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Cuando Europa fue verdinegra
Corny Thompson cargaba el balón desde la nuca para soltarlo con la certeza de que aquel triple que sobrevolaba el cargado ambiente de La Mano de Elías llevaba impreso esa distinción reservada a los elegidos. Ni la losa del triple de Djordjevic, ni tampoco la insoportable espera tras el tiro libre fallado por Paspalj arrebataron la gloria a un club, a una ciudad y a una manera única de entender el baloncesto. Hace 20 años Europa se teñía de verdinegro.

Jofresa y Villacampa, el bressol conquistaba Europa (Penya.com)

"Seréis los campeones, pero para eso las tienes que meter". Jordi Villacampa susurraba al oído de Zarko Paspalj una frase contundente, llena del fino veneno con el que había estado jugueteando el Olympiakós en los últimos minutos.

A 6:40 para acabar el partido, los griegos dominaban un encuentro bronco, pegajoso y lento por 57-52. Tomàs Jofresa cometía su cuarta falta tras haber regalado un pase en el ataque anterior. Camino del banquillo, preso de la frustración, el eléctrico base se llevaba ostensiblemente las manos a la cara; y lo peor era que podía contagiar en el ánimo de sus compañeros. El 7UP Joventut estaba paralizado, víctima de la aplastante presión y de la falta de una brújula válida. Desubicada, a la Penya casi todo tenía un sabor parecido a aquel inesperado y amargo postre que sirvió Djordjevic en el Abdi Ipekçi de Estambul.

Si alguien podía conocer cómo el devenir de un partido puede asemejarse a un cuadro cubista ése era Obradovic. Los verdinegros se unieron a su enemigo y le cedieron un grupo de jugadores talentosos al que le faltaba un pequeño golpe de suerte. Trabajo. Psicología. Gestión. El serbio modelaba esos conceptos con magistral habilidad, pero también había sabido ganarse los favores de la Diosa Fortuna: "Tuvimos la suerte necesaria para ganar este tipo de partidos".

Pero su impecable trabajo durante los meses anteriores habían llevado a un dulce momento a los catalanes. Tras seis victorias seguidas, se plantaban en la final de Tel Aviv. Su capacidad para gestionar grupos, invisible al ojo público, había facilitado la faena. Y su aplaudida labor sobre el estado mental de sus chicos (por la mañana rehuyó entrenar para llevarse a su grupo a dar una relajante vuelta por el zoo de la ciudad), ayudaba a dar el toque justo para poder presentarse con plena confianza a ese sprint final convertido en una carrera de tortugas.

El técnico se bajaba a la altura de Tomàs Jofresa para musitarle unas palabras que relativizaran sus errores. En el control de las emociones estaba la clave. A más de 3000 kilómetros de La Mano de Elías, el corazón bombeaba litros de ilusión, de esfuerzos. Los aficionados de la Penya convertían el Olímpic de Badalona en un pequeño Teatro de los Sueños, por obra y gracia de una pantalla gigante. Pero si había alguna manera de que toda aquella marabunta colectiva de sentimientos pudiera alcanzar a sus jugadores, Obradovic se iba a encargar de controlarlo para canalizarlo en positivo.

El Olímpic empujaba desde la distancia (Penya.com)


57-53

("¿Miedo? Si sintiera miedo me iría a mi casa. Tampoco creo que ningún jugador de mi equipo tenga miedo. Intentan hacer las cosas bien y a veces no salen como esperan")

Dos minutos después, nada había ocurrido. Nada en cuanto a resultado, pero el caldo comenzaba a coger temperatura. Zeljko aplaudía un buen esfuerzo defensivo de los suyos. Su relajado gesto ayudaba a transmitir las ideas correctas, la línea recta hacia el trofeo de metacrilato. Pero, por supuesto, por delante suyo estaban los actores. Sin ellos, ni el mejor director podía sacar una película decente. Los cinco en pista (Rafa Jofresa, Villacampa, Smith, Thompson y Ferran) no mostraban ni un mínimo atisbo de pánico. Gestos suaves, miradas tranquilas, sin reproches ni recriminaciones… Corny aleccionaba a sus compañeros, mientras Ferran anotaba un tiro libre. El único punto en tres minutos de juego.

Olympiakós sesteaba, víctima de su cicatería y de su inacción ofensiva. Tiros forzados en los segundos finales, nula actividad en el rebote ofensivo: el símil más certero del autobús futbolero. Solo en una ocasión coquetearían con el riesgo: un contraataque de Sigalas que acabaría en falta sobre el rebote ofensivo de Paspalj. El inicio del final.

El alero le regateaba a su condición de líder (al menos en cuanto al bolsillo) y fallaba estrepitosamente sus dos lanzamientos. Su cara se deformaba, su muñeca se aplastaba ante la presión y sometía a todo el equipo a un estado de confusión, mientras Ioannidis, en la banda, amagaba con despojarse violentamente de su chaqueta.

57-56

Pero la Penya, pese a su paciente espera, no encontraba su momento. Pese a que el banquillo, con un Tomàs Jofresa recuperado de su flaqueza, se desgañitaba empujando el ánimo, sus compañeros se sumían en un mar de dudas en ataque, con nula agresividad y detalles de juego incompletos. Exceptuando a Villacampa, el juego se limitaba a describir el arco superior de un abanico sin forzar apenas la cómoda defensa griega. Y fue el capitán, el ídolo, el líder, quien abrió la lata.


El esfuerzo de Corny dio un valioso instante de reposo (ACB Photo)

Una pausa real de partido para secar el sudor en el parquet de un bravo esfuerzo defensivo de Corny Thompson invitó al quinteto verdinegro a visualizar mejor su siguiente ataque, mientras el Olympiakós se acongojaba. Pensar. Jofresa tomaba aire y marcaba DOS, un sistema controlado (como si el resto del partido no lo hubiera sido) para obtener un tiro cómodo.

Sin embargo, el basket es un deporte de oportunidades. De giros inesperados. Milan Tomic, el base serbo-griego caía al suelo tratando de sostener un movimiento rutinario de Rafa Jofresa. Ese detalle imprevisto generó la ventaja. Rafa buscó fortuna para fijar ayudas y doblarla sobre Ferran. El pívot supo ver liberado a Villacampa, quien fintó ante la recuperación con el espíritu de un funcionario de Paspalj. Un bote lateral fue todo lo que necesitó para acomodar su cuerpo a una confortable posición de triple mil veces repetida, mil veces exitosa.

57-56. Dos minutos. La garganta oprimía el aire a los griegos. La escasa saliva se secaba a su paso. La mano temblaba y las piernas flaqueaban, pero solo en las mentes de los que juegan a esto para evitar la derrota. Corny Thompson no era, ni de lejos, uno de ésos. Agazapado durante muchos minutos, apretando los dientes para sujetar a Roy Tarpley, la superestrella que sí formaba parte de ese numeroso grupo de deportistas, el "Papi" estaba preparado para desempeñar cualquier rol que su equipo le demandara.

57-59

Lo mismo que Villacampa o Smith, cuyos dos rebotes ofensivos consecutivos en el minuto final ejemplificaban ese ardiente borboteo del caldo. Con menos de 30 segundos, Jofresa elegía a Mike Smith para iniciar una jugada que debía llegarle de nuevo a sus manos. El neoyorquino vio cerrada su salida hacia el bloqueo, pero por el contrario obtenía un goloso pasillo hacia el aro. Mike asumió gustoso el reto, pero todo el Olympiakós se cerró sobre su poderosa penetración. Era una temeridad buscar un tiro en esas condiciones, por lo que en su alargado desafío a la gravedad, descubrió abierto a Jofresa y éste cambió la apuesta a favor de un Corny Thompson liberado.

Tarpley corrió desesperadamente hacia su posición, pero la mente y el cuerpo de Corny fluyeron a través de un harmónico lanzamiento que, sin atisbo de duda, atravesó las redes del cielo. 57-59.

Pero en ese Juicio Final todavía quedaba un asunto pendiente: la consideración de Paspalj como villano. Los árbitros llevaban al serbio al estrado del uno más uno. Tras un tiempo muerto, Jordi Villacampa le susurraba unas breves pero contundentes palabras y la violenta trayectoria del balón hacia un lado del aro lo incriminó.

Tras tocarlo un defensor verdinegro, Rafa Jofresa a duras penas conseguía retener el balón en la mismísima esquina y lo lanzaba a los aires de La Mano de Elías. La mesa estiraba el tiempo como los relojes blandos de Dalí, mientras los griegos rescataban un balón llovido del cielo. Paspalj solicitaba un recurso con el que alargar su agonía cinco minutos, pero otro tiro errado más lo mandaba al infierno de la ignominia.

Final: delirio y éxtasis

Los errores de Paspalj sumieron a su equipo al miedo (ACB Photo)


Liberados del fantasma de Djordjevic, despojados de la asfixiante sobrepresión de un encuentro jugado punto a punto y con el fresco recuerdo de una semifinal vencida al FC Barcelona con otra remontada que coqueteó con lo metafísico, los jugadores y el cuerpo técnico se dejaron llevar por la más sana de las locuras: el éxtasis: gritos, llantos y risas descontroladas, abrazos al azar de una efusividad sobrehumana, brazos al aire... Nadie se escapaba de celebrarlo en grupo, por que, si bien la derrota siempre deja imágenes de jugadores aislados, la victoria se degusta en colectivo.

Y en una burbuja. El parquet del pabellón de Tel Aviv era su trabajada burbuja. Ni siquiera las hordas de periodistas que revoloteaban la alocada piña podían estorbar la pérdida de la realidad a los nuevos campeones de Europa. Más aún cuando Jordi Villacampa, el hombre que había abierto el camino de la remontada, apuntaba el ridículo diseño de metacrilato hacia los aires.

También cuando Corny Thompson vestía su cuello con la red que le otorgó un lugar eterno en el corazón de muchos seguidores. Y naturalmente cuando las ocho botellas de cava que habían viajado desde Badalona fueron descorchadas en un vestuario desbordado por la extrema felicidad. No quedó ni una a salvo para la cena posterior. Tal vez alguna de ellas rociara a Lolo Sáinz, que bajó a felicitar efusivamente a sus expupilos. Su mente también había visualizado el terrible final de Estambul. Un doloroso recuerdo que avivó las ganas de festejar sin tapujos.

El vestuario regó su felicidad de cava (Penya.com)


3000 kilómetros después, la plantilla se fundía con una ciudad rendida a los pies de un grupo de seres humanos que habían padecido ("Oíamos opiniones y callábamos. Pero nosotros sabíamos que ganar la Liga Europea no era misión imposible"), que habían luchado en silencio, que habían esperado pacientes su momento de gloria.

El baloncesto siempre da segundas oportunidades.

Rafa Jofresa, Tomàs Jofresa, Iván Corrales, Jordi Villacampa, Dani Pérez, Mike Smith, Corny Thompson, Alfons Albert, Ferran Martínez, Juanan Morales y Dani García. Zeljko Obradovic y Josep Maria Izquierdo.

Un equipo legendario (Penya.com)


Un 21 de abril de 1994, el 7UP Joventut teñía Europa de verdinegro.

Reportaje de TV3

Oscar Cuesta
@oscarcuesta76
ACB

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