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Carlos Montes: Adiós al 'Creyente'
Javier Ortiz pone su firma al recuerdo de Carlos Montes, tristemente fallecido en accidente de tráfico. Mezcla de poderoso físico y talento disciplinado, Montes tuvo una amplia trayectoria en nuestra liga pasando por Estudiantes, Caja San Fernando, Granada, Cáceres y Valladolid

“Tener maneras de caballero,
la sabiduría del escudero,
batirse en duelo contra el olvido
o afrontar el paso de tiempo rendido
entre sábanas de soberbia
y amores vencidos”.

Loquillo – ‘El Creyente’


Carlos Montes en su época estudiantil

La cosa con Carlos Montes García (Madrid, 3-10-1965; Madrid, 6-6-2014) es en principio bastante fácil: cómo ejecutar perfectamente lo que se pide de ti a cada momento, en cada segundo, cómo reinventarte constantemente sin que te importe un pimiento si ser cola de león, cabeza de ratón o todos los topicazos. Su muerte deja un vacío brutal, mucho más allá de los números que pueda haber acumulado en sus 18 temporadas consecutivas en la Liga Endesa (1984-2002), toda esa basura algebraica que quedará para los obituarios. Era uno de los nuestros, una estrella invisible de las que están obsesionadas por sumar para el colectivo sin que necesite ni una décima aparecer en los titulares. Nadie debería morir con 48 años, pero menos todavía alguien así, tan vital, tan generoso dentro y fuera de la pista.

Un insuperable muro en la madrileña calle Arturo Soria acaba con un histórico que se pasó por el forro cualquier estadística, y eso que tiempo tuvo para acumularlas. Pero el baloncesto son cinco contra cinco, no una feria de las individualidades. Un deporte en el que el mejor profesional es el que va evolucionando de manera sorda, ser la pieza del Tetris que a cada momento imagina el tipo de traje que gesticula en la banda. O así debe ser para el que quiere ganarse la vida con esto. Montes lo leyó con fanática exactitud: desde el atleta brutal que podía competir con los americanos en los primeros concursos de mates, allá por mediados de los 80, al jugador de equipo que siempre intuía dónde iba a ir el pase y que podía sentirse cómodo pasando minutos y minutos en pista sin mirar siquiera al aro contrario. Lo suyo era que el jugador al que marcaba soñase la siguiente noche con su pelo ya canoso. Cinco contra cinco y un marcador al final. Lo primero y lo último. ¿Que me la pasan y me flotan? Se la paso al bueno. Nada más.

Estudiantes estuvo listo cuando en 1984 le ‘reclutó’ procedente del junior del Alcorcón. Adicto a jugadores-pegamento, el club colegial y Montes se enamoraron mutuamente enseguida, un poco como anticipo de lo que sería posteriormente gente como Carlos Jiménez o Rodrigo de la Fuente. Su exuberancia física cuadraba al lado de David Russell y la ‘Demencia’, siempre aficionada a los motes, le acogió como ‘Saltamontes’. Estábamos ante un jugador que mezclaba bien el desenfado y la disciplina, como si cada partido lo acogiese un ‘playground’ con olor a Serrano 127. Era divertido, sí, pero sin olvidarse que había que ganar.

Hay un dato que explica bien el tipo de profesional que fue: siendo el octavo en partidos jugados en la etapa ACB (‘solo’ 605), es el único entre los 20 primeros que nunca llegó a ser internacional absoluto con España. ¿Lectura? Complementario al máximo pero nunca con la tentación estelar de entrar entre los preseleccionados para Antonio Díaz Miguel, aunque sí fue internacional junior y promesa.


Carlos Montes durante su etapa en Caja San Fernando

Eso sí, tenía un especial don para el robo de balón. Se necesita ese ‘sexto sentido’ peculiar para saber dónde va a ir la bola, para meter la mano en el momento adecuado sin hacer falta y que eso, aun estando en tu zona, suponga prácticamente una canasta en la otra porque la bandeja se va a producir tres segundos después. Su inconveniente principal era el tiro lejano, con una mecánica excesivamente lenta contra la que nunca llegó a rebelarse.

En 1991 dio el salto al Caja San Fernando, donde se mostró definitivamente como un escolta poliédrico, capaz al mismo tiempo de secar a la estrella rival y correr el contraataque con fruición. Los entrenadores siempre agradecen a los jugadores que les hacen caso. Y Carlos iba de ese palo: el único numerito que importa es el de la anotación de mi equipo si es, aunque sea por una unidad, superior a la del rival. Si a mi lado Brian Jackson, Benito Doblado o Raúl Pérez se hinchan a meter y ganamos, es que he hecho bien mi trabajo.

Así llegó el histórico subcampeonato de 1996, ese que hizo a Sevilla vibrar con el baloncesto como nunca desde el ascenso. La longevidad acabó siendo un mensaje en sí mismo. Rebasados los 30 se marchó a Granada y con 33 fichó por el Cáceres, que le tuvo hasta los 36. Hasta apuró la época ACB sin necesidad de bajar a la LEB un añito más en Valladolid: los entrenadores sabían que con él no iba a haber ‘rajadas’ en el vestuario por muy poco que jugase. Solamente un tipo que sumaba, sumaba y sumaba con la misma eterna sonrisa que borraba sobra la pista, cuando se convertía en un ‘cicuta’ para el americano exterior rival.

“Me gustaba mucho el baloncesto, me involucraba mucho en el proyecto de cada club en el que estaba. La gente necesita sentir eso cuando ve a un jugador, percibir que se parte el alma aunque no sea de la misma ciudad”, me contaba hace unos meses cuando le entrevisté para Espacio Liga Endesa . La verdad: no había manera de colgarle cuando se trataba de charlar de baloncesto. Y no era una cuestión de la élite, como cuando después de retirarse llegó a ser director deportivo del Estudiantes. Se trataba de canastas y de creer en ese juego de cinco contra cinco que intentaba inculcarle a sus chicos del Joyfe en Primera Nacional madrileña.


Carlos Montes se esfuerza bajo los tableros

Obviamente, tenía que cultivar con devoción de ese físico que le dio tantos años de comer. Probablemente hubiese podido seguir jugando tras el año del Forum Valladolid. “El cuerpo de uno es su herramienta de trabajo y tiene que cuidarla. Entrenaba en verano, algo que por entonces no se hacía mucho, para llegar por debajo de mi peso en las pretemporadas y que me costase menos. Todo era adaptarse y me especialicé en defender porque casi siempre había grandes jugadores ofensivos en los equipos por los que pasé”, explicaba.

Todo sazonado por el gesto más maravilloso del mundo: una sonrisa tan contagiosa y constante que parecía de ciencia ficción. Era difícil verle enfadado, por muy competitivo que fuese el barniz de su baloncesto. La naturalidad, la felicidad por estar en un deporte que amaba, lo impregnaba todo. Le llamabas a la hora de la siesta, siempre sacrosanta para el jugador de basket, y te cogía el teléfono con buen humor.

“Hola Javier,

te mando unas fotos que he encontrado.

Me alegro haber hablado contigo y recordar viejos tiempos. Hoy en día con los chicos que estoy piensan que eso era la prehistoria y por supuesto todo lo que sea anterior a Navarro lo desconocen.

Mándame un ok para saber que te ha llegado el correo.

Un abrazo

Carlos Montes”.




El último mail recibido del Creyente. Así, con mayúsculas.

Javier Ortiz
@bujacocesto
Redactor del Periódico de Extremadura

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