”Disculpen las molestias, esto es una revolución”


Dijo en una ocasión Ursula Kroeber Le Guin que una revolución no se compra, una revolución no se hace… la revolución solo se es. Qué lejos quedaba aquella cita de la novela utópica ”Los desposeídos” desde el corazón de Jendouba.

Oued Mliz, noroeste de Túnez, acariciando la frontera con Argelia. A un lado, donde la agricultura es religión, los fértiles valles que convirtieron su pueblo en el granero de la región. Al otro, la intacta Bulla Regia, antigua ciudad del Imperio Romano que, tras un terremoto, solo dejó para la eternidad un anfiteatro romano que hoy, por fin desenterrado, se contempla y se disfruta. Allí, a las orillas del Medjerda, Salah Mejri se atrevió a soñar que, algún día, sería una estrella del fútbol.

“Mi infancia se resume entre el colegio y el fútbol. No había muchos lugares a los que ir en una ciudad muy pobre donde el único dinero que se sacaba era de la agricultura. Yo estudiaba y luego estaba todo el día jugando al fútbol con mis amigos en la calle”. Salah era muy diferente al gigante que hoy impacta a la Liga Endesa.

“De niño era pequeño… y gordo”. Tan rollizo como ágil y coordinado, el tunecino se sentía imparable con el balón en los pies. Su cambio físico solo le traía ventajas. “A partir de los 13 años empecé a crecer”. 2,04 a los 16 años. 2,10 a los 18. El delantero más alto del barrio… y casi casi de la historia. “Era muy bueno jugando y tenía mucha técnica. Todos los entrenadores me ponían arriba, de jugador ofensivo. ¡La de goles que marcaba con la cabeza!”

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La casualidad quiso que todos los porteros del mundo respirasen de alivio. Los corners serían menos peligrosos. Y es que unas pruebas físicas en el instituto le cambiaron para siempre su vida. Aquel día estaba presente Moncef Zaghdoudi, director deportivo de la región de Jendouba. Él, que había jugado antes al baloncesto, no podía creerse que Mejri no aprovechase sus condiciones para ese deporte.

- “¿Pero tú no juegas al baloncesto, hijo?”.
- “No, señor, solamente al fútbol”.

Nunca lo había hecho. En un país con mucha más tradición para el voleibol o el balonmano, el baloncesto no era una posibilidad. Ni siquiera le gustaba. Con las manos en la cabeza, Moncef quiso reescribir su destino. “Él fue el hombre que me descubrió en el último año del instituto, antes de irse a la universidad. Era una especie de examen deportivo en el que estaba presente. Cuando me preguntó, le respondí que jugaba al fútbol pero no en equipos importantes y que lo único que hacía era estudiar. Se me daban bien y no me importaba nada más”.

“Inténtalo”, le recomendó Moncef, que recomendó al jugador al Étoile Sportive du Sahel (ESS), uno de los equipos más importantes del país. Salah aceptó. De Sousse, al este del país, le seducían más las posibilidades de formación que aquel nuevo deporte que entró sin pedir permiso. Y es que jamás, en sus 18 años de vida, había tocado un solo balón de baloncesto. Siempre es inolvidable una primera vez. En su caso, por el trauma.

“Lo recuerdo muy bien. Me dieron un balón y me dijeron… ¡todo tuyo! ¡A ver qué haces con él!”. Y se quedaba parado, bloqueado por las mofas. Él solo tenía altura, que no era poco, mas ni el físico lucía –del sobrepeso a estar excesivamente delgado- ni mucho menos su conocimiento de juego. Imposible disfrutar así. “Todo eran burlas y se reían porque ni siquiera machacaba con lo alto que era. No sabía nada de este deporte y era un problema. Pero aprendí a vivir con ello”. Años después, los que se reían acabarían pidiéndole autógrafos.

De la manía a la explosión

En esto de las revoluciones o se triunfa o se muere. Pocos hubieran apostado por lo primero viendo a Salah en sus primeros escarceos con el balón. La falta de complicidad era evidente. “Llego de repente a uno de los mejores equipos de toda África en ese momento para jugar a un deporte que ni me enganchaba. Realmente llegué a cogerle animadversión al basket. Yo estaba estudiando, que era lo realmente importante para mí, lo que me aportaba y más me daba en la vida. El baloncesto no me ayudaba a mejorar en la escuela y solo jugaba cuando no tenía nada más que hacer”.

Tampoco el trabajo con él era demasiado específico o encaminado en paliar sus grandes lagunas por su inexperiencia. Sesiones a pista descubierta, esporádicas. A veces entrenaba con el primer equipo, si bien los dos primeros años los pasó jugando en el filial, con el resto de jóvenes. Hasta que dos circunstancias viraron su rumbo.



La primera, la llegada de Ridha Ladibi, nuevo entrenador del ESS. Él se enamoró de sus condiciones –le puso el mote de “The Dream” y le veía candidato al draft-, le instó a seguir un plan para coger peso y muscularse y empezó a contar con él para el primer equipo. La segunda, la llamada de la selección nacional. Totalmente inesperada para alguien que dos años antes ni conocía el tacto de la pelota. “Me honró muchísimo esa convocatoria del equipo B. Por primera vez en mi vida viajé a Argelia para los Juegos Africanos”. Al poco tiempo le estaba reclamando la A. Nadie comprendía la decisión, muy cuestionada. Jugaba un minuto por partido en su club y ahí estaba, con las estrellas del país. La apuesta de Adel Thathli era absoluta.

“Pues yo también puedo hacer eso”, pensó al ver a sus compañeros de selección. Empezaba la segunda de sus revoluciones. Con un cuerpo mucho más fuerte y sólido –cogió más de 20 kilos y se afianzó en los 102-, la temporada 2008-09 fue la de su explosión, con 35 minutos por partido y una evolución imposible de frenar en su juego. “Me convertí ese año en una estrella. El entrenador se preocupó mucho por mí y me convenció de que el plano físico era muy importante. Yo estaba demasiado delgado antes y, tras muchas sesiones extra, paso a paso me convertí en una referencia del equipo”

Dos años después de su primera liga, con aportación testimonial, Salah Mejri volvía a levantar, en 2009, un trofeo que era más suyo que nadie. La prensa señalaba como el futuro del país a ese fenómeno precoz que había llegado al 2,17 y que ya despertaba interés allende las fronteras tunecinas. Por fin entendía su don. Por fin sabía que el baloncesto era el camino y sus centímetros, la llave maestra para abrir cualquier puerta. “Nunca me preocupó mi altura más allá de los inconvenientes para encontrar ropa. Jamás tuve problemas por ser observado por la gente, lo encuentro normal. Mi altura es un regalo de Dios. Es mi talla lo que marca la diferencia. Sin ella, no interesaría a la NBA”, confesó en una entrevista con Le Soir.

Al año siguiente, pese a su liderazgo indiscutible, no pudo repetir título, mas las satisfacciones le llegaron vistiendo la elástica nacional en el histórico debut de Túnez en un Mundial. Nadie parecía impresionarle. “Jugar contra Estados Unidos no tiene nada extraordinario, jugamos exactamente igual que contra Brasil o Irán”, declaraba tras el partido contra el Dream Team. Con 7,2 puntos y 6,2 rebotes de media en la cita, al finalizar el Mundial la cabeza de Salah ya no estaba en Túnez. Su anhelo del viejo continente estaba a punto de cumplirse.

Un sueño de verano en Antananarivo

Muchos fueron los que llamaron a su puerta. Ostende, Charleroi, Gravelines y hasta el Olimpia Ljubliana. Sin embargo, el jugador, aconsejado por su agente, aceptó la oferta del Port of Antwerp Giants de Bélgica, que le pagó 100.000 dinares –algo más de 50.000 euros- por sus servicios. Le habían prometido allí lo más importante, por encima de dinero o minutos: tiempo. Tiempo para crecer. Un colchón de confianza necesario para el primer tunecino en toda la historia del país en jugar en una máxima competición europea.

Foto FIBA


“El Mundial fue un gran honor y después surgió la opción europea. Algunos llegaron a Europa, a jugar en segunda o tercera, pero jamás un compatriota estuvo en primera división aquí. Estaba muy feliz pero al mismo tiempo era una responsabilidad para mí. El primero en irse tenía que triunfar, no podía regresar de vuelta sin haber hecho nada”. Lo logró con creces. Eddy Casteels, su técnico, le protegía y le enseñaba. Él respondía poco a poco en pista, promediando en 17 minutos de media 4,9 puntos, 5,5 rebotes, 1,7 tapones y 7 de valoración por partido. “Resultaba complicado adaptarse nada más aterrizar. Había jugadores que llevaban en el club varios años y pasar de ser el líder a tener ese rol era difícil. No podía llegar y ser la estrella en 2 días. Al menos lo hice bien en defensa”. La gloria, nuevamente, le esperaba con la bandera de Túnez en el pecho. Estaba a punto de vivir el sueño más grande jamás contado para alguien de su país.

Afrobasket 2011. La locura. Pese a la poca tradición y vivir a la sombra de deportes hermanos, la selección de baloncesto tunecina parecía de nivel. Empero, parecía muy lejano el oro. De estilo europeo, con un juego más táctico que físico, Túnez acudió a Madagascar con un único sueño. “Sabíamos que había países como Angola, Camerún o Senegal con más tradición que nosotros y nuestro reto simplemente era obtener la tercera plaza para poder disputar la clasificación para los Juegos Olímpicos del año siguiente”. Todo surgió de manera natural… como las grandes revoluciones. Turno para la tercera.

Los Romdhane, Kechrid, Slimane, Mejri y compañía arrancaron el torneo arrasando a Togo (103-56), con 10 puntos, 6 rebotes y 4 tapones de Salah. Al día siguiente humillaban en defensa a Ruanda (69-37) y confirmaban su liderato del grupo tumbando a República Centroafricana (52-65). En octavos, paliza a Sudáfrica (94-50) y en cuartos, la victoria frente a Marruecos (86-67, con un 13-13 de Mejri) confirmaba que se lucharía por medallas. Lo que se vivió después ya entra en el terreno de los sueños. Un sueño de verano en Antananarivo. La agónica semifinal contra Costa de Marfil fue decidida por un tapón final a un triple con el sello del pívot, que hizo un 14-12 aquel día. Ya en la gran final, el gigante angoleño, campeón en 10 de los 11 torneos anteriores, hincó la rodilla ante la ilusión de Túnez (56-67, con 15 rebotes para Salah), que se proclamaba rey del continente por vez primera.

“Nadie imaginaba algo así. Jugamos genial aquel torneo y, pese a que no pensábamos ganar, paso a paso fuimos avanzando y nos vimos en semifinales. Lo dimos todo, entramos en la final y lo conseguimos. Como dije en una entrevista aquel día… no tengo palabras pero sé que es el mejor momento de mi vida. Sigue siéndolo dos años después. Era un sueño que ni siquiera había soñado, porque me parecía imposible. Ganamos el torneo, nos clasificamos para los Juegos de forma directa… ¡y hasta me dieron el MVP!” Cuando Salah habla de aquel torneo en el que acabó como mejor taponador (2,4) y segundo máximo reboteador (9), la voz le cambia. Vuelve a ser el niño que quería tocar el cielo marcando goles de cabeza. Jamás sintió más orgullo. El país, a sus pies. Leyendas vivas, recibidos como héroes nacionales y con la prensa destacando su evolución tras solo un año de profesionalismo en Europa. La muralla de Túnez.

El efecto fue doble. La experiencia europea le permitió crecer con Túnez y la experiencia tunecina le permitió crecer en Europa. “Ganar título y MVP me ayudó mucho. Me cambió la vida y me ayudó a mejorar en mi club al año siguiente, donde me convertí en una de las estrellas en la parte final de la temporada”. Mejri trasladó su confianza a Amberes, donde creció en números (8,7 puntos, 7,6 rebotes, 2,2 tapones y 12,7 de valoración media) y juego. El tunecino era feliz fuera de la pista, encontrándose muy cómodo en la ciudad y su evolución marcó la de su conjunto. Compañero del hoy jugador del CAI Roll, el equipo creció hasta el punto de ser finalista copero y alcanzar la segunda plaza en liga regular, cayendo finalmente en semifinales.

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“El teléfono suena todos los días por él”, confesaba el técnico Eddy Casteels, que dejaba entrever un supuesto interés del Unicaja y del Caja Laboral por ficharle. “Su inteligencia y talento le han permitido adquirir fundamentos de juego que le faltan a la mayoría de jugadores que empezaron tarde”, añadía. Un puntito de carácter haría el resto. “En Europa hace falta ser algo más malvado… pero controlando emociones”, declaraba en aquel momento Salah. Bélgica se la quedaba pequeña ya y su club, comprensivo por sus aspiraciones, no le impediría volar.

Entonces, Mejri buscó su propio sueño americano, con muchos ojos mirándole desde su país. “Todo el mundo pensaba que iba a jugar en la NBA pero yo solo fui a que me vieran más algunos equipos que querían hacerlo”. Los Knicks lo intentaron pero él desoyó su propuesta. “Me ofrecían el contrato mínimo y mi agente y yo pensamos que podíamos encontrar una oportunidad mejor”. El pívot jugó 3 partidos en la Orlando Summer League con la camiseta de los Jazz, pero aparcó cualquier sueño NBA ante la llamada de Túnez. Ya se había perdido una parte de la preparación y no quería faltar más días. Hizo las maletas y cruzó al Atlántico para reunirse con sus compañeros en Salamanca, en plena gira de su equipo. La tentación olímpica era mucho más fuerte.

La situación perfecta

“Tenía que elegir entre la summer league de Las Vegas o los Juegos Olímpicos. Y unos Juegos es algo que ocurre cada 4 años… y que podía pasarme solo una vez en la vida”. Acertó de pleno. A más durante todo el torneo, Salah dio mucho que hablar y se hizo un nombre en el panorama internacional por la mayor repercusión del torneo que el Afrobasket del año anterior.

Todo comenzó con un mate frente al Dream Team que impresionó al propio Kobe Bryant. Desde ese momento, se desató la cuarta de sus revoluciones. El entusiasta combinado tunecino ayudaba, poniendo en aprietos a Argentina (14-28 en el primer cuarto), Francia (69-73) o Lituania (18-7 de inicio), frente a los cuáles Salah se multiplicó. 19 puntos, 14 rebotes y 7 tapones a la Selección Argentina, en una de las actuaciones más soberbias vistas en Londres, un 11-7 contra el cuadro galo y otros 16 puntos, 12 rebotes y 4 tapones al conjunto báltico. Por encima del sorprendente Romdhane, su perfecto escudero, el pívot se convertía por su juego, su desparpajo y sus infinitos brazos en una de las revelaciones del torneo, que concluyó con 10,4 puntos, 10 rebotes -2º en el ranking- y 3,4 tapones de media. El mejor taponador de los Juegos, superando al propio Ibaka. Casi nada.

“Nuevamente, nadie esperaba nada de nosotros y fuimos sin presión. Éramos uno de los 12 equipos más grandes del mundo por estar ahí, no había nada que perder. Solo yo jugaba en Europa, con los otros 11 en Túnez. Sin dinero, sin veteranía. Fue una experiencia fantástica… y espero que no sea la última”. Sus actuaciones no pasaron inadvertidas. Le siguieron Alba Berlín y Montepaschi Siena e incluso la prensa anunció su inminente llegada al Lagun Aro, aunque fue el Blusens Monbus el que se llevó a la perla tunecina. La apuesta estaba muy estudiada, como relató José Luis Mateo en su presentación. “Es un jugador especial que a pesar de tener 26 está en proceso de aprendizaje. Su tamaño y sus características pueden complementar a los otros interiores”.

Sabía a quién fichaban. Desde el principio Mejri se mostró muy implicado con el proyecto, con muchas horas de más dedicadas a crecer en juego y cuerpo para ayudar más. Su actitud, intachable, como demuestra una anécdota contada por Fernando Martín en Gigantes. Moncho Fernández le riñó en un entrenamiento y el no tuvo otra que soltar para defenderse un ”Sorry coach, morito bueno”. Ganador e impulsivo desde siempre, en la pista parece otro. Se desahoga, gesticula, grita. Todo siempre hacia él mismo, lo cual le costó hacer entender. Sus ganas le jugaron una mala pasada en cuanto a ansiedad, siendo ahora mismo el tercer jugador con más faltas personales (3,35) de toda la competición.

Foto FEB


Lejos de los detalles por pulir en un jugador que sigue en fase de aprendizaje, el Blusens Monbus encontró en Salah Mejri a un diamante que no ha dejado de mejorar desde el primer día que llegó a Santiago. Al segundo partido de Liga Endesa ya era capaz de hacer 20 puntos y 26 de valoración. Le faltaba encontrar una línea constante. Tuvo flashes (21 contra Caja Laboral, 27 de valoración contra Blancos de Rueda)… pero las faltas personales limitaban su tiempo en pista y jugaban en contra de la regularidad. Tampoco es que haya terminado de subsanar ese hándicap -3 de media en el último mes-, si bien sí ha dado un paso al frente y su trascendencia va mucho más allá de su espectacularidad. En los últimos 4 partidos acabó en dobles dígitos tanto en valoración como en anotación, arrasando en los dos últimos partidos a Valencia Basket (18 pt, 15 val) y, especialmente, a Asefa Estudiantes. Premio de ser Jugador de la Jornada incluido. “Es bastante fácil, yo solo le tiro la bola arriba y él ya hace lo demás”, apuntó Andrés Rodríguez. Las revoluciones nunca se hicieron con agua de rosas.

Contra el cuadro colegial lideró una de las mejores primeras mitades que el Sar vio en la élite, con una exhibición portentosa de cualidades digna del que hoy en día es el rey de los mates (1,5 por choque) y tapones (1,6, empatado con Ibekwe) de la Liga Endesa. La ilusión que genera su rendimiento va mucho más allá de las cifras (9,3 pt, 4,5 reb, 10,6 val) y él es el primero que reconoce que ya se ha adaptado al estilo en su cambio de juego al poste bajo. “A veces te sientes fuerte y juegas bien. Influye mi entrenador, sigo sus instrucciones y juego ahora más. Simplemente trabajé duro, tanto cuando hice buenos partidos como cuando los hice malos”. Y se acuerda de todos, destacando el trabajo del preparador físico Óscar Viana –“trabaja conmigo más que con nadie, con sesiones extra”- y del entrenador ayudante Víctor Pérez: “Me enseña nuevos movimientos al poste bajo. Me cuidan mucho en este club y a mí eso me encanta. Disfruto trabajando con gente así… es una situación perfecta”.

Una cuestión de corazón

”Mira, mira como eu veño…”. De repente, Salah Mejri entona el mismísimo Miudiño por teléfono. Como para no aprendérselo. “Es que lo cantan partido a partido”, se justifica un jugador que se esfuerza cada día por adaptarse a una ciudad muy diferente a la suya. Incluso en Amberes encontraba más semejanzas. “Aquí no hay muchos tunecinos ni árabes”, reconoce. Con todo lo que eso conlleva. Encontrar una carnicería árabe donde comprar con garantía un pollo sacrificado durante la puesta de sol y con oración previa no es sencillo.

También es diferente el clima. Su situación lo compensa. “El tiempo no importa. Viví en Bélgica durante dos años, con casi 7 meses de nieve por año. Preferiría el calor pero da igual. Y lo otro tampoco es un problema. Estoy aquí para jugar, soy un profesional. Además, ya tengo un muy buen amigo árabe por aquí”. Solventados esos escollos, lo demás viene rodado. Y más, con una afición tan volcada, que ya le tiene como uno de sus ídolos. Hasta se apunta al cañadoiro.

“Son geniales, muy divertidas y buenas para mí. Me encanta. Hablamos del equipo mientras todos beben alcohol… ¡y yo pido agua!”. Un día va a visitar a un jugador enfermo del Bàsquet Coruña a regalarle su camiseta –“Es grande y no solo de altura, sino de corazón”, dice su técnico- y al otro aparece en la grada para apoyar al Santiago Futsal. Siempre presume por jugar como local en el SAR. “Disfruto aquí. A la gente le encanta el baloncesto. Es muy maja… ¡es grande!”

Obradoiro CAB


Sorprendido por la igualdad de la Liga Endesa, “donde el último le puede ganar al tercero”, Mejri mira sin miedos clasificación y calendario. Herbalife Gran Canaria, FC Barcelona y Real Madrid esperan. El reto es máximo. “El basket es un deporte colectivo y no puedo hablarte de objetivos individuales sino de mi equipo. Todo el mundo habla de la gran temporada del Obra. Solo tiene 3 años en ACB y creo que también es el tercero con menos dinero de la competición. Pero esto, como ocurre con mi selección, no es una cuestión de dinero sino de la fe y el corazón que tengas. Luchamos muchísimo para entrar en Copa y no pudimos por caer en Badalona. Nuestro objetivo era salvarnos y, tras ganar un par de partidos y asegurarnos la permanencia, tenemos que mirar el siguiente objetivo: entrar en Playoff. Es el sueño del equipo, es el sueño de toda la ciudad de Santiago. Es el sueño de compañeros y entrenadores. Es mi sueño. Lo daremos todo por intentarlo. La gente sabe que trabajamos duro y nos dejamos la piel en la cancha cada día. Como pasó tras caer contra el Joventut, nadie se enfadará si no lo conseguimos”.

Es la quinta revolución. La suya, la de su equipo. Explosión conjunta y desatada de jugador y equipo. Dicen que la revolución nunca será televisada, aunque en Túnez no despegan los ojos de la pantalla, sea del ordenador o de la propia TV. Estandarte indiscutible del baloncesto en su país, el boom se convirtió incontrolable cuando, hace semanas, un vídeo con varias acciones espectaculares suyas alcanzó las 80.000 visualizaciones en un solo día a través del Facebook de la ACB. La mayoría, procedentes de su país. “A los jóvenes les gusta ver mates y tapones”, explicaba con modestia, intentando quitarle mérito al fenómeno social en el que se ha convertido.

Elogios, seguimiento de los medios y hasta rumores de su futuro comentados por todo un país. “¿De qué revolución me hablas?”, pregunta de inmediato aquel que manifestó ser feliz por no entender el español –en realidad cada día progresa con el idioma- para no leer el baile de especulaciones. Finalmente, cede a la evidencia. “Es una revolución porque soy el único tunecino que juega en una primera división y todos están atentos. Estoy muy agradecido a toda esa gente. Sé que están orgullosos de mí y yo lucho con fuerza para que lo sigan estando”. Está garantizado.

La revolución de Salah

Suena Maztul. Sonido hip hop. Canta Balti, uno de los raperos más importantes del país. Su amigo Balti, con el que mantiene una relación muy estrecha. De ahí al reggeaton había un mundo. Él lo traspasa. “Me encanta la música, ¿a quién no? Siempre voy con ella en mi coche escuchando algo. Ahora me ha dado por escuchar música latina y me vuelvo a casa cantando canciones en el coche”.

Positivo, bromista y muy vitalista, Mejri se define como una persona “no muy complicada. Me gusta estar en casa aunque como no sé cocinar siempre como y ceno fuera”. Adicto al pollo y amante de la pasta con marisco, del chocolate, los dulces y de la comida de su tierra, cuando encontró a un cocinero árabe en un restaurante ya dejó de probar en el resto. Siempre repite. Ya en casa, aprovecha para jugar a la consola o ver el partido de fútbol que pongan por la tele. Ya no marca goles pero sigue siendo su perdición. Además, cada vez que puede, habla por Skype con sus familiares y aprovecha para responder por Facebook todos los mensajes que la gente le envía. Tampoco olvida a sus amigos de toda la vida, mandándoles incluso dinero si lo necesitan.

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Salah Mejri tiene 3 hermanas –una en un colegio, la otra estudia Medicina en Ucrania y la mayor es química- y un hermano –director de una oficina deportiva- y habla con orgullo de su padre, el mismísimo alcalde de Jendouba. Solo tiene una esposa. “Mi madre pertenece a la generación anterior, cuando muchas mujeres no iban al colegio. Siempre cuidó mi casa y nos cuidó a nosotros”. Bromista a tiempo completo, positivo y vitalista, Salah solo se pone serio al hablar de una cuestión: la Revolución de los Jazmines.

“¿Revolución?”, sonríe irónicamente, sin ocultar su desazón porque el cambio no fue el que esperaba cuando apoyaba desde Bélgica la revuelta. “Así es como la llaman pero no creo que sea una revolución del todo tras lo que ha ocurrido. Tiene algo positivo, el cambio para las mujeres. El país no es el mismo que antes y tiene cosas mejores pero falta mucho tiempo para ser como un país europeo. Estamos como en los 60 o 70 de aquí, cuando la gente vivía bajo una dictadura. Entonces hicieron la revolución paso a paso, se fortalecieron los estados y todo es perfecto ahora. Pero nosotros llevamos un retraso de 30 o 40 años. Salvo por las mejoras para las mujeres, lo único bueno de esa revolución fue la expresión de vida que dio el pueblo”.

“Lo puedo entender”, añade. “Y es que es una transición de lo peor a lo mejor y tendremos que esperar. No sé cuánto tiempo se necesitará, aunque espero que todo esté bien para nuestros hijos en el futuro”. Mejri analiza la situación política y social de Túnez con la misma velocidad con la que hacía los cálculos en su carrera de ingeniería electrónica. Hoy comparte alma con aquel estudiante que casi no sabía ni botar un balón: “Soy la misma persona que antes de irme. Aprendí muchas cosas en Europa y vivo un estilo de vida algo diferente, por lo que hasta me cuesta adaptarme a veces cuando vuelvo. Pero Túnez es mi país y sigo amándolo como antes”.

Escribía Julio Cortázar que es inconcebible una revolución que no desemboque en la alegría y Mejri jamás fue excepción. Embajador de una tierra y orgulloso por su condición de eterno pionero y por ese “primer” que acompaña todas sus gestas, el jugador no duda a la hora de hablar de sus sueños. Una familia, hijos… y conseguir que el baloncesto tunecino crezca. En árabe, su nombre significa “correcto” y “derecho”. Como su camino. Así le llamaron y así lo hizo. Así se escribió la revolución de Salah. Aunque, como reza el dicho, en una revolución, al igual que en una novela, la parte más difícil es inventar el final. El prólogo ya promete.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM