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Angelo Caloiaro: Los banquetes de Saratoga
El exterior que se convirtió en ala-pívot tras crecer 15 cms, aquel que rozó Ávila para acabar en Bulgaria y Alemania. Caloiaro hablará, en la próxima reunión familiar, de su debut histórico como obradoirista. Sin embargo, ese día, otros contarán historias igual de interesantes e inimaginables en ese banquete...

- Mi papá lleva el camión como ninguno
- Pues mi mamá es la mejor abogada del mundo.
- ¿Ah sí? Pues en mi familia todos son deportistas, todos tuvieron éxitos y hasta hay medallas olímpicas.


No, no es un anuncio de seguros. Ni siquiera una conversación real en el jardín de infancia. Tampoco es una recepción de Isabel Preysler con bombones tentadores esperando al embajador. Y mejor. Las fiestas más divertidas, la de los Caloiaro. Cuántas historias que contar…

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6 pulgadas para la gloria

El sol brilla en San José, como otros 300 días al año. Como lo hace desde hace siglos, como cuando el lugar se llamaba "El Pueblo de San José de Guadalupe". Tan castizo que fue la primera población española en tierras californianas. Allí -a unos kilómetros, en Saratoga- donde el clima mediterráneo reina, donde el hockey sobre hielo es religión, nació un 28 de julio de 1989. Angelo, de nombre y apellido tan italiano como la pizza, la opera o la Gioconda.

“Las raíces italianas vienen de mi padre. Y es que mi abuelo nació en ese país, en la región de Calabria”, confiesa aquel que nació, creció y vivió siempre rodeado de deportistas. “Mi familia es muy grande y todos eran deportistas. Veía a mis primos, a mis tíos, a todos les gustaba el deporte. Siempre jugaba, desde pequeño. A veces al béisbol, otras al baloncesto, probé de todo. Para mí aprender a jugar fue tan natural como aprender a andar”.

Entre idas y venidas a Oakland, a una hora en coche para animar a los Warriors, un día veía a un primo jugando al rugby y al otro a otra familiar jugando al fútbol. A la jornada siguiente probaba con el voleibol y, más tarde, agarraba fuerte un balón de baloncesto, donde siempre estuvo más cómodo, donde siempre se sintió capaz de todo. Pese a que el físico no terminaba de acompañarle. “Me costó mucho dar el estirón. En mi primer año de instituto medía 1,76 y pesaba unos 54 kilos, imagínate”. Sin embargo, su defecto fue virtud.


Caloiaro, con 15 años

Caloiaro se especializó en posiciones exteriores, jugando de base y escolta hasta que empezó a crecer, lo que le dio un gran abanico de posibilidades y recursos en su transición a alero, en primer lugar, y a ala-pívot a continuación, su posición preferida. “Pareció una historia de cuento de hadas”, contó años más tarde sus entrenador en Archbishop Mitty Brian Eagleson para explicar cómo el último jugador de banquillo, el que casi nunca jugaba, acabó terminando su etapa en el centro erigido en la estrella, en el héroe del equipo.

Bendito estirón antes de su última temporada en el High School. Unas 6 pulgadas, 15 centimetritos de “nada”, creció Angelo sin perder su cara de niño. Ni su descaro, ni su ambición. Ni siquiera en sus días de suplente llegó a creerse que el deporte no sería su profesión el día de mañana. “Ni en el banquillo me desanimé. Siempre imaginé poder dedicarme a esto ya que todos en mi familia habían podido lograrlo. Es una cultura que llevamos dentro”. Con su nuevo físico, la meta estaba más cerca.

Caloiaro aprovechaba sus centímetros caídos del cielo para rebotar y taponar. Recordaba su época de exterior para tirar desde fuera y su habilidad de antaño para amagar y penetrar. Una amalgama extensa del que parecía anónimo y ahora pedía el balón, seguro de llevar a los suyos hasta la gloria. Casi lo consigue, cayendo solo en la final del estado, en una temporada en la que firmó 16,8 puntos y 8,6 rebotes por encuentro jugando en cada posición. “Se convirtió en clave para nuestro equipo. Es uno de los jugadores más listos que he entrenado y nunca lo queríamos fuera de la pista”, añadió su entonces técnico, convencido de que su historia no había hecho más que comenzar. Acertó.



La apuesta de Rex

Los aficionados al Baloncesto León tal vez le recuerden. Los del Granca también, aunque sin demasiado que contar. Se llamaba Rex Walters, aterrizó en ACB a finales de siglo XX con el aval de ser un tricentenario en la NBA y entre lesiones e irregularidad dejó España por la puerta de atrás. Seis años más tarde de vestir por última vez de amarillo, ahora luciendo corbata, Walters se convirtió en un elemento fundamental para explicar el ascenso de Caloiaro.

“Estaba en Florida y me lo recomendaron. Crucé el país solo para verle y falló, jugó fatal. Llamé a mi amigo y le dije… ¿estás seguro? Él respondió que sí. Y aposté por él”. Angelo se veía ya en la otra parte del mapa cuando, caprichos de la vida, a Walters le sedujeron con una oferta. Era la Universidad de San Francisco. Rex dijo sí y el compromiso siguió en pie. Caloiaro iba a jugar al ladito de casa.

La San Francisco de Pete Newell. La de Bill Russell o Bill Cartwright. Un centro mítico en horas bajas, que no pisaba el March Madness desde 1998 y que tampoco lo haría con el de Saratoga. El quinto jugador de toda la historia de su instituto en ir a un centro de la Division I. La tortilla volteada por el otrora último hombre de banquillo, al que le costó perder la timidez, con 6 puntos y 3,9 rebotes de media la primera temporada y 8,9 y 3,7 respectivamente la segunda.

En su tercera campaña, sin avisar a nadie, dio un paso al frente. “Nadie hubiera adivinado que se iba a convertir en este tipo de jugador”, afirmaba su entrenador atónito tras verle anotar 6 triples y 26 puntos a Colorado. Con un hermano futbolista y otra jugadora de voleibol, Walters presumía del mejor Caloiaro: “No sé cuánto dinero de becas se llevó de esta Universidad esa familia por tener tan buenos atletas, aunque nosotros sentimos que tenemos al mejor”. Y aún faltaba la explosión final, pasando de los 9,5 puntos y 7,3 rebotes de su tercer curso a los 14,2 y 6 de su despedida universitaria, aderezados con 2,4 asistencias y 1,6 robos por choque en su versión más completa.

Y entraba en el Quinteto Ideal de la West Coast, y su nombre era conocido por todos lados. Y nunca sonó en el draft, cierto, mas a él lo que le dolía era despedirse de sus amigos, sus paseos por Baker Beach y sus partidos de los Giants. “Estuvo genial esa época y me ayudó mucho a crecer. La experiencia resultó grandísima al lado del entrenador Walters y conocí allí a los mejores amigos de mi vida”. ¿Quién piensa en la NBA con unos recuerdos tan bellos?



De Ávila a Santiago

En noviembre de 2012, saltaba la noticia, curiosa a más no poder. Angelo Caloiaro, al que incluso se le había relacionado con el Scavolini –que le descartó al no poder jugar como italiano en primera instancia-, llegaba al modesto Grupo Eulen Carrefour el Bulevar de Ávila. Y sí, la vida es más bonita entre murallas, la comida es maravillosa y la ciudad hay que visitarla al menos una vez en la vida, pero su último año parecía garantizarle un destino baloncestístico de mayor calado que la Adecco Plata, tercera división española al fin y al cabo.

Para colmo, el acuerdo se estropeó a última hora, ya que el padre convenció a Angelo de regresar a Estados Unidos para aprobar unos créditos pendientes y así poder finalizar sus estudios universitarios. Cuando volvió al viejo continente, la propuesta recibida no fue mucho más glamurosa. “No me salió lo de Ávila, tuve que ir a Estados Unidos y acabé yendo a… ¡Bulgaria!”

El BK Rilski Sportist llamó a su puerta, en un desafío personal que iba mucho más allá de la pista. Nueva cultura, nuevo país, nueva lengua, nuevas costumbres y nueva vida a los pies de las montañas Rila y Vitosha, en la ciudad de Samokov. Y, especialmente, una necesidad total de demotrar su talento, de no parar su crecimiento y, a poder ser, una llave para retos más sugerentes a corto plazo. “Resultó un buen año. Definitivamente fue un shock cultural, con muchas diferencias a lo que yo había vivido. También aprendí mucho en esa etapa y lo cierto es que disfruté, cumpliendo además el objetivo del club”.

Sus 12,7 puntos y 7,3 rebotes como carta de presentación en Europa provocaron que el modesto Mitteldeutscher Weissenfels alemán confiara en su contratación. Ciudad de poetas y trompetistas, de compositores y deportistas. Un pueblo unido por siempre a la naturaleza que se situó en el mapa por el hockey, este sobre patines, y por un básquet que le convirtió en estrella nada más llegar. “San José es Nueva York comparada con Weissenfels”, reconocía en una entrevista sobre la localidad de 40.000 habitantes que pronto se puso a sus pies. Lo logró con 14,3 puntos, 6,8 rebotes y 2,2 asistencias por cita. Con un MVP en enero, con otro en febrero, con una nominación en el mejor quinteto de la competición. Con la Selección Italiana llamando a su puerta y con rumores hasta de grandes de Liga Endesa como Unicaja o Valencia Basket.

El Telekom Bonn fue el más avispado y pronto cerró su fichaje para la 2014-15, en un equipo con un techo más alto sin que sus números (12 pt, 4,3 reb) lo notaran en exceso. Otra vez porcentajes altos, más triples por el camino. Y alguna que otra heroicidad, como cuando derrotó al CAI con un 2+1 in extremis en Eurocup, en un partido en el que acabó con 16 puntos, 7 rebotes y 23 de valoración. “Viví dos temporadas muy exitosas y una etapa muy bonita en Alemania. Resultó muy divertido todo”.

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Europa ya le conocía y en Bonn pronto supieron que no podrían retener a su estrella. En ese instante, estaba firmando su nuevo destino. Otra vez Mateo había vuelto a ser el más listo de la clase.

El debut soñado

“Teniendo ofertas superiores de Eurocup, ha preferido el Rio Natura Monbus Obradoiro y la Liga Endesa”. No mintió José Luis Mateo el día en el que se anunció su llegada, el pasado 1 de agosto. Tampoco disimuló el director deportivo a la hora de hablar de las cualidades del nuevo obradoirista: “Es efectivo y polivalente. Capaz de atacar el aro de cara, su movilidad y su entendimiento del juego le permiten rendir sin balón”.

Y Angelo, que reconoció buscar y preguntar por Santiago a la hora de tomar la decisión, devolvía tanto cumplido en su presentación, enamorado del entorno, de lo que veía, de lo que sentía que iba a llegar: “Nunca en mis sueños imaginé un lugar más bonito para jugar que este. Hablé con la dirección técnica del Rio Natura Monbus y no me llevó mucho tiempo entender la sinceridad y los valores que este club encarna. Espero hacer amistades duraderas aquí, solo escuché cosas buenas”.

Rio Natura Monbus


“No quiero nada más que hacer de este club mi familia y sentí eso desde el primer momento en que tomé contacto”, añadió, con la camiseta de Superman puesta.

Desde la pretemporada demostró que su etapa en Alemania no fue casualidad. Que los números de sus últimos cuatro años, tampoco. El mejor del Rio Natura en cada amistoso, en los que promedió 15,4 de valoración, restando días para que arrancara el curso de forma oficial. Cuando lo hizo, se convirtió en el líder del líder, en el mejor jugador de un Obra que bordó el baloncesto contra el Baloncesto Sevilla para auparse a la primera plaza en su estreno liguero. 21 puntos, 6 rebotes, 3 robos, 1 asistencias, 29 de valoración. El mejor estreno de un fichaje obradoirista en la élite, superando los 24 de Kendall o los 23 de Ebe. Un debut perfecto para un jugador que siente, en solo dos meses y medio, que pertenece a ese club y a esa tierra desde hace bastante más. “Acertó mi agente cuando me habló de la oportunidad y me comentó que Santiago era el mejor lugar para mí. Como dije, escuché cosas muy buenas de ciudad, entrenador y aficionados, de lo que ayuda este club a crecer. Y me decidí muy fácil. Ahora estoy disfrutando mucho”.

Caloiaro solo se siente “engañado” en una cosa. “Me dijeron que llueve mucho pero todavía casi no lo ha hecho”, explica entre risas, regalándole aún más piropos a todos los que le rodean bajo el abrigo de Sar. “Es increíble la atmósfera que se genera, nuestros seguidores son increíbles. Y el club es muy cálido y acogedor”. Con el 32 a su espalda –llegó a la universidad y no estaban el 10 ni el 22, los sumó y encontró su número ideal-, el californiano deja a un lado viejos sueños de NBA y se centra en un presente ilusionante en el que él puede ejercer de termómetro: “Honestamente, ya no pienso en la NBA y solo disfruto jugando. Deseo centrarme en hacer todo lo posible para que el equipo gane. Hay mucho margen de mejora, solo llevamos un partido. Si trabajamos cada semana para evolucionar, haremos buena temporada”.



Maureen fue una estrella jugando al baloncesto en Mitty, donde hoy entrena, y luego hizo historia en la Universidad de Pepperdine, que le retiró la camiseta tras ser máxima anotadora histórica. Dominik lo hizo muy bien en la universidad, aunque después lo dejó. Marte destacó en el fútbol y en el atletismo en Santa Clara, donde Margie fue doble MVP jugando al voleibol.

Joan explotó en Cal también jugando al voleibol, llegando a las puertas de la selección nacional. Vicenzo se hartó de goles en la Universidad y acabó jugando al fútbol en Italia y Alemania. Brian llegó a la absoluta jugando al rugby. Marcia hizo carrera profesional en el fútbol y en el golf a la vez, que se dice pronto. Y Kerri… qué decir de Kerri Walsch, triple campeona olímpica de voleiplaya y uno de esos rostros que te suenan aunque no sigas ese deporte por la de veces que le has visto cada cuatro años ganar a la pareja brasileña de turno.


Su madre, histórica en la universidad

Maureen (madre), Dominik (padre), Margie (abuela), Margie (tía), Joan (hermana), Vicenzo (hermano), Brian (primo), Marcia y Kerri (primas) tienen algo en común con Angelo. La sangre une, los genes mandan, el destino les llama. Una familia diferente. “Piensa que mi madre es una de los 8 hijos de mis abuelos y mi padre uno de los 7 que tuvieron. Y todos esos tíos y primos se van casando y teniendo hijos. Mi familia es enorme”. Y las reuniones, más.

“Allá por Saratoga y por el Bay Area, viven muchos en esa zona. Cuando hay un cumpleaños, Semana Santa, Navidades u otras fiestas, nos reunimos en familia. Vienen primos, tíos, tías, hermanos… nos lo pasamos muy bien”. Y llueven las historias . Los tres oros olímpicos de su prima, el año en el que su madre pasó por la liga española tras promediar casi un 20-10 durante 4 años universitarios. El día en el que su hermano pidió por Facebook una prueba que acabó superando en la modesta ciudad alemana donde él jugaba. Aquella portada del Sports Illustrated en la que salía Marcia. Y, a buen seguro, las anécdotas que vive Angelo durante su sueño europeo por unas raíces de las que nunca renegó.

“Esperaba buenos consejos para el café espresso o para cocinar comida italiana pero no tiene ni idea y nunca ha estado allí”, bromeaba su entrenador en Weissenfels, justo cuando su nombre saltó como candidato a la selección transalpina. “Sí, jugaría con ellos. Deseo continuar mejorando y creciendo como jugador. Quizá un día pueda llegar al combinado nacional italiano. ¡Estaría muy guay!”

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Enganchado a la serie Ray Donovan y a las canciones de Drake, hedonista convencido y loco por descubrir nuevos sitios en Santiago, Angelo tiene solo dos cosas claras en la vida. La primera, que un domingo a las 7 no se le molesta, que toca partido de fútbol americano por la tele. La segunda, que será entrenador el día después de colgar las botas. Como su madre. Tal vez entonces tenga mucho que contar de vuelta en su tierra, en la enésima reunión de una familia que sigue creciendo de la mano del deporte. Lo vivido en Santiago, lo que pasó antes y después de este año. Quizá alguna medalla con Italia, tal vez alguna portada de la que presumir o un partido con su Obra que supere su vieja batallita del día que le ganó a Kentucky. Las anécdotas las escribe él. Legado y tradición. Recuerdo y ritual. La herencia de Calabria. Los banquetes de Saratoga.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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