El niño que tiraba con guantes, en las noches nevadas de Ontario, en eterno ritual. El siguiente Nash, decían. El legado de Stockton, gritaron. El jugador que mejoró con el kung fu y del que ya se hace un libro. Kevin Pangos, por Daniel Barranquero
   

Los lagos de Ontario esperaban el frío. El río tiembla, tiritando con los tímidos copos que ya asoman. El otoño en Holland Landing acaba con la primera nevada. Y en New Market, el pueblo se pone su camisa blanca en forma de hielo, sin noticias del sol hasta nuevo aviso. Las noches son largas y en la calle solo se repite un sonido. Un balón cae al suelo y ni siquiera se atreve a botar, congelado por la nieve. Unos pasos hacia él, los mismos hacia atrás, un pequeño silencio y el susurro de la red acariciándolo. Y otra vez. Y otra vez. Es Kevin Pangos dibujando su historia. Es el baloncesto dibujando a Kevin Pangos.

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El ritual de una perla

Su tito jugó en la élite del hockey hielo. Su primo fue drafteado. Y él se dejó tentar por ese deporte, mucho más pegado al cliché canadiense, en aquella pista de hielo con luces portátiles que sus padres pusieron en el patio. Podría ser un célebre winger. Podría este artículo teñirse de blanco hasta el final pidiendo un huequito en Nhl.com, mas al niño que nació en Holland Landing un 26 de enero de 1993 y creció en la vecina New Market, solo tocaba la nieve entre tiro y tiro. Con un balón de baloncesto.

Kayla, su hermana, sonreía más con la pelota naranja en sus manos. Y a Kevin siempre le atrajo más el aro que los patines. La herencia del padre, entrenador desde hace casi tres décadas y de su madre, Hall of Fame en su universidad, pesaba. Y el talento decidía. Con 5 años, era mejor que los de 8. Y su extraña manía de tirar a todas horas, mitad rutina, mitad locura, le transformó en un jugador especial.

En casa, se tumbaba en el sofá y, con la punta de los dedos, impulsaba el balón hasta el techo. Caía por la gravedad y volvía a repetir ese gesto hasta el infinito. Después salía a la calle. Una canasta a un lado, la carretera como cancha, unas farolas estratégicamente colocadas como focos. Cuatro horas, seis. Un lanzamiento, cien. Cenar corriendo para tirar más y más. Si nevaba, barría antes los restos del camión quitanieves. Se entretenía en marcar con cinta adhesiva la línea de tiro libre y la línea de triple. Y a lanzar de todas las formas imaginables, para ampliar su abanico de posibilidades, hasta que le obligaran a parar. Toque de queda. “Non-Stop! Jugaba durante horas y nunca me cansaba. Me encantaba y eso no me pasaba con otros deportes. Es una ciudad pequeña, bonita para ir. El baloncesto no es el deporte más importante, el rey es el hockey. Pero me encantó crecer allí”.

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En una ocasión vio una entrevista a Nash en la que el astro canadiense reconocía hacer 500 tiros al día. Y cumplía, uno a uno, con lluvia o diluvio. Kevin pensó que, imitándole, sin perder su sello, sería una buena forma de seguir sus pasos. Técnicas de dribling con guantes, en la nieve. Madrugones a las 6 de la mañana para correr. Flexiones, ejercicios. El garaje preparado como plan B -un gimnasio con sus líneas pintadas también- para los pases y los crossover, entre pesas y sentadillas. Y los vecinos, encantados, sin quejarse ni una vez del chico ejemplar ni del sonido en bucle en las noches de New Market. Sus manos agarrando el balón. Sus manos soltándolo. Sus manos recogiéndolo. La nieve pisada, la canasta ya gastada. “Era una rutina para mí. No era una carretera muy transitada, acercaba la canasta y señalaba líneas con celo. Me sentía muy afortunado por poder hacer eso durante tantas horas en la calle. Eso sí, mi madre me tenía dicho que no podía tirar más allá de las 10 y media de la noche porque tenía que dejar dormir a los vecinos. Y es que si fuera por mí podía pasarme tirando toda la noche. Se convirtió en una especie de ritual, lloviera o hiciera sol”.

El niño venía duro de serie. Una vez contó su madre que, en una excursión con los mayores del cole, le picaron tropecientos mosquitos y se torció el tobillo. Al subirse a la canoa, se preguntaba si era lo más divertido que había hecho jamás. Patty, estrella cuando jugó McMaster University y profesora de educación física durante más de dos décadas, alimentaba el amor por este deporte de su hijo, al que se le iluminaban los ojos cuando iba a ver una sesión dirigida por su padre, un histórico técnico de la York University, donde llegó a entrenar a la vez a su hija (subcampeona del mundo de “frisbee”… supera esa, Kevin) y a su sobrina.

Desde el pequeño instituto de John M.Denison, el de Ontario empezó a hacerse un nombre. En una ocasión, se extendió el rumor entre la afición contraria de que el director de juego rival era un niño maravilla. Kevin jugó aquel día de escolta y el base, cada vez que cogía un balón, se llevaba un abucheo, sin saber el porqué. Cuando se dieron cuenta de que el chico al que había que poner nervioso era Pangos, él ya les había ganado el partido.



Las selecciones inferiores se fijaron en él y a su padre no le importaba conducir durante una hora hasta Toronto para que pudiera entrenar con los mejores de la región. Un día, le llevaron a Italia invitado al Torneo Victor Rho, en Milán. En semis, la anfitriona Italia cayó contra Lituania, que se las vería contra la “débil” Canadá en la finalísima. Con el público local apoyando a los norteamericanos, el pequeño Pangos ganó el partido, el MVP e hizo que un público que no le conocía de nada días antes corease su nombre a miles de kilómetros de casa.

En el FIBA Américas 2009, firmaba 18,4 puntos, 5,4 rebotes, 3,8 asistencias y 3,2 robos por choque con la sub16 donde jugaban Bennett y Wiggins, con 28 puntos, 7 robos y 5 asistencias en el triunfo que les valió el bronce. Al año siguiente, el bronce se convirtió en mundial, tumbando otra vez a Lituania (83-81) para colgarse el metal después de un torneo en el que fue elegido mejor base tras promediar 15,8 puntos, 5 rebotes, y 4,1 asistencias.

Bienvenidos a la Pango-manía. El boom ya se había desatado y la sombra de Nash, con el que se le comparó desde el primer día, suponía demasiada presión, incluso para alguien tan maduro. Para colmo, le llamaron desde la absolufta y se convirtió, en Italia, en el jugador más joven en la historia del país en debutar con Canadá, aún con 16. El Ricky Rubio de Ontario, decían. Él, cuyo modesto instituto jamás había ganado nada, entre los Kendall, Rautins o Jermaine Jackson, rival un lustro más tarde en España. “Viajé a Argentina, a Alemania, a Letonia, a Italia… era un gran equipo aquel que logró el bronce mundial. Y la expedición con la senior, a mis 16, fue una experiencia increíble. Jugar con gente más mayor me enseñó a ser profesional, intentaba hacer todo lo que ellos hacían”. Y llegaban los ojeadores. Y la invitación al Jordan Brand International Game. Y la misma condenada pregunta repitiéndose una y otra vez: ¿Por qué un tipo tan bueno no se había ido ya a Estados Unidos?

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Contrastes y contexto. Contexto y contrastes. En Canadá se consideraba que poseía un gran físico y en Estados Unidos que tenía que hacerse aún mucho más fuerte. En Canadá era la estrella y en el país vecino podría ser uno más. Pero en Canadá era él y la historia de su camino no la iba a escribir nadie que no fuera él. “Muchos se van a Estados Unidos pero yo pensé que no hacía falta. Había mucha gente en mi ciudad que me ayudaba, un buen técnico, mi padre también me entrenaba y sentía que tenía todo lo que necesitaba”. Hablando con sus progenitores, decidió quedarse un último año en su instituto de toda la vida y ya, desde ahí, dar el salto a la universidad. Contrataron a un entrenador de fitness para que el chico pudiera mejorar su físico. Mejoró su alimentación, conoció el yoga y buscó evolucionar en la pista con las técnicas más sorprendentes. “En mi último año de instituto probé con el kung fu. Él tenía mucha experiencia en eso y empecé a practicarlo una vez por semana. Pude trasladar lo aprendido al baloncesto y creo que me hizo mejorar en velocidad y equilibro”.

Aquellas barbacoas con Bennett y su familia o los encuentros con Stauskas. Los rumores sobre su futuro. Sus primeros coqueteos en las revistas. Sus 48 puntos en el esperado duelo contra Wiggins, del que acabó haciéndose amigo (“Nos hicimos mejores el uno al otro y nos seguimos animando”). El ansiado título para su instituto. Su salida gloriosa del centro. El Mundial Sub19 (13,5 pt) de Letonia. El Nike Hoop Summit, vistiendo la elástica del combinado mundial. El interés de Virginia y Notre Dame. El coqueteo con Michigan. El flechazo de Gonzaga. La nieve esperaba. Como en casa.

La evolución invisible

Del sucesor de Nash al nuevo Stockton, mito de su nueva universidad. El pobre se pasó un verano rebajando la euforia y, al segundo partido con los Zags, primero como titular, ya había hecho historia. 9 triples en 13 intentos, igualando el récord histórico de Gonzaga, 33 puntos, un país entero viendo televisada su machada y un móvil colapsado, justo el día que se había quedado sin línea por no recargarlo. Como para pedir mesura.



“Quiero ser algo más que un anotador”, avisaba. Efectivo en el triple, eléctrico, con un lanzamiento tras paso atrás que los manuales no enseñan a defender. Capaz de fabricarse el tiro, óptimo en el pick and roll, con calma y maduro cual veterano, como si entrenando con nieve, cada minuto se hubiera multiplicado para haber vivido más. Líder en minutos, puntos (13,6), asistencias (3,4) y robos en su equipo en su campaña de estreno, al verano siguiente Nash le llamaba para una concentración con la selección canadiense. Por fin conocía a su gran ídolo, esa estrella que quería ser y no ser al mismo tiempo.

Resultaba paradójico. Pangos crecía cada día más. Los que le veían entrenar, los que le veían jugar y él mismo, cada mañana al despertarse. La sensación, idéntica: más completo, más versátil, más posibilidades. Pero menos números (11,9 puntos y 3,3 asistencias en la 2012-13) que en su debut. Y eso, en la dictadura del boxscore, en mitad de la ceguera que producen los flashes y las cifras que rodean a los mock drafts por venir, tenía aroma a estancamiento, un proceso que se repitió a modo de déjà vu en las otras dos campañas, en las que pasó de los 14,4 puntos y 3,3 asistencias a los 11,6 y 4,8 en su despedida, allá por la 2014-15.

Por el camino, mucho vivido dentro y fuera del McCarthey Center. Los cambios constantes de look del genio de la cara aniñada. Rapado, pelo largo, amago de bigote, perilla, melenita. Y el juego que daba en blogs y en redes sociales tanto aspecto diferente. Los veranos jugando al hockey. Sus días interno en la sede del famosísimo festival Hoopfest, en Spoane, con el ex cajista Santangelo de jefe y él doblando camisetas y añadiendo registros en el Access. La cuarta plaza en la Universiada de Kazan, triunfo a Estados Unidos incluido. Las clases nocturnas, las risas en la cafetería. Su brillante hoja académica, destacando en educación física y en administración deportiva. Las bromas de sus compañeros por no haber hecho nunca un mate. La lesión en el dedo gordo del pie que le dejó tres meses en el dique seco. Los consejos de Nash. El día de su graduación, con él y su hermana abrazándose con su padre en mitad de la pista, entre flores, mientras todos lloraban.

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Y los éxitos con el equipo en su época más dorada. “Fueron 4 años increíbles, seguramente algunos de los mejores de mi vida. Cada año me hice mejor y mejor, aunque las estadísticas no lo demuestren. Tuve mucha conexión con la gente de Gonzaga y viví la experiencia del March Madness, algo muy divertido”.

Tan divertido que fue el líder, con Sabonis como escudero en el último año, de la Gonzaga más ganadora de todos los tiempos. Jamás un equipo del centro, ni en los tiempos de Stockton, había logrado registros similares, con 35 triunfos (22 seguidos), a uno de la añorada Final Four. Pangos se despidió como líder histórico en partidos y triples, amén de ser Top5 en puntos, asistencias y robos y Top10 en ocho categorías distintas. Su 2/8 en el último duelo contra Duke pesó tanto como esos números que no terminaron de despegar tras su machada del primer año.

Sin embargo, él ya era otro jugador. “La quintaesencia de los Zag”, afirmaba su técnico Mark Few. “Él es todo lo que este programa representa. Y cuando digo todo... es todo. Trabajo duro y triunfos por delante de su éxito personal. No puedes tener un mejor representante”. Es tan bueno como el mejor en saber lo que el equipo requiere de él”, apuntaba Dickau. “Si hubiera querido anotar más, lo habría hecho, y eso demuestra su personalidad”, añadía Santangelo. Su padre escuchaba y asentía, consciente de que había pulido porcentajes, aumentado asistencias, reducido pérdidas y, lo más importante, había hecho mejores a sus compañeros: “Se trata de eso. Él podría ser un anotador si fuera necesario. O es un pasador si se le pide. Se adapta a las condiciones del equipo y del partido”.

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Mucho jugaba a su favor. El nuevo orden mundial impuesto por los Warriors, reinventando el básquet en un deporte en el que los bajitos también pueden reinar. Se valoraba su alimentación, su ética de trabajo, su personalidad, su experiencia de 4 años en un centro de prestigio, su progresión desde niño. Y él, por una vez, se reivindicaba igualmente con palabras tras tanta duda sobre su físico y evolución para la NBA. “Bla, bla, bla… la gente que diga lo que quiera pero en pista me siento 100 veces mejor que en aquel partido inicial. Lo que la gente no ve eran mis nervios al pisar la cancha. He mejorado en cada aspecto de juego”. Y cada uno de los trece equipos con los que probó antes del draft solo tuvo palabras de elogio, pero jamás ninguno le eligió en aquella fea noche que vivió con familiares y amigos. El ver a Bennett (1), Wiggins (1), Stauskas (8) y Olynyk (13) en la élite, tras la alegría inicial, hurgaba un poco más en la herida. Como si no existiera. Como si su evolución hubiera sido invisible.

“Resultó un poco decepcionante no salir, honestamente mi objetivo era ser drafteado y pensaba que podría lograrlo”, admite ya sin pena. Y es que… ¿quién le hubiera dicho aquel 25 de junio que medio año más tarde iba a ser tan inmensamente feliz?

Las verdades de Carl

Su fichaje comenzó a gestarse en las ligas de verano. Y cuando varios conjuntos fuertes del viejo continente, algunos de Euroliga, se atrevieron, ya era tarde: Kevin Pangos acababa de firmar por el Herbalife Gran Canaria. “Mi agente me habló del equipo como una oportunidad. Me puso el ejemplo de mi compatriota Carl English y cuando me puse en contacto con él, me dijo que sería un sitio perfecto para crecer. Sabonis también me dio buenas referencias y, además, estaba Aíto, un gran técnico. Era un lugar idóneo para mí”.

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Pangos desmonta el mito de la adaptación en cada cita. Y es su primera temporada como profesional, en un mundo nuevo para él, en un lugar donde la nieve solo se dibuja. Sus 13 puntos contra el Barça Lassa en Supercopa Endesa, una anécdota. Sus 14 en sus dos primeros encuentros, un aviso. Sus 16 contra el Laboral Kutxa, un grito. Sus últimos cinco choques en dobles dígitos (14,6 pt, 2,8 triples y 16,8 de valoración media), una confirmación, con los 21 puntos, 4 rebotes, 4 asistencias y 26 de valoración contra el Rio Natura Monbus como guinda.

“Me gustan los momentos calientes porque adoro ganar en ellos”, comentaba cuando tumbó al CAI en una prórroga prodigiosa. “La vida es bella con Pangos”, tituló el AS tras su enésima exhibición, esta vez en Eurocup (23 puntos, 5 asistencias, 28 de valoración contra Alba), donde su equipo aseguró la primera plaza tras sus 15 puntos de este miércoles y donde ya ha sido incluso MVP el día que se le ocurrió sumar 31 puntos, 6 asistencias y 38 de valoración en Ludwigsburg. Su ocurrencia le obligó a comprar pizza para todo el equipo al día siguiente.

“Sabe mucho de baloncesto, es inteligente y entiende las cosas a la primera”, afirma su compañero Oliver de un base que, nada más aterrizar en Liga Endesa, promedia en 10 partidos 12,8 puntos (14º en ACB y tercer base tras Campazzo y Hannah, 4,2 asistencias (10º) y 2,3 triples (5º). ¡Y solo falló uno de los 18 tiros libres que intentó! La Pangos-manía se trasladó a la isla. Y no es ahora momento de frenar el ritmo. “Entreno duro cada día, lo he hecho bien hasta ahora pero queda mucho por delante. Espero no parar de crecer aquí, ojalá cada día siga siendo mejor y mejor que el anterior, aún tengo mucho que aprender y mejorar”. Por ejemplo, el tema pérdidas –es el 12º que más ha cometido, 2,2 por encuentro-, un aspecto a pulir a corto plazo.

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El niño que tiraba y tiraba en la nieve hoy cambia de rutina sin perder el ritual. “A veces echo de menos la nieve pero no tanto, se me pasa cuando el sol brillando me despierta. La rutina ahora es diferente. Más bien, intento trabajar en mis puntos débiles. En lugar de estar contando el número de lanzamientos, intento trabajar en cosas que no se me dan tan bien. Ya la cosa no va de números sino de técnica, de perfeccionamiento”. Todo el posible para dar algún día el gran paso. Su sueño solo se aplazó. “La NBA sigue siendo un objetivo y me gustaría ir algún día, pero ahora mismo estoy en una gran situación. Habrá que continuar mejorando en España y ya luego pensar en regresar. A veces las cosas pasan por algo y este no era mi momento de estar allí sino aquí”.

Y eso que el primer día se sorprendía, además de la ausencia de la crema de cacahuete, de los horarios tardíos y de lo pequeño que es todo en Europa. “Me siento como un pollo con mi cabeza cortada”, le decía a su novia Katey después de quedarse dos veces fuera de casa en un cuarto de hora al no pillar bien el manejo de las llaves y de rallar el coche al sacarlo del garaje, tan estrecho para lo que él estaba acostumbrado. En su nuevo equipo el bautizo fue instantáneo. Antes de las bromas de los viajes, de las batallas de agua y confidencias en las concentraciones, hubo un concurso de tiro de medio campo. Perdió. Y sus compañeros le obligaron a ir con chanclas y con las uñas de los pies pintadas de rojo varios días. Como para no integrarse. “Pasan cosas muy divertidas en el equipo, especialmente en los viajes. Hay muchos compañeros que hacen bromas y gente muy divertida”.

Entre risas, las fronteras se diluyen. Y los cambios cuestan menos. “Ella es de Estados Unidos y yo de Canadá. Hemos hablado de las diferencias con España. Aquí a la gente le gusta disfrutar más del momento, está como menos estresada, con un ritmo más lento. Les gusta sentarse para tomar un café, disfrutan la vida social, sin tantas prisas. Realmente nos encanta esta experiencia y vamos a aprender, seguro”.

“Gran Canaria es increíble”, añade. “Cualquier parte de la isla o de la ciudad es fantástica, el equipo está lleno de gente muy maja, el staff me ayuda mucho y sé que puedo crecer aquí”. Pues no, Carl no mentía.

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Experimentar en el paraíso

Para disfrutar de un paraíso, no hay que estar, hay que vivirlo. En Gran Canaria puedes estar pero si la sientes, si te abres, si te dejas llevar, si exploras, si tienes la mente suficientemente abierta como para probar y querer descubrir, la experiencia se convierte en inolvidable. Y si algo tiene Pangos, al igual que Katey, es una mentalidad dispuesta a absorber como una esponja todo lo que se encuentre por el camino. “Fuera del baloncesto disfruto del relax, de los paseos, de la aventura. Me encanta explorar Gran Canaria con mi novia, relajarnos al lado del mar, hacer todo tipo de actividades y descubrir diferentes cosas por esta tierra”. Palabra de Kevin Joseph. Y no mintió a nadie.

Estamos en diciembre y el canadiense ya ha ido a animar a Las Palmas y al equipo femenino del CB Islas Canarias. Una tarde se va a jugar con las paletas a Amadores y a la otra recoge a su novia del aeropuerto para perderse por Maspalomas y darle patadas al balón con su chica, jugadora de fútbol en Gonzaga. Un día prueba el marisco y al siguiente se enamora del pulpo. Escapadas románticas a Triana, tiendas de souvenir, infinity pool. Una vez, juntos, escribieron en una lista las cosas que tendrían que hacer en esta etapa canaria. Y cada vez que pueden tachan algo. Ya han jugado al golf, ya han echado unos euros en un bingo, aprendiéndose por obligación todos los números en español. Navidad canaria. Un Thanksgiving Day a la española. Un Halloween con calabazas decoradas. ¿Qué llueve fuera? Pues maratón de Homeland. O de Scandal. O de Entourage. O animar a Gonzaga desde la distancia. O un poco de fútbol americano cuando la agenda lo permite.

Solo hay que leer a su novia en su blog para comprobar que no es palabrería eso de encontrarse en el paraíso. Y es que Katey pone de su parte, lejos de estereotipos y mentes cerradas. En estas semanas pasó por Amsterdam con sus amigas, por Bilbao de pinchos con Kevin, fue sola a Málaga para la Supercopa y se enamoró del Museo Picasso tras haber asistido a un show flamenco en Sevilla. De hostel en hostel, se pierde por el Retiro y el Prado y aprovecha cada hueco libre de Pangos para descubrir otra playa, para subir a otro mirador, para probar un nuevo plato. “Le encanta viajar, a los dos nos pasa. Está radiante por haber venido aquí y creo que es mi mayor fan, me apoya muchísimo”. La echará de menos estas fiestas, ya que ella vuelve ya a casa, aunque antes compensó vivir con Katey la visita de sus padres, con los que presumió de edén desde su piso, a quince minutos a pie de Las Canteras.

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Con ellos, y con su hermana, tiene desde 2009 un campus en New Market, en el instituto al que iba. Es, junto a las visitas a la Lebron James Skills Academy, las únicas concesiones al básquet en verano, donde está prohibido esa palabra para poder desconectar del todo. Así, piensa, el idilio será más largo, con la idea en la mente de ser entrenador de la NCAA o dueño de un equipo de baloncesto una vez se retire. Quizá, por entonces, ya esté en camino una segunda edición del libro de su vida. Y es que Kevin, a las puertas de sus 23 años, está a punto de ver cómo sale a la luz su biografía, escrita por Chris Dooley, un entrenador amigo de la familia que le vio evolucionar desde los 5 años. En una ocasión, sufriéndole como rival con su Guelph University, donde era asistente, el entrenador gritó con impotencia… “¡este tipo no puede fallar!” Ya había título. Can’t miss boy, una obra que se escribe con mucho cariño y con el episodio final aún muy lejos de desvelar. “Está terminándolo y saldrá pronto. Ojalá la gente lo lea y le guste pero, si no, nadie me quitará el honor de tener un libro sobre mí”. Quizá con segunda parte.

La metáfora del Nublo

Este camino encantado
se conoce adonde lleva.
Al Nublo, sin duda,
y a la paz honda y eterna.
Adonde las rocas hablan
y el horizonte contesta.


Fernando Garcíaramos.


Suena Drake, Canadá presente. O un poco de country, que también le engancha, pese a que antes de un choque prefiera hablar con los compañeros antes que salir sobreexcitado por lo que sus auriculares le transmitieron. Le ha ido bien la fórmula hasta el momento, para qué cambiarla. La motivación ya la puso Kyle Kuric, un susto de impacto en un primer momento en el vestuario y un acicate después para llegar más lejos. Qué alegria volver a verle en la isla “Es un gran compañero que me enseñó mucho en poco tiempo, haciéndose muy buen amigo mío. Nos dio mucho miedo la situación porque todo ocurrió muy rápido pero desde entonces, solo han llegado al final solo buenas noticias de su mejora y esperamos que siga haciéndolo”.

"Deliciosa Marta", dice, con un acento entre lo canario y lo canadiense. Y no, no se refiere a la comedia alemana de Sandra Nettelbeck, sino al restaurante que les enamoró a base de calamares, croquetas o buñuelos de bacalao, allá por Pérez Galdós. “Es increíble, la verdad. Nos gusta explorar diferentes restaurantes y probar platos locales. Disfrutamos con la pasta, con el pescado, con el marisco. En esta tierra probamos todo lo que podemos, no comemos solo los típicos platos americanos que podemos comer en casa. Experimentamos la cultura de aquí”.

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“Y es que yo”, añade, “aparte de tener el sueño en el baloncesto de ser el mejor jugador posible, pensando que así solo pasarán cosas buenas, lejos de la cancha me planteo disfrutar de todo. Del baloncesto, de la vida, de la gente, de cada momento. De experimentar”, confiesa el chico de la nieve que aprendió a amar el sol.

Al tercer día de llegar a la ciudad, sin saber español, sin saber bien aún dónde estaba, se puso a explorar la isla y acabó, de la mano de Katey, en el Roque Nublo, uno de los puntos más elevados de la isla. Viento, carretera estrecha, un camino que se graba en la piel por su belleza. “¡Unas vistas increíbles!”, exclama. “Y una puesta del sol maravillosa”. Allá, en mitad de la nada, en mitad del todo, sintió la isla a sus pies y volvió a notar, en lo alto de la tierra del calor y del sol, ese extraño cosquilleo que traspasaba sus guantes y le hacía mimetizarse con el blanco de New Market, cuando el frío había ganado la batalla y la noche solo tenía sentido si era para tirar y tirar con más tranquilidad que nunca.

Y todo encajaba. El kung fu, el año de más en Canadá, las comparaciones odiosas, el partido de los 9 triples, la decepción del draft, la vida entera pegado a un balón, la aventura canaria. Ese lugar, donde alguna vez nevó, donde el hielo del invierno se disfruta como nieve, por mejorar lo inmejorable pintándolo de blanco. La metáfora de un contraste, allá donde el sol sigue reinando, desde el lugar donde Pangos cerró el círculo para abrir otro, más tentador, más ambicioso. Desde las nieves del Roque Nublo.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM