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Los cuentos de Uncle G
Padre croata, madre serbia y nacido en Sarajevo. Guerra de los Balcanes. Un avión sin asientos para huir, una familia separada. El basket como escape y no como vida. El segundo exilio. Tras los pasos de Magic Johnson. La locura de marzo. El dulce ascenso, la dura caída. El renacer. La historia de Goran Suton

”Desde hace treinta horas
las granadas
llueven sobre nosotros desde todas partes.
Una de ellas
ha sobrevolado ahora
este poema.
Ha sido lanzada desde el Mrkovići…
donde antes de la guerra cogía margaritas
con la mujer que amo”.

Izet Sarajlić


Redacción, 4 Dic. 2014.- ”30 de abril de 1992. Querido diario: el ejército serbio está lanzando misiles y granadas en Bjielna”. La pequeña Esma, de 9 añitos, escapa del mundo real a través del papel y del lápiz, ignorando que algún día alguien la llamará la Anna Frank de la Guerra de los Balcanes y que hasta una película, Grbavica, nacerá de sus letras de incomprensión y miedo, de inocencia y esperanza. Será años más tarde, cuando el sonido de esas bombas que no le dejan dormir haya cesado. Cuando la vida, solo eso, vida, haya ganado esta maldita batalla. Esta maldita guerra.



Todo ha ido demasiado rápido. El referéndum del 29 de febrero, ese día que no existe en tres de cada cuatro años y que durará desde el 92 para siempre, por todos los que no fueron. La independencia bosnia del 5 de marzo. Los primeros disparos. La discusión hasta por saber quién fue el primer fallecido, quien fue el primero que apretó el gatillo. Y el baile de las medias verdades. O de las mentiras, como cuando ese negro 30 de abril la agencia RSNA, difundió de forma falsa que la defensa bosnia había recibido la orden de atacar al ejército yugoslavo, una declaración de guerra en toda regla que derribó el resto del dominó. El corte de suministro eléctrico en toda la orilla izquierda del río Miljacka, ese afluente del Bosna de aguas marrones que no querían ser rojas, era la pieza inicial. A las 9 de la noche los disparos iniciales y tímidos, precediendo las ráfagas de los morteros, el terremoto de cañones y bombas, hicieron el resto. Bomberos que no servían, fuegos que no se apagaban. El tablero, por los aires. El juego, el más antiguo del mundo, el más cruel e irracional, había empezado del todo. Y nadie sabría durante años cómo diablos acabar la partida.

”Al contemplar las casas desde el refugio, del que salimos por la mañana, quedamos perplejos y sorprendidos de verlas en pie tras el infierno nocturno. Sarajevo ha padecido el ataque más duro desde que comenzara la guerra”, informaba el reportero Esteban Brzica en el ABC. “Recuerdo los sonidos y el olor, pero el color más que nada. El rojo brillante y naranja de las incontables hogueras de la ciudad entre las montañas”, relataría mucho después Zivana. Ella no escribía. Ella no era periodista. Ella solo era víctima. Ella solo era madre.

Una mirada a Miroslav, a su querido Miroslav, bastó. Los niños eran lo primero. Bastante habían aguantado. Había que escapar de ese infierno. Buscar una vida mejor. O una vida, a secas, que en mitad de tanta muerte ya parecía merecer cualquier esfuerzo para intentarlo. Ese 1 de mayo era la última oportunidad. El último avión a la esperanza. El abrazo final a los familiares que se quedaban ahí. A los vecinos testigos antaño de tantos buenos momentos. Sin saber si sería el último. Cuatro prendas de prendas básicas, unas cuantas fotos para recordar, para aferrarse al pasado. Un par de pequeñas maletas a una mano. Los chiquitos Darijan y Goran agarrados al otro brazo. Su marido al volante. Y a huir. A huir. A huir.

El pequeño “Gogo” con las gafas que se rompió en el avión!


“Recuerdo aquel coche, un SEAT antiguo increíblemente pequeño”, cuenta hoy el jugador del FIATC Joventut, que grabó a fuego pese a tener solo 6 años, cada escena de esa huida. Para él, bendita ingenuidad, suponía toda una aventura. “Imagínate el camino. El problema es que el aeropuerto estaba en plena línea de fuego, a ambos lados se estaban disparando los unos a los otros”. A las 7 de la mañana salía ese último avión para sacar a civiles del mismísimo infierno. Qué complicado decirle adiós a su papá, que haría el camino de vuelta con más sonrisa que miedo tras haber puesto a salvo a los suyos. Y qué eterna la espera, de casi 12 horas, para que ese maldito aparato militar despegara de una vez. Al ser el último en escapar de Sarajevo, todos querían subirse en él. Apilados los unos contra los otros, aplastados en el suelo. “Ese avión a Belgrado no tenía asientos. Incluso me acabé rompiendo las gafas al aterrizar, tío”.

”2 de mayo: la ciudad está sitiada, han comenzado a bombardearnos; 4 de mayo: hace 29 días que no voy al colegio, ardió por completo. No entiendo nada. Hoy hemos intentado salir del país pero ha sido imposible. Mi mejor amiga lo ha conseguido. El único recuerdo que tengo de ella es el dibujo de este triste koala. Sigo durmiendo en los sótanos. Me gustaría volver a jugar como antes. Me gustaría comer frutas y verduras. Aquí dibujo el túnel de la vida de Sarajevo. Estoy muy triste. Lo único que puedo hacer es escribirte aunque tengo muy poco ya que contarte, querido diario”. Esma llora con palabras desde el epicentro del infierno. Goran llora desde la distancia después de escapar sobre la bocina. Ninguno se conoce pero tienen algo en común. A ambos les han robado la infancia.

”En ninguna parte, nunca
he encontrado ni un palmo
de la tierra de nadie.
Y no es que no
buscara paraísos perdidos.
Ahora sé que yo soy
en realidad
esa tierra de nadie en la tierra.
Ese algo
en lo que se puede detener.
El desprevenido pie de nadie
y que no se asusta
de la gran estridencia
de su propia voz
y escapa entre las madres
entre fronteras”.

Janko Polic Kamov


Aquellas gafas rotas

El esquí alpino en Bjelasnica y Jahorina. El de fondo en Igman, donde los saltos. La pista de hielo Zetra. Qué cerca y qué lejos parecían aquellos días de Sarajevo 84. Cuando la ciudad era la capital del mundo durante unos días por los Juegos de Invierno. Goran prolongó la borrachera de felicidad para su familia con su nacimiento, un cálido día de agosto del 85. En las afueras, con familia acomodada, la vida parecía sonreírle al pequeño. “Sí que me acuerdo de esos años previo al estallido de la guerra, tengo muchos recuerdos en forma de flashbacks. Yugoslavia era estable y estaba bien económicamente antes de la quiebra. No se me olvidará ese mes de vacaciones de mis padres en el que nos íbamos a mar. O la casa en la que vivíamos, muy muy grande, con tres pisos. Mi tíos arriba, mis abuelos abajo y nosotros, mis padres, mi hermano y yo, en el medio”.



“Estaba siempre jugando en la calle, imagino que en ese sentido es parecido a España. Nunca… nunca me aburría”. No extraña pues que Goran descubriera por el significado de la palabra guerra en la misma calle, jugando al fútbol, cuando con solo 6 añitos salió despavorido por el estruendo de los misiles. Su familia no lo tenía fácil. En el país el 44% eran bosnios, un 31% serbios y un 17% croatas. Musulmanes, ortodoxos y católicos. Su padre croata. Su madre serbia. Los niños nacidos en Sarajevo. Y la beligerancia contra familias con tanta mezcla era máxima.

Los bombardeos se convirtieron en diarios y, a finales de abril, el 60% de la población ya se había desplazado. Para entonces, Goran y Darijan habían tenido que contemplar cosas que un niño jamás debería hacer. Ni un adulto tampoco, claro. Cuerpos sin vida de camino a la escuela o ese condenado olor que cuesta tanto olvidar. Las rosas rojas, dibujos de cera en el lugar donde morían los civiles, se encargaban de recordar cada tragedia. Sus padres intentaban que sus hijos vieran lo menos posible pero el contacto con la realidad era inevitable. “Claro que recuerdo cosas, como los muertos en la calle, pero la mente intenta olvidarlas y el cerebro es capaz de eso con los años. Tengo grabado ese día jugando con mis amigos en el que, con los primeros cohetes, todos corrimos a casa a meternos en el sótano”. Se convirtió en su segundo hogar, entre estériles rezos.

El 30 de abril, después de los ataques más duros hasta el momento que había sufrido la ciudad, sus padres tomaron la más complicada de las decisiones: alejarse por el bien de los niños. “Fue la mejor decisión que pudieron tomar”, repite Goran, agradecido por tanta valentía. Aunque la despedida parecía más corta. “Mi papá se quedó en Sarajevo para proteger la casa. Mucha gente lo hizo en esos meses iniciales para poder defender su hogar o sus tierras. Aunque en ese momento creíamos que estaríamos distanciados solo un par de semanas”. Ese 1 de mayo salió el último avión de Sarajevo, en el que iba él con su mamá y su hermano. Al día siguiente, en ese mismo aeropuerto, se detenía al presidente bosnio, mientras la capital quedaba plenamente bloqueada, con carreteras cortadas, sin agua ni electricidad y con el suministro de comida y medicina absolutamente paralizado.



El destino final no era Belgrado sino Gornji Milanovac, una pequeña localidad en el centro de Serbia, entre montañas y ríos, tan bella y blanca en invierno como próspera en esos días de crisis total. Durante la Guerra de los Balcanes, fue la única ciudad de la nueva República Federal Yugoslava en la que las empresas tuvieron beneficios. Pero a los tres exiliados les faltaba Miroslav. “Las cosas se complicaron en Sarajevo, se pusieron mucho peor. Fuimos para medio mes y acabamos estando allí 7 años. Los primeros dos meses resultaron horribles. Y eso que para mi hermano y para mí resultaba más sencillo, al ser niño eres más sociable y te enteras de menos cosas. Hacíamos amigos, íbamos al colegio y teníamos familia allí. Sin embargo, mi padre no venía y mi madre lo estaba pasando fatal”. Un día, sin que nadie lo esperara, Miroslav apareció de la nada. Habían pasado 6 meses desde aquel avión sin asientos, desde aquellas gafas rotas. Y todo volvió a estar en el aire. “Teníamos que tomar una decisión importante. Mi padre quería ir a Alemania con sus hermanos, mi tío y mi tía, aunque mi madre prefería quedarse. Mi hermano y yo también queríamos seguir allí. Al final lo hicimos y la vida nos fue mejor. Desde que llegó mi padre todo fue más sencillo”.

“A las dos semanas de llegar ya había niños llamando a la puerta para que Goran o Darijan salieran a jugar con ellos”, confesaba su madre en la ESPN década y media después. Empezaba una nueva vida y al pequeño Suton le gustaba. “Siempre diré que tuve una infancia muy bonita, incluso después de vivir una guerra y de mudarme a Serbia”. Y jamás necesitó para ello una pelota de baloncesto, que no tocaría hasta mucho después. Los días en el colegio, pese a los profesores a los que se le iba la mano. Esos recuerdos en forma de flashbacks, vendiendo frutas con otros niños a los vecinos del barrio. Los nuevos amigos, que parecían para toda la vida. El fin de la guerra, bendita paz. ¿Cómo se iba a creer en ese momento que volvería a vivir una despedida? ¿Por qué, maldita sea, tuvo que volver a pasar?

Crece la voz de la última voluntad dormida
sobrevuela de cámara en cámara
los instantes amarillos de la infancia
los instantes amarillos de la juventud
y el instinto innato de partir…
pero también de permanecer aquí.
Aquí donde se alternan las estaciones del año
donde todavía hay matices suaves
y hierba en el prado...”

Duska Vrhovak


Nadie hace caso al trofeo... solo a Goran


Lanzando entre minas

En 1999, Kosovo era la palabra de moda en los medios de comunicación internacionales, desplazando al fin a la tan cacareada Sarajevo. El comienzo de la era de la guerra-espectáculo, de las bombas televisadas, de las películas en directo con muertos reales. El mundo miraba a Belgado, la OTAN amenazaba, los aviones empezaban a volar y Zivana no aguantó más. Antes de la primera bomba, antes del primer disparo, había que salir de allí. Nadie sabía lo que podía pasar.

“En esas fechas, mi papá había vuelto a Sarajevo a arreglar la casa, que estaba totalmente devastada tras la guerra. Nadie había estado allí en casi 8 años. No obstante, el conflicto entre Serbia y Kosovo se puso en su punto más tenso y mi madre se sintió muy asustada, con muchísimo miedo a que volviéramos a vivir lo mismo. Antes incluso del ataque, alquilamos un vehículo y volvimos a la antigua casa, con mi padre terminando ya de arreglar el segundo piso”. Supuso un giro de 180 grados a sus vidas, que no estaban preparadas para un nuevo adiós a amigos que jamás volverían a estar en su camino.

En Sarajevo nada era como antes. Y no, no era por los agujeros de bala de cada edificio, las casas destruidas o el inmenso cementerio blanquecino que saluda tétricamente al visitante que baja por una de sus colinas para entrar en la ciudad. El barrio no era el mismo. Algunos vecinos ya no estaban. Con suerte, es que se habían exiliado. De los que se ignoraba el destino, mejor no preguntar. A un viejo amigo de la familia le faltaban las dos piernas. Y cualquier paseo al casco viejo suponía un ejercicio extremo, sin censura y casi obsceno, por morboso, de lo que es una guerra. Porque una guerra es y será, ya que sigue viva en forma de dolor, de daño incurable, de mutilación o recuerdo, hasta que el último de sus testigos muere.

La vida, para los hermanos, llegó de la mano de Nikolas. El abuelo Nikolas. Para distraer a los niños, tristes por abandonar su apacible vida de Gornji MIlanovac, construyó una canasta de baloncesto en el pequeño patio de la casa. Gogo y Dado en el tablero. Eran ellos. ¿Para qué querían más? “Mi hermano y yo estábamos todo el día allí jugando. Empecé en el basket por él, ya con 13 o 14 años. Vaya regalo nos hizo”. Aunque Nikolas, más que unas canasta, les regalaba cada día un poquito de vida. Ese pequeño paraíso construido por los Suton, una burbuja donde no cabía la crudeza del mundo real, estaba rodeado, literalmente, por campos de muerte. Si el balón se salía del patio, habría que recogerlo en un césped cuyo bello verde engañaba. Estaba lleno de minas.

Goran con su abuelo Nikolas


“No nos dejaba que fuéramos a por el balón, decía que ya nos lo recogía él pero a nosotros nos daba muchísimo miedo. Obviamente estaba lleno de minas tras la guerra”. Pero Nikolas había sobrevivido a tres guerras y sabía cómo apañárselas. Un día, unos artificieros llegaron a su barrio, dispuestos a localizar y señalar las minas, para evitar más accidente. Goran aún tiembla recordando cómo algunos de esos tubos conectados a un palo, que saltaba por los aires disparando metralla para herir o matar a todo el que estuviera cerca, se encontraban a centímetros de las pisadas de su abuelo.

Mas en la cancha jamás hubo minas. El baloncesto, en ese momento, surgió para él como metáfora de paz, de vida, de ilusión y hasta de felicidad. Porque en la cancha era feliz. Porque se le daba muy bien. Porque tenía condiciones, altura, talento y aprendía muy rápido. Y porque Rusmir Halilovic, uno de esos genios balcánicos por cuyas manos pasaron los Petrovic, Divac, Radja, Perasovic, Paspalj, Tarlac y compañía, apostó por él para su escuela. “Me ayudó muchísimo y hoy es un gran amigo. Me he pasado ahora varios años en Zabreb viéndole cada semana para comer o en los entrenos. En solo 5 meses con él pasé de no saber jugar al baloncesto a llegar a la selección nacional cadete”. Bosnia Sub14 se fijó en Goran, cuyo contexto no era tan sencillo sin la pelota naranja en sus manos.

Al fin y al cabo el mayor problema no era el suyo. Se tenía la lección bien aprendida. A un serbio le decía que su madre era de allí, a un croata que su padre también era croata y a un bosnio que el había nacido en Sarajevo. Sin embargo, los matrimonios mixtos seguían sufriendo una vez terminó la guerra. Sus padres estaban casados con el enemigo para los que solo conocían prejuicios y odios. Zivana, su mamá, vistió durante un año entero de negro por la muerte de la abuela de Goran, al ser ortodoxa griega. Algunos no lo entendían. Otros, además, se burlaban, llegando incluso a ser escupida en el autobús. ¿Y si volvían a intentarlo en otro lugar?



Goran ya ni se inmutó cuando se enteró de la noticia. Con 14 años había vivido dos cambios profundos de vida y un tercero nunca estuvo descartado. Sus padres tenían familiares en Estados Unidos y el ser víctimas de una guerra, cruel paradoja, les abría las puertas del país. Aunque fuera con algún pequeño truco. “Por la forma en la que funcionaba el programa para refugiados, teníamos que… no diría mentir, pero sí ocultar que habíamos regresado a Bosnia, afirmando que nos habíamos quedado todo el tiempo en Croacia. Ahora lo piensas y bueno, ha pasado mucho tiempo, pero teníamos que conseguir salir de allí y eso significaba que dijéramos que no habíamos vuelto a Sarajevo aunque realmente lo hubiéramos hecho”.

El proceso comenzaba de nuevo. Las lágrimas, los abrazos. Cuando un hasta pronto esconde un hasta siempre. La ilusión de lo nuevo, el peso de lo antiguo, el miedo por lo desconocido. “Resultó muy duro ese viaje a Estados Unidos. Quizá fue más triste lo de Serbia el año antes, porque había hecho más amigos, ya que en Bosnia muchos ya no estaban por la guerra, si bien en Sarajevo lo que más me dolió fue decirle adiós a mi abuelo. Lo peor, sin duda”. Antes del abrazo final a Nikolas, se pasó por la escuela para despedirse. “¿Vas a Michigan? Pues su universidad acaba de ganar la NCAA. ¡Intenta llegar allí como sea!”, le dijo un técnico. “Quizá algún día”, respondió el adolescente de forma poco convencida, ignorando su propio destino.

Tras los pasos de un tal Magic

Y Goran tomó ese avión con destino a Estados Unidos. Qué diferente al de 8 años antes. Sus padres, de la mano. No se escuchaban disparos, no había que agacharse y no hubo que esperar. ¡Incluso había asientos! Era el 21 de julio del año 2000. Y no, al adolescente no se le quedó grabada la fecha porque en ese momento Clinton y Putin sellaran un histórico para limitar misiles –lo que le faltaba al pobre- o porque en Estados Unidos, en el plano deportivo, la actualidad pasara por España, con la final de la Copa Davis. No, en realidad no olvida la fecha por algo más sencillo. “Quedaban exactamente tres semanas para mi 15º cumpleaños y hacía un calor húmedo insoportable en mi nuevo destino”.

En la casa de Magic Johnson con su equipo de High School


Lansing, Michigan. Poco tenía que ver con la imagen que él tenía del país, más propia de megalópolis como Chicago o Nueva York. “Era bastante diferente. Llego y lo veo todo plano, con muchos lagos y verde, sin montañas ni edificios grandes”. No era la única novedad para él. “No había visto casi a un negro en mi vida y llego al instituto y todos los de clase lo eran”, recuerda. La adaptación fue más lenta que en Serbia a causa del idioma, ya que no entendía algunas cosas que le decían y mucho menos se sentía capaz de hablar inglés. A los 6 meses, ya se sentía de allí. “Al principio no estaba cómodo pero cuando empecé a soltarme con el inglés, a conocer a gente y a hacer amigos, todo empezó a rodar, ya que soy un tipo muy social”. Y por el basket, claro, relata, con un inicio de lo más curioso.

Un día, unos compañeros de clase le vieron en una cancha y pronto avisaron al entrenador. “Es un tipo de 2 metros a sus 15 años y no lo hace mal”. Acababa de ganarse un hueco en el Everett High School, el instituto de Magic Johnson. “Imagínate, me enseñaron cosas suyas y hasta el gimnasio tiene su nombre, con una camiseta colgada arriba de él, rodeada por los títulos ganados”. A Johnny Jones, el entrenador, no le impresionó demasiado, mas a él no le importó empezar desde abajo. “Tenían dos equipos y yo empecé por el segundo. Solo había jugado al basket durante un año en Europa, para mí resultaba difícil acostumbrarme. Tuve un partido de 16 puntos y 10 rebotes saliendo desde el banquillo y a partir de ahí empecé a jugar más. La gente me conocía, salía en los periódicos, parecía todo una película”.

Sus pintas de grandullón despistado llamaban la atención. Su procedencia, más. “Tú no eres blanco… ¡eres bosnio!”, le decían bromeando sus compañeros, que le respetaron muy pronto por su buen hacer en pista. Con 15,2 puntos, 12,2 rebotes y 4,4 tapones por encuentro en su año senior, su Everett HS llegó a la final del estado. Allí ganaron por 60-51 a Carman Ainsworth, con 9 puntos, 10 rebotes y 6 tapones con su firma. Todo sobriedad. Era la primera alegría del instituto en 30 años. ¿El último título? El de un tal Magic.

Haciendo historia con el instituto


También el último jugador en llegar a Michigan State University (MSU) desde ese instituto había sido ese tal Earvin Johnson. ‘G’, como ya era conocido, quería seguir sus pasos y se vistió de espartano. Palabras mayores. Y eso que sonó con fuerza por Arizona. Y que, irónicamente, declaró en una entrevista que iría a un sitio en el que pudiera jugar nada más llegar. ¿Qué le diría Tom Izzo en la entrevista para convencerle, teniendo en cuenta que se pasó toda la temporada 2004-05 sin disputar un partido? “Fue una gran decisión. No era fácil el no jugar pero necesitaba ese año de margen porque la gente era muy fuerte. Había compañeros muy buenos y casi no hubiera jugado. Ni yo estaba preparado para ese nivel ni mi cuerpo estaba bien”. El descubrimiento del fast-food, de ese american way of life frenético y seductor, le habían hecho engordar hasta el punto de tener un 20% de grasa en su cuerpo. Y él, no lo niega, tampoco era el tipo con más voluntad del mundo para ser el primero en ir al gimnasio y el último en salir.

No tuvo que ser fácil ver a sus Spartans de Michigan State, con Charlie Bell, Zach Randolph y Jason Richardson, llegar a la Final Four sin él. Más dura aún la caída, frente a la Arizona de Arenas, Jefferson, Walton y Woods. Claro que el verano compensó, con un caramelo inesperado. Pocos lo saben porque no hizo precisamente ruido ese tour, mas Goran Suton jugó en España en 2005, en una gira con un combinado de jugadores de su conferencia, entre los que se encontraban Brian Randle o Matt Kiefer. Vic, Alcora, CB Valls y el filial del Pamesa los rivales, con 8,4 puntos y 7 rebotes para él en esa tournée. Entre lesiones y la temporada redshirt, llevaba más de un año sin jugar un partido real. ¿Serviría de revulsivo para saltar a un siguiente nivel?

Aprendiendo a amar el basket

En esta vida, bien lo sabe Goran, no solo basta con no estar en el peor lugar posible en el peor de los momentos, sino que también a veces toca estar en el lugar idóneo en el instante justo. Y eso pareció pasarle aquel 22 de noviembre, cuando todavía era el novato del equipo, en el duelo contra Gonzaga, definido en la prensa como instant classic horas después de acabar. El partido de las 3 prórrogas. El de los 43 puntos de Morrison. Los 36 de Ager o el 26-13 de Davis, ambos con pasado hispalense. El día en el que la acumulación de cansancio y faltas le hizo saltar a la cancha, disputar 42 minutos y tener en su mano la posibilidad de ser el héroe. El del tiro para ganar a falta de 4 segundos del final de la tercera prórroga. El de la bandeja más fácil fallada en toda su vida. El de la derrota (109-106). El de la nueva pesadilla. El de “tierra, trágame”. Y el mejor acicate para los siguientes años, marcado por un error y ansioso por compensarlo.



Esa 2005-06 la acabó titular y en la siguiente campaña, sin explotar del todo, sí que demostró que lo suyo con el rebote iba más allá del idilio. Ya en la 2007-08 igualó en un encuentro el récord histórico en rebotes ofensivos -11- y logró la mejor marca de la universidad en capturas totales (20) en un cuarto de siglo, promediando 8,2 de media y 9,1 puntos por choque. Pero su entrenador Izzo quería más, mucho más. Una vez, tras un gran partido, su técnico le felicitó públicamente. Como en la siguiente cita jugó mal, Tom Izzo llegó a vestuarios y le pidió que le recordara que jamás volviera a decirle un elogio. Y es que hasta pasado el ecuador de su tercera temporada no llegó el salto de Goran. Literalmente.

“La vez que, frente a North Carolina, saltó sin importarle caer al suelo a por la pelota y se la lanzó a un rival para forzar un saque de banda pensé que una estrella estaba naciendo”, comentó el capitán Travis Walton, tan diferente a él, tan opuesto, que era su compañero ideal. También lo era de piso, con la madre de G poniéndole de ejemplo en cada visita semanal para hacerle la colada, lavarle los platos y ordenarle el cuarto a su hijo. Travis, que se metía con el balcánico por coqueto –“¡Estás obsesionado con tu pelo!”-, se desesperaba por ver al de Sarajevo tan poco organizado y, especialmente, sin tanto amor por el basket como él mismo. Durante mucho tiempo, para encontrarle en una sesión de pesas, había casi que rogarle y sacarle de la cama. Como le dijo una vez su entrenador en el instituto, a Suton le gustaba el basket pero no lo amaba. Y a él le fastiadaba ser consciente del problema. “Travis se ponía a tirar hasta las 2 de la mañana, se despertaba e iba al gimnasio, iba a las 5 a casa y volvía para tirar a las 9. Le veía y me preguntaba a mí mismo… ¿qué estoy haciendo con mi vida?”

Era curioso, porque al chico fuerte que era capaz de convertirse en el bromista del equipo después de haber vivido una guerra, todos le llamaban blando. Quizá, simplemente, es que para Goran el baloncesto solo era un juego. “Un partido a vida o muerte no es lo mismo para personas que han visto la vida y la muerte”, afirmó Izzo en el New York Times. “Hay diferencia entre el basket y pisar una mina”, asentía su jugador, pragmático y racional. La relación amor-odio entre ambos fue una constante. Ambos se enfadaban y ambos se peleaban. Ambos se respetaban y ambos aprendían.

Una relación de amor-odio


“Todo el mundo quiere a G. No encontrarás mejor chico, estudiante y persona y es de los jugadores más inteligentes que nunca tuve. Pero creo que puede ser mejor de lo que él piensa. Necesito que sea un poco más sucio, un poco más duro. Le he visto jugar condenadamente bien y esa versión es la que necesito, no voy a parar aquí. Es un tío del que siempre estoy encima y probablemente eche de menos muchísimo. Le empujaré hasta el día que se vaya porque puede soportarlo”, aseguraba Tom Izzo, capaz al mismo tiempo de sacar de sus casillas al jugador con sus gritos –“¡Vete a Serbonia o como diablos la llamen!”, le exclamó en una ocasión- y de hacerle crecer con su insistencia. A G le costó entender que el fondo pesaba más que la forma. Los años y la madurez le hicieron reaccionar. “Era amor y era odio. Nos peleábamos todo el rato, me gritaba y me decía de todo pero me enseñó muchísimo y logró motivarme. Supuso un gran proceso de aprendizaje y actuaba como un padre al que veías cada día. Progresé por él, especialmente el último año. Es un gran técnico y ahora un amigo”.

El plan había hecho efecto. Goran Suton fue otro Goran Suton desde el final de su tercera temporada. Y sus condiciones por fin le hicieron explotar. En la MSU se decía que tenía los mejores movimientos en la zona desde los años de Randolph, había trabajado un tiro interesante de media distancia y destacaba por su buena visión en pista. Y por el rebote, claro. Por el bendito rebote. “No es buen atleta ni tiene brazos largos pero siempre encuentra la forma de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado”, manifestaba su técnico asistente. Como cuando sabía dónde pisar para esquivar la mina. 10,4 puntos, 8,4 rebotes. Segundo quinteto ideal de conferencia. Una enorme mejora, más en sensaciones que en números, y un mejor final. El cambio era real. “Para mí el baloncesto significaba diversión. Nunca pensé en convertirme en un gran jugador o en ir a la NBA cuando estaba en la universidad. Yo me lo pasaba bien, veía partidos NBA, europeos y todo eso, pero no imaginaba que sería una profesión. Con el tiempo me di cuenta de que la única forma para triunfar era amándolo. Aprendí a amar el baloncesto. Hoy en día, si estoy un día sin jugar me enfado… ¡me vuelvo loco!



Mucha parte de ese amor tiene nombre y apellidos. March Madness. Lo locura dentro de la locura. 11 puntos y 17 rebotes en primera ronda frente a Robert Morris. En la siguiente fase, redujo a la nada a Taj Gibson –más faltas, 5, que puntos, 3… y de tiro libre-, aportando 7 puntos y 11 rebotes para eliminar a la Southern California de los DeRozan, Hackett y Vucevic. El mejor Suton apareció en el sweet sixteen , con 20 puntos, 9 rebotes y 5 asistencias para tumbar al vigente campeón, la Kansas de Aldrich, Taylor o Collins. Mas cuando realmente tocó el cielo, cuando hizo que un país entero se aprendiera que su apellido se pronunciaba Su-ton y no Sa-ton fue frente a Louisville de Terrence Williams, Earl Clark o Samardo Samuels. Para alcanzar el sueño de la Final Four. Para cerrar un círculo.

Ha tenido partidos con más puntos o con más rebotes. Pero jamás jugó mejor al baloncesto que en aquella primera parte. Siempre en el centro de la zona, toda jugada pasaba por sus manos. O asistía o tiraba. O amenazaba o ejecutaba. Sin más. 17 de los 25 puntos iniciales del equipo en el partido más importante del año tuvieron la firma de un jugador que no sumó un solo triple en las dos primeras temporadas –y únicamente un par en la tercera- capaz de convertir tres el día más importante. Los comentaristas exaltados. Magic Johnson, uno más con sudadera verde en la grada, dando saltos como un niño. “Estaba muy abierto y Tom me dijo que o tiraba o me quitaba”, relató al final del partido, en el que aportó un 19-10 para el título de conferencia (64-52) y el anhelado pase a la Final Four. Golpe en el pecho, grito de rabia y un abrazo con Roe que al día siguiente abrió las portadas de más de un periódico, que no desaprovechaba una de las pocas alegrías en mitad de la crisis económica. Su historia estaba a punto de ser conocida.

Suton, portada de los diarios


De Suton sabían lo de su evolución. Lo de adelgazar para pasar del 20% al 8% de grasa respecto a su llegada. La curiosa coincidencia en su trayectoria con un Magic Johnson con el que se abrazó en vestuarios. El año de redshirt y hasta su dúo Pimpinela con Izzo. Sin embargo, de su historia de superación había menos noticias. El baile había comenzado. Reportaje en el New York Times –que abría la foto de portada de este artículo, cedida por el jugador-, en la ESPN. Prensa deportiva, diarios generalistas. “Niño de guerra”, “héroe”. La afición en el bolsillo y los homenajes en cadena. Hasta entrevistaron a sus padres, héroes anónimos hasta entonces. Complicado no bajar de las nubes. “Me sentía muy bien con todo lo que se vivió en la prensa, no tenía una presión especial, aunque intentaba mantenerme centrado”.

Para colmo, la F4 era en casa, a hora y poco de su East Lansing, con el Ford Field de Detroit preparándose para acoger a 71.456 personas. “La locura, tío. Para que alguien lo entienda solo tiene que ponerse un vídeo en Youtube del día previo a la Final Four. Era un encuentro con los aficionados en un centro comercial y fueron más de 7.000 personas que nos daban las gracias y nos deseaban suerte”. Ni Thabeet ni su Connecticut frenaron a los espartanos (82-73) en un día más terrenal (4-7) de Suton, que se desquitó en la gran final con 17 puntos y 11 rebotes. Sin embargo, allí, los Lawson, Hansbrough, Green y Ellington demostraron que los cuentos de hadas también pueden acabar mal, con triunfo para North Carolina (89-72). Si su vida se llevara a Hollywood, el director hubiera cambiado el guion de ese partido…



Del cielo al colegio

Goran Suton se había convertido en uno de los 8 jugadores de su universidad en llegar a los 1000 puntos y 800 rebotes y ya era considerado uno de los grandes de MSU –años más tarde entró en el Top50 histórico del centro, compartiendo galones con nombres de postín. Sin embargo, Zivana jamás se sintió más orgullosa que el día en el que su hijo se graduó. Ese título valía más que cualquiera conseguido en la cancha y jamás lo hubiera imaginado cuando hacía las maletas en Sarajevo, con sus hijos colgados del brazo.

El chico, pletórico tras su locura de marzo, se sentía sin miedo a nada. Tampoco la NBA le intimidaba. Probó hasta con 11 equipos antes del draft. Falto de físico y de velocidad, sentía que su versatilidad e inteligencia compensaban sus puntos débiles, prometiendo rebote, defensa y más de un clínic de pick & pop. Aquel 25 de junio lo empezó mal, atrapado en el aeropuerto de Denver, donde solo pudo dormir un par de horas de madrugada. Ya en Lansing, a las 23:34 sonó su teléfono. “Te acabamos de elegir”, sonó desde el otro lado. 10 segundos después salía en la tele la elección de Utah en la ronda número 14: él mismo. Cinco más tarde, su padre y su hermano estaban abalanzados sobre él. Sus abrazos los necesitaría más adelante. Esa vez de consuelo. ”Sabemos que sabe tirar y que trabaja muy duro”, aseguraba Sloan, que no terminó muy convencido tras su gris liga de verano (4,8 pt, 4,4 reb, 0/10 T3) y sentía que aún le quedaba rodaje. “Acabó derivando en una situación regular para mí, no lo pasé bien. En ese equipo estaban Okur, Millsap, Koufos, Fesenko, Bouzer y Kirilenko, que jugaba muchos minutos de 4. Los dos primeros parecía que se iban y al final se quedaron. No tenía yo espacio, estaban todos por delante de mí. Realmente, creo que no tenía ni cuerpo ni estaba preparado físicamente para este nivel”.

Suton... ¡en las botellas italianas de agua mineral!


El cambio, muy brusco. De acariciar la NBA a helarse de frío entrenando en el gimnasio de un colegio ruso. El Spartak San Petersburgo de Rakovic, Pashutin y James White no fue lo que lo que él imaginaba. “Mi año de debut en Europa lo recuerdo tiritando, con muchísimo frío. Resultó decepcionante porque el club tenía muchos problemas económicos y acabamos haciendo las sesiones en una escuela elemental, de suelo húmedo. El contraste con la NBA era increíble. Al menos pude aprender mucho”. No sería sobre la pista. Un día se marcaba un doble-doble y al siguiente jugaba un segundo. Literal. 2 puntos en 7 minutos de media. Más ratos viendo película, navegando por el río Nevá y tomando vino contra el frío que en pista. Y una lesión de menisco final para complicarlo todo. Horrible.

En la 2010-11 el listón parecía sencillo de superar. Soragna, Sosa y Salyers le esperaban en el Angelico Biella. Volvieron los dobles-dobles, jugando como 5, como aquel 20-11 a la Roma, en un curso en el que firmó 9 puntos y 7,4 rebotes de media. La confianza subía, que no era poco. “Mejoré muchísimo la experiencia en Italia, sí. Había buenos jugadores en aquel equipo y pude disputar muchos minutos, aunque me fue mejor al principio, ya después me rompí un pie. Fuera de la pista era genial. Estábamos al lado de Milán y salía por allí con mis amigos. Una buena época, ¿sabes?” Un día Prkacin llamó a su puerta, le ofreció un contrato con la Cibona y él asintió sin preguntar sueldo. Sentía que el regreso a casa era una necesidad. Y acertó, pese al final agridulce. Campeón liguero (10,2 pt, 6,6 reb) en aquel equipo repleto de viejos conocidos ACB–Chase, Barbour, Rudez, Zizic, Kus, su marcha no resultó sencilla por los problemas extradeportivos del club, que derivaron en impagos y demandas. “Me costó coger ritmo por la lesión de pie sufrida en Biella, pero acabé sintiéndome fuerte y acabé bien”. Tanto que la Cedevita apostó por él en las dos siguientes temporadas. Cambiarlo todo sin cambiar ni siquiera de ciudad.

Una foto de equipo que bien vale para CD, con la Cibona


El día de la sesión inaugural, Maljkovic, aquel al que veía de niño en la Jugoplastika, le comentó que con ese pelo le iban a hacer el test antidrogas en cada partido. No duró mucho el mítico entrenador balcánico. “Tuvimos 3 o 4 técnicos esa primera temporada y eso es muy frustrante”. Bracey Wright, Gelabale, Ilievski, Andric, Suput, Bazdaric y Tomas no bastaron para ganar un título, con subcampeonato copero como mayor logro. 4,1 puntos y 3,3 rebotes de media en la primera participación del equipo en Euroliga no parecía sinónimo de cohetes, con otra lesión que le lastró de inicio. Su suerte, por fin, cambió en la 2013-14. “Ese año fue fantástico”, relata radiante. Jugando más como 4, multiplicando sus cifras (9,1 pt, 4,9 reb. en Eurocup) y con momentos para recordar siempre. El título liguero. El de Copa. La mítica victoria en la cancha del Partizan –“en el corazón de Belgrado, recuerda”- para entrar en la final de la Liga Adriática. Su partidazo con máscara a lo Richard “Rip” Hamilton, tras codazo de Saric. O su paso al frente, el más grande desde sus días en Michigan State, en la finalísima liguera, con 23 puntos. “Y dejamos al equipo otra vez en Euroliga”, recuerda orgulloso. Había tardado cinco años pero G acababa de encontrar su lugar en Europa. Ahora tocaba demostrarlo lejos de casa.

Suton sorprendió con su presencia en el draft 2014


Una canasta eterna, un grupo único

Si a Suton le pinchas, su sangre sale verde. En verde se convirtió y verde morirá. Absoluto apasionado de los Spartans, de sus Spartans de Michigan State, el jugador no esconde su fobia a los Badgers de Wisconsin o a los Wolverines de Michigan. Y a veces se lamenta por enfilar ya la treintena y no poder volver a esos días universitarios, a esa locura primaveral. Hasta se le vio por el draft este verano, añorando noches pasadas. Quizá el mejor remedio frente a la melancolía fuera tomar la camiseta de la Penya, franja negra y verde en cuerpo y alma. Con su color favorito en el pecho, en su espalda, el balcánico está ofreciendo sus mejores actuaciones ofensivas en su periplo europeo en este arranque de Liga Endesa.

“Será pieza clave para compensar el juego interior. Puede jugar de 4 o de 5, destaca por su fuerza física y capacidad reboteadora. Dará buenos momentos dentro de la zona y buena lectura de juego”, señalaba el director deportivo Jordi Martí tras su fichaje, quizá sin imaginar un inicio tan descarado de la apuesta del FIATC Joventut. 18 puntos, 9 rebotes y 4 robos en su estreno frente al CAI (20 de valoración), 12-7 contra Tuenti Móvil Estudiantes. El 22-9 frente al Laboral Kutxa (26 val) o los 16 puntos del último partido en Manresa. Y, por encima de todo, la canasta ganadora en el Palau, con tintes históricos, en un choque en el que apareció en la recta final, con 9 puntos en el último periodo para poner la guinda con un enceste que será recordado durante mucho tiempo por su afición.



Claro, ha tenido sus días tontos (-3 de valoración frente al Rio Natura Monbus) y sigue dando la sensación de que puede dar más: su selección de tiro es mejorable, a veces abusa del triple, debería pisar más la pintura pues hace daño y se carga muy rápido de faltas –es el 3º que más hace de la competición-, con 3,38 por encuentro. Sin embargo, lo positivo pesa más en un jugador que no solo lidera a su equipo en puntos (12,4, 11º en ACB), rebotes (6,4, 10º en ACB) y valoración (12,4), sino que se ha ganado a todos por su implicación desde el inicio. La canasta en el Palau fue clave, sí, mas su actitud el día frente al Unicaja, animando como un badalonés más pese a estar lesionado, cuenta más a la larga.

Ni en sus días dorados en la MSU vivió algo así en un vestuario. “Creo que es el mejor grupo en el que he estado jamás. Estoy extremadamente feliz, el club y el equipo son geniales. Estos tipos son increíbles, fantásticos”. Y eso que aún tiene cuentas pendientes con alguno que otro: “Estoy realmente enfadado con Ventura… ¡me quitó el 14! Siempre lo llevé y este año me tuve que conformar con el 12”. Entre broma y broma, el de Sarajevo aprovecha para elogiar al staff técnico – “es muy bueno, en serio”- y repartir con ellos la culpa de su buen momento. “Me encanta ser parte de este estilo de juego tan propio, de esta libertad”. Él avisa. Quiere ir a más. Y extiende esa ambición a su equipo, sin cortarse a la hora de hablar de objetivos. “Creo que puedo jugar mejor individualmente. Debemos pensar primero en la Copa y después de eso, obviamente, intentar entrar en Playoff y en la mejor posición posible”.

A veces uno, cuando tiene motivos para sentirse de tantas nacionalidades diferentes, podría acabar como apátrida. El emigrante español en tiempos de dictadura era “el español” en Alemania y el “alemán” en España. Etiqueta y desarraigo. Estigma y paradoja. En su caso, pensando en posibles convocatorias internacionales por su buen momento, lo tiene muy claro. “Yo me siento croata”. Bosnia lo intentó en varias ocasiones y los propios croatas estuvieron a punto de verle jugar defendiendo al país. Ahora intuye que el tren se escapó. “Nadie me ha preguntado. Me siento croata y sería un gran orgullo representar esa camiseta. Tuve la oportunidad en un clasificatorio pero me lesioné y luego ya no me han vuelto a invitar. Creo que se ofendieron por ir a causa de mi lesión. Sinceramente es un gran honor jugar para tu país pero a la vez creo que los que están actualmente se merecen más llevar esa camiseta porque han sido más leales que yo”.



Las batallas del tito

“I am from Bosnia, take me to America. (…) One Day, when you reach the end; One day, you will understand; One day, back to roots, my friend… no place like a motherland. (…) I want to fly back, like a rocket to the Balkans”. Suena Dubioza Kolektiv con una canción que parece escrita por él. Acento balcánico, como el suyo en esos años de High School, cuando rapeaba como si Lil Wayne se pusiera a imitar a Boza.

Leche con cereales antes y después de acostarse, un mandamiento. De casa al pabellón, del pabellón a casa, al son de los Red Hot Chili Peppers o del “Seven Nation Army” de White Stripes. Que suene el “Georgeous” de Kanye West o el “Feeling it” de Drake si toca rap. Hora de comer. Contrató a una chica para que le cocine. Tiene un rato tras el almuerzo y coge un libro. O se pone una película. O mejor una serie. Game of Thrones, Californication, Boardwalk Empire, Dexter. Cada cual en su momento. Videojuegos no, que le aburren. Más entrenamiento y algún plan que surja sin pensarlo –tuvo unas visitas y las llevó al zoo- y una buena cena con los amigos, que no falte. El Hard Rock, que le pregunten a Hannah, es un clásico. Pero si en la velada hay sushi, mejor. “Me vuelve loco”, reconoce. Un poco de Häagen-Dazs para Goran, por favor. Maldita sea… ¿es aquí no hay rakia?

Y es que hay dos Suton, según la época del año que toque. Versión PAL y NTC, sufriendo mucho con la conversión. Con las despedidas del verano. Con los hasta luego que se prolongan demasiado tiempo. “Soy una persona diferente durante la temporada respecto al verano. En vacaciones soy diferente, no tengo vacaciones y me encanta viajar, tío. ¡La de playas que hay en la costa de Croacia!. Las de Makarsha, mar turquesa. Lopu Island, Suni Beach, nombres que parecen de Miami pero que huelen a Adriático. Paraíso en croata se pronuncia Dalmacia. En Lansing el mar queda más lejos pero los mejillones, las patas de cangrejo y las colas de langosta en el Mitchell Fish Market no se las quita nadie. Ya probó el Meditarráneo badalonés. Ya vuelve a sentirse cómodo. “Me gusta el estilo de vida de aquí, es relajado. La gente es muy agradable, nadie se pone nervioso ni enfadado, todo el mundo parece contento”. Pero ninguno más que él. Algo muy grande viene en camino.



En Sarajevo,
en esta primavera de 1992,
cualquier cosa es posible.
Estás en una cola para comprar el pan…
y despiertas en un hospital
con una pierna amputada.
Después, incluso, reconoces que has tenido mucha suerte.
.
Izet Sarajlic


G ríe y ríe, como lo hacía entre minas. Como en el instituto, en la Universidad y hasta pasando frío y con la rodilla destrozada en tierras rusas. “I am happy-go-lucky” –un tipo alegre y desenfadado-, repite en cada entrevista desde aquellas que buscaban la lágrima fácil. Él no, él no llora ni va a hacerlo. A veces recuerda, a veces sueña en forma de pesadilla, mas el ayer solo lo usó para hacerse más fuerte. La suerte, la dichosa suerte, es tan relativa como el poema de Izet Sarajcic. Y la suya, de espinosa raíz, terminó por brotar sin importar el pasado.

El jugador del FIATC Joventut es el mismo ambicioso que desea ganar la Euroliga algún día y pisar la NBA aunque fuera un minuto. También el mismo niño que soñaba, el basket podía esperar, con haber sido astronauta para ver la Tierra desde el espacio. El mismo coqueto de la universidad que cuida su pelo y se desesperaba al llegar a Badalona porque no lograba hacerle entender a la peluquera cómo quería el corte. Y, especialmente, el mismo que sigue sintiéndose en deuda con sus padres y que juega por devolver algún día, en forma de orgullo, la valentía que tuvieron Miroslav y Zivana en esos días de disparos y miedo. “Miro al pasado y les agradezco tantos sacrificios por mí, especialmente en aquellos años de guerra. Mi objetivo es hacer feliz a mi familia porque sé lo que dieron por mí”. Ellos son sus referentes. Pronto los tendrá cerca, en enero. Hay mucho que celebrar. “Ellos están muy genial, en Michigan, muy felices, aunque helándose ahora mismo de frío. Mi hermano Darijan se casó el pasado verano en México. Y… ¡adivina qué! ¡Tienen un bebé en camino! ¡Voy a ser tito en febrero!”



“Ahora, desde este momento, solo llamadme ‘Uncle G’”, exclama orgulloso, tal vez imaginando la de batallitas que le contará a su sobrina Adria.

- ¿Sabes? Cuando tenía tu edad jugaba al fútbol”

- ”Mira, esta es la foto de la vieja casa, con tu papá Darijan jugando conmigo, con Uncle G. ¿Te has fijado en los tableros? Dodo y Gogo, así nos llamaba el abuelo Nikolas.

- “Hoy te voy a hablar de baloncesto. En el instituto salimos, en la universidad me enamoré y finalmente le di el ‘sí quiero’. Y oye, no pude viajar al espacio pero no me fue mal”.

Y contará el día en el que fueron a casa de Magic Johnson invitados por la estrella tras reinar con el instituto. Las portadas de periódico, la locura de aquel marzo. La canasta del Palau, por supuesto. Y todo lo demás. Miroslav y su carretilla elevadora. Zivana y sus días en la farmacia. La infancia en Sarajevo, donde las rosas rojas ya no son de cera. La huida, el exilio, el miedo, la incertidumbre. La fuerza, la lucha, el instinto, la vida. Qué fácil y qué difícil. Qué cara estuvo y cuánto mereció la pena.

Ey, sobri, esta es mi historia. Ey, Adria, estos son mis cuentos. Los cuentos de ‘Uncle G’.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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