Seis pulgadas para una nueva vida

Solo era un juego más, una de esas aficiones pasajeras que vienen y van sin pedir permiso. Nombre de aristócrata, Andrew John III y familia acomodada, con un prestigioso doctor como padre que le dio su nombre y su capacidad de trabajo y un tío, Frank, convertido en heroico veterano de guerra que le regaló sus genes militares. Y su altura. Empero, las batallas de Panko se librarían en la cancha. Ojalá todas las guerras se hiciesen con balón.

Pudieron ser tenis o béisbol, deportes que le atraían antes de que se enamorase con los años del golf, su más confesable vicio, pero mamá naturaleza se interpuso en el camino de Panko para hacerle abrazar el baloncesto. Aún se frotan los ojos sus antiguos compañeros de equipo y profesores del Bishop McDevitt de su Harrisbour natal cuando recuerdan el regreso de Andy antes del último año de instituto. Era, simplemente, una persona distinta. “No había jugado en serio al basket hasta ese último año. Y lo hice porque de ser un tipo no muy alto, medía 1’80, pasé en un solo verano a rozar los dos metros, con 1’96. Crecí seis pulgadas y soy, como dicen allí, todo un late bloomer”.


De base a pívot en meses, en una dura y costosa transición que marcaría su versatilidad de los años venideros. Su talento, poco escondido, y esos centímetros caídos del cielo que ni las pruebas con rayos X de su padre sabían explicar, llamaron la atención de centros como Penn State y Bucknell, aunque su poca fuerza y lo tardía de su explosión le condujeron en aquel verano del 96 a la Division III de la NCAA. “No quería estar un año parado”, diría más tarde. Lebanon Valley, una de las universidades más pequeñas en colarse entre las 16 mejores de todo el país, hacía ya más de medio siglo, sería su nuevo campo de batalla.

El Larry Bird de la D-III

Rata de gimnasio y con una ética de trabajo obsesiva, estaba dispuesto a moldearse a sí mismo salir del anonimato de su college. De escuela estajanovista, el delgado Andy le robaba minutos al día para curtirse en sesiones de musculación y rechazaba cualquier empleo en verano para seguir su aprendizaje. De campus en campus, combinando con clases particulares y sesiones individuales de tiro. El pan de cada día.

El tren del éxito pasa rápido. Y por su universidad no paraba, por lo que debería subirse en marcha. “Lebanon Valley era un centro muy pequeño, de unas 900 personas. Me sentí un afortunado por jugar allí. No puedo usar la palabra 'sufrir', pero sí es cierto que no resultó sencillo. Allí no había dinero ni contratos de Nike. Ni siquiera un poquito de glamour. Íbamos en autobús a todas partes y aprendí a tratar con situaciones difíciles desde el principio de mi carrera. Me pareció bien y aprendí mucho”. Él se encargaría de poner a su universidad en el mapa americano.

Jugando de cara al aro, como escolta, Andy pronto se hizo un nombre en Pennsylvania. Poco más tarde, en todo el país. Adicto a las exhibiciones de juego y números, lo mismo saltaba a la fama por encadenar 25 puntos consecutivos en un mismo partido por ninguno del oponente, o bien por endosarle 58 en 28 minutos, 10 triples incluidos, a un impotente rival que se quedó por debajo de los 50. Vilanova y Syracuse se dejaron seducir por su juego pero él ya lo había dicho, no estaba dispuesto a estar un año parado por el cambio de centro. Lo que tuviera que crecer, lo haría desde la modesta cancha de Lebanon Valley. Aquella donde dinamitaría récord tras récord para convertirse en el rey de su división, con dos MVPs consecutivos y más de 26 puntos por partido en su última temporada.



El Larry Bird de la D-III, como ya le llamaban por hacer de todo y hacerlo tan bien, atrajo incluso a scouts de la NBA, revolucionando la universidad y el propio pueblo, que se vestían de gala cual perfecto “Bienvenido Mister Marshall” para agasajar a un mundillo NBA que parecía demasiado lejano como para ser real. Pero lo era. Todos hablaban de aquel chico que se había convertido en el máximo anotador y reboteador del centro, Top10 histórico de la Division III (¡2515 puntos!) y, años más tarde, elegido en el quinteto de la década. La ESPN le elogiaba, su buen papel en los workouts le valían el respeto de los ojeadores y su físico acababa de convencer a los más escépticos.

Y es que pesa a pesa, esfuerzo tras esfuerzo, el flacucho se convirtió en grandullón. Andy pasó de levantar 61 kilos en su primer año a rozar los 150 antes de su despedida. Aunque la mayor losa, la del anonimato, ya la había superado.

¿Sabías que…
  • … es un apasionado al espionaje y le hubiera gustado trabajar en la CIA?


  • … llegó a cabrearse tras ser MVP con una derrota de su equipo? “Debería haber una regla. Si pierdes, no puedes ser MVP”, afirmó.

  • … hace dos años dijo que le gustaría jugar siete temporadas más al basket? ¿Le quedarán 5 aún?


  • … anhela pisar un Playoff y una Copa antes de concluir su etapa ACB?


  • … tiene un ritual antes de cada partido? Desayuna huevos blancos sin yema y café con leche. Y, para relajarse, juega con su niño.


  • … su hijo se llama Román en honor a Montañez, compañero en Bilbao?


  • … Rancik le define como el mejor amigo que ha hecho en el baloncesto?


  • … en el Túentrevistas le preguntaron qué pasaría si alguien tan duro como él chocase con Chuck Norris? “No sé si explotaría el universo, pero seguro que sí lo haría Norris. Yo no, porque soy Andy Panko”, su respuesta.

  • … cuando llegó a España se habló de un inminente pasaporte comunitario por sus antepasados austriacos?

  • … su mayor fan es Nil, un niño que le sigue a todas partes?
  • .

    Un minuto que vale una carrera

    Nadie creía en sus posibilidades más que él mismo. “Antes veía a Langdon por TV y ahora juego contra él”, afirmaba en las sesiones previas al draft del 99. “Ya sé que puedo hacer todo lo que él hace y, además, soy más versátil”. Enérgico, con buen manejo de la bola, brillante lectura de juego y una concepción extremadamente generosa de este deporte, Andy viajó de la oscuridad a la luz del mock draft, quedándose a un paso de la gloria y de ser el primer jugador en la historia de Lebanon Valley en ser elegido en un draft.

    Coqueteó con los Lakers, siendo cortado sin poder debutar en la NBA, y terminó aceptando la propuesta del New Mexico Slam, de una liga menor, la modesta International Basketball League (IBL). “Viví un año y medio en un hotel de Albuquerque, cobrando unos 5.000 dólares al mes. No resultaba idílico pero era mi tren para acabar llegando a la NBA y, además, conocí allí a mi mujer”. Tras ser uno de los máximos anotadores de la IBL con 20,3 puntos de media, estuvo a punto de colarse en el roster de los Los Angeles, pero a la segunda no fue la vencida y fue nuevamente cortado antes del inicio de la NBA.

    Panko siguió a lo suyo y su explosivo inicio en la 2000-01, con 25,7 puntos y 8,7 rebotes por choque, encontró sus frutos. Los Atlanta Hawks le ofrecieron un contrato por 10 días y el jugador podía convertirse en el primero de la historia en llegar a la NBA desde la IBL, amén de ser uno de los diez primeros en debutar en la mejor liga del mundo, procedente de la Division III de la NCAA.

    Tras tantos años de combate, Andy se enfrentaba a la batalla de su vida, ignorando que sería una de las guerras relámpago más fugaces que la NBA viese jamás. Un 14 de enero de 2001, con medio mundo mirando con los ojos enrojecidos a San Salvador, devastado por un nuevo terremoto, marcaría para siempre la trayectoria del jugador, al que Lon Kruger le dio unos segundos en esos Hawks de Mutombo, Terry, Glover, Maloney y Henderson, para que disfrutase desde la pistad el triunfo frente a Warriors. No anotó ni un punto, mas acababa de cumplir su sueño.

    Foto: Martí Artigas

    “Fue divertido porque ese contrato de 10 días con Atlanta me permitió jugar un minuto contra Golden State. Encima ganamos”. La primera y la última, sin que Andy volviese a jugar ya nunca más en la NBA. “Muchos no pueden decirlo. Es curioso y me parece ‘guay’, no puedo arrepentirme, quejarme o sentirme triste por algo así. Fue una experiencia enorme y ahora lo veo como otro paso, un paso divertido. Y encima le puedo a decir a mi hijo que estuve en la NBA”.

    Cortado tras aquel partido, el “hombre del minuto NBA” entró en la historia de la liga su fugaz trayectoria, digna de Récord Guinesss, si no fuese porque años después el ex madridista Alex Scales se conformase con 9 segundos en el paraíso y, más recientemente, el jugador de Clippers JamesOn Curry hiciese el “más difícil todavía”, con 4,9 segundos como bagaje NBA. ¡Cuántos lo quisieran para sí mismos!

    Billete de ida y vuelta

    Panko volvió a hacer las maletas para acabar la temporada, con toda la dignidad del mundo, en New Mexico Slam. Al verano siguiente participó en dos ligas de verano con los Bulls, si bien el verdadero paso en su carrera lo dio cuando aceptó la oferta del Pastificio Di Nola Napoli. Comenzaba su relación con Europa. “La de Italia fue mi primer contacto con este continente. Mirando atrás desde el presente, no lo aprecié mucho. No llegué a valorar esa cultura diferente. Era mi primer año fuera y no sabía lo que esperar, ni conocía nada de nada”.

    El de Harrisburg tuvo un rendimiento aceptable, con 12,7 puntos y 5 rebotes de promedio, aunque su romance italiano solo duró 18 partidos. “Me gustó la ciudad, la gente, la cultura y, especialmente la comida, aunque aquella experiencia fue una locura para mí”. Tocaba rehacer la maleta, esta vez para volver a casa.

    En el inicio de 2002, los Dakota Wizards apostaron por sus servicios y él no les falló, superando cualquier expectativa previa y transformando los 13,1 puntos y 6 rebotes de su primera campaña en 22,4 y 8,4 en su segunda. Título de máximo anotador, MVP y trofeo de la competición para su equipo directos a su bolsillo. “Yo esperaba que me sirviese para ir a la NBA pero, sin pensarlo, me sirvió para poder jugar en Girona”, afirma un alero que, casi una década después, sigue siendo mencionado en cualquier quinteto ideal de la historia de Dakota.


    Pese a que su anterior experiencia en el viejo continente no fue satisfactoria, Andy asintió cuando su agente le habló de la propuesta del Girona. Corría la Jornada 26, el abismo asomaba y la lesión de Veljko Mrsic encendía las alarmas del entonces Casademont. Bendita la hora.

    Un clásico de la ACB

    Con el descenso a solo un partido de distancia, el derbi contra el Manresa parecía toda una final en Fontajau. ¿Difícil momento para debutar? Los 18 puntos de su estreno dicen lo contrario. Los 30 frente al Breogán, con la guinda del MVP, su regularidad y su alto rendimiento en puntos –más de 17 de media- y rebotes hicieron el resto. “Lo de Girona fue muy grande. Resultaba el sitio perfecto para empezar en España, en una ciudad pequeña a 45 minutos de Barcelona. La gente me trataba con mucho respeto y a mi mujer, que ya sabía un poco de español, le encantó, tanto como a mí el club y su gente. Jugué bien, ganamos varios partidos y nos salvamos”.

    Había llegado para quedarse y ni siquiera el precontrato firmado con los Gigantes de Carolina de Puerto Rico meses antes lo evitaron. “No llegué a jugar en Puerto Rico. Después de la CBA firmé mi contrato con aquel equipo para abril, y fue entonces cuando mi agente me llamó para lo de Girona. Yo no conocía nada de la ACB, la verdad. Me contó que era la mejor liga de Europa y le dije que OK. Ahora estoy feliz de haberlo hecho, fue para mí la mejor opción”.



    El cuadro gerundés llegó a un acuerdo para indemnizar al equipo de Puerto Rico y la ACB ganó con su continuidad, demostrando en la 2003-04, con 16,6 puntos y 5 rebotes por encuentro, que sus números previos no habían sido un espejismo.

    “A veces me preguntaba por qué llamaban en la NBA a algunos cuando yo podía anotar más que ellos”, se preguntaba en aquellos días un jugador que, tras probar en los veranos anteriores con Bucks y Knicks, aparcó un sueño americano que pudo cumplir en parte. En el verano de 2004 no. En aquella ocasión, Panko regresaba a casa tras aceptar la propuesta de renovación del Girona, pidiéndole incluso balones al conjunto gerundés para entrenar desde el otro lado del charco, aunque cuando parecía que su romance con Fontajau se consolidaba, un tercero entró en la relación.

    El Caja San Fernando le seducía con un ambicioso proyecto y una propuesta por dos temporadas y el norteamericano se dejó tentar, para tristeza –y enfado- de una afición que le idolatraba. No supuso el mejor paso de su carrera, con una campaña con sabor agridulce en el que ni su juego (11,7 puntos/3,8 rebotes) ni los resultados de su equipo convencieron. “Resultó una temporada complicada en el CSF de Perasovic. Nuevo equipo y unas expectativas altas que no supimos cumplir. Sin embargo, Sevilla era una ciudad preciosa con un clima muy cálido y, en cuanto a basket, pienso que cada uno de los pasos de mi carrera me ayudaron a forjar mi carácter. Se aprende algo diferente cada año y hay que aprender a sufrir antes de poder triunfar. Yo sigo trabajando tan duro y con tanta hambre como cuando viajaba en bus o cobraba lo mínimo en mi juventud”.



    La siguiente elástica que Panko defendería fue la del Lagun Aro, aunque, curiosamente, en la etapa en la que esa empresa patrocinaba al Bilbao Basket. Allí recuperó las sensaciones, con 15 puntos y 5 rebotes por duelo, asentándose como uno de los aleros más regulares y versátiles de la competición. Enamorado del País Vasco desde el primer día que pisó Bilbao, el jugador sonríe al rememorar aquellos días. “Fue una etapa completa. Grande la gente y la región, que me recuerda a mi casa en América, con tierra verde y un clima parecido”.

    A pesar de su buen papel, el Bilbao Basket no apostó por su renovación y el jugador le fue infiel a la ACB, con una breve aventura con el PAOK griego. No pudo salir peor. Problemas económicos, impagos y vuelta a casa tras unos pocos partidos en los que ni tuvo tiempo a demostrar quién era. “Con mi marcha a Grecia intenté hacer algo diferente, ya que el equipo además jugaba Eurocup y era un club con nombre e historia en Europa. No fue lo que me esperaba. Eso sí, aprendí mucho (“La mejor lección es que para jugar fuera de EEUU el mejor sitio es la ACB, diría en su regreso”) y preferí volverme a casa a esperar otro trabajo".

    Sonó para el TAU, aunque fue su ex, el Bilbao Basket, el que le trajo de vuelta, una vez que la apuesta inicial de poner a Majstorovic como alero resultó fallida. “Me dieron otra oportunidad y me emocionó regresar. Aquel año y medio en el equipo fue fantástico y Vidorreta me hizo jugar muy duro. Soy muy muy fan de Txus y me alegra ver el buen trabajo que está haciendo en Alicante”, sostiene, olvidando los rumores sobre la tensa relación entre ambos. Andy tiene memoria.


    Idilio con San Sebastián

    No se vio precisamente en esa segunda vuelta de la 2006-07 el mejor nivel de su carrera, con poco más de 9 puntos de media, si bien sorprendió enormemente que su siguiente destino no fuese otro equipo ACB, sino de LEB. “Para ser honesto contigo, no tuve ofertas tras salir de Bilbao. Y entonces mi agente me habló de la llamada de Laso para el Bruesa, en San Sebastián. La ciudad estaba al lado de Bilbao y nos encantaba a mí y a mi mujer. Y, además, estaban construyendo un buen equipo. No me podía creer que no estuvieran en ACB, era triste, y cuando Pablo me llamó acabé dando el OK, sin importarme que estuviera en LEB. No puedes imaginar lo feliz que estoy de haber dado ese paso porque me ha regalado grandes años aquí”.

    Como cuando era un crío. Con tropecientos kilos más de músculo en su cuerpo y en sus bíceps, pero con la ilusión del chaval dispuesto a renunciar a la fama como precio a pagar por realizarse como jugador y como persona. El Bruesa no era Lebanon Valley ni la LEB la D-III de la NCAA, claro, si bien el paso atrás podía minar la moral o la motivación de cualquier otro jugador en sus circunstancias. Nada más lejos de la realidad. Demostraciones de superioridad insultante –un partido con 45 de valoración, otro con 42… -, cinco MVPs de la jornada, 16,7 puntos y 7,9 rebotes de media para una temporada fantástica aderezada con la miel del ascenso. Panko se había vuelto a ganar el derecho a estar con los mejores.

    Y lo aprovechó. Y lo aprovecha. Y lo seguirá aprovechando, con dos campañas redondas en ACB para robarle el corazón a la afición del ahora Lagun Aro GBC, con números brillantes (14 pt, 7 reb y 17 de valoración en la 2008-09 y 12-6-14 en última, aquella que considera mejor temporada de su carrera), multiplicándose en los instantes decisivos, asumiendo el peso y liderazgo del equipo y regalando carisma y confianza a todos aquellos que le rodean.

    I’m Andy Panko
    Andy es llevado al hospital y allí tiene una conversación con el médico, breve pero concisa. En una sala, el médico del hospital, el médico del club y Andy.

    Medico: Bueno Andy te vamos a poner anestesia para recolocarte los huesos de la nariz.
    Andy: I don´t need that. I'm Andy Panko. (”Yo no necesito eso, soy Andy Panko”).

    Le recolocan los huesos de la nariz (con un dolor que imagino nada agradable).

    Médico del club: Bueno Andy lo más seguro es que tengas que jugar con una máscara el próximo partido...
    Andy: ¿Si me vuelvo a romper la nariz, me la podrías volver a colocar?
    Medico: Sí.
    Andy: Pues no hace falta máscara.

    “I’m Andy Panko”. 17/02/2009 (Blog de David Doblas).

    “Es un club joven pero todo el mundo, desde el presidente al último tipo del club, trabaja muy duro. Es una de las cosas que más me sorprendieron. Sin duda, uno de los mejores sitios en los que he jugado. Aprendo de Laso y entiendo a sus aficionados y la idiosincrasia de su club. Tuve la oportunidad de renovar y me siento bendecido por jugar aquí tanto tiempo”, confiesa radiante, en el mejor momento –le hizo 18 puntos, 7 rebotes y 25 de valoración al Assignia el pasado fin de semana- de una difícil temporada en la que le costó arrancar hasta la recuperación total de sus lesiones en el tobillo y de un dedo de la mano izquierda.


    Con contrato hasta 2012, Andy mira orgulloso a la grada, aquella en la que su mujer y sus hijos son los primeros en sentarse en cada partido, para ver a una afición que le quiere y que hasta le ha dedicado una peña, la de Andy Handia (Andy Grande), como si en lugar de en Harrisburg hubiese nacido en la orilla de La Concha. Deja huella.

    El soldado de cacao

    Tipo peculiar donde los haya, Andy Panko regresa cada verano a su casa de Hershey, un pueblo al que le dio su nombre la fábrica de chocolate más famosa de Estados Unidos. “Chocolate Town”, reza el pueblo atravesado en dos por la Avenida del Chocalate y la del Cacao, nombres que poco inspiran a un jugador que detesta tan dulce manjar.

    “Es que soy un tío aburrido, en serio. La gente no me cree, sé que no hay muchos jugadores con ese modo de vida. Después de entrenar me voy a casa para estar con mi hijo y mi mujer. Mi familia es el centro de mi vida. No bebo, no hago fiestas y solo espero ser buen padre y buen marido”, reconoce.

    “Creo que si eres feliz en casa y en tu vida personal, juegas mejor al basket”, continúa, descubriendo su forma de pensar: “No me gustan esos tíos que solo buscan el dinero y van hacia donde eso le lleve, para tener un coche tremendo o algo similar. A veces vienen americanos a Europa para reunir la máxima pasta posible y sumar todos los puntos que puedan. En Grecia vi eso, aunque lo de España creo que es diferente. Aquí son más ganadores, mejor gente, por eso me gusta jugar en la ACB y ya no me moveré de aquí. Sinceramente, veo a mis compañeros y me siento muy afortunado por formar parte de todo esto, por contar con una atmósfera tan favorable en la que jugar y ser feliz”.


    Amante de los Beatles y de Electronic Cash, Andy rompe la monotonía de higos a brevas para jugar al golf con su padre, ya retirado tras 35 años como doctor en Urgencias. En San Sebastián, prefiere sumergirse en el mundo de los libros o en las carreras con su hijo pequeño, jugando al fútbol, con las olas de la playa de Ondarreta como testigo de sus cómplices sonrisas.

    Crítico de la NBA y republicano convencido, solo el balón de basket alejó del campo de batalla a Andy. Mejor hacer estragos en la cancha y no en Faluya.

    Muchos se preguntan cómo un jugador con ese rendimiento, esa regularidad y esos números, no tuvieron jamás una oportunidad, aunque fuese mínima, en un grande de España o Europa. Él también se lo planteó. “Con lo que gustan y se necesitan por aquí los aleros altos… yo soy uno de ellos”, se lamentaba. Eso era antes, mucho antes de construir una visión más global de su vida, desmenuzando su carrera como un conjunto de etapas en las que todas fueron imprescindibles para construir al Panko que camina hoy hacia los 34 sin miedo ni complejos. “Solo busco salud y felicidad. Ya puedes tener todo el dinero del mundo y los coches más glamurosos, que sin esas dos cosas no tienes nada”.

    “Las guerras van y vienen, pero mis soldados son eternos”, cantaba Tupac Shakur. En San Sebastián la eternidad se la ganó un soldado azucarado, con aroma al cacao que impregna ese pueblito turístico a 25 minutos de su ciudad natal. De niño a hombre a base de centímetros inesperados. De flaco a fornido a base de horas incansables de gimnasio. De anónimo a la NBA, aunque fuese solo por un minuto, el más largo y fugaz de toda su vida. De temporero a clásico ACB y de ganar partidos a ganar corazones. Jamás un “aburrido” generó tanta diversión. Inofensivo en el campo de batalla, letal en el parqué. Dulce y duro a la vez, el soldado de cacao no se rinde en San Sebastián. Es su penúltima batalla.

    Daniel Barranquero
    @danibarranquero
    ACB.COM

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