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Moussa Diagne: la sonrisa de Rufisque
De la brutal naturaleza que se perdía en pasos y faltas al abuso en categorías inferiores, trascendiendo el perfil de interior africano. De Torrejón a Fuenlabrada, donde sus tapones y rebotes le colocan en el mapa, con origen Rufisque, Senegal

ACB Photo/A.Arrizabalaga

Redacción, 13 Mar. 2014.- Cuando Senegal aparece en la conversación, su rostro cambia. Su mirada coge luz, su voz disminuye varios tonos, la chispa de su sonrisa se apaga, su gesto adquiere una inusitada seriedad. Toda una expresión gestual que le confiere cinco, seis, quizá siete años más a su rostro. Como si, de golpe, hubiera entrado en una madurez que su sonrisa perenne parecía no querer asumir. Súbitamente, la responsabilidad aprisiona el gesto amable.

Recorriendo los pasillos del Fernando Martín a ritmo del mbalax que brota de sus sencillos auriculares. Saltando a la pista con una muñequera teñida de los colores de la bandera de su país. Cheikh Moussa Diagne no desaprovecha la ocasión de rebosar orgullo senegalés. Orgullo de los suyos, de una familia de la que, un día de marzo de 2011, se despidió. Se tuvo que despedir.

ACB Photo / F. Martínez


Relato de un abuso

La historia de Moussa Diagne en su segundo año de junior es la historia de un abuso. De un rebote ofensivo constante, de balones colgados allí donde los brazos de los defensores jamás alcanzarían, de mates por encima de ellos, de hacer que el rebote defensivo dejase de ser siquiera una opción para el rival, pues él machacaba antes de que el balón hubiera rebajado la perpendicular del aro.

Una historia de dos más uno y de dos contra uno. De exteriores con pánico a encontrárselo en la pintura. De canastas con anclaje en el techo que se removían una decena de centímetros hasta segundos después de que Moussa les dispensara su habitual brutal caricia.

La misma historia, en fin, que la de muchos otros interiores africanos que pueblan las canteras españolas. Pero algunos hechos no existen sin proyección futura. O existen, pero no valen la pena. O existen, pero se olvidan. O...

En la temporada 2011-12, Diagne jugaba en el EBA de Torrejón, con números destacados para un junior: 7,8 puntos, 9,6 rebotes, 1,2 tapones y 13,7 de valoración. Un año después, en su primera temporada senior y una división por encima, sus guarismos se movían en los mismos parámetros: 8,4 puntos, 8,9 rebotes, 1,2 tapones y 13,4 de valoración. 2013-14, desembarco completo en la Liga Endesa y crecimiento. Hasta moverse en cifras no tan lejanas en las últimas nueve jornadas (de la 13 a la 22): 4,6 puntos, 6,5 rebotes 1,1 tapones y 9,4 de valoración.

La evolución de Moussa Diagne
2011-12 - EBA2012-13 - LEB Plata2013-14 - Liga Endesa2013-14 - Liga Endesa (Jornadas 13-22)
Partidos26221910
Minutos20,621,215,519,6
Puntos7,88,43,74,6
Rebotes9,68,95,46,5
Tapones1,21,21,11,1
Faltas2,82,83,63,3
Valoración13,713,46,69,4


Año a año, ha mantenido un nivel de rendimiento e incidencia en el juego. Como si no hubiera saltos de categoría. De EBA a Liga Endesa en dos años. Sus cifras no habitarán en el escándalo de su último año junior, pero su juego ha alcanzado el siguiente nivel.

Lo que convierte su historia en rara avis entre las numerísticas estrellas de categorías inferiores. Moussa Diagne no es una ristra de números de abuso. O sí, lo es, pero con proyección. Con sentido. Con permanencia. Con...

ACB Photo / F. Martínez

¿Qué diferencia, pues, a Moussa Diagne, de ese perfil de jugador tan característico como es el interior africano, que, de un tiempo a esta parte, viene poblando las categorías inferiores en España? “Para mí hay varias razones que le diferencian, por lo menos con los que he tenido yo como entrenador”. Antonio Blázquez, James, es conocido en Madrid como entrenador de categorías inferiores. El primer entrenador de Diagne en España, como técnico del Baloncesto Torrejón ha dirigido a un buen número de interiores africanos. Un contacto que se multiplica si se le suman todos aquellos a los que se ha enfrentado. Y empieza la enumeración...

“El primero es la altura. Él es un 2.12, y el resto de africanos que hemos tenido nosotros estaban en 2.03-2.04”. Y no resulta trivial, cuando de exportar su juego a una categoría en la que los 2.10 ya no son una característica tan imposible como en categorías inferiores.

“El segundo es la capacidad de trabajo. Los africanos que he tenido yo tenían escasa capacidad de trabajo”, explica James. “Cuando vienen a Europa se encuentran muchas comodidades nuevas, cosas a las que ellos no están acostumbrados, y les cuesta. Están todo el día metidos en internet.” Aunque al borde del paroxismo, el análisis del técnico coloca la capacidad de trabajo de Diagne a otro nivel: “Él lo único que hacía en España era comer, entrenar y dormir”. Como si el mundo nuevo no existiera más allá del motivo primigenio de su llegada: jugar a baloncesto.

“Y la coordinación: es el tipo más coordinado de todos los que hemos tenido”, comenta. Desde su llegada, sus movimientos no recogían la torpeza esperable en un chaval de su edad y prácticamente neonato en el baloncesto. Se desplazaba por la pista a una velocidad adaptada al juego, machacaba sin que el salto y los movimientos con balón en las manos supusieran ruptura alguna y aprendía gestos técnicos que implicaban el uso del balón. “Tiene una coordinación impropia de un tipo de 212”, finaliza James.

Y, claro, Moussa Diagne era solo un chaval. Su cuerpo estaba lejos del cincelado de la madurez. Su sonrisa es hasta infantil. Cuando abandonó Torrejón, Diagne medía 212 centímetros. Y eso enterró las dudas que persiguen al simplista perfil de interior africano. El interrogante que absorbe el presente hasta despojarle del futuro proyectable. El que coloca en entredicho (o en ridículo) sus mastodónticos números. Su irreal dominio. La edad.

Porque Moussa, cuando llegó a Torrejón, medía solo 206...


Adiós, Rufisque

David Sanz parece haber perdido la cuenta de sus viajes a Senegal. Director técnico del Basket Torrejón, aprovechaba las becas disponibles en el club y su condición de asesor en la empresa de representación Global Sports Advisors para viajar al extremo occidental de África. A reclutar centímetros que completen su equipo, nombres que engrosen la cartera de su agencia en España y clientes con recorrido en el baloncesto.

Su planning de entrenamientos, campus y visitas a escuelas, entre el bullicio y la vida callejera de la sonriente Senegal, había dado ya con varios jugadores (Ousseinou Laye Basse o Bamba Toure) que acabaron realizando la ruta aérea Dakar-Madrid. “No sé, me gustó. Me gustó el día que lo vi y dije, ‘pues este’”, explica recordando el verano de 2010, cuando el viaje le cruzó con Moussa Diagne. Un espigado joven de unos 16 años que apenas llevaba uno o dos jugando con regularidad al baloncesto. “Me impactó la manera que tenía de rebotear, atlético, mucha capacidad física y de salto... Y dije ‘bueno, pues este es el que me gusta’”, rememora más de tres años después de aquel recurrente viaje.

“Yo estaba en mi barrio, en Rufisque, y organizaron un campus para ver jugadores que podían traer a España. Yo fui al campus y lo hice... bueno, normal... Me vieron y me dijeron que querían que viniera”. Los recuerdos de Moussa están lejos de la revelación. Como el que de súbito se topa con una realidad inesperada, casi inconcebible, aquel espigado chaval nacido en Guediawaye –a apenas un par de decenas de quilómetros de Rufisque– no concebía la radicalidad del cambio que se le avecinaba. “Yo no creía que fuese a venir. No me metía eso en la cabeza, porque quería estar con mi familia”. Pero el proceso siguió, David Sanz fue sorteando trámites burocráticos, hasta conseguir el permiso de trabajo para Moussa. Habían pasado más de ocho meses. Hasta marzo de 2011 no fue posible legalmente la llegada del jugador. “Seguimos hablando, hablando, y al final arreglaron todo lo que tenían que arreglar y llegué aquí”, cuenta Moussa, que no recuerda con claridad ni siquiera el mes en que hablaron con él por primera vez. Pero sí suelta sin titubear la fecha de su llegada a España: 22 de marzo de 2011.


Hola, baloncesto

Apenas habían pasado dos o tres años desde su primera vez con el balón naranja. Sus saltos eran para cazar balones de fútbol que querían entrar en su portería. Pero, claro, a alguien se le ocurrió repetir el comentario. Aquel por el que tantos pívots se introducen en el mundo de la canasta. Cómo alguien tan alto no prueba en el baloncesto, le comentó alguien a su tío Moustapha. “Yo le expliqué que a mí el baloncesto no me gusta, que era un deporte que no iba a practicar”, explicó la historia a Ezequiel Costa, de Área 18.

Y empezó a practicar el baloncesto en la pista junto al Ayuntamiento de Rufisque. “Tenía 14 o 15 años”, recuerda. Y el baloncesto convivió con el fútbol por un tiempo. “Me empezó a gustar (el basket) porque había que correr y saltar”, le explicaba a Costa. Y todavía se ríe cuando se le recuerdan sus declaraciones: ”Como portero soy mucho mejor que Casillas”.

Aunque, entre fútbol y baloncesto había que atender el negocio familiar. Su familia regenta una pequeña tienda de zapatillas, fabricadas artesanalmente. “Allí estaba estudiando y después lo dejé”. El negocio familiar primaba. Había que comprar el cuero, tratarlo, teñirlo, cortarlo, coserlo... Un proceso manual que Diagne había repetido con frecuencia antes de llegar a España. “Bueno, fabricar zapatos es complicado si no sabes hacerlo...”. Y se ríe. Porque Moussa ríe mucho. Contra el derroche de energía de sus saltos y la intensa seriedad que despliega en la pista contrasta su risa fuera de ella.


Hola, baloncesto (parte 2)

Todo cambió por completo. De repente, el vivir cotidiano había cobrado especial dificultad. Lejos del Senegal conocido, del calor de la extensa familia, Moussa se hallaba ante su primera experiencia vital en solitario. Hacía frío. Y apenas podía hablar con los que le rodeaban. Su único cometido era entrenar, jugar al baloncesto.

“Cuando llegué a España la adaptación era muy difícil. Es otro país, otro idioma... Es muy difícil hablar con tu entrenador. Él apenas habla francés y tú no hablas nada de español... Es muy difícil”, rememora sus primeros días. Aquel 22 de marzo de 2011 empezaba la múltiple inmersión. La vida ya no se explicaba en wolof, ya no transcurría en la calle y, ahora, el trabajo se había convertido en baloncesto.

Por suerte, el camino de Moussa ya había sido recorrido antes por otros senegaleses. Gaston Diedhiou vivía su cuarto año en Torrejón. Senegalés como él, tenía también el wolof como lengua materna. Y la vida en otro idioma siempre es más fácil si alguien ejerce de traductor. “Desde el primer día hacemos sesiones individuales con ellos dos, con Gaston casi de traductor”, rememora su entrenador, Antonio Blázquez, James.

La inmersión no solo era vital, también baloncestística. Llegaba un jugador en bruto, con un cuerpo extraordinario (2.06, envergadura todavía mayor, coordinado...), pero de desarrollo mínimo en cuanto al juego, incluso en lo técnico. “Lo primero es adaptarle al grupo, al idioma e intentar comunicarnos con él y que entienda lo que se juega en Europa”, explica James. Todo ello, sin margen alguno, recibiendo un refuerzo extra para la plantilla con la temporada en su recta final.

Un refuerzo de impacto demoledor en el rebote, pero cuya crudeza baloncestística apenas le permitía estar sobre la cancha una decena de minutos. “Llega con muy pocos conceptos. En los primeros partidos que juega tenemos mogollón de problemas con los pasos y las faltas. Hace pasos prácticamente en todas y raro es el partido que puede jugar más de 10-12 minutos por las faltas”. Su completa inmadurez baloncestística se hacía patente. Mas, incluso desde el mismo inicio, su impacto fue directo.

La tarea del cuerpo técnico torrejonero no fue de perfeccionamiento. No eran de tecnificación las sesiones que Moussa y Gaston pasaban con James. Era los rudimentos técnicos primeros. El baloncesto mezclado con la coordinación, el tacto de balón, lo que el reglamento permite y no permite hacer a tu cuerpo... “Las primeras sesiones son lo básico, técnica individual, pero al nivel más básico: movimientos básicos de poste, cómo agarrar el balón, cómo colocarse, cómo poner un tapón sin hacer falta...”, rememora James los primeros entrenamientos. “Eran cosas muy básicas, que se suelen hacer con jugadores infantiles o cadetes, pero es que Moussa venía sin nada. Hubo que empezar desde el principio”.

Pese a las faltas, pese a que un balón en sus manos no fuese sinónimo de éxito, Diagne mostraba insaciables ganas de atrapar el esférico. Su voluntad reboteadora le convertía en un manantial ya desde el inicio. Su altura, largos brazos y coordinación hacían el resto. “La posición de pívot es más sencilla, porque no tienes tanto que decidir”, analiza David Sanz. “Cuando eres tan decisivo en el rebote, en la intimidación, eres tan intenso..., es más sencillo, porque aportas de repente con muy poco”, explica. Además, los rudimentos técnicos que adquiría en los entrenamientos eran, sí, de mera inmersión, pero no la multitarea de un niño que empieza a jugar, sino aquella precisamente enfocada a maximizar lo que él poseía y nadie entrena, el tamaño.

29 de abril de 2011. Habían pasado 38 días desde que abandonó Rufisque. Y empezaba la Final Four de Madrid, con tres plazas en juego para el Campeonato de España. Primera jornada: el Torrejón tumba al Real Madrid de los Dani Díez, Jorge Sanz o Willy Hernangómez por 71-73. Diagne era casi tan desconocido para el baloncesto como para él lo era ese deporte de constantes pasos y faltas. “Los dos países son muy diferentes en baloncesto. En Senegal hay muchos contactos y es más como el baloncesto americano: hay pasos que aquí los pitan y allí no”, comenta hoy el jugador. Pero su brutalidad reboteadora brillaba por sí sola. Sus 13 rebotes en el triunfo ante el conjunto blanco, que acabaría proclamándose campeón, le pusieron directamente en el mapa de la Comunidad.

En la segunda jornada, ante Fuenlabrada, 8 puntos y 21 rebotes en la derrota frente al Fuenlabrada. En la última, el duelo a cara de perro ante Asefa Estudiantes acaba con las aspiraciones torrejoneras de clasificarse para el Campeonato de España. Pero las condiciones de Moussa dejaban a las claras que solo la inmadurez baloncestística impedía un dominio abrumador. Llevaba un mes y medio en el país, apenas hablaba español, pero terminó como máximo reboteador del torneo, con los escasos minutos en pista que sus taras le permitían.


Gestar un abuso

La historia de Moussa Diagne en su segundo año de junior es la historia de un abuso.

“En los tres meses antes de verano aprendió muchísimo”, recuerda James. Pero no se trataba solo del control de los impulsos que conducían a la ristra de faltas, ni de asociar y automatizar los movimientos con los pies para evitar los pasos. Había que introducir a Moussa en los conceptos de juego, crear una relación productiva con el balón, lograr su incidencia en el ataque... Llevarle un estadio más allá de lo que su brutal naturaleza ya permitía.

La misma que le coloca en dinámica del equipo EBA. “Le poníamos a entrenar con el EBA en las partes sencillas, no 5x5 con muchos sistemas, pero sí que participara, que se sintiera útil”, cuenta David Sanz, técnico del senior torrejonero. Reclutador, director deportivo, agente y, ahora, también entrenador, cerrando el círculo económico y deportivo sobre el jugador.

Y el momento llegó. “En ataque empieza a producir como junior de segundo año, cuando ya estaba más adaptado, sobre todo al sistema de juego europeo, y los pasos y faltas ya estaban más o menos solucionados. Ahí es cuando rompe la liga”, explica James.

Diagne había empezado a ser una referencia ofensiva, de balones doblados, tras rebote ofensivo, de balones al poste para terminar con incipientes ganchos por encima de su defensor. “Él tiene muy buenas manos: aunque vino prácticamente sin jugar, era capaz de agarrar bien el balón, de soltar el balón en tiros como ganchos o semiganchos, que no es habitual en un jugador de esas características físicas y que no había jugado nunca”, comenta James. “Tiene muy buenas manos, eso le diferencia de otros jugadores que hemos tenido: a él le pasas un melón y te hace un dos más uno”, corrobora con la exageración David Sanz. Existían las aptitudes para que su aportación ofensiva creciera. A lo que Sanz añade la beneficiosa influencia de su experiencia tratando de convertirse en Oliver Kahn: “Yo creo que haber sido portero de fútbol, tanto como para sus manos como para su percepción espacial es decisivo. Cuando ve el balón en el aire sabe dónde va. Tiene unas cuantas cosas más desarrolladas con respecto a otros jugadores de baloncesto, incluso sus movimientos de pies laterales”, analiza Sanz.

James no tiene tan clara la asociación (“no sé qué trabajaría siendo portero...”), pero sí que ve condiciones innatas superiores (“... pero con otros jugadores similares nunca hemos tenido esas sensaciones que tuvimos con él”). Talento. “Tiene dos cosas que son muy importantes: es muy coordinado y tiene una gran capacidad de trabajo. De los jugadores que tuve en Torrejón es, de largo, con el que más he trabajado y el que más quería trabajar. Cuando vino tenía muy claro a qué venía a Europa”, ahonda su primer entrenador en España. “Eso es lo que dice James...”, rehúsa el jugador, al que, claro, le hace gracia lo de comer y dormir: “Hasta ahora lo que he estado haciendo es comer, dormir y entrenar. Ahora hago alguna cosa más, veo películas...”.

Baloncesto Torrejón era, junto a Real Madrid y Asefa Estudiantes, el junior más poderoso de Madrid. Así lo demostraron en la fase regular. En Semana Santa, Diagne empezó a escribir su nombre en un estadio mediático superior. El Cholet Mondial Basketball invitaba de nuevo al Basket Torrejón, con Moussa Diagne ya como un jugador de elevado impacto en el juego. Solo el Elan Chalon les privó del título, mas Diagne fue el máximo reboteador del torneo, con la exageración de 17,4 capturas por partido, muy por delante del segundo, Clint Ndoumba Capela (primera ronda en las predicciones del Draft NBA 2014). Solo el suizo le arrebató el MVP, con 27 de valoración media, por los 26 de Diagne.


Diagne, en la Final Four Junior de Madrid 2012
(Foto Federación de Baloncesto de Madrid)


Pero su verdadero estallido mediático llegó en la Final Four de Madrid. Sus cifras se mantenían en lo descabelladamente usual; sencillamente, se presentaron los focos –y las comparaciones– para acabar de generar el hype.

26 puntos, 22 rebotes, 11 faltas recibidas y 47 de valoración en la derrota frente al Real Madrid, 13 puntos, 11 rebotes, y 27 de valoración en el triunfo ante Estudiantes. Y el partido que le colocó en boca de muchos: 26 puntos, 27 de rebotes y 50 de valoración ante Fuenlabrada. Todo se disparó...


“Madrid descubre al último africano que apunta a la NBA”, recogía el diario Marca, lo que a veces constituye motivo suficiente para colocar a alguien en el plano mediático. El dato hizo el resto. Porque, para que la entrada en lo mediático sea completa, hace falta un extra, un más que, un igual que, un desde que... Y Nikola Mirotic apareció, sin querer, para ofrecérselo a Diagne.

“Yo no sabía que aquello era tan importante aquí. Yo siempre voy a jugar, a hacer lo que tengo que hacer y me vuelvo a casa”. A comer y a dormir, añade. Y se ríe. “No sabía que eso era tan importante. La gente me llama y me escribe e-mails y me dicen ‘¿tú sabes que le has quitado el récord a Mirotic y a Javi Vega?. Y yo preguntaba ‘¿qué es eso?’. Me lo explicó James y yo dije... ‘¿sí?’. Era importante... Al final son cosas muy bonitas para mí”. Porque sus 50 de valoración dejaron atrás los 43 que Mirotic y su ahora compañero Javi Vega habían establecido como récord en ese pequeño reducto llamado Final Four de Madrid. Y era sobre todo el concepto de haber superado a Mirotic –otro jugador de paradigmático dominio numérico en categorías inferiores, y que en abril de 2012 ya se había ganado un nombre en la Liga Endesa– el que disparó a Diagne. Poco importaba la ciencia del récord cuando el impulso ya estaba ahí.

“Ese era su nivel. Durante la temporada llevábamos estadística propia, la que hacía mi delegado, y se fue a más de 50 de valoración más de un día. Lo que pasa es que, al no ser estadística oficial, eso no llega”, recuerda su técnico, James.

Un solo partido, en el que su Torrejón perdió, pasó por encima del escándalo que fue su torneo completo: 21,6 puntos, 20 rebotes, 41 de valoración media, MVP y su equipo clasificado para el Campeonato de España.

Allí, su media cayó hasta los 10,3 rebotes y 19,8 de valoración, poniendo fin a su etapa torrejonera, que había durado menos de un año y medio. Sus agentes, con Manel Bosch a la cabeza, se habían encargado de que su aspiración la próxima temporada pudiese ser superior. “Me dicen que qué me parece irme a Fuenlabrada. Yo hablé con gente, pedí consejos y me dijeron que era un buen club y que estaba bien para un joven”. Y tomó la circunvalación que llevaba de extrarradio a extrarradio. Sur de Madrid. Cinco años, 2017.


El impacto

Y debutó en la Liga Endesa ya en la Jornada 1, pero fue una temporada de doble vida. Completaba los entrenos de Porfi Fisac y Trifón Poch, pero jugaba en LEB Plata con el Grupo Eulen Carrefour ‘El Bulevar’ de Ávila. “Al principio se me hizo un poco difícil. Era mi primer año en Fuenlabrada, y no tenía tanta fuerza como ahora, como ves”. Y señala el volumen de su brazo. Y carcajada. “No tenía tanta fuerza para defender a los mejores pívots. Estaba en el segundo equipo, para coger ritmo, para aguantar. Y este año he conseguido estar con ellos, luchando cada día para hacer las cosas bien”.

Moussa Diagne, en su debut en la Liga Endesa (Foto Álvaro Paricio)

Moussa Diagne partía como quinto interior, tras Andy Panko, Marcus Arnold, Javi Vega y Adrián Laso. Ni siquiera tenía ficha con el primer equipo. Juega como vinculado, aunque no ha llegado a entrenar con el Fundación Baloncesto Fuenlabrada de LEB Plata. Su inicio titubeante, coartado por las faltas, se traduce en 2 puntos, 2,6 puntos, 4 faltas y 1 de valoración media en los cinco primeros partidos. Pero el mercado se movió para hacerle hueco, con Adrián Laso cedido al Breogán Lugo. Y, pese a la llegada de Eloy Vargas, su papel fue creciendo. Diagne quemaba etapas a largos pasos. Cuatro tapones ante La Bruixa d’Or; doble-doble, con 15 rebotes ante el CB Valladolid, colándose entre los mejores reboteadores de la competición...

Las dos temporadas de Moussa Diagne
Jornadas 2-12Jornadas 13-22
Minutos12,219,6
Puntos2,74,6
Rebotes4,26,5
Tapones1,11,1
Faltas personales3,83,3
Valoración3,79,4


Su última decena de partidos en nada tiene que ver con la primera. El senegalés ha extremado su utilidad hasta el punto de ser ya un jugador de impacto en la Liga Endesa.

Excelente taponador (4º en la competición) y buen reboteador, cumple sobradamente el específico rol que le confieren su estatura y su envergadura (227 centímetros), aunque para terminar de encajarle en el papel de especialista defensivo todavía necesita capacidad para soportar el cuerpo a cuerpo y, especialmente, controlar las faltas. El jugador que más faltas comete en la Liga Endesa, vive amarrado a ese lastre que reduce sus minutos en pista, corta sus rachas dentro de los partidos y, lo que es peor, cohíbe su naturaleza.

“Las faltas es lo que más estoy trabajando. Estoy trabajando con Sergio (Jiménez), Ferran (López) y Chus (Mateo)”, declaraba antes de la llegada del nuevo entrenador, Luis Casimiro. “Tengo que saber en qué momento tengo que ayudar, en qué momento tengo que salir, en qué momento tengo que saltar”. Como peleado con el tempo, su control le permitirá ser más que un taponador. Un intimidador defensivo en toda regla, capaz de adaptarse al perfil.

Diagne, peligro al tapón (Baloncesto Fuenlabrada / Fran Martínez)

Abrazar el tópico de pívot africano para luego despojarse de él. “Yo estoy convencido de que Moussa va a mejorar mucho y de que puede ser un anotador más que correcto”, explica James sobre su pupilo, que, ahora, ofensivamente, es poco más que un finalizador, con hambre por colgarse del aro cuando un balón doblado aparece en sus manos o tras capturar un rebote ofensivo. Incluso capaz de soltar el balón en las cercanías del aro tras revolverse o realizar un sencillo movimiento de pies. Pero lejos, todavía, del impacto ofensivo, de recibir el balón al poste, de disponer de rango dos metros más allá del círculo, de buscarse sus canastas en el fragor del cuerpo a cuerpo.

“Ofensivamente, un jugador interior madura mucho más tarde. El ejemplo más parecido a él lo puedo ver en Ibaka, que en categorías inferiores era más taponador y reboteador y ahora en la NBA, después de algunos años, es capaz de meter 20 puntos”, dice seguro James. Porque, para los que le acogieron tras su llegada, NBA es un término recurrente.

“En tres años será NBA”. Así de tajante se mostraba David Sanz en 2012. Y mantiene la apuesta: “Yo creo que su techo está alto. Moussa puede dominar la ACB perfectamente. Todavía tiene que desarrollar muchas cosas, pero tiene un instinto muy bueno para jugar a esto”, comenta Sanz. “Si tuviera que apostar te diría que lo veo, en cuanto a nivel, más donde está Ibaka que donde está Biyombo, que sí que es más especialista defensivo. Pero eso depende de tantas cosas ajenas a él...”, refuerza el mensaje actualmente James, que aventura no solo su desembarco, sino el nivel.

Nacido en 1994, el nombre de Diagne podría aparecer en el próximo Draft solo si se inscribiera en él. 2016 es la fecha límite, cuando sería automáticamente elegible. Aunque las tres siglas americanas solo merecen una amplia y evasiva sonrisa por su parte, críptico también en su mensaje sobre sus aspiraciones baloncestísticas. Como si debiera improvisar algo con lo que nunca había fantaseado. “Mi objetivo es conseguir lo que quiero conseguir: ganar títulos en los equipos en los que esté. Y llegar al mejor nivel que pueda”.

Moussa Diagne, un jugador, una muñequera (ACB Photo/F. Martínez)

Y vestir algún día el verde, amarillo y rojo en algún lugar más que en la muñequera. “Todos los jugadores quieren jugar con su país”. Sin contacto alguno todavía con el cuerpo técnico de una selección que logró el bronce en el último Afrobasket, la posibilidad de verle en la Copa del Mundo de España 2014 parece todavía prematura. Aunque la volatilidad en las convocatorias y la escasa estabilidad del baloncesto senegalés abre las puertas a la oportunidad. Al frente del baloncesto en su país figura ahora un Comité de Normalización, después de la disolución del ente federativo decretada por el gobierno, una vez la FIBA multara a Senegal por fraude en la edad de jugadores en torneos Sub18, deuda que pudo privarle de participar en el Mundial este verano. Mas Moussa Diagne está cerca de ser un desconocido en su país. Nunca fue internacional en categorías inferiores, se marchó de allí cuando su baloncesto era todavía un juego y no alcanza la repercusión que se logra si el viaje se realiza a Estados Unidos.

Pero él no olvida su muñequera. Volverá a cambiar su rostro cuando se le pregunte por Senegal. “Senegal es un país muy tranquilo y muy bonito, a mí me gusta mucho”. E, invadido por esa misma seriedad y responsabilidad, ya planea una escuela de baloncesto en su Rufisque. “Creo que todo jugador, después de su carrera en el baloncesto, quiere trabajar donde vive y allí de donde es. Yo soy de Senegal, de Rufisque, y quiero, cuando se termine mi carrera, montar una academia”. Como si de repente fuese un adulto y no ese chaval de sonrisa y seriedad alternamente perennes. Los días ya no son tan fríos como los de marzo de 2011. Ya no hace falta traductor. Pero se mantienen los ritmos festivos del mbalax.

David Vidal
ACB.COM

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