Artículo

La ABA (XVIII): Aquella noche del 76
En Enero del 76 el All Star llega a Denver en plena agonía de la ABA. Aquella retransmisión televisiva para todo el estado podía ser la última oportunidad de llamar la atención, así que las heterodoxas mentes pensantes de la liga se afanaron en alumbrar un invento. Así nació el primer concurso de mates de la historia, un engendro inolvidable para todos los que pudieron presenciarlo


El mate desde la línea del Dr J en el 76. Todo un clásico

Cuando las cosas van mal y es la propia supervivencia lo que está en juego, se activan resortes mentales que en estados de serena opulencia no suelen aparecer. Bajo esta premisa y con esa pesada carga de la muerte en cualquier rincón, malvivió la ABA sus últimos días (en rigor meses) de vida. Y precisamente por esto, por la permanente cercanía de la soga al cuello, sus dirigentes, el entourage siempre itinerante (como un circo) de la organización, ejecutivos de corbata barata y oficinas sin aire, se vieron obligados a alumbrar todo tipo de proyectos que nacían la noche anterior y morían la siguiente como vimos en aquellas tres entregas (V, VI y VII) que vinimos a llamar 'La rica liga pobre'.

Apenas iniciado 1976, mientras el país celebraba ya las luces del bicentenario de la Independencia, la liga vivía momentos difíciles, los más negros desde su inicio. Daba miedo echar un vistazo a las facturas parciales, por no hablar de las totales. Memphis se traslada a Baltimore y sólo aguanta viva dos noches de exhibición y el primer partido de liga (anotarán por puro hastío 15 miserables puntos en toda la segunda mitad); El 12 de noviembre del 75 San Diego ya no puede continuar la carrera y dos semanas después, una franquicia legendaria como Utah sigue sus pasos y cae igualmente por asfixia económica; Virginia aguantará hasta abril esperando aquel supuesto botín de reparto que jamás llegará. El 7 de enero un tremendo caos en Norfolk anula la validez del Virginia-New York y el 24 se repite únicamente la segunda parte; se roban box-score en pleno partido, desaparecen dirigentes, jugadores, franquicias enteras e incluso la luz por falta de pagos, y de no haber siquiera un balón en algún pabellón, se hubiera ido a comprar uno o pedirlo a cualquier chico con tal de poder jugar. Los siete supervivientes, sin ni siquiera ya Divisiones, agotarán una Regular que parece carecer ya de sentido. La deserción es tan grande que los Playoffs se vertebran dolorosamente en tres escuálidas series. La ABA agoniza, sabe que en cualquier momento se acabará todo, pero con ese desesperado arrebato de lucidez previo al derrumbe final, se inflama un espíritu heroico que a falta de dólares, eleva un virtuosismo inigualable en torno al juego, mucho más desnudo y rico que el de la liga rica. Los que se quedaron siguieron jugando, y cuando se está jugando dentro de esas cuatro líneas por pura adoración, no hay dinero en qué pensar. No nos cansaremos de repetir que en la ABA, la miseria económica de su riqueza fue precisamente la riqueza deportiva de su miseria.

Y así corría el mes de enero de aquel 76 cuando, como si nada pasara, Denver fue la ciudad elegida para albergar el noveno (y último) All Star Game. Carl Scheer, mánager general de los de Colorado, se apresura a reunirse con dos hombres de confianza, Jim Bukata, el sufrido relaciones de la liga, y Jim Keeler, atormentado director de finanzas y encargado de un marketing ya por entonces abocado al fracaso. ¿Cuando me enteré que Denver había sido elegida para la sede del All Star 'cuenta Scheer- me quise morir. Nuestra situación era francamente mala; ya sabíamos que íbamos a desaparecer y lo único que nos interesaba era entrar en la NBA. Con todo, enseguida supe que necesitaríamos algo más que un partido'. Para colmo, la poderosa Televisión se apunta como una broma cruel a retransmitir el evento a nivel nacional' nueve años y mil tesoros después de iniciada la liga. Así las cosas, entre los tres acordaron contratar a dos célebres figuras del country, Charlie Rich y Glenn Campbell, y organizar así un concierto que amenizara las dos horas previas al partido en el espléndido McNichols. 'Charlie y Glenn eran muy populares entonces pero' tenía la sensación de que faltaba algo. Corrí hacia Jim Bukata y le dije: 'Jim, 'qué más puedo hacer?''. Había que hacer algo grande. 'Maldita sea, teníamos que enseñar algo dramático al mundo, a la NBA, algo que nos hiciera justicia. Teníamos a los mejores'. Y no le faltaba razón.

Bukata estaba decidido a dar un golpe de gracia con que engordar su maltrecho curriculum. ¿Conviene entender en qué punto tan dramático se hallaba la ABA de entonces. 'Cómo podíamos organizar una fiesta de All Star cuando no éramos más que siete equipos y una sola división? Decidimos entonces que el líder (fuese cual fuese) de la liga jugara el partido contra un combinado del resto de seis'. El destino quiso que Denver (Thompson, Simpson, Beck, B.Jones, Issel) liderase la tabla en pleno ecuador del torneo ('Nos felicitamos porque así fuera'). Pero todo ello no parecía bastar. 'Había que hacer algo grande y el descanso podía ser el escenario ideal. Empezamos a discurrir y enseguida nos dimos cuenta de que si por algo era conocida la ABA, sin duda era por sus atletas y matadores'. Bukata escenifica brevemente aquel certero episodio:

Bukata - Eh, ¡hagamos entonces un concurso de mates!
Scheer - Buena idea, Jim, sí, señor, ¡hagámoslo!
Keeler - Muy bien, y¿ 'cómo se hace eso?

(Acude al caso la anécdota de un Julius Erving espetando al propio Keeler, que era negro, lo siguiente: 'Vaya, Jim, eres el único negro de esta liga que no hace mates'.)

La pregunta de Keeler valía su peso en oro porque jamás se había escenificado nada parecido. Que la Rucker profunda, aquella salvaje Ciudade de Deus neoyorkina, fuera pródiga en genios del gore aéreo como Jackson, Knowings o Manigault, quedaba en realidad muy lejos para aquellos tres inocentes de traje barato reunidos en Colorado, tanto en el tiempo como en la distancia, y más aún, en la mera pretensión de organizar algo que parecía fruto del azar y el talento espontáneos del juego. 'No conocíamos ningún ejemplo anterior. No teníamos ni idea de qué reglas debía tener aquello, así que decidimos improvisar (como siempre) sobre la marcha. Pero una vez que tuvimos la idea, empezamos a pensar en los participantes. Para ahorrar dinero decidimos que los invitados tenían que salir todos de la misma fiesta, o del equipo de Denver, o del combinado all star. Así que nos trajimos a quienes pensamos que mejor espectáculo podían brindar y resolvimos además un premio de mil dólares y un equipo estéreo (de aquellos que Goryla Dawkins gustaba portar al hombro, enormes misiles del más puro Disco Inferno que en casos extremos alcanzaban casi el metro de longitud y más de quince kilos de peso)'.

Así las cosas, el 27 de enero de 1976 casi dieciocho mil personas (las fuentes cifran el aforo entre los 15 y 18 mil) abarrotaban el McNichols de la ciudad de Denver cuando pasadas las ocho de la tarde, el alumbrado general del pabellón dio en todo su esplendor tras el prolongado concierto y sus hordas de humo estroboscópico. Hacía calor allá adentro; casi el calentamiento sobraba pero había que aprovechar. La CBS colgaba sus mejores galas y por una noche, por una sola noche, la Cenicienta de la ABA reinó sobre su hermana rica, arrogante y poderosa. Y toda la nación lo vería. Pero el conjuro, como veremos, duraría tan sólo hasta la medianoche.

Cabe imaginar el nerviosismo de aquellos tres ingenuos creadores ante su 'momento', cosa que para colmo no llegaría hasta el descanso. Fueron entonces llamados a filas estos cinco hombres (avisados tan sólo un poco antes): Larry Kenon y George Gervin de San Antonio, David Thompson de Denver, Julius Erving de New York y Artis Gilmore de Kentucky. Lástima dos ausencias más que reseñables: la de Darnell Hillman (Indiana) y Ollie Taylor, compañero de Dr J en los Nets y amante de enamorar al público en las ruedas de calentamiento (como el Catchings de Phila la temporada siguiente) con auténticos mates de concurso. El resto de jugadores tenía, por supuesto, plena libertad para acudir a vestuarios pero la comidilla general de la primera parte se había concentrado en el concurso del descanso y todo el mundo quería estar presente en el experimento. 'Los organizadores nos dijeron que los demás podíamos ir a vestuarios y tomar allí descanso 'recuerda Dan Issel-, pero ninguno de nosotros quiso perderse aquello y todos nos quedamos allí en la banda, sentados en el mismísimo suelo, formando como un semicírculo en torno a los aros'. Viendo allí de pie sólo a hermanos negros, el altruista Julius consideró entonces la posibilidad de que participara algún blanco; acudió hacia su técnico Kevin Loughery, y como era de esperar, no logró convencer a nadie (ni Issel, ni Beck, ni Terry ni Irvine querían hacer el ridículo).

El público congregado, uno de los más numerosos de toda la década, adivinó por el tumulto de pista que algo sorprendente se estaba fraguando, pero no sabían en concreto qué. No eran los únicos. Los propios participantes tampoco. 'Cuando la idea del concurso fue presentada 'cuenta Dr J-, reconozco que me quedé sorprendido porque no había estado jamás en ninguno. De acuerdo, me consideraba un buen matador, me encantaba la idea y quería ganar, pero yo sabía que mis mejores mates, tal y como yo los entendía, tenían lugar en los partidos. Dejé de pensar en ello y me puse a machacar'. Viene al caso el concurso de 2003 y su edición anterior, marcadas por un ganador (Richardson) que un poco antes, no se hartó de castigar los aros en el Rookie Challenge. Pues bien, aquel concurso venía en medio de la acción, a pleno sudor. 'La otra cosa que me sorprendió fue el hecho de incluir el concurso en el descanso 'continúa Erving-, cuando algunos ya podíamos tener las piernas algo tocadas. La diferencia con los de hoy es que se celebran incluso un día distinto al partido y las piernas están frescas. Sinceramente ninguno de nosotros estaba preparado para algo así'. Daba igual, había que lucirse como un highschooler ante su ocasión de Pantalla (que se lo digan a Lebron). Mientras, el timbre chillón de Al Albert, el speaker al uso, cargaba más el ambiente: 'Five of the most talented, colorful players in basketball, all with a flair for that sensational slam dunk' artistic ability, imagination, body flow as well as fan response!' Yeaaaah!'. Pura ABA 'Funk the Pump', puros Seventies, Express Yourself, fiesta underground de nuestro juego, utopía Huge Afro de color, Marihuanna flies with you, hedonismo de los aros, el paraíso Nigger de la Rucker, la ABA en el Hotel de cinco estrellas, Queen for a day...

Y tan alto grado de motivación inflamó a los presentes (como pioneros) que curiosamente, uno de los mejores mates de la noche (si no el mejor entonces y uno de los más sorprendentes nunca vistos) no tuvo lugar en concurso sino en la mismísima rueda de calentamiento, momento en que todo el público presente y de pantalla se soldó a los asientos. Para colmo el autor de la proeza fue el héroe local David Thompson; partiendo feroz de la diagonal derecha del triple con el balón en su derecha, Skywalker cambió la bola de mano en el preciso instante de su batida para situarla en el mismo centro del aro, y mientras con la izquierda suspendió el balón allá arriba, prolongó en pleno salto un hachazo con su brazo derecho (como un windmill sin balón) para perforar violentamente el aro con un terrible puñetazo a la bola. 'Fue la única vez en mi vida que he visto realizar un mate con el puño', sentencia el propio Bukata. Ya podrían las nuevas generaciones rescatar aquel modelo puro del llamado 'Tip Jam' (engañoso nombre para el palmeo con mate que requiere una recepción instantánea y acertado en cambio en el 'Tip Pass') porque abre como categoría todo un abanico de posibles. En fin, nunca repetido.

No fue necesaria la rueda para saber quiénes iban a ser los favoritos. 'Sí, había cinco allí 'apunta Scheer- pero nosotros supimos desde el principio que la cosa estaría entre Thompson y Erving. Siendo la fiesta en Denver sabíamos que Thompson era favorito para todo (sería el MVP del choque con 29) y realmente tardamos poco en darnos cuenta que él y Julius estaban bien lejos del resto; en realidad fue un duelo entre ambos'. Y así fue. Con esa celeridad del tiempo ante algo verdaderamente desconocido, entretenido, divertido, apenas se respiraba entre mate y mate. Kenon ensambló dos ensayos de balón a mano arriba en que pecó de cierta rigidez y sólo varió su punto de partida. El Gervin más escuálido de su carrera (de apenas el diámetro de un tricolor que parecía pesarle) y como 'Iceman', frío a estos fuegos, acuñó un dignísimo frontal con su mano derecha (ya se encargaría Nance de darle mucho más recorrido ocho años después) y se animó después a pedir dos balones, agarrarlos bajo el aro y tomar carrerilla, cuando decidió en el último momento prescindir de uno resolviendo un elemental tomahawk a la carrera. Lo de Gilmore resultó tan simbólico (y gracioso) que entre sus 2.18 (el segundo histórico más alto tras Sampson) y su habitual serenidad de corte hippie, realizó el peor mate de la historia de los concursos y se quedó tan ancho. Por esta sola condición merece ser visto (y respetado) aquel mate corto, cansino, sin carrera, sin tocar hierro su zurda, sin nada de nada (al gigante tranquilo le invitaron). Todo estaba felizmente permitido y así debía ser. 'Hay que reconocer que los primeros mates no fueron nada especial', añade Bukata. La noche y el momento lo eran.

Pero en pista había dos joyas de enorme resplandor histórico en esta disciplina y ambos cumplieron sobradamente. Thompson demostró primero su espléndida batida en carrera con un frontal a una mano de cierto pliegue y zarpazo; se apreció una longitud (tres palmos delante de la línea) que minutos después quedaría corta a manos del rey; desde la derecha siguió con un más que digno double pump de espaldas (que recogería y ampliaría brutalmente Dominique) siendo así pionero en esta categoría y especialmente, en su mejor ensayo de la noche, el primer 360º oficial (hoy día algo tosco) que probaría desde el mismísimo vértice izquierdo de pista. El problema de Skywalker (siempre bajo la cruel perspectiva del tiempo) fue una velocidad excesiva; era demasiado rápido en la ejecución porque a sus propias batidas en estático las imprimía demasiada carrera; así se come el hierro en el giro y casi se deja el aro atrás en su mate de espaldas. Con todo, el público rugió de veras con su esplendoroso novato.

Pero he ahí que Julius Erving fuera así dueño y señor de su escenario ideal con el esplendor inigualable de aquellos tiernos 25 años. 'Diseñé un plan'. Había repertorio de sobra. Y comenzó con dos balones, uno a cada hiperbólica mano; entrando desde el vértice derecho, el primer balón entraría de cara con su izquierda y el segundo a aro pasado (nueve años después lo repetiría en Indianápolis); desde aquel mismo vértice realizó después un delicado abanico en vuelo con su derecha para dejarla suavemente de medio lado. Pero lo más genuino estaba por venir. Sus dos mates estrella fueron lo mejor de la noche. El primero es del Dr J de los setenta en estado puro, el 'Iron Cross', un modelo nacido como adolescente en las tórridas tardes estivales de la 98 de Harlem junto al dios Manigault de los ultimísimos sesenta y que recogerá incluso el culto fílmico de Basket&Music en 1979, un barbarismo del Streetball que Julius realizaba sobrado; una corta carrera desde la diagonal izquierda para apresar el hierro con su mano libre y aprovechar magistralmente la inercia del agarre y del salto para deslizar un brutal molino con el brazo derecho, dibujar el más amplio círculo posible e introducir el balón, la mano, la muñequera, el afro, todo, hasta el mismísimo corazón del aro (Fuck the Rim). La secuencia, probablemente la más dilatada de la década, con todo su colorido irrepetible, semeja el tono irreal de un Dibujo Animado, al más puro erotismo Manga. Con el debido respeto posible, la digna analogía de Darrell Griffith ocho años después, la única réplica posterior, cae muerta a mitad de camino.

Ahora bien, lo que el Doctor realizaría después es probablemente la imagen más exhibida de la ABA en toda su historia. 'Antes del concurso 'cuenta el invitado 'pacer' George Irvine- Julius y Doug Moe estuvieron hablando sobre el mate desde la línea. Doug le dijo que no podría realizarlo, que no podía machacar el balón saltando más allá de quince pies. Moe reconocía que Julius era tremendo pero insistió en que ese mate no podía ser realizado'. Julius no replicó nada a aquel blanco que, por cierto, era natural de New York y a lo peor Jackie Jackson le era remoto. 'Muchos de los allí presentes le animaban diciéndole que sí sería capaz, que casi había llegado a hacerlo en algún partido. La discusión fue tal que en la banda comenzaron las apuestas'. Y así fue. Hubo un momento en que todo giró en torno a la proeza. 'Todo terminó en una dura apuesta', añade Bukata. Y el movimiento fue tan escandaloso en la banda que trascendió el asunto a las primeras filas del público: 'La gente reaccionó ante aquello gritando y divirtiéndose como niños 'sentencia Scheer-. En la pista la tensión fue en aumento porque todos esperábamos el mate de Julius desde la línea, la gran prueba'. El silencio del Doctor entonces, quedaría roto tan sólo años después: 'En solitario, había machacado otras veces desde detrás incluso de la línea (nunca una proeza así ha sido registrada) y sabía que lo podía hacer', pero como reconociendo que le habían puesto algo nervioso resolvió 'pisar en la última zancada justo encima de la línea para estar bien seguro de que saldría perfecto'.

Llegó el momento y Dr J se situó justo sobre aquella línea desde la que habría de despegar, fijando la mirada en su objetivo. 'Cuando se preparaba para el mate 'continúa Irvine- Doug y yo nos situamos cada uno a un lado de la personal como si fuéramos jueces de red en tenis. Queríamos asegurarnos desde dónde saltaría'. Erving dio la espalda al aro y se alejó de la canasta, apresó finalmente la bola como una pelota de béisbol e inició decidido la carrera sin bote unos tres metros por detrás del medio campo (continúa siendo la carrera más corta para ese mate pese a la pugna de Barry con esa distancia veinte años después en San Antonio). El atronador rugido del público en los momentos de preparación calló fulminante. 'El estadio quedó en tal silencio 'apunta Scheer- que podías oír perfectamente el chillido de sus zapatillas sobre el parqué'. Pisó finalmente donde había prometido y lo consiguió. Fueron apenas seis décimas de mate y la fotografía del texto recoge el ecuador de aquel salto y el apogeo en una sola imagen en que viene a resumirse la eterna estética de aquel Julius Erving, como la firme Estatua de la Libertad con balón por antorcha, y el momento culminante de aquella noche de magia. 'Sólo cuando la bola rebotó por fin en el suelo, la gente se volvió loca'.

Es obligado reseñar una brevísima cita de aquel instante divino recogida por Michael Murphy en el Houston Chronicle con motivo del 20 aniversario de aquel segundo irrepetible: 'It was a moment that is forever frozen in time'. Incluso la mismísima Biblia de la Sports Illustrated no tuvo más remedio que ceder por una vez a la insolente evidencia impulsando a su liga rica a hacer algo parecido y sentenciando que aquella idea del concurso era: 'The best halftime invention since the rest room'. Y más elocuentes aun fueron estas palabras de Dan Issel: 'Cuando un mate era bueno, nos podías ver a todos emocionados chocándonos constantemente las manos. Era como si hubiéramos vuelto todos a la calle, donde jugábamos siendo jóvenes para divertirnos y pasar la vida. Lo contemplábamos como niños'.

Y cuando todos esos niños se levantaron del suelo, la masa había llegado a olvidar que aquello ocurrió en el descanso de un partido, que de hecho había un partido en juego, que quedaba una segunda parte, que la primera quedaba remota, y como borrachos todos de diversión y pureza, los Nuggets dieron en una orgía anotadora en el último período (52 puntos) para dejar la victoria en casa por 144 a 138; para colmo David Thompson fue nombrado jugador más valioso con 29 puntos cuando el reloj marcaba ya las doce y media de la medianoche. El conjuro había terminado y Cenicienta corrió de nuevo a hincarse al suelo para continuar cavando' su propia tumba.

Una hora después, el McNichols quedó desierto, en silencio y tinieblas. Todo había terminado. Y la magia de aquella noche del 27 de enero de 1976 se perdió para siempre.

Gonzalo Vázquez
ACB.COM



Últimos artículos del autor



© ACB.COM, 2001-

Aviso Legal - Política de cookies - Política de protección de datos