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Huertas, adrenalina y sobriedad
Tras anotar el tiro ganador, Marcelinho Huertas vivió el éxtasis poseído por la adrenalina. Luego, su mirada no desprendía la pasión desbordada del ganador, sino seriedad y sentido de la responsabilidad

Redacción, 16 Jun 2014.- Si Marcelo Tieppo Huertas se retirase hoy, dos tiros sustentarían su estatua azulgrana. El triple ganador en el Palau Blaugrana en el primer partido de la Final de la Liga Endesa 2011-12 y el tiro ganador en el quinto partido de las semifinales de la 2013-14, en la Fonteta.



Dos lanzamientos que ejemplifican a la perfección la definición de tiro ganador: sobre la bocina y dando la victoria a su equipo. El primero, ha quedado como la viva imagen del título azulgrana de Liga Endesa en 2012, aunque fuese en el primer partido. El segundo es, por el momento, la salvación de un Barça que estuvo cerca de la eliminación. Aunque, en ese instante en el que Marcelinho Huertas se sostiene en el aire con acrobacia similar, se contienen dos partidos muy diferentes. Y eso que sus elevaciones a una pierna, con prolongadas estancias en el aire buscando el impulso a favor del aro (o en contra el rival) pone una base muy Marcelinho a ambos lanzamientos.

ACB Photo / M. Á. Polo

En 2012, apareció tras un partido más que discreto (no había anotado hasta ese momento) para acabar convirtiéndose en héroe. En 2014, el tiro ganador aparece como la culminación de un partido histórico. Con 22 puntos (70% en tiros de dos, 50% en triples), 5 rebotes, 9 asistencias, 2 robos y 31 de valoración en 40 minutos, Huertas terminó jugando uno de sus mejores partido con la camiseta del Barça. La mayor combinación de partido importante, actuación brillante y resolución decisiva, como mínimo. En cuanto a números, no alcanzaba una valoración tan alta desde el 25 de noviembre de 2012, cuando terminó en 33 de valoración ante... el Valencia Basket.

Y el tiro, ese, solo vino a hacer que el héroe llegase con el respaldo del partido. Porque Marcelinho Huertas era el órdago. Sus 40 minutos en pista suponían la entrega del equipo a las manos brasileñas, renunciando a Jacob Pullen y Víctor Sada. Sin estridencias de velocidad o de racha anotadora, Huertas fue una constante en anotación, en creación, en desborde, en decisión. Cómo no iba a ser una constante, si su presencia en pista fue total.

Nadie en el Barça jugaba un partido completo desde hace nueve años (Juan Carlos Navarro, en noviembre de 2005); ningún azulgrana en Playoff desde Nacho Solozábal hace 20 años.

“Hoy sentía que estaba perfecto, sentía que controlaba todo el juego, entendía todo lo que queríamos”, justificaba Xavi Pascual la inusual minutada de su héroe. “No había ningún tipo de planteamiento prepartido sobre si yo iba a jugar mucho o poco. (...) Es la primera vez que juego 40 minutos con el Barça. Recuerdo también un partido con la selección en 2011. Y creo que son sólo estos dos en mi carrera profesional”. Huertas no jugaba un partido completo desde el FIBA Américas de 2011, ante República Dominicana, donde él (19 puntos, 7 asistencias, 5 rebotes) y Alex García jugaron el partido completo.

Además, con sus nueve asistencias, Huertas igualó el mejor registro de un jugador del FC Barcelona en Playoff (Esteller en 1999, Lakovic en 2007 y Navarro en 2009), para colocarse como el octavo jugador que más asistencias ha repartido en la historia de las eliminatorias por el título. Con 224, ya acecha a Rafa Jofresa, séptimo con 240.

“Ha hecho una dirección extraordinaria y después con la ejecución final creo que ha hecho su mejor partido”, regalaba su entrenador. “No es fácil jugar los 40 minutos y, encima, ha hecho un partidazo, rematándolo además con la canasta final”. Huertas recibía todas las bendiciones en zona mixta. Incluida la de Juan Carlos Navarro.


El instante, la adrenalina, la seriedad y la responsabilidad

Poco podían imaginar las decenas de aficionados taronja que abuchearon la llegada del FC Barcelona a la Fonteta alrededor de las 17:50 de la tarde que luego serían sumidos en el mayor de los silencios. Antes de arrancarse para aplaudir ya de forma genérica el global de la (increíble) temporada de su equipo, la Fonteta se dio unos largos segundos de luto silencioso. Era Marcelinho Huertas.

ACB Photo / M. Á. Polo

Y el base brasileño se permitió los únicos segundos de éxtasis estridente. La suspensión en el aire, el vuelo intentando ganar centímetros que dejaran atrás el poderoso brazo de Serhiy Lishchuk, la canasta... Y, mientras los jugadores del Valencia Basket giraban la cabeza para cerciorarse de que sí, no habría un segundo más, y Lishchuk abatía su cuerpo hasta sostener sus brazos contra las rodillas, Huertas emprendía una carrera hacia el otro extremo de la pista poseído por la adrenalina. Sus compañeros le asaltaron antes de que lo hicieran cámaras y fotógrafos, en el único momento en el que Huertas pareció responder a la Historia del instante.



Marcelinho fue el último jugador en enfilar el túnel de vestuarios, tras minutos atrapado por los inalámbricos de las emisoras de radio. Lo hacía todavía con la boca abierta, el pecho hinchándose con desmesura por lo enormemente desacompasado de su respiración y la mirada absorta. Sus ojos eran todavía adrenalina.



Pero poco tardaría en volver a la pista. Pantalones cortos de juego, chaqueta gris del chándal oficial, chanclas Under Armour y la respiración siguiendo ya un compás regular, para recorrerse la pista hasta la posición de Televisión Española, donde Arsenio Cañada le entrevistaría para el Telediario. Y mientras rememoraba su tiro mágico (“Xavi había dibujado una jugada para pick&roll, ya que ahí les estábamos haciendo bastante daño, y atacar a la derecha. Pero Lishchuk ha salido muy agresivo y he tenido que rodearle, no pudiendo entrar por ahí a la zona. Al final me he encontrado con un tiro de estos a media distancia que me gustan, al tablero, y felizmente ha entrado y he podido ayudar al equipo a clasificarse para la Final”), las decenas de aficionados blaugranas desplazados a la Fonteta coreaban su nombre a coro, antes de arrancarse con el “que suba Marcelinho, oh oh oh”.

Terminada la entrevista, el jugador departió unos segundos con el entrevistador fuera de micro, y dio dos pasos en dirección al túnel de vestuarios, antes de girar sus chanclas y dirigirse a la afición, saltar la pancarta que cubría la valla del Fondo en el que había anotado su tiro, y subir las escaleras. Marcelinho aplaudió a los que coreaban su nombre y le devolvían los aplausos multiplicados por decenas.



Pero era ya un Huertas de inusitada seriedad. Como si un lanzamiento de ese calibre no fuese merecedor del éxtasis, de la galería, sino única y exclusivamente una salvación que no debería haber llegado. Como poseído de un extremo sentido de la responsabilidad, el brasileño no regaló declaración altisonante alguna, ni las sonrisas esperadas en un jugador dado a ello y que no tenía sino motivos para la carcajada perenne. La sobriedad era la mayor expresión de la presión. O las ganas de pasar de aquello cuanto antes y celebrarlo en el instante deseado de la intimidad.

Tras el paso por la ducha, seguía sudando, ante los focos de las cámaras que le entrevistaban, para recibir respuestas pasadas por le tamiz de la seriedad. “Las cosas me han empezado a salir bien y he sabido llevar el ritmo de nuestro equipo. El entrenador ha visto que estaba muy metido, con confianza y ha apostado por mí. Podía haber salido mal, pero cuando el jugador está enchufado él intenta sacar el máximo de él, aunque haya un cansancio claro al final del partido. Me alegro de que haya salido bien, pero sobre todo de que el equipo haya ganado y se haya clasificado para la final”. Y, cuando acababa un grupo de periodistas, le asaltaba otro, y otro. Hasta que lo pidió por favor. La familia de Marcelo estaba allí, esperándole, a dos metros de los micrófonos. Y, al final, la sobriedad alcanzó un ligero descargo, con los suyos.

David Vidal
ACB.COM

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