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La cabaña de Raba
El Rabaseda cocinero, el Rabaseda golfista, el Rabaseda fotógrafo. El niño que empezó en el mixto, el de la Masia, el que dejó su casa por ambición y ahora recoge sus frutos, en su momento más dulce. Conócele mejor de mano de Daniel Barranquero

ACB Photo / A. Martín


Redacción, 2 Abr. 2015.- Un paso, dos, cinco, cien. En Ripoll, donde los ríos Ter y Freser se miran, se acercan y se encuentran, comenzaba el camino. Comenzaba el final. En el bressol de Catalunya aún retumban los gritos de dignidad de Dolores Prat, sindicalista y anarquista, pidiendo lo que era justo, cuando la sinrazón había ganado la batalla.

La década de los treinta agoniza. Los cuarenta asoman. Franquismo, castigo, represión. Había que huir. De Ripoll a Francia. O al mismo cielo. 56 kilómetros entre gamuzas, águilas reales, buitres que daban miedo y sombras de haya y pino. Ripoll, Sant Joan de les Abadesses, Sant Pau, Camprodon, Molló y Prats de Molló. La huida. El exilio. La libertad.

Medio siglo después de que miles de personas iniciaran en Ripoll su marcha a una vida diferente, muchas de ellas sin vuelta atrás, el “Camí” parece distinto. El verde es más verde, las gamuzas corren más y hasta los buitres inquietan menos. El pequeño Raba camina por la misma tierra con la sonrisa en la cara. “Con los amiguetes del barrio teníamos nuestra propia cabaña en el bosque. La íbamos haciendo poco a poco y era nuestro sitio. Tendría yo 8 o 9 años. Si había que hacer una gamberrada, íbamos allí. Después venía el amo de las tierras y nos quitaba alguna cosa o nos la destruía”. Y vuelta a empezar. El básquet no lo era todo. Aún.

Fotos Penya.com


De Ripoll al Ramiro

Qué raro se sintió Xavi en aquel viaje en coche. Para el niño que jugaba en la calle a la pelota sin miedo a que pasaran coches, Barcelona era un universo distinto. En aquella hora y media de trayecto pensó de todo. Sus primeros partidos en el equipo mixto –“mi pueblo es pequeño y es complicado juntar a muchos niños para hacer un equipo”-, su progresión, la llamada de la selección de Girona, la primera convocatoria con la catalana, los torneos en Blanes y los nervios por su nuevo destino. Durante aquellos 104 kilómetros de camino entre el pueblo y la metrópolis, Barcelona no era para Rabaseda el Barça, sino el zoo, el acuario y el Tibidabo, lo único que conocía de la ciudad. Y las lágrimas por el adiós a una madre a la que solo podría ver los domingos, a un padre que pacientemente le llevaría en coche en cada trayecto y a un hermano pequeño al que extrañaría terriblemente.

Xavi Rabaseda era del Barça pero aún no entendía lo que era el Barça. “De pequeño tampoco tienes muchos recuerdos de los partidos por la tele y no te fijas mucho en jugadores. Me acuerdo del 10 calvo del Barça, con coderas azules y símbolo de esa época”. Un tal Djordjevic. “Luego se fue al Madrid, ganó una Liga en el Palau y cómo la celebró… tengo esa imagen grabada. Ya luego en el club viví más intensamente la etapa de los Pesic, Bodiroga, Jasikevicius o Varejao”.

Rabaseda, junto al delegado estudiantil, Javier Cabrerizo, en el Camp Nou


15 de básquet, 60 de fútbol en La Masia. Los Bojan Krkic, Alberto Botía, Giovanni dos Santos o Raúl Baena –“el mejor clima de Europa está en Torrox, me repetía”- como compañeros de residencia. Y dos colores que se le quedaron grabados para siempre, como jugador y como aficionado. Aún con 17, se plantó en Málaga con dos o tres compañeros de su equipo y celebró como un Drac Culé más el título de su equipo, con Trias MVP. Orgullo de gerundense.

En la pista todo iba muy rápido, con el Barça y con España. Del oro en el “Festival Olímpico de la Juventud”, en 2005 a estar en el quinteto ideal del Europeo Sub20 de 2009. Por el camino, bronce en el sub16 de León, el Sub18 de Amaliada, el Sub20 de Riga y el propio Sub20 de Rodas. “El camino perfecto, la progresión perfecta”, que diría Maldonado cuando ya destacaba en el Fuenla, tras jugar Adecco Plata y Adecco Oro, ascenso incluido, antes de probar suerte en tierras madrileñas, donde tantas veces le llamaron “El Ruso” por su aspecto físico. “No es que me fastidiara, simplemente no me identificaba con él. A mí siempre me llamaron Xavi o Raba, nada más”.

Qué rápido pasó todo. Aquel partido contra Unicaja con el que se presentó en sociedad, ese curso vestido de naranja en el que se puso tan de moda. La llamada del Barça, su Barça. La Supercopa, la Copa, la Liga. Los destellos de blaugrana, los momentos en el banquillo, la espina de la Final Four. La llamada de la absoluta. La ilusión, la decepción. La salida. “No tengo problemas en decir que no salí de la forma que me hubiera gustado y que allí no fui tan importante como hubiera querido pero estoy orgulloso del paso dado. Podía haber seguido un año más al lado de casa pero sentí la ambición de querer jugar más minutos y sentirme más importante”.

Xavi Rabaseda, firmando autógrafos a los canteranos colegiales


Y se vistió de colegial. Y llegó al Estu, donde tres niños de la cantera le recibieron en su primer día, como si quisieran mandarle un mensaje para que se diera cuenta donde estaba y qué era realmente su nuevo club. Su nueva oportunidad. Y cómo le costó agarrarla por las manos. “Fue un cambio brusco el de la pasada temporada. Me dijeron muy tarde, a mediados de agosto, que habría 13 o 15 jugadores en la plantilla y no quise pasarme un año en blanco. Muchos equipos tenían planificada la plantilla y me quedé en shock. No comenzó bien mi etapa estudiantil porque además tuve molestias, el equipo no arrancaba y hasta enero la cosa no funcionó. Trabajé el aspecto mental, me sirvió para superar el curso pasado y para que este vaya mejor”. Y tan mejor.

Una segunda familia

Desde el -7 en Vitoria en el primer partido de 2015, Xavi está ofreciendo sus mejores partidos en el Movistar Estudiantes. Once de los últimos doce partidos acabó en dobles dígitos de valoración (17 veces esta temporada, incluidas las 4 últimas). 8,5 puntos, 3,6 rebotes, 1,6 recuperaciones, 1 asistencia, 10,6 de valoración. El mejor nivel de Rabaseda, superando su año fuenlabreño. “Eso dicen los números pero además me siento cómodo, con fluidez y muy positivo tras un año difícil donde nada salió. Después de un verano de entrenamiento físico y mental, mirando al futuro y no hacia atrás, me ha servido la receta”.

“No quiero tener un paso testimonial por este club, quiero dejar huella”, dijo al llegar. 4º en recuperaciones en Liga Endesa (1,58), 14º en tiros libres (86%), 9º en minutos (27:39) y a poco que tirara más para entrar en el ranking, líder en tiros de 2 con un increíble 72%, la importancia del gerundés siempre fue más allá de las cifras. “El que está menos habituado a ver básquet puede decir que no meto puntos pero quiero pensar que la gente que entiende sí ve los intangibles que se hacen notar en el equipo. Al Barça llegué para aportarlos y al Estu para hacer algo más que esos intangibles. Para dejar huella debo seguir en esa línea, siendo regular sin desviarme del camino. Sería importante para seguir muchos años aquí, ser referencia y dejar huella como dije aquella vez”.

ACB Photo


Alma del vestuario, siempre animando a sus compañeros, siempre creyendo en la victoria y haciendo gestos desde cancha, banquillo o mirando a la grada durante los 40 minutos. Una buena forma de conectar con su público. “Siempre dije que me identifico mucho con la afición. En Fuenlabrada tuve una gran conexión, en Barcelona me tenían cariño jugase cero minutos o veinte. Aquí al principio pensaron que venía un anotador del Barça y en mi carrera tuve mis altibajos con los puntos. Nos costó un poco el gustarnos. Nos conocíamos, jugaba para ellos, nos veíamos cada dos semanas pero no encontrábamos ese feeling. Desde enero lo tuvimos y ahora estamos enamorados. Me siento muy cómodo de local, ayudando con puntos, rebotes, garra y ganas, y ellos me demuestran que están contentos conmigo. Soy feliz aquí”.

Xavi creía imposible repetir aquellos días de anécdotas imposibles con Huertas, Ingles y Wallace – “te podía pasar de todo con ese trío tan espectacular, las mejores anécdotas fueron con ellos”- o aquellas partidas a la Nintendo DS que ponían el vestuario del Barça al rojo vivo. “Jugábamos ocho a la vez al Mario Karts, cuatro contra cuatro. En un avión, un hotel o donde fuera. Qué divertido era”. Empero, en el Movistar Estudiantes encontró el club perfecto para no sentirse melancólico por abandonar el equipo de toda su vida.

Un día se pasa a ver al equipo del mini que lleva su nombre, para fotografiarse con los más pequeños, otro queda con los del equipo en La Gabinoteca, donde las ensaladas césar vienen por partes. La conexión con Van Lacke, con el que comparte habitación en los viajes, confidencias y conversaciones eternas. El cariño especial a Juancho, que crece con la misma ilusión con la que un día de abril de 2009 Raba debutó de blaugrana en Granada. La relación especial con Salgado. Y la unión de un vestuario que se convirtió en familia por un milagro de seis letras: Serena. “Nos unió mucho pero por tanto que sufrimos. Un día te venía uno diciendo que su hija tiene mocos, otro que el suyo tiene tos, y no le das importancia. Hasta que ocurre lo de Serena y nos dicen que la cosa está empeorando. Sufrimos mucho. Recuerdo un día en el hospital, casi 24 horas. Sus familiares más cercanos en Argentina y nosotros aquí. Fuimos su apoyo y respondimos como teníamos que responder. Al final salió todo bien y hubo final feliz Serena fue fuerte, salió de esta y ahora está súper bien y súper guapa”.

Xavi Rabaseda, entre amigos


Javier Cabrerizo hace mucho que dejó de ser el delegado del equipo para él. Lo mismo se van juntos al Camp Nou que comparten mesa en Navidades. “Llevo dos años pasando las fiestas en casa de Javi. Es un sol de tío, me ayudó mucho desde mi llegada y es una persona clave en mi vida, en mi día a día. Ha pasado de delegado a amigo cuando salgo de la pista. Compartimos mucho más que la cena de Navidad y siempre le estaré agradecido a su familia por acogerme como si fuera uno más”.

Y es que Xavi necesitaba a alguien como Cabrerizo para contrarrestar la morriña familiar. El calendario tampoco ayudó. El 11 de octubre, viaje a Badalona. Hasta hoy. Un breve paso en Nochebuena por casa, las visitas de los suyos en noviembre, diciembre y en esta Semana Santa. Ahora le toca a él, con viajes pendientes a Barcelona, Manresa y Andorra. Qué ganas. “Tengo una relación especial con mis padres seguramente porque nunca fue tan estrecha por todo lo que pasó. Tuvieron que tomar una decisión difícil, no sé si a mi hijo de 12 años le mando a vivir a Barcelona. El estar separados tanto tiempo hace que nuestra relación sea más estrecha. Tras dos años cerca en Barcelona ahora nos encontramos en las mismas”.

“Mi madre lo pasó peor”, recuerda antes de hablar de su padre. Genes de baloncesto y un pasado político como Concejal de Deportes de Ripoll. No siguió el hijo sus pasos, no. “Soy bastante ajeno a la política y no sé cómo mi padre fue concejal, tampoco está muy metido en eso. Simplemente, era referencia deportiva en el pueblo, cuadraba horarios en el pabellón de baloncesto, hockey, gimnasia… y le metieron ahí. Cuando empecé a jugar en serio y mi hermano también quiso jugar tuvo que dejarlo porque no tenía tiempo de tanto llevarnos a un lado y a otro”.



Rabaseda vive con Ivette, su novia, de la que habla con devoción, y a la que recordó y mencionó desde la primera entrevista en Madrid en la que le preguntaron que quién ligaría más entre él y Jaime Fernández. Él se queda con su chica. Un viaje a Roma, otro a la Costa Brava o Formentera. Más en junio y septiembre que en el apogeo del verano. Y siempre que pueden una visita a los abuelos del jugador, en Molló, aquel lugar por donde pasaban los exiliados en busca de una vida mejor. O al menos libre. El paraíso del que disfrutan sus abuelos. “Donde Dios perdió las zapatillas, como dice Ivette. Un pueblo de 150 personas con naturaleza total y todos los animales que quieras. Allí pasaba mi infancia y siempre que puedo vuelvo para visitar a mis abuelos y disfrutar del entorno, que me encanta”.

Amante de los perros, en su etapa barcelonista el de Ripoll se dio cuenta de cómo los echaba de menos. El de su familia se quedó en casa, el de su novia se quedó en la suya. Al irse a vivir juntos, la casa parecía más fría sin ladridos y pelos por el suelo. En una ocasión, Raba se planteó una apuesta. Si su Barça ganaba la Liga Endesa, se plantearía comprar un perro. Y la ganó. “A los pocos días llegué a casa con un tesoro que ocupaba la palma de mi mano y pesaba medio kilo”. Zowie entraba en la familia. “Estamos muy contentos con la perrita”. La casa suena mejor. “Hay días que solo quiero estar ahí, con ellos, disfrutando de su compañía. El sueño de mi vida era ese, crear una familia, ser reflejo de mis padres y ser feliz con lo que me quieren y con lo que tengo, no lo material, sino familiares y amigos. Todo lo demás no depende de mí”.

Foto Estudiantes


Apuntes de un autodidacta

El AVE, para Xavi Rabaseda, representa dos cosas bien distintas. O apuntes… o Alejandro Sanz. “Me dicen que soy muy antiguo pero es así. Mi padre lo oía cuando yo era pequeño y lo sigo escuchando ahora. Pierdo un partido, no quiero hablar con nadie y me relajo escuchándolo tres horas en el AVE”, explica divertido aquel cuya música debe convivir irremediablemente con el estudio.

El niño que quería ser arquitecto –“me gusta diseñar, tengo manita en tener ideas y hacer cosas raras”- se vuelca en la recta final de sus estudios en Administración y Dirección de Empresas. Cada viaje es una oportunidad para empollar. “Es complicado y cada vez me cuesta más, porque también me quité las más fáciles. Tengo asignaturas que tengo que recordar, que cuesta trabajar sin que nadie te las explique, así que cogeré un profesor de refuerzo pronto”, explica esperanzado de que su carrera baloncestística pueda llevar pronto un título universitario de su mano.

Desde el club le definen como competitivo hasta límites insospechados, líder dentro y fuera de la pista y perfeccionista al que le gusta el orden y todo bien hecho y planificado. ¿Exageran? “Dicho así parezco un maniático”, responde entre carcajadas, antes de darles la razón. “Sí, me gusta planificar las cosas con tiempo para que todo salga perfecto, de pequeño me enseñaron a ser ordenado porque cuando vives con cuatro y 3 no lo son, te comen los otros. No me gusta perder a nada, ni aunque sea una tontería. Intentaré que el otro no me gane. Los adjetivos que te han dicho podemos aplicarlos, sí”.

El Rabaseda golfista


En sus redes sociales deja claro que le gusta el paintball, los bolos, jugar al GTA o el ritual del cine, con sus palomitas y chucherías. Sin embargo, hay muchas curiosidades más. En su etapa fuenlabreña se aficionó a la cocina, prefiriendo eso a comer siempre fuera de casa. La cosa fue a más hasta el punto de que los libros que más lee últimamente son de recetas y hasta cuando enciende la tele se pone un programa de cocina para ir ensayando nuevos platos. “Empecé con lo básico, pasta o carne a la plancha, y he ido mejorando. Veo un programa y al día siguiente intento hacerlo”. Tanto en su domicilio actual como en el anterior, había un mercado cerca. Y no hay día que el estudiantil no se pase a comprar productos frescos para cocinar.

Ese toque autodidacta lo lleva también al mundo de la tecnología en general y de la fotografía en particular. De tutorial en tutorial va el chico. “Me metí en Youtube y pasé por blogs, leyendo a gente que ayuda. Vas aprendido cosas poco a poco”. Le regalaron una cámara, compró un objetivo y a practicar. Como practica cada vez que puede en un campo de golf. En junio, en una de esas noticias de cierre de temporada que pasan inadvertidas, Raba participaba en un torneo de golf del Club de Negocios Tuenti Móvil. Desde aquel día, cada vez juega más. “Empecé con Sada en el Barça, echando unas bolas cuando teníamos día libre. Estoy a años luz de un profesional pero le pillé el truquillo. Estás solo, depende de ti. Eres tú y la pelotita. Me relaja y me gusta, me siento cómodo en ese ambiente. Al comienzo era un hobby, no tenía ni palos. A aquel torneo fui justo después de disputar uno de paddle con Van Lacke y este año, si se hace, repito de cabeza”.

A Xavi aún le queda tiempo para organizar en verano un campus que va por su cuarta edición. “El proyecto empezó cogido con pinzas y mira ahora, con tanta gente apuntada. Es una semana increíble con amigos y compañeros de equipo que me ayudan, me encantan los niños y ellos se lo pasan bien por ver que un jugador que sale en la tele es normal como ellos”.

ACB Photo


Y es que por más que mil aficiones diferentes componga el Rabaseda actual, es el baloncesto el que marca sus pasos, ya sea en verano o en un entrenamiento suelto de la temporada. Un día, en La Laguna, justo después del concurso de mates de la NBA que ganó Lavine, a Xavi se le ocurrió imitar uno de sus vuelos ganadores. “Yo le decía a Juancho que no podía ser tan difícil, era más de técnica a la hora de pasar el balón por debajo, una cuestión de entrenarlo”. Lo intentó una, falló. Lo probó a la segunda… y le sale el mate de su vida. “¿Lo habéis grabado?” Silencio. “No puede ser, para una vez que me sale!” Lo intentó ocho veces más. “Y al último me salió”, reconoce, contando con modestia que hace unas semanas Satoransky subió uno que le supera por años luz.

Se siente con fuerza, con el físico acompañándole ya sea para hacer un mate o para aguantar minutadas en pista. Se siente capaz de todo pero esta vez, en el momento de juego más dulce de su carrera ACB, prefiere hablar en pista. Y que los objetivos lleguen solos. “Cuando llegué, cometí el error de hablar muchos temas de futuro y me aventuré demasiado pronto por inexperiencia, juventud y ambición. Me jugó una mala pasada. ¿Eurobasket? ¿Selección? Son temas futuros que hay que trabajar mucho para conseguirlos. Ahora, pasito a pasito, estoy consiguiendo cosas. El tiempo dirá dónde tengo que estar”.

El alero mira atrás sin melancolía, por muy feliz que fuera de blaugrana. Sin espinas clavadas, sin lamentos, sin más “y si…” de coletilla. “Todos los pasos y etapas que he ido quemando, para mal o para bien, me ayudaron a crecer como jugador y como persona y de todo tengo que aprender algo, hasta de esos momentos difíciles. Mi sueño es seguir disfrutando como el primer día el máximo tiempo posible, solo eso”.

Xavi Rabaseda, versión fofucho


Qué lejos queda el Monasterio de Santa María de Ripoll, la misma que vio a Dolores Prat reivindicar derechos, a tanta gente partir o al propio Xavi dar sus primeros pasos, con la pelota en la mano. Qué lejos queda la ciudad con el gallo de oro en su escudo. Qué aquel equipo mixto. Qué lejos Blanes, qué lejos La Masia, que lejos Cornellà y qué lejos Fuenlabrada. Qué lejos el Barça e, incluso, qué lejos aquel Rabaseda del primer año colegial, que parece en blanco y negro. Qué cerca, en cambio, aquella cabaña construida en la niñez, la de las gamberradas, que tenía que volver a levantar cada vez que se la tiraban abajo para hacerlas otra vez. Al fin y al cabo… ¿la condenada vida no es eso?

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM

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