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La ABA (XIX): El paraíso perdido
Andamos en los años 70. La música, los acontecimientos mundiales, la estética del momento... Todos estos aspectos externos, representantes de la cultura de una época, tuvieron también un excelente escaparate en la ABA, un escenario aprovechado por muchos de sus protagonistas para reivindicar sus ideales. Todo ello confluiría en un estallido de diversidad, colorido y extravagancia que dotaría a esta competición de una mística muy especial


El look 'afro' de Michael Jackson era habitual entre los jugadores de la ABA

Al echar un vistazo a cualquier tarde del pasado, de cualquier tiempo pasado, de veras que sorprende encontrar tal solidaridad entre la época y el desfile de expresiones humanas que la sostienen y dan cuerpo. La ABA no escapó a esta ley eterna. Más bien representó un escaparate grotesco donde la cultura de una época quedaba fielmente exhibida. 'Tune in, turn on, drop out!' (Sintoniza, despierta, descuélgate), gritaba a pleno pulmón el padre de la psicodelia, Tim Leary, arrastrado por las hordas estudiantiles congregadas en People's Park en pleno fragor del 68.

El mayo del 68 francés, la Primavera de Praga, Vietnam, los nuevos movimientos sociales, la Teología de la Liberación, las revueltas estudiantiles, los macroconciertos de rock como fraternales banderas de paz (Woodstock, Altamont), la poética beatnik, la propuesta hippie, el Black Power y su guante suburbano Black Panthers, el Eros liberado, las contradicciones sociales, el micrófono juvenil del intelectual comprometido, la Sorbona, Berkeley' y al carro de esa vasta Revolución pendiente, deslizamos cómodamente nuestra ABA particular como un granito más de aquella gigantesca montaña contracultural adonde la más honrada vanguardia corrió como en pacífica peregrinación.

Pero¿ 'por qué? 'No fue la ABA tan sólo un mal negocio? 'Una buena comedia quizá? 'Un brillante desastre meramente deportivo? Puede ser, pero no es menos cierto que muchos de sus protagonistas llegaron a tomar la liga como un escenario ideal de su particular drama (el detonante negro de Luther King), o de su particular fortuna (Johnny Neumann o los caprichos de un niño rico), o simplemente como mero reflejo de sus vidas y de toda una cultura esencialmente contestataria. La raza negra se exhibe en la ABA como nunca antes y así, en torno al Baloncesto, se desata un festival estético que viene como anillo al dedo para intentar definir aquel particular período.

¿Qué se escuchaba?

Charles Wright trasladó musicalmente aquellas libertarias voces del alma en su inigualable 'Express yourself' (al hilo del 'Thanks for be myself'), Sly Stone dio pista de baile interracial al Funk y Kool&The Gang tomó el relevo negro que ya no abandonará jamás; tras el éxito de su Sex Machine, James Brown se desgarraba en sus 'I'm black and I'm proud' y 'I'll go crazy' y el saxofonista Grover Washington Jr., lejos del estruendo de bajo y batería, serenaba la melódica libertad del aire dedicando a Dr J su 'Let it flow' de puro transfuguismo melódico' -'She is leaving home', cantaban los Beatles-, y los hippies marchaban en procesión de libertad ('Trade me', rezaba el torso borracho de Lucius Allen en la decadente Basket&Music); el vinilo tampoco dejaba de girar y lo mismo Spencer Haywood grababa un discurso de consignas a modo de single ('Feign your way and chose other') que George Clinton ('Shine like Dr J was the voice of the seventies'), loco padre del Funk más estridente, vomitaba puro dadaísmo electrónico en aquellos esperpénticos 'Supergroovalistic-Prosifunkstication' y el colmo del underground boogie, su 'Psychoalphadiscobetabioaquadoloop', con una dedicatoria al dorso escondida entre miles de palabras al marginado deportista de la ABA, al taurino matador negro de los aros ('and special thanks to a Dr Funkenstein and Uncle Jam' yeeeaaahhh').

No se exagera; la ABA escenificó su circo bajo un aparente desorden musical orquestado por un caos de sintonías de colorido solidario, Jazz, Rithm and Blues y Funk especialmente. Esta venía a ser, en rápida síntesis, la corriente estéreo de aquella feria underground del deporte. 'Si ves la forma cómo se desarrollaba el juego 'señala el joven analista deportivo Nelson George- especialmente a finales de los sesenta y principios de los setenta, la música podía ser perfectamente la banda sonora del juego. Fue realmente un período muy rico y el baloncesto no escapó a ello'. La seca percusión de aquellos aros rígidos, de redes más voluptuosas y cálidas que las de la liga rica, el aplauso constante de los locos marginados de grada, de la dura suburbia nigger en su mayoría (Hey, bro, only one dollar, let's go! The Condors play tonight!; Fuck you, I have no money), el chillido fugaz de las suelas gomosas sobre el parqué de muchos pabellones desiertos y el sufrido tricolor al aire (Let it roll) que simbolizaba el único afro calvo de toda la liga, de todo aquel escenario de fiesta, abalorios y colorido. Si no hay esto, no hay Funk, y la ABA no fue estéticamente más que el período 'Funk' de la historia del Baloncesto, una hermosa pasión Modernista.

'Funk' no es más que el anglicismo de un término africano, 'lu fuki' (se intuye hacia dónde derivó después su uso corriente), referido a cierta adoración sexual por los olores corporales ante el frenético movimiento de los cuerpos (cópula y danza). Su música no es más que una estructura melódica donde predomina el ritmo, la sincronía y la improvisación. No es de extrañar así que la ABA fuera Funkie en estado puro y recogiera su misma estética barroca, de un colorido orgiástico que va más allá (por un puñado de dólares) del Pop tardío que representó más propiamente la NBA. Con cierta generosidad creativa, podrían verse los últimos años de ABA como una pródiga suerte de Slam Funk, pero dejando a un lado los supuestos ideales, centremos la atención en la mera estética, la apariencia más visible, la carrocería de una época.

La indumentaria fuera de cancha es puramente exhibicionista, estrafalaria, borracha de ornamentos y abalorios. La moda se viste de un horrible barroquismo que parece haber ganado curiosamente con el tiempo. Los largos y pesados abrigos de mutón y todo tipo de pieles (Marvin Barnes llegó a calentar en St Louis ataviado con uno de piel de morsa), las botas de cuero, las plataformas, los 'marcones' Blue Jeans y todo tipo de pantalón de 'pata elefante', el cuello Perkins (el cuello alto de Norman Bates en 'Psycho', 1963), las camisas de abierto cuello pico, sombreros y gorras de todo pelaje, chaquetas de corpiño, corbatas estridentes, lanudos jerseys de líneas y cuadros, zapatos mosaico, joyeríos y collares entre lo auténtico y el mero orientalismo de bisutería e incluso rurales atuendos de corte granjero (como aquel mono vaquero de Larry Brown).

Se exhibe además toda una orgía cromática: los jugadores de color acogen mejor la sobriedad del gris, beige y negro, mientras que los blancos, si bien florecen a todo género de color chillón abusan un tanto del tricolor (rojo, azul y blanco) como consciente banderismo americano, pese a que los despachos rezuman más bien barata sobriedad en el rancio gris y un marrón oscuro casi funerario.

En torno al ideal de Libertad parece armonizarse todo aquel caos de ropajes varios. Esta es la idea clave no sólo en el juego (que abordaremos en la próxima y última entrega) sino más allá de él, como un ideal de vida. La pasarela se extiende fuera de pista en los meros ratos de ocio de los que disfrutaba el jugador. 'En aquella época tú ibas a jugar, tenías tu partido y después te ibas a la discoteca, bailabas un rato, y de nuevo a la carretera para volver a casa (o a jugar) y hacer lo mismo al día siguiente. Siempre tenías ganas de salir. Era divertido', recuerda Darryl Dawkins, ausente de una liga como nacida para él pero no así de la vida juvenil de entonces. Los pesados abalorios al cuello de Baby Goryla (el exceso de Mr T) eran muy corrientes en los jugadores de color de la liga pobre.

En la ABA, la relajada autoridad de la fauna de oficina e incluso de los técnicos sobre el parqué, perdía ya todo sentido fuera del pabellón, y muchos jugadores hicieron lo que les dio la gana al margen de su profesión. 'Cómo se puede entender que una competición tan falta de dólares padeciera muchos casos de incomprensible despilfarro? Más de una vez la pobre megafonía de algún pabellón tuvo que espetar al responsable de turno que un Cadillac situado en doble fila impedía la salida de algún vehículo; y Marvin Barnes pedía tiempo sin ninguna prisa para acudir al vestuario y dejar las llaves a algún sorprendido utillero. En Indiana, Roger Brown hacía lo propio con otro Cadillac ('El Dorado' lo llamó), y Freddie Lewis con su Electric Green Cadillac, y Bob Netolicky con su Porsche 911 Targa o Jimmy Rayl con su espléndido Cobra 427. A John Brisker ('No me da la gana de irme al banquillo y menos por ese bastardo blanco') le encandiló la peligrosa 'nieve' de la ciudad y la noche, y lo que en Lucas, Haywood o Thompson pudo suponer un grave perjuicio deportivo, provocó en aquel una mayor intensidad en su salvajismo. 'Acaso reprendía alguien a Mickey Davis por sus palomitas de banquillo? Rebeldes' 'con causa?

'Do the right thing', rezaría años después la película de Spike Lee. Y cada cual a su manera. Los pocos y mediocres partidos que dirigió Wilt Chamberlain el banquillo de San Diego fueron en mayor grado escaparate de cámara que compromiso técnico (ya le llamaría el cine después). Nada de trajes: elegancia al uso. Aterciopelados pantalones de cebra, botas de piel de tacón y punta fina, y camisas de pana sobre espesos jerseys de cuello Perkins. Y el blanco que podía lucirse con finura, si había porte, imitaba aquella fría elegancia del Lee Marvin de estilizado traje oscuro de 'Black Point', 1967. Una minoría en realidad porque lo habitual era la mezcla ramplona de piezas sueltas sin ninguna armonía; corbata, pantalón y chaqueta apenas si coincidían en Hubbie Brown, Stan Albeck o Slick Leonard; en rigor no eran más que sufridos oficinistas de banquillo (el jornalero técnico). Qué curioso que el original de la ABA Doug Moe fuera nombrado varias veces la década siguiente como el técnico peor vestido de la NBA.

¿Y sobre el parqué?

La estética de pista, la que suda, la que importa, marca sin duda toda una época del Baloncesto, probablemente la más reconocible de todas. Hace escasas fechas el Calcio italiano rescataba del fondo del armario la indumentaria de talla prieta, algo imposible en la NBA de hoy, en la que se pasó de las tallas cortas (70's) y honradas (80's), al despilfarro de holguras posterior (los calzones de Iverson son en rigor grandes para O'Neal). De aquí que la puntual campaña Retro de la actual NBA resulte poco creíble porque donde se salvan los diseños de la indumentaria, se traicionan gravemente las tallas (ver a Camby con la 'nugget' dorada no recuerda en absoluto a Wayne Cooper). Sí en cambio encontramos cierta oscura relación entre aquellas gafas de grueso calado y montura negra aguda (de corriente uso femenino en los años cincuenta) de Gerald Govan o Mel Bennett en la ABA, los violentos Hanson Bhothers de El Castañazo ('Slap Shot', 1976) y el genuino modelo Rambis de la década posterior. Que nadie olvide que todo este grupo de indómitos calzaba aquellas gafas a la hora de jugar, o mejor, a la hora de pegarse en pista con quien hiciera falta.

Las equipaciones en la ABA serán mucho más ricas en color y diseño que las de la liga rica ('At the time, the NBA was staid, traditional, and, well' boring', señala Hundhausen). Por aquellos entonces, únicamente Baltimore (en la NBA) se atreve al toque groovie a su camiseta hiriéndola a bandazos formales con el icono de la United Artists. Por contra en la ABA las camisetas, los chandals, las medias, el entero atavío, se raya por todas partes con ornamentos y líneas de la más variada flora kitsch.



Camiseta de Baltimore donde se aprieta la letra exageradamente por falta de espacio
  • Los logos pasan a adornar el pecho (algo impensable en la NBA) como la de los Condors o aquella última camiseta de Denver, cuyo diseño del 74 en casa (amarillo sobre oscuro) es muy similar al tono actual de los Pacers; y a domicilio (azul sobre amarillo), los Lakers de hoy son una fiel réplica de aquel original; como ocurre con los Floridians del 70 al 72 al cortar verticalmente la camiseta por una banda de doble tira (los Pacers lo harán a triple tira y los Nets a una), fucsia sobre negro, y recoger libremente aquel modelo los Blazers del futuro.


  • Los chándals de Houston Mavericks (1969) y San Diego Sails (1974) dañan la vista al estar forrados por oro fosforescente de brillo charol. Aquel vivo naranja de los Spirits (reverdecido por los Cavs de los mediados ochenta) encandiló al entonces locutor Bob Costas, para quien el logo de aquella camiseta, un ribete que partía de la última 's' de Spirits y dibujaba aquel modelo de la aviación que cruzó por primera vez el Atlántico, la convertía en el mejor diseño de todo el campeonato.


  • Las llamativas estrellas de los Stars (de Utah) y Nets, con todo su brillo, llamaban menos la atención que aquel violento rayado rojiblanco de las camisetas arbitrales, tensas chaquetillas de parodia vertical al presidiario.


  • Los bordados a brocha gorda de las letras van desde las gigantescas mayúsculas STARS (de Utah) a las pequeñas caligráficas subrayadas (la primera camiseta de Jordan en Chicago) que firman el sobrenombre en abreviaturas: Pros, Tams, Chaps, Bucs, Caps; en la impresión tipográfica de estilos, abundan tanto las Sans Sheriff (letras de palo seco o sin filetes) de Colonels, Stars o Nets, como un abuso particular de los trazos Comansi (filetes gruesos y cuadrangulares) en San Diego, Cougars, Oaks y un largo etcétera en general. En definitiva, un sinfín de formas y diseños que tornean hábilmente la silueta de una época llena de color, al chillar con fuerza los rojos, azules y amarillos, e incluso los blancos.


  • Las medias son en su mayoría altas (media y alta rodilla) y ni se concibe bajarlas al talón; si así ocurre, será que el nylon se habrá agotado pero nunca por voluntad estética. Todas serán blancas y de habituales anillos altos (uno grueso, dos finos o tres, siempre paralelos).


  • Las muñequeras son más habituales que nunca (Daniels, Gilmore, Beaty, Jim McDaniels...) y las cintas del pelo también frecuentan la liga (hasta el frío Caldwell Jones se atreve); los calzones justitos, los muslos desnudos salvo cuando se calzan pesadísimas rodilleras; las Chuck Taylor y las delgadas Converse blancas suben y bajan en bota y zapatilla.


  • Todas las prendas como vemos, se armonizan en medio del caos como en un puzzle. Pero por sobre todas las cosas, el espejo del alma viene a perfilarse en el pelo. La peluquería, el calzado de la cabeza, como forma de expresión y casi de comunidad de intereses.

    'Mi pelo es todo mi ser, mi pelo se proyecta hacia el infinito', gruñía aquel hippie en la party hedonista de Cowboy de Medianoche ('Mignight Cowboy, 1969'). Y con razón: los afros más salvajes serán el distintivo de la raza negra por encima de cierta tendencia mod de los cabellos claros, de mayor caída a la melena suelta (Beck, Karl, Dampier, Terry), porque los negros son caso aparte, el caso por excelencia. Los poblados racimos de Randy Smith, Sidney Wicks, Wes Unseld o Abdul Jabbar en la NBA quedan casi pequeños en comparación con los enormes floreros petrificados al aire de Darnell Hillmann, Dr J, Larry Kenon o Mike Jackson.


    Parece como si se tratara de llenar la cabeza de pelo, porque a los gigantescos pelucones cabe añadir la abundancia de la patilla inacabable, el bigote, la barba y hasta las cejas soviéticas a ser posible: Artis Gilmore, James Silas, Willie Wise o el último Steve Jones tienen que sonreír para poder distinguir (entre ojos y dientes) que allá adentro hay una cara. En rigor, la feria peluquera oscila entre cuidarse la antorcha o dejarse de mirar al espejo. No deja de ser cierto que el 'horterismo' más recalcitrante tuvo verdadera manga ancha en aquella feria irrepetible: escogemos el poster firmado por el 'colonel' Wendell Ladner (al más puro rebañado Burt Reynolds) cuya tumbada y sugerente pose semidesnuda nos recuerda que hubo una época no muy lejana para la que el ideal erótico del hombre blanco parecía ser de recio pelo en pecho' y demás. En fin, el vello era bello.



    Cartel del Indiana-Denver de los Playoffs del 76
    Por último, es de recibo mencionar al menos las ocho guías (no nueve ya que la del 76 nunca se realizó) y miles de cromos y carteles (The Programs) en que se vino a recoger el legado visual y numérico de la competición y sus protagonistas. Aquellas 'Guides' son hoy pura joya de las publicaciones Pulp, como las Amazing Stories de la ciencia ficción americana; elaboradas en papel cuché sin costura (encoladas) y formato bolsillo, sus imágenes en blanco y negro (salvo el cartón fino de portada y contraportada), serigrafiadas en mallado de puntos (como la prensa antigua) y la Courier baja de su tipografía (letra extendida, ancha, de marcado filete inferior), inflaman en el ánimo del privilegiado que tenga ocasión de rescatarlas, un altísimo grado de curiosidad, historiográfica y' emotiva. En las fotografías de tamaño carnet de los jugadores, aparecen dolorosamente recortados algunos afros hiperbólicos porque sencillamente no cabían en un pequeño módulo de apenas seis cíceros; esto no ocurrirá en los cromos, las más fieles joyas de brillo y color, de las que en el momento de su publicación ni cabía imaginar las fortunas que se pagarían en tiempos futuros.

    Valga como último añadido que es en casos como el de este artículo donde se hace verdad esa molesta sentencia que dice: 'Vale más una imagen que mil palabras'. Que el lector que tenga ocasión, deguste con interés y placer esas imágenes (estáticas o de pantalla) y compare' con el presente, porque hablamos, estéticamente sobre todo, de una época irrepetible que el circo deportivo de la ABA escenificó como ninguna otra manifestación deportiva.

    Yellow Submarine'

    Gonzalo Vázquez
    ACB.COM



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