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Luke Sikma: El tornado de Bellevue
Porque Sikma siempre fue más que el hijo de la leyenda. La historia de sus padres, su infancia en el paraíso, el florecer, la conexión con las islas, la primavera aurinegra. Su historia, por Daniel Barranquero

Redacción, 16 Abr. 2015. – Aquel concierto de los Beatles en el 66. Ese All Star del 74. Y lo que estaba ocurriendo en la pista en ese momento, en ese justo momento. Los Sonics empezaban a hacer historia y lo serian para siempre. Pocas cosas más grandes habían pasado bajo el techo del Seattle Center Coliseum (hoy KeyArena) y pocas cosas más grandes iban a pasar.

En primera fila Shawn, la novia de Jack. Su chico juega en el equipo de casa. Pero esto del básquet le parece aburrido. No, no eran los tiempos de mil cámaras por metro cuadrado, con Jack Nicholson mascando chicle en sitio VIP. No eran años de postureo y si no te gustaba, pues no te gustaba. Y punto. Shawn, sin darle más vueltas al asunto, abrió una de las varias revistas que trajo y se puso a leer, sin que el ambiente de éxtasis de la grada le distrajera lo más mínimo.

¿Quién le iba a decir aquel día a la madre de Luke que el básquet acabaría siendo una extensión más de su vida?



El legado de Jack

El St. Anne High School se puso en el mapa el día en el que uno de sus jugadores tuvo la ocurrencia de hacer 100 puntos en un partido. NI uno más, ni uno menos. “Tienes que verlo”, le dijeron a While Bridges, el entrenador de la modesta universidad de Illinois Wesleyan. A los cinco minutos, supo que iba a ser el mejor jugador que jamás vería ese centro y, por única vez en sus 36 años allí, le tuvo que prometer a ese pívot un puesto de titular para que se decantara por un pequeño centro de la NAIA en lugar de otras propuestas más ambiciosas. Lo convenció. Y acertó su predicción. Nadie hizo tanto en aquel equipo como Jack Sikma.

El chico parecía un holandés que se había perdido en el corazón de Illinois. Rubísimo y guapísimo, que se diría en la era del teletexto. Era diferente, otro tipo de pívot, con más inteligencia que físico. Lanzaba de forma extraña, sacando el balón de detrás de la cabeza, y tenía un movimiento característico bajo el poste que años más tarde daría mucho que hablar. Pese a ello, muchos se echaron las manos a la cabeza cuando los Supersonics le eligieron en la posición número 8 del draft del 77. Él, que ni había pisado Seattle, tampoco podía intuir la dimensión del nuevo idilio.

“¿Traspasar a Sikma por Moses Malone? No lo cambio ni por la resurrección de Marilyn Monroe en mi habitación”, dijo una vez Zollie Volchok, general manager de los Sonics. En su primer año, la final. Al segundo, el título. Desde ahí, la leyenda. 7 veces All Star, una forma diferente de jugar (del “Movimiento Sikma” a su tiro lejano, con el guiño de ser el jugador más alto en reinar la estadística de tiros libres) y un mito en Seattle que también jugó sus buenos años en Milwaukee. Un clásico de la época que hasta protagonizaba anuncios.



Después de uno de esos nació el pequeño Lucas Clayton, un nombre tan curioso por estos lares (lo de Lucas… lo de Clayton aún no nos ha llegado) que resulta curioso que aquí todos le llamen Luke. “Bueno, es por acortar. Aún muchos de mi familia me llaman Lucas, que es nombre bíblico”. Con dos añitos, su padre se retiró y la familia cambió el frío de Milwaukee por la lluvia de Seattle. Con tres, los Supersonics retiraban su dorsal 43. Para Lucas, como si se convertía en astronauta, no se enteraba de nada.

Su vida era feliz, su vida era perfecta, sin valorar aún que lo normal no era lo suyo. No era normal que a tu padre le pidan autógrafos por la calle, que estés rodeado de lujo y que si tu familia vende la primera casa que recuerdas, el comprador fuera Bill Gates.

El paraíso se llamaba Bellevue, conectada a Seattle por la Interstatale 90. Las Olympic Mountains y las Cacade Mountains a un lado, el lago Washington al oeste y el Sammish al este. La segunda mejor ciudad para vivir según USA Today, el lugar perfecto para montar una empresa y un fijo en los rankings de las localidades más seguras de Estados Unidos. Seattle y sus alrededores era algo más que lluvia. “Tengo muy buenos recuerdos de esa infancia y cuando no estoy jugando, vivo allí. La gente solo conoce a Seattle por las series o por la lluvia y sí, la hay, pero es una zona muy bonita, con buena gente y buena comida. Las montañas a 45 minutos, el mar al lado, todo muy verde, con mucho por hacer. Por eso creo que no voy a poder volver a otro sitio nunca. Mi padre llegó de una granja en Illinois y ya no quiso cambiar Seattle por nada”.



Él y su familia se mudaron hasta 9 veces en un área de pocos kilómetros durante esos años. De Bellevue a Medina, conociendo a amigos que aún le acompañan hoy. A Lucas le gustaban todos los deportes pero el baloncesto era solo uno más, como un día de pesca cualquiera con su papá. La única cuestión era divertirse. A los 6 años hacía concursos de tiro con su padre –que no estaba para muchos trotes tras una operación de hombro y problemas de corazón- y su hermano delante del garaje. Ignorando aún la leyenda de Jack, a él le impresionaba más su hermano mayor Jake, al que se le daban especialmente bien las vallas. “Llegó a correr contra Nate Robinson en los campeonatos. Nate ganó y mi hermano fue segundo. Era muy rápido pero tenía menos mano para el básquet”.

A medida que iba creciendo, iba pillando cosas. “Con 9 o 10 años me puse a ir a los partidos de los SuperSonics con él y en cada partido había gente que se daba la vuelta para pedir una foto, un autógrafo en su camiseta, en un balón o recordaba viejas anécdotas de cuando se ganó el campeonato. Empecé a escuchar de todo y a formarme una imagen de él”. Los vídeos llegarían más tarde. Era el momento de las anécdotas, de pedir que sacara el anillo de campeón tan escondido en casa, de escuchar mil historias de abuelo cebolleta en las reuniones de viejos compañeros. “Piensa que hasta el año pasado, cuando ganaron los Seahawks la Superbowl, fue el único título en muchísimos años para la ciudad de Seattle. Ahora es más popular incluso que antes, cuando muchas veces los partidos ni se emitían o lo hacían en diferido. Nadie pudo saber tras esa NBA que la ciudad no ganaría nada en tantos años”.

Sí, le habían convencido. Lucas iba a jugar al baloncesto. “Juega y disfruta, hijo. Juega y disfruta”. Es el único consejo que le dio su padre. A los 14 años, con Jack regresando a los SuperSonics como asistente, Luke jugaba en el instituto de forma muy testimonial. “No jugué en varsity, el nivel más alto en el instituto, hasta mi tercer año”, recuerda. Un verano, el adolescente creció 7 pulgadas (casi 18 centímetros) y el haber jugado hasta entonces en posiciones exteriores y haber aprendido a botar, pasar y a quitarle rebotes a los más altos, le permitieron convertirse en un pívot diferente que hacía de todo en pista. “El último año con el técnico O’Connor crecí como jugador. Éramos un equipo de amigos de toda la vida que, divirtiéndose en pista, nada de ser serios, logró por primera vez en 30 años ganar nuestra liga local e ir al campeonato del estado". 16,2 puntos, 12,4 rebotes, 4,2 asistencias, 3 tapones por partido en su último año de High School. Una amenaza en cualquier aspecto de juego, el mejor pívot de la liga local, quinteto ideal para el Seattle Times y por primera vez en los medios por una curiosa historia.



”Que sí, que sí, que el hijo de Detlef Schrempf y el de Jack Sikma juegan juntos”, se escuchaba en las redacciones locales. Dos apellidos de vértigo para el modesto Bellevue High School y que también iban de la mano en la NBA, ya que ambos padres trabajaban juntos como asistentes en la NBA. “Él es más joven que yo. Era curioso tener a nuestros padres en Seattle y nosotros en Bellevue. Hoy es uno de mis mejores amigos”. Sikma no engaña, era curioso, pero empezaba a ser consciente de que el peso de su apellido podía presionarle mucho si las cosas no salían bien…

Florecer entre siestas

Los americanos –de esto no nos libramos los españoles, ojo- tienen esa manía de colgar una etiqueta a algo o a alguien y repetirla hasta la saciedad. A veces clichés, a veces estereotipos y en ocasiones, como con Lucas, un pequeño aliado de viaje. A Sikma un día le llamaron ”late bloomer”, de esa clase de jugadores que explotan tarde. “A su padre también le pasó”, decían, en una comparación perversa. Porque por mucho que realmente el chico tuviera pinta de tener el techo lejos y explotar más tarde que otras promesas, cualquier paralelismo con un 7 veces All Star NBA era para pillar baja por depresión al primer revés del camino.

“Su padre fue late bloomer y acabó siendo muy bueno. Sikma puede ser un jugador enorme”, dijo de él el entrenador de Washington. Pero fue Portland University quién más apostó por él, con una explicación muy clara, el apellido no importaba: “Por muy grande que fuera su padre, Luke es una gran aportación para nosotros por su nivel y habilidad para hacer de todo en la cancha”.



El de Bellevue era un ejercicio de inteligencia en pista, con otro par de pulgadas más justo antes de su estreno universitario. Ética de trabajo, defensa, pase, tiro con sello de la vieja escuela –al minuto de su debut tiró tras un Movimiento Sikma, toma homenaje-, gran capacidad para el rebote y para el tapón y una forma de entender este deporte que, eso sí, nadie se lo podía negar, era la misma que el hombre que 30 años antes había enamorado en Illinois Wesleyan.

A Sikma le faltó creérselo de inicio al medirse a los mismos jugadores a los que veía, prácticamente como fan, en el Edmunson Pavilion meses antes. Le faltaba aún cuerpo, algo de fuerza, desplazamiento lateral y agresividad. Todos repetían lo de la agresividad. Y hasta un punto de maldad en pista complicada de sacar en alguien tan risueño y querido en el vestuario. Nada más llegar al equipo consiguió el puesto de titular, lo que no era poca cosa para alguien que, 3 años antes, ni siquiera era varsity en el instituto. Los 6,1 puntos y 7,3 rebotes por partido de la 2007-08 se estancaron en la campaña siguiente (6,1 pt, 5,7 reb), en la que actuó mermado tras un verano lesionado en la rodilla. En la 2009-10 sus números crecieron hasta los 7,9 puntos y 7,5 rebotes de media, justo antes de una despedida casi apoteósica del centro en la 2010-11, con 12,9 puntos, 10,5 rebotes, 2,6 asistencias, 1,3 robos, 0,8 tapones y 14 dobles dobles con los Pilots de Portland University. El late bloomer empezaba a florecer.

Fueron años de cambios, de aprender a cocinar solo entre apuntes de Económicas a pasar Thanksgiving Day en la casa de ‘Coach’ Rev. Una etapa en la que pasó de ser un sólido reboteador a volver, como en Bellevue, a hacer de todo en pista, rebañando balones, intimidando, finalizando, tirando de media distancia, asistiendo y creyéndoselo, por fin creyéndoselo. “Ahora hago 17 puntos y en lugar de estar satisfecho pienso que podía haber hecho más”, declaraba, con su entrenador felicitándose por el buen ojo cuatro años antes: “Ha progresado al nivel que proyectamos cuando le cogimos”. Y el apellido Sikma volvía a sonar pisando un parqué.



“Supuso una época muy importante para formarme a mí mismo como persona, una experiencia genial. Tuve la suerte de tener un equipo de gente muy buena con la que aún tengo contacto. Cuando llegué, en el segundo año de Revenos, veníamos de ganar 9 partidos. Los últimos tres ganamos casi 20 al año. Doblar los números y pasar de 9 a 20 para una universidad era un paso enorme”, resalta aquel que se sentirá Pilot hasta el día que se muera.

“Ha mejorado en las cosas en las que ya era bueno. No es un jugador del Top5 lottery pero tampoco un tipo para jugar 3 minutos por partido en la NBA”, reivindicaba su técnico, que ya veía como la saga Sikma iba a tener segunda parte en la liga americana. Pero esas tres letras no entraban en el vocabulario del jugador, que nunca sonó ni pareció poder hacerlo en aquel draft de 2011. “No, la verdad es que nunca pensé en ella”, responde tajante. La aventura americana, que comenzó en el garaje del mito Jack, había terminado ahí.

“Yo quería en ese momento irme a España. Había estudiado español en la universidad y fue un sitio que siempre quise ir a visitar. Y fíjate, acabé en La Palma, una islita muy pequeña en mitad del Atlántico, lejísimos de la península”. El condenado edén, sí. Otra vez. Al primer día ya se autoproclamaba como único rubio alto de España. Al segundo pensó que vaya calor. Al tercero que vaya calor. Al cuarto que vaya calor. Oye, esto va a ser Seattle pero al revés, con nueve meses de sol en lugar de lluvia. No era mal plan.



En la cancha no necesitó demasiado tiempo para aclimatarse, con 11,8 puntos, 7,7 rebotes, 1,9 asistencias, 1,5 recuperaciones y 17 de valoración media, compartiendo pintura con el aún verde Tavares. “El cuerpo técnico me ayudó mucho a crecer como jugador”, explica. Y el entorno como persona. Al menor hueco libre, a la playa. Si había que comer, unas papas arrugadas, queso asado o chacina. Su español mejorando cada día y una adaptación tan rápida que hasta adoptó como suya la siesta. ”When in Spain, do as the Spaniards do” (“Cuando estés en España haz lo que los españoles hagan”), puso en Twitter, entre conversación y conversación por Skype con los suyos.

Si en el verano de 2011 Lucas trabajó con su padre fundamentos tácticos de ataque en su Bellevue natal, en el de 2012 ambos volverían a verse con el básquet de intermediario. En la Liga de Verano de Las Vegas, Jack era asistente de los Timberwolves y su hijo probaba suerte en el equipo. “Es complicado no pasar la línea”, reconocía el otro entrenador, Shawn Respert, asustado por si se excedía criticando al hijo de su propio compañero. “Todavía está creciendo pero entiende el juego muy bien. Estoy orgulloso, es divertido estar a su lado en un entorno de básquet”, reconocía la leyenda. “No todo el mundo tiene la oportunidad, es como una entrevista de trabajo”, respondía el hijo, que sumó en el global de los 5 partidos 16 puntos y 14 rebotes, con tan pocos minutos como grandes porcentajes (8/9 en el tiro).

Si se fue de La Palma declarando amor eterno a ese equipo, el americano también se dejó querer durante el verano a través de las redes sociales. “Echo de menos hablar español”, ponía un día. “Realmente echo de menos las siestas. Sí, me he echado un rato muchas veces por aquí pero una siesta solo es una siesta si estás en España, ¿no?” Y Burgos le ofreció siestas. Y mucho más, claro, en una temporada donde sacrificó levemente (10,5 pt, 5,3 reb) sus números del anterior curso a cambio de ser una de las referencias del mejor equipo de la categoría, capaz de ganar plaza de ascenso con un juego descarado en el que Lucas tuvo mucho que ver. “En Burgos había un equipo muy potente capaz de conseguir ascenso directo en un año muy bueno en el vestuario. El jugar con veteranos como Jorge García, Dani López o Isaac López me permitió entender más de la historia de España y del baloncesto en este país”.



La fórmula era sencilla. Como en el instituto, el de Bellevue pasaba, recuperaba, sumaba puntos, luchaba en defensa y desequilibraba con su bote o tiro. Las mismas cualidades pero cada día más mejoradas. Y otras nuevas por venir. Sería en La Laguna.

El símil de la escalera

Cómo echaba de menos los guachinches, esos restaurantes donde comer productos propios de la tierra, que tanto le perdían. Y qué complicado prohibirse abusar y repetir por aquello de cuidar la figura. A Sikma, la propuesta del Iberostar Tenerife de la Liga Endesa le sedujo completamente desde el minuto uno, siempre con las olas observando. Conexión insular. “Toda mi vida aguantando lluvia y ahora tres de mis cuatro años profesionales con sol al lado del mar. Estoy muy contento con mis islas, poder jugar aquí tres de mis primeros cuatro años profesionales es algo que recordaré toda la vida”.

Al aterrizar, afirmó no conformarse con haber llegado a la ACB, deseando ser importante tanto en el Iberostar Tenerife como en la competición. Le costó arrancar (0 puntos contra el Obra como novatada), en una serie impropia de sus últimos años: 0 puntos, 6, 8, 6, 2… hasta la octava jornada no pasó de la decena. Cuando lo consiguió, ya le costó bajar. Su segunda vuelta fue buena y su final de campaña, mejor: 39 de valoración, 25, 26, 23, 21 y 16 en los últimos 6 partidos. 9,9 puntos, 6,9 rebotes (2º en el ranking) y 14,2 de valoración media en su estreno en Liga Endesa. Había dejado el listón alto. Pero él solo quería seguir creciendo. “Un jugador no solo se conforma con estar sino que desea tener exigencia para jugar bien y tener entidad en la liga. Alejandro, Aniano, Félix… me dieron la oportunidad de jugar aquí, estoy radiante y cada día trabajo para ser mejor”.



Sekulic, tras su periplo turco, se frotó los ojos cuando vio a su compañero. “Es increíble su mejora en un año, es un jugador muy diferente al que debutó. Cuando regresé de Turquía me quedé asombrado de lo que había mejorado en esos meses fuera”. Él sonríe al escuchar esas palabras pero pone los pies en el suelo. “No sé hasta dónde puedo llegar, no me gusta pensar en eso. Prefiero pensar cómo mejorar en este momento, pensar en cosas tan del futuro es peligroso para un jugador porque pierde su esfuerzo diario. Como jugador solo puedes seguir y es lo que haré: trabajaré día tras día y año tras año”.

El rubio pívot, cada vez con más aire a un joven Nick Nolte, empezó la temporada de forma arrolladora, siendo durante meses el pívot más dominante de la competición. En la segunda vuelta sus números se humanizaron, si bien su evolución no se detiene, con una mayor importancia del lanzamiento exterior, algo que se propuso a comienzo de curso. Del 4/18 en las 15 primeras jornadas al 15/29 (¡52%!) en las 13 siguientes. Hoy puede presumir de ser Top15 en recuperaciones (1º con 1,9), valoración (5º con 15,4), tiros de 2 (7º con 4,07), rebotes (6º con 6,5), rebotes defensivos (7º con 4,36), rebotes ofensivos (9º con 2,18) y hasta anotación (15º con 11,9). Nadie juega más que él en su equipo (28:11 por partido, 8º que más en Liga Endesa), y eso que promedia 3,36 faltas por choque, la segunda cifra más alta de la competición. ¿Números candidatos a Mejor Quinteto de la temporada? “Que la gente lo decida, yo me dedico a lo mío. Después de un partido o de la temporada puedo mirar qué hice pero ahora solo pienso en ayudar a ganar”.

Un día, vio en Tenerife pasar a un chico con una camiseta de los Pilots y se quedó paralizado, sin decirle nada. Si hasta allí había llegado una camiseta de su universidad, es que estaba en el lugar adecuado. Otro, una mujer le hizo descuento de residencia en el museo al considerar que su español era fantástico. Y el propio Alejandro Martínez, tras la confirmación de que su jugador estrella se quedaba en el equipo, tenía muy claras las razones: “Lo hace por el clima, la gastronomía y las mujeres de Canarias”. Él suelta una carcajada cuando lo recuerda. “Esas palabras yo no las diré”, murmura sin dejar de reír, “pero hay cosas muy buenas en la isla y en el club. Estoy muy contento aquí, me han hecho sentir muy feliz, tú has visto cómo he evolucionado como jugador y parte de eso es por cómo me siento en la isla”.



Lo comprueban todos los amigos que le visitan -“son parte de mi vida, y más que vendrán esta temporada”- y lo comprobó su padre en diciembre. Shawn, que ya había visitado cuatro veces a su hijo, pudo ir por primera vez con su marido a ver jugar en directo a Lucas. “Ahora entiendo por qué mi hijo es feliz aquí”, confesó Jack. Y eso que les perdieron las maletas. “Tardaron tres días en encontrar la de mi madre y ocho la de mi padre. Para un tío como él que es tan alto… por suerte estaba yo y le presté alguna cosa. Más allá de eso, disfrutaron mucho. Mi padre especialmente al descubrir el básquet europeo y español y de paso verme jugar porque no me había visto casi desde la universidad. A veces por Internet, pero cuando jugamos a las 12 son las 4 de la mañana allí así que imagina. Tenerles en casa fue enorme, no suelo tener esa oportunidad de estar con ellos en invierno”. La misma Shawn que leía y leía revistas en primera fila con Jack luchando en el parqué, se convirtió con los años en una experta. “Entre mi padre y sus tres hijos ya sabe mucho de juego, le encanta vernos jugar. Ha cambiado y ya no trae revistas”, cuenta sonriente.

Normal que se contagiaran de la alegría de un jugador que pese a que reconoce que su destino final será volver a casa, exprime su vivencia hasta la última gota. “Al principio tenía ganas de vivir fuera, en un país diferente. Me ayudó mucho hablar un poco de castellano, aunque al llegar no se me diera tan bien. Soy un tipo de persona que me gusta mucho probar cosas nuevas: nuevas comidas, nuevos sitios, nueva gente. Esta vida está muy bien por eso. Prefiero Estados Unidos y viviré allí cuando acabe mi carrera pero voy a disfrutar esta experiencia única hasta que se acabe”.

En su última visita a Madrid, Lucas, que desde hace mucho ya es Luke, se paró en un lugar del Iberostar Hotel Las Letras de Gran Vía. “Instrucciones para subir una escalera”. Miró extrañado y curioso y pidió una foto con esa pared de fondo. Como si sintiera suya esa escalera que le llevó del ostracismo en el instituto a ser uno de los nombres propios en un país a miles de kilómetros de distancia de su lluvia más querida. “Sí, mi trayectoria ha sido como una escalera, desde que de pequeño probé varios deportes diferentes antes de decantarme por el básquet. Cada año quise mejorar una parte de mi juego y cuando descubres una nueva parte te dan ganas de ir progresando para jugar a un nivel más alto y ayudar de nuevas formas a tu equipo. El mejorar cada año es la clave de mi carrera”. El símil de la escalera.



Un tornado tranquilo

”Very superstitious, ladders bout to fall” (”Muy supersticioso, escaleras a punto de caerse”). Suena Stevie Wonder. Su cantante favorito. Su canción favorita. ”Superstition ain’t the way” (”La superstición no es el camino”), se repite Luke mientras cambia de tema. Avicii, Kanye West, Sara Barailles, James Taylor, Frank Ocean se dan el relevo en su reproductor, donde todo cabe menos el heavy. Algún defecto tenía que tener.

De maratones de rhythm and blues noventero en la VH1 al American Idol. Bienvenidos al siglo XXI, donde el soul suena mejor cocinando. “Cuando llego muerto del entreno me da pereza y acabo en el Subway o similares porque no puedo estar ni de pie pero cuando tengo energía, cocino”. De sopa de pollo a unos espagueti receta de su madre que hace, ya con sabor español por la chistorra fresca, cada noche antes de un partido. “Me gusta mucho cocinar. Empecé cuando mi madre nos hacía de cenar y yo me iba a ayudarla. También mi abuelo era un gran cocinero. La mejor parte es que el que cocina no tiene que lavar los platos después, así que prefiero ir a cocinar con ellos. Y cuando vuelvo a casa me engancho otra vez al Food Network y al Cooking Channel”.

“Regla española número 34: Cuando tengas duda, ponle un huevo frito encima”, escribía jocoso en Twitter. Y lo echará encantado, porque pese a que nada le gusta más que el sushi –bueno, las alitas de pollo son un gran rival-, este estadounidense no solo entiende de hamburguesas: “Me encantan los huevos rotos con morcilla canaria. O chorizo o chistorra, vaya. Y también el jamón. El jamón bueno es lo mejor”. Encontrarle en La Posada (Santa Cruz de Tenerife) al menos una vez por semana es sencillo. “Hay un montón de sitios buenos en la isla para ir a comer y también me encanta probar sitios nuevos”.



“Solo soy un tipo tranquilo”, responde de forma universal, como cada uno de los jugadores protagonistas de un perfil que, cuando empiezan a hablar, descubren que tienen, además de una historia detrás, mucho por contar cuando las luces de la pista se apagan. “Además de ir a la playa alguna vez me pongo con videojuegos pero soy más de películas y especialmente, de series. Me encantan Breaking Bad, Juego de Tronos, Better Call Saul, Walking Dead, The Office, Parks and Recreation... La lista es muy larga. De películas me quedo con Forrest Gump y dos deportivas: Remember the Titans, de fútbol americano y The Sandlot, de béisbol”.

“Soy un poco freak de Juego de Tronos”, añade. “Y me gustan muchísimo leerme esos libros, además de los de Michael Crichton: The lost world, Timeline, Jurassic Park… todos”.

Si no está viendo programas musicales por la tele, Luke estará con los deportes. El golf siempre le ha llamado la atención. Esos días enganchado a la Major Championship, preguntándose dónde comprar la indumentaria de Tiger Woods. Y no menos le atrae jugarlo. “Me encanta, después del básquet es mi deporte favorito. Juego para desconectar, especialmente en verano. Te sirve para estar fuera de casa, con sol, con amigos… nunca voy a ser bueno y eso me gusta, pero si alguna vez me sale algún golpe, lo voy a repetir en cada ocasión”.



Hace siete años, los Seattle Supersonics jugaron su último partido. Los mitos nunca deberían morir. Y él recuerda con melancolía. “Cuando estaba Seattle yo era muy fan e iba a todos los partidos que podía, disfrutando de los buenos años con Richard Lewis y Ray Allen”. Ahora le quedan los Mariners, en béisbol, y, especialmente, los Seahawks en fútbol americano. “No puedo creer que esté siendo testigo de esto”, se repetía en la histórica noche del 2 de febrero del pasado año, cuando su equipo de toda la vida se proclamó campeón de la Super Bowl. Él lo vivió con Nico Richotti, Pipa Gutiérrez y Sergio Rodríguez, ahora en Ávila.“A las tantas de la madrugada yo gritando. El partido no fue muy bueno, ganamos muy fácil, aunque importaba la trascendencia. Ellos me dijeron que estaban contentos por mí pero que vaya aburrimiento”. ¿No querían emoción? Este año, con su equipo otra vez en liza en la Super Bowl, se volvió a reunir con Richotti tras el partido de Zaragoza que ganó el Iberostar Tenerife.“Le he convertido en un fan de los Seahawks. El partido fue muy bueno durante casi 60 minutos hasta la última jugada. Una pena”. Mejor no recordarlo. Mejor acordarse de la celebración pasada.

Ray’s Boathouse. Qué momentos vividos allí. No había cumpleaños sin comilona, no había reunión familiar sin esas vistas de locuras. Tocaba volver el verano pasado. “Mi padre es uno de los dueños y allí lo celebramos todo. Tiene muy buena comida y geniales vistas, si alguien quiere ir allí y comer yo se lo recomiendo. Mi padre, que tiene muy bien guardado su anillo, lo sacó de casa en verano en ese encuentro familiar. Y es que mi prima trabaja en la organización de los Seahawks y, por tanto, consiguió también un anillo de campeona. Cuando nos reunimos en la cena ella también trajo el anillo y lo puso al lado del de mi padre. Podemos decir que en la familia Sikma tenemos los dos anillos de la historia de Seattle”. Y a ver quién les supera.

Benditos vídeos, bendito Youtube. Qué bien le vino a Jack esta nueva videoteca digital para dar una lección a sus contestones hijos, que le vacilan cada vez que le ganan en el jardín de casa. “Solo nos podría vencer en un concurso de tiro”, apuntó su hermano Nate, capitán del equipo de básquet en Hartford y con la idea de empezar ya desde el banquillo. “Desde mis 14 se inventa excusas para no jugar”, comentó Luke, que dice en voz baja que su gran ídolo sigue siendo Larry Bird. Sin embargo, allende las bromas, el ya nada pequeño Lucas Clayton sigue cada día la máxima que Jack le enseñó, la misma que él impulsó desde aquella granja de Illinois: “El baloncesto es algo para divertirse y eso nunca puede cambiar. El único sueño es tener la oportunidad de disfrutar más, no de jugar, sino de disfrutarlo al más alto nivel posible. Es clave. Y ojalá pueda construir una familia, aunque no tengo ni novia”.

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El legado de la leyenda. El hijo de Shawn. Crecer en el paraíso. El estirón oportuno. El chico que hacía de todo en pista. La explosión a tiempo. El idilio con las islas, el romance burgalés, la pasión del mar. El late bloomer que florece. La primavera aurinegra. La voz de Stevie Wonder. 150 días al año de lluvia. 225 nublados, 58 con sol. Y cero tornados. El pasado octubre, justo cuando él arramblaba con todo en el inicio liguero, se produjo el primero en 45 años en Seattle. Quizá el tornado era él. Del lugar de las buenas vistas, donde todo florece sin prisa, donde vivir es más sencillo. Arrasa mas no destruye. Se nota pero no daña. Con sonrisa, paciencia, con cinco letras eternas. Es el tornado de Bellevue.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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