamara ya que la sabiduría de una madre se escapa a cuanto adjetivo se le quiera adjudicar en tanto en cuanto se escapa a lógica racional e invade el campo emocional. Sin embargo, la emoción con la que Tamara siempre habló su hijo tenía un sólido fundamento racional por haber sido entrenadora muchos años. Ella fue la primera entrenadora de Erick cuando correr tras el balón de un lado a otro de la cancha era la única estrategia y sus consejos siempre calaron en él. “Es una locura lo mucho que sabe”, señala un Erick Green que reconoce la permanente comunicación que existe entre los dos. “Mi madre siempre está pendiente y me llama o me escribe mensajes al móvil para decir las cosas que hago bien, pero también cuando me equivoco y qué cosas tengo que mejorar. Ella me da muchas lecciones y me insiste mucho en una cuestión: puedo fallar tiros, hay cosas que escapan a mi control, pero tengo que jugar fuerte en defensa y eso es lo que trato de hacer. No importa si no anoto, el objetivo es ganar y para ello seguro que tengo que jugar duro”. No hay mayor calor que el que se encuentra en el abrazo de quien más te quiere, ni mayor sabiduría que la de las palabras de una madre, por eso el vaso del conocimiento deportivo de Green se fue llenando durante muchos años con los consejos de su madre.

El baloncesto seguía estando en sus manos, pero no lo encontraba. Quiso cambiar su mecánica de tiro, pero su padre actuó con un sabio consejo: “Te enseñé a tirar a canasta, durante el instituto lanzaste un 57%, ¿por qué vas a cambiar ahora tu forma de lanzar?”, le dijo. Erick le escuchó, siguió confiando en la forma de trabajar que le llevó tan lejos y, como las musas del talento premian el trabajo diario, sobrevivió a aquella mala primera temporada en la Universidad de Virgina Tech. Los consejos recibidos le ayudaron a mantener la paciencia en el camino a seguir, las palabras de ánimo endulzaron su felicidad, pero aún necesitó algo más para revertir la situación. Sentía que era necesaria una chispa para encender el fuego de su motivación, y por eso imprimió la estadística de su año de novato y se dijo a sí mismo que no repetiría aquellos infames números. Ritual éste que ha prolongado en el tiempo y que repite cada temporada porque en su interior anida el deseo de ser cada día mejor jugador.



Los números fueron creciendo y la confianza en sí mismo se vio reforzada con el apoyo exógeno de James Johnson, el hombre que ascendió a primer entrenador y que le entregó las llaves del equipo. Sin embargo, la historia de confianza entre técnico y jugador no nació entonces, sino en el verano de 2007 cuando, disputándose un torneo, el padre de Erick Green convenció a Johnson para que se quedara a ver a su hijo cuando éste iba a marcharse a ver otros encuentros. “¿Puedes darme 10 minutos de tu tiempo, mirar el primer cuarto y ver a mi chico?”, le pidió el padre. Con el sí por respuesta, Erick Green sacó toda la esencia que su cuerpo tenía y anotó 17 de los 23 puntos que su equipo anotó en ese cuarto. Johnson se quedaría el resto de partido y fue anotando sus maravillas en la libreta que todo scouting lleva como extensión del cuerpo. Aunque sus destinos se distanciaron y fueron por caminando por distintas vías, aquel día se plantó una semilla de confianza y lealtad que el baloncesto reforzó en Virginia Tech.

Con ella vivió los sinsabores de la derrota y verse lejos del gran baile año tras año, pero la recompensa a su diario sacrificio fue el constante crecimiento de sus minutos y números. Si su año de novato con los Hokies promedió 2,6 puntos (29% en tiros de campo) en 12,4 minutos por partido; en su año senior lideró la NCAA en anotación con 25 puntos (47,5% tiros de campo) en más de 36 minutos de promedio. El prestigioso entrenador de Duke, Mike Krzyzewski llegó a definirle como “una máquina de anotar”, pero, sobre todo, aquel último año le sirvió para reforzar sus convicciones deportivas, aquellas que, en cada entrenamiento y cada partido, le empujan a elevar su juego y descubrir lo que puede llegar a ser. “Anotar más de 25 puntos por partido y ser uno de los mejores jugadores del país es una de las mejores cosas que me han pasado y me enseñó a ver lo lejos que podía llegar si trabajo cada día. Por ello me mantengo siempre intentando progresar cada día de mi carrera. Es una de las lecciones que he aprendido: no importa lo bueno que pueda ser, siempre intento trabajar para ser el mejor”.

Del instituto a la universidad (Foto Instagram @egreen_11)


Las orillas del éxito

Bajo la disyuntiva creada por el récord negativo del equipo y sus elevadas cifras de anotación, la ilusión corrió en la casa de los Green la noche del draft. Sus padres y hermanas, sus abuelos y sus primos… toda una familia alrededor un sueño y cuando sonó su nombre con el número 46, éste se hizo realidad. Sin embargo, el dream comes true no siempre se viste como se quiere y Green fue rápidamente traspasado viajando sus derechos e ilusiones desde Utah a Denver. La Milla Alta le esperaba e incluso llegó a lucir números en la liga de verano con los Nuggets (9,3 puntos de media en seis partidos). Argumentos insuficientes a ojos de los directivos de los Nuggets quienes creyeron conveniente que se formara en Europa y madurara deportivamente en el baloncesto continental.

No fue gustoso escuchar aquella primera negativa, pero sabias son las palabras que el escribano traza con el cuidado del tiempo y Erick entendió que un borrón en su curriculum no debía desalentarlo en su objetivo. Ya sin reticencias, Green emprendió un viaje por el Mediterráneo donde recibió lecciones vitales y perfeccionó el oficio de baloncestista. “Fue la primera vez que viajé fuera de mi país y me permitió crecer junto a grandes jugadores como Othello Hunter, Taylor Rochestie, Josh Carter, Daniel Hackett... teníamos un gran equipo, y me ayudaron a madurar y a jugar al máximo nivel tanto en Italia como en Euroliga”, recuerda.

(Foto Euroleague/Getty)


Tras sus buenos números y exitosa experiencia, las maletas volvían a empaquetarse rumbo a Denver y la NBA. Con los Nuggets empezó la temporada, pero no fue como esperaba, las oportunidades escasearon y sólo fue una vez titular siendo enviado a la D-League para terminar la temporada nuevamente en Denver. En cualquier caso, la historia entre Nuggets y Green no había nacido bien, y lo que mal empieza suele acabar peor. Así la segunda temporada de Green en la NBA fue efímera y viajera. Los Nuggets le cortaron en noviembre para hacer hueco a Kostas Papanikolaou (con quien coincidió más tarde en Olympiacos) y se enfundó el traje de nómada para viajar a los Reno Bighorns (fue All Star de la D-League) para tener dos contratos posteriores con Utah Jazz y acabar la temporada, de nuevo en Reno.

Muchos kilómetros y muchas camisetas diferentes para lo que el trabajo de Erick Green se merecía. La frustración fue lógica, pero no desfalleció en su idea de ser mejor cada día y recordó su último gran recuerdo profesional para regresar al Mediterráneo. En Olympiacos formó un tándem fantástico con Vassilis Spanoulis, un jugador al que admira en lo profesional y lo personal. “Jugar con Spanoulis sirvió para mejorar mi juego porque en cada entrenamiento jugamos muchos uno contra uno. Aprendí mucho a su lado y desarrollé mucho mi baloncesto en Europa. Spanoulis no es sólo un gran jugador o un gran líder, es una gran persona.”.

Pese a ello, Green quería crecer y sentirse realmente importante, y estaba claro que Sfairopulos no tenía el hueco que él deseaba. Green siempre creyó ser compatible con Spanoulis, pero una conversación con su técnico le hizo cambiar de opinión y de orilla en el Mediterráneo. “En verano hablé con el entrenador y vimos cual era la mejor situación para mí. Estaba contento en Olympiacos pero vi que el entrenador no me ofrecía la oportunidad que realmente quería y decidí cambiar de aires. Ahora estoy agradecido por estar en Valencia y en un equipo que me da la oportunidad de desarrollar mi juego y tener una gran temporada”, señala

(Foto Euroleague/Getty)


Valencia era su destino y Valencia Basket sonría al aceptar su oferta uno de los grandes nombres del mercado de fichajes. Por encima de otros clubes europeos y del dinero de la liga china, en la decisión de Green pesó otro argumento para aterrizar en la Liga Endesa. “Es cierto que recibí ofertas de otros equipos donde podía ganar más dinero, pero para mí el baloncesto no es una cuestión de ganar dinero sino de tener la oportunidad por competir y ganar títulos. Quería mostrar mi talento allí donde fuera y sí, podía ir a China y ganar mucho dinero, pero nadie se hubiera fijado en mí. No todo es el dinero y yo quería volver a la Euroliga y demostrar que puedo ser uno de los mejores escoltas de la Euroliga”. Los números dicen que está en camino de conseguirlo y su impacto en Valencia está siendo tremendo: fue el MVP de la Supercopa Endesa, fue MVP de la segunda jornada en Euroliga y hacía más de una década que ninguno jugador taronja tenía semejante estreno anotador. Él asume con naturalidad esa presión y tiene claro que su rol dentro del sólido bloque coral que ganó la liga es el de ser el elemento diferencial en ataque. “Eso forma parte de ser un líder. Mi madre siempre me dijo que había que jugar los grandes momentos y cuando llegan esos momentos en los partidos quiero tener el balón en mis manos para ganar”, dice.

Hasta ahora su juego no falla y ha puesto de moda el número 32 de su camiseta. Un número que, pese a haber nacido en Inglewood, nada tiene que ver con Magic Johnson; es un homenaje familiar con un significado especial. “En mi casa siempre hemos llevado el número según nacíamos, yo era el uno (con él jugó en Grecia), luego mi primera hermana el dos, otra el tres, el cuatro, pero el 32 significa mucho porque era el número de mi madre y yo siento que estoy muy cerca tanto de ella como de mi padre. Además, mis otras hermanas jugaron en el instituto con el tres y con el dos así que esa unión de números significa mucho y cada vez que estoy en la pista es un orgullo poder llevarlo”.

El curioso ritual de los Green (Foto Instagram @egreen_11)


En la ciudad del Turia y a orillas del benefactor Mediterráneo, Green no sólo luce con orgullo ese número, sino que está logrando hacer realidad sus deseos. “Mi objetivo siempre es mejorar, quiero ser uno de los mejores escoltas de la Liga Endesa y de la Euroliga, pero sé que sólo podré conseguirlo si antes, como equipo, ganamos el mayor número de partidos y luchamos por los títulos que hay en juego. Queremos ser ambiciosos, estoy en un equipo que quiere volver a ganar la Liga Endesa y, aunque sabemos que va a ser muy difícil, también queremos hacer ruido en la Euroliga y ser de los mejores equipos de Europa”, confiesa.

Él hará todo lo que esté en su mano para conseguirlo pues aprendió desde pequeño que el éxito sólo se alcanza a través de dar pasos con confianza y trabajo diario. Esfuerzos que le hacen ser una rata de gimnasio como atestiguan quienes le conocen. “Cada verano me preparo fuerte para progresar”. En verano uno de mis objetivos es anotar 25.000 tiros y tengo tiempo y entrenadores para seguir un plan de trabajo con el que conseguirlo” reconoce un jugador que nos confiesa su obsesión por entrenar y mejorar. “Después de perder contra el Real Madrid me levanté para entrenar a las 9.30. No importa si he jugado un buen o mal partido, me gusta entrenar y tirar, tirar y tirar. Me gusta trabajar antes y después de los entrenamientos porque mi objetivo cada día es ser un poco mejor. Esas es una de las cosas que mi madre siempre me ha transmitido”.

(Foto M.A. Polo)


Green por fin ha encontrado su lugar en el baloncesto y en la vida. Valencia le ofrece la posibilidad de practicar una de sus pasiones, la pesca, y disfrutar de su gastronomía (le gusta el pescado, aunque ha descubierto con fervor la paella), pero también le ofrece la posibilidad de desarrollar plenamente todo su potencial en la pista. “Me he encontrado un sitio fantástico: me encanta el club, los compañeros, la ciudad es muy hermosa… la comida… el tiempo es genial y tenemos unos grandes aficionados… Estoy feliz por haber elegido Valencia y ahora sólo espero tener una gran temporada”, dice.

Green es hoy un jugador feliz, de esos que flotan sobre el parque, que bailan con el balón un vals hipnótico para el rival… pero, sobre todo, Erick es hoy un anotador desatado. Siente el aro como un inmenso círculo donde acaban sus tiros. “Cada vez que el balón sale de mi mano, siento que va a entrar”, dice. Es la respuesta del instinto.

Álvaro Paricio
@Alvaropc23
ACB.COM