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Facundo Campazzo: El pibe de Muni
Inquieto y rebelde, el pequeño Campazzo nunca imaginó que en una humilde cancha de Córdoba aprendería algo más que un deporte. Lecciones para la vida forjaron un espíritu indómito capaz de derribar cuanto muro de escepticismo se antepuso entre él y su sueño de triunfar en el baloncesto

Redacción, 27 Ene. 2016.- Con 179 centímetros de estatura, mirar abajo y ver el suelo no da vértigo; tampoco sientes nada diferente al resto de personas si alzas la vista y miras el cielo a la lejanía. Sin embargo, si tu talla es ésta y una cancha de baloncesto es tu hábitat natural, la vida se convierte en una cuestión de supervivencia.

Porque para Facundo Campazzo vivir en un mundo de gigantes le supo siempre a reto; a desafío contestatario en el que acallar bocas de aquellos que ven en los demás los límites que únicamente ellos se autoimponen. Un lindo sacrificio al que se somete cada vez que sale a una pista a jugar y del que pocas veces sale perdedor.

Perder no va con su carácter y eso bien lo sabe la gente que configura su mundo más próximo. Quienes bien le conocen dicen de él que es todo corazón y que su energía es contagiosa. “Mide 1,78, pero en la cancha juega como si tuviera 2 metros”, le define Sergio Hernández, seleccionador argentino y figura clave para entender su desarrollo. Características que el base de UCAM Murcia viene demostrando cada fin de semana para ser una de las sensaciones de la Liga Endesa y tener encandilada a una afición que le proclama como su nuevo héroe, el ídolo de la calle.

Foto Iván Buendía


A pulmón y huevo

Precisamente ese corazón indómito, un carácter rebelde y una frenética impulsividad están en la génesis de su ligazón con el baloncesto. El pequeño pibe nacido en Córdoba era un chico inquieto que no paraba de trastear y al que un diagnostico de hiperactividad le condujo al baloncesto. Lo hizo con cinco años en Municipalidad de Córdoba, un pequeño club de barrio donde aprendió algo más que un deporte; el baloncesto le enseñó lecciones para la vida.

Lo hizo en una pista desprovista de cualquier lujo deportivo pero donde lo esencial: una canasta y un balón, marcaron a fuego una pasión que quedó inoculada en lo más profundo del pequeño pibe de Muni y que transformó su infancia configurando el que aún hoy es gran parte de su mundo. Como cantaba Carlos Gardel, su alma quedó aferrada a un dulce recuerdo: “La cancha del barrio, el Muni jugando al básquet con 30º bajo la sombra, al aire libre con mis amigos o solo tirando a las 2 de la tarde con pleno calor y yéndome a las nueve de la noche con mi mamá enojándose y queriéndose volver a casa, y yo queriéndome quedar. Creo que gran parte de mi vida fue en ese club, allí es donde hice gran parte de mis amigos, pasé grandes momentos y también lloré. A ese club le debo mucho”, cuenta.

Lejos del glamour y las comodidades de las grandes escuelas y clubes deportivos, Facu Campazzo descubrió que en la sencillez de las cosas está lo hermoso de la vida y que todo con sacrificio y esfuerzo sabe mejor. Quizá por ello, adoptó la humildad como forma de vida y el trabajo como discurso vital. “Sí, en lo que va de mi carrera, sacrificio y esfuerzo siempre han estado presentes. También en la selección tuve la suerte de estar con Scola y como que me él enseñó sin decirme nada, yo viéndolo en los entrenamientos, como el sacrificio y el esfuerzo rinden. El talento puede ganar algunas cosas pero acá, el trabajo y la constancia son lo que te hacen llegar lejos”, confiesa Campazzo.

La lealtad fue otro de los valores que aprendió el joven Facu. Lealtad a unos amigos que conoció con cinco años y que aún conserva con el baloncesto como nexo de unión. “Imagínate lo fuerte que es esa amistad que sigue creciendo con los años y nunca paró”, nos revela.

Pero también lealtad a ese pequeño club del que quedó impregnado de su esencia y que lleva en el fondo de su ser. “Es un club que se hizo a pulmón y huevo. Es un club humilde donde todo se hace así: a base de esfuerzo y compañerismo. De hecho cuando éramos chicos las camisetas las llevábamos a casa para que las laváramos nosotros y luego siempre estaban las madres para darnos las comidas. Éramos 11 chicos con hambre, éramos unos demonios... y siempre había algún padre y madre ayudando. Todo se hizo con esfuerzo. No entrenábamos donde jugábamos sino al aire libre, así que cuando llovía no podíamos entrenar, los tableros eran de madera. Era como si todo fuera con mucho corazón y tuvimos la suerte de tener dos títulos”, recuerda.

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Por que sí, más allá de la precariedad de las condiciones ambientales de su desarrollo deportivo, Facu logró ser campeón con un equipo tan peculiar como el club que le vio nacer deportivamente. Un grupo de locos bajitos que enamoró a una ciudad por hacer realidad la fábula de David y Goliat en versión cordobesa. “Estaba Atenas (de Córdoba) que era un equipo que recluta muchos jugadores y trae jugadores de 180 o 190 y eso ya era bastante más alto para nosotros. También habían otros muy buenos equipos y luego estábamos nosotros que poníamos los cojones y esa unión que teníamos fuera de la cancha la poníamos dentro de ella”, señala.

Para sobrevivir y superar las leyes darwinianas de la existencia deportiva, Facu Campazzo y sus compañeros apelaron al coraje del que tiene en el corazón y el orgullo su mayor fuerza, y a una especie de bombonera donde los rivales se hacían más chicos. “Jugábamos en esa cancha del Muni que no era de parqué, pero era de mosaico. Jugábamos y había que jugar en esa cancha...” dice sabedor del ambiente que se formaba. “Había mucha presión, no era muy grande pero se llenaba. Estaban los padres alentando y, cuando veíamos un equipo mejor que nosotros, les queríamos ganar como fuera, queríamos pasarles por encima, comerles los pies. Cristian Pons, nuestro entrenador, nos supo motivar muy bien. Estábamos hambrientos, nos metió mucha caña y nos ayudó mucho en la motivación. Fueron dos años muy lindos consiguiendo títulos ante equipos muy buenos y ganándolos en nuestro miniestadio. Era un equipo muy aguerrido que defendía y corría... defendíamos y corríamos. No teníamos muchas jugadas, era todo así: defendíamos y corríamos. Y nos fue muy bien”.




Más allá del premio final, de los trofeos y las medallas de ganador, Facu Campazzo recuerda lo hermoso que resulta esforzarse, triunfar y ser feliz junto a esa familia que le aportó el baloncesto. “Cuando se hace todo a base de pulmón y se obtienen buenos resultados, y más con tus amigos, es una sensación que es muy difícil de sentir”.

Y aunque no lo supiera por entonces, aquellas victorias forjaron un espíritu ganador que le ha acompañado en su posterior carrera. Tanto en Mar del Plata como ahora en Europa, Facu arrastró esa sinergia y el triunfo convivió con él. “El inconsciente se alimenta de querer ganar y eso hace que crezcan las ganas de ganar a los mejores y, todo ello, me haya hecho la persona y jugador que soy ahora. Éramos un equipo que quería ganar a cualquiera y, partido a partido, era esa la mentalidad”, reconoce.

Foto Gonzalo Maestu


Un jugador todo carácter que en la pista era el reflejo de lo que era fuera de ella. “Éramos todos bajitos y lo único que hacíamos era molestar”, ... y él quien más. "Sí soy molesto. Me gusta hacer bromas y dentro de la cancha, en los juegos, era muy calentón. Me enfadaba y pateaba los bidones de agua, el banquillo, etc. Era muy calentón y hoy mismo lo estoy tratando de mejorar; a veces me da mucha rabia y trato de canalizarlo. Lo he mejorado mucho, pero cuando era chico era así y a mi mamá le daba mucha vergüenza cuando actuaba así y ella misma me ayudaba. Cuando pateaba una botella desde la grada se escuchaba ¡Facuuundo!... Bueno, era medio loquito en ese sentido”, recuerda entre risas.

La inquietud personificada en jugador de baloncesto con una facilidad pasmosa para sumar. “Las tiraba todas, no pasaba una (risas). De hecho, ahora mis amigos insisten en que no las pasaba, que me gusta más tirar que el dulce de leche. Teníamos un base y yo jugaba de dos y cada vez que la recibía las tiraba... todas. En ese equipo mi mejor amigo, Iván, era el mejor y era una competencia para ver quién tiraba más y metía más puntos. Cuando no me la pasaban me molestaba y cuando me la pasaban me la tiraba... pero era un jugador de equipo”, matiza entre risas.



La magia de la inconsciencia

Facundo Campazzo nunca podrá renunciar a lo que es y a lo que su esencia le empuja a hacer en una pista de baloncesto. Si ahora trata de serenarse y ser un líder en la pista, antes ayudaba para ganar como fuera, pero siempre, y por encima de todas las cosas, estaba ese diablillo interior que le hizo ser quien es hoy en día.

Y si no hubiera escuchado esa vocecilla interior que le decía que tirara o que la volcara hoy no estaría donde está y a la edad de los 15 años no hubiera llamado la atención de Osvaldo Echevarría para hacerle cambiar su Córdoba natal por Mar del Plata, su Muni por Peñarol. El camino del éxito había arrancado para Facu.

“El hecho de irme lejos de mi familia y amigos fue un esfuerzo. Es una marca registrada a lo que es mi carrera: el sacrificio”, reconoce aunque sin lamentaciones ni dramas. Campazzo siempre tuvo claro cuál era su sueño y, pese a lo duro que en ocasiones resultó, no escatimó esfuerzos en alcanzarlo. “Si soy sincero no fue tan duro. Era un nene que quería jugar afuera de su ciudad y de su casa; vivir una experiencia y esa ilusión, pensamiento y fantasía hizo que no fuera tan duro. Quería jugar todo el tiempo al baloncesto que era lo que más gustaba, entrenar con otros chicos de afuera, a pesar de tener 15 y 16 años sentía el apoyo de mi familia. Ellos sufren en la distancia pero yo, lo que personalmente hacía era en Mar del Plata, lo hacía por ellos para que ese sacrificio valiera la pena. Personalmente soy así, de no sufrir tanto los cambios”.




Hijo de padres separados, Facu no tuvo la suerte de mantener mucho el contacto con tres de sus hermanas, por lo que su sustento familiar principal fueron su hermano y una madre que, en el momento de su partida a Mar del Plata, se convirtió en sabia consejera. “Era inconsciente, un loco por el baloncesto, por su familia, por sus amigos... pero que tenía las cosas bien claras para irse de Córdoba, para seguir jugando a baloncesto. Quizá con un poquito de miedo, pero era un miedo de nervios, de saber qué va a pasar. Al saber de ese miedo mi madre me tranquilizó y me dijo: “si te va mal, te vuelves y listo, fue un año perdido; pero si te va bien nadie te va a parar”, creo que esas palabras me tranquilizaron mucho y me quitaron presión”. Y nadie le paró.

Foto Diario El Atlántico de Mar del Plata


Cuando lo vio por primera vez, Echevarría destacó de él “su chispa, su explosión, su lucidez y que era un caradura” y lo convirtió en su discípulo más aventajado y un nuevo hijo. “Apenas llegué, Osvaldo me trató como si fuera su hijo y eso ayudó para que también mi madre se quedara tranquila y que no se preocupara de mí. Me adoptó y me enseño muchas cosas y su familia también fue muy importante en esa transición de Córdoba a Mar del Plata”, señala un Campazzo agradecido también por los valores humanos que adquirió de aquellas enseñanzas.

Primero fue Echevarría, pero luego encontraría un segundo mentor en la figura de Sergio Hernández. El mítico seleccionador se convirtió con el paso de los años en figura clave para entender el crecimiento deportivo y personal del Facu. “Me ayudó muchísimo, como Osvaldo, a los valores y a lo que tiene que ser un jugador dentro y fuera de la cancha. Me enseñó en el día a día el baloncesto, pero lo más importante era la vida, como ser un profesional y ellos dos fueron muy importantes para mí”, dice.

Con Osvaldo siguió la senda del sacrificio (“entrenaba todo los días, incluso los feriados. Todo el tiempo, todo el tiempo...”, destaca) y con Hernández le dio sentido al esfuerzo puliendo su juego. “Con Sergio entrenábamos los detalles. Creo que los detalles hacen las grandes diferencias y ayudó en mi desarrollo”.

Un progreso que le hizo debutar en la Liga Nacional en edad juvenil. Fueron dos minutos en los que consiguió dos puntos y dos rebotes, pero aquel recuerdo del estreno no podrá borrársele de la cabeza. “Cuando eres un juvenil, en el equipo generalmente no entras, no te la ves venir. Faltaban dos minutos y ganábamos por 20, y el entrenador me señala y allí casi me agarra un desmayo en pleno banquillo”.

Entonces, Sergio Hernández volvió a ejercer de mentor y le dijo “esto no son minutos de la basura para ti, son minutos importantes para tu juego. No hagas cosas de más, ni cosas de menos: tenés que ser vos”, recuerda. Aquellas palabras hicieron que el impetuoso Campazzo se serenase y entrara con menos presión. “Por ahí las cosas me salieron bien porque, a veces, quieres hacer todo en dos minutos y terminas sin hacer nada. De esos tuve otros muchos momentos, pero en esa ocasión tuve la oportunidad y la suerte de que salieran las cosas”.

Foto Diario El Atlántico de Mar del Plata


Fue el comienzo de una linda trayectoria en Peñarol, un club donde no sólo logró continuar su exitoso palmarés sino que hizo lo que más le gusta: convertirse en historia. Con Peñarol ganó cuatro ligas, tres consecutivas y eso era algo que nunca se logró ni en el club ni la liga. “Cuando uno hace historia en un club es una cosa mucho más importante y se disfruta más que un título”, reconoce.

Fueron siete años en el club, seis en la primera plantilla que tuvo como broche de oro una última temporada muy especial. “El ultimo año yo no tenía muy claro dónde ir, pero si tenía claro que quería cruzar el charco y probar ligas europeas. Dejé todo de mí en esa temporada, traté de dar lo mejor de mí, de disfrutar todo de mis compañeros, del día a día con ellos (porque sabía que lo iba a extrañar), disfrutar de mi entrenador que era Tulo Rivero, disfrutar de la gente que me rodeó, la gente de Peñarol que fue la primera que acogió y cobijó. Habían muchos condimentos ese año y la final no se podía escapar. Veníamos de un año donde quedamos fuera de Playoffs y teníamos esa sed ganadora que por ahí habíamos perdido un poco”, comenta.

Para el Facu “fue una final muy dura contra Regatas de Corrientes donde está Paolo Quinteros, jugando a un grandísimo nivel y ellos tenía la ventaja de localía con lo que era más difícil aún. Pero empezamos con dos partidos en su casa ganándoles los dos y ahí, como que se fue la serie. Recuperamos la localía y, aunque se nos escapó un juego local, lo decidimos en casa con mucha gente”, comenta un Campazzo que vivió una noche memorable.

Como él mismo dice, nadie puede imaginar una noche mejor, pero todos la sueñan. Fue el MVP de la final con 33 puntos en el último encuentro y tuvo el mejor y más emotivo de los finales. “Ganando por 15 faltando un minuto o menos, el entrenador me sacó. Eran los últimos instantes que jugaba en el club, era una sensación muy rara que nunca había sentido en mi vida pero quería disfrutar. Estaba muy emocionado”.

Ese momento final lo recuerda perfectamente “estar en la línea de tiro libre, tirarlo y salir... era un... eran kilómetros viendo a la gente que todo momento me apoyó, a la afición, compañeros... todos me apoyaron de la mejor manera. Cerrar el año con un título, y mi familia y amigos viendo el juego; esos amigos bajitos... fue un fin de una etapa, que no la voy a cerrar porque uno nunca cierra la puerta de su club, pero fue un final que dio mucho gusto cerrarla así”.

Foto FIBA


La tapa y la volcada

Campazzo había crecido y aunque nunca dejó de ser Facu, su juego y renombre habían alcanzado cotas inimaginables para un chico que encontró el baloncesto como solución a su inquietud, y al Muni como hogar bajo el sol y las estrellas. Su camino le llevaría a un Real Madrid que tiempo atrás ya había echado sus redes sobre él. Quizá lo hizo en el verano de 2013, quizá en el 2012... cuando Facu cumplió un nuevo sueño, cuando Facu fue seleccionado por Argentina.

Como todo en su vida, lo soñó pero nunca lo imaginó. “Estaba con semejante bestias en la preselección y éramos tres bases. Prigioni iba ir seguro y el otro puesto era para mí o para Laprovittola. Fueron unos entrenamientos donde me sentí muy presionado y cuando no lo disfruto me cuesta mucho jugar bien. Nico Laprovittola jugó muy bien, y por ahí yo no me veía dentro del equipo, no estaba entrenado bien, no estaba jugando buenos partidos y el equipo estaba jugando bárbaro. Llegó el momento del corte y el entrenador decidió dejarme a mí y fue una alegría inmensa. Sentir ser parte de ese equipo, de esa generación dorada, con bestias que la Olimpiada pasada les veía desde el colegio y ahora compartías cancha con ellos..., asegura sobre lo que fue un verano de constante aprendizaje.

Aprendió de los días en la preselección, de sus compañeros en el puesto de base y de la inigualable oportunidad que supuso jugar unos Juego Olímpicos y enfrentarse con auténticos ídolos de infancia.

Entre ellos uno especial y con un recuerdo imborrable: Kobe Bryant y el tapón que le puso. “Lo recuerdo siempre”, confiesa. “Por ahí él no recordara quién soy, ni quien se lo metió, pero yo no me voy a olvidar jamás; ni de eso ni de haber compartido una cancha con él. Es un tremendo jugador que toda mi camada creció disfrutando de él, viendo videos de partidos, videos de sus jugadas; y, tenerlo en la misma pista, en el mismo juego fue increíble”.

Una sensación única en la que tuvo que intervenir su amigo Luis Scola. “Al principio estaba muy nervioso, pero Luis vino a hablar conmigo y me dijo “mirad no los veas como si fueran monstruos, tienen la misma camiseta que vos, usan las mis zapatillas que vos, juegan con la misma pelota y están en la misma cancha; así que si ellos tienen que pasar por encima vos no tened que dejarlos”. Por ahí volvió la mentalidad de querer ganarles; me relajaron las palabras de Luis y me quitaron la presión y el nerviosismo, y disfruté jugando al máximo”, afirma.

“Cuando llegó el momento de la tapa no lo podía creer, salté a molestar y, por suerte, toque el balón, pero no tuve tiempo de disfrutarlo porque la jugada siguió con un contraataque”, recuerda. Eso sí, Facu asegura que “después, cuando terminó el juego, vi la foto y no lo podía creer.



Como dijimos fue un año de aprendizaje y en todo proceso de enseñanza hay lecciones que no siempre gusta recibir. La de Facundo Campazzo llegó a modo de reprimenda pública de Manu Ginóbilli. La estrella argentina le dijo que “jamás vi a un chico de tu edad con esa panza”. Palabras que sonaron a “baño de realidad” para seguir creciendo. “Me dio un poquito de vergüenza porque eso se pasó a todos los medios, pero tenía que ser de algún modo que me diera cuenta y, con ayuda de lo que me dijo y del fisio Paulo Maccari (primo de Manu) aprendí a ser buen profesional y cómo cuidarse. Mi cuerpo experimentó un cambio positivo, tuvo una mejoría y eso me ayudó a rendir mejor... y si te ayuda hay que seguir ese camino. Manu, Luis, Txapu, Pablo son los mejores ejemplos y tienen 34, 35, 38 años, y están jugando al mejor nivel, a nivel mundial y están haciendo esa dieta y son jugadores que entrenando son un ejemplo porque se sacrifican y se esfuerzan. El camino te lo muestran ellos, hay que copiarse del buen ejemplo y seguir el camino para llegar a tu techo y tu mejor versión”, se sincera. Esos consejos, la dieta Paleolítica (bajó entre seis y siete kilos) y su perseverancia por ser mejor cada día, moldearon su cuerpo y le dotaron de otra chispa con la que encender al público: las volcadas.

Durante su periplo por la Liga Nacional ya consiguió algunas, pero la ligereza ganada y la potencia natural de piernas hizo que, a esa mente inconsciente que adorna su juego, se le abriera un nuevo campo de posibilidades con el que engalanar sus actuaciones y fue en el Torneo de las Américas de 2013 donde consiguió la primera de sus más famosas volcadas. “En los entrenamientos llegaba pero de suerte porque no había mucha adrenalina y yo necesito llevarme por las emociones del juego para ese poquito más de esfuerzo para llegar. En Peñarol tuve algunas volcadas oficiales, pero esa volcada con Canadá fue especial”, dice.

Como si fuera ayer, Facu relata que “durante todo el torneo quería hacer una volcada en los calentamientos previos a los juegos y no llegaba, no llegaba... y cuando robo el balón dije ¡esta es la mía!”. Con campo libre y sin oposición “no lo pensé mucho. Fui inconsciente y la verdad es que, a veces, hago las cosas sin pensarlo. Salté... y, bueno, llegué de suerte, arañando el aro pero llegué y casi me mato después. Estaba Kendall que me quiso tapar y nos caímos los dos. Cuando me levanté no me lo podía creer, era un nene, era un nene que volvió al ser el de Muni que ponía una silla para poder volcarla... fue muy lindo”, rememora.



No hubo tiempo para festejar mucho porque ese partido valía la clasificación para un Mundial y, precisamente, aquel partido fue uno de los grandes momentos de Facu. Los 40 minutos de desgaste que vivió y posteriormente los 31 puntos que logró en el bronce le permitieron ser reconocido en el quinteto ideal del torneo y, a Argentina, un billete para el Mundial de España.

Billete compartido para equipo y jugador, porque, como él mismo reconoce, aquel torneo “me ayudó mucho para venir a España; personalmente que fuera el mejor base lo tomo como algo secundario. Como un cariño, un mimo... las menciones individuales son eso: un mimo al jugador que a veces hacen falta también, pero es algo secundario. Lo que se vivió en ese momento fue increíble, cuando ganamos a Canadá con sus jugadores NBA, tener a Luis de parte nuestra dando un recital, teniendo a amigos jugando de Peñarol... Cuando terminó el último partido y me eligieron en el quinteto me puse muy contento porque me había preparado para ayudar al equipo y estaba muy contento”, cuenta un jugador que este pasado verano volvió a vestirse la remera de la selección para conseguir una emotiva clasificación olímpica.



La pared invisible

Como que sueña de chico y con esfuerzo esas fábulas oníricas se hacen realidad, Facundo Campazzo cruzó el charco en 2014 para jugar en Madrid. Pero, como a veces los sueños no tienen buenos inicios, para Facu volver a cambiar de lugar no fue fácil.

Venía de ser una estrella y jugar muchos minutos en Peñarol, pero se encontró una realidad marginal. Tener por delante a la mejor pareja de bases de Europa y entrar en un grupo formado imposibilitó ver la mejor versión del Facu. “No fue fácil. Venia del año de Peñarol donde tenía más bola en la mano, yo tenía bien claro que venía a eso, pero una cosa es pensarlo, decirlo y tratar de asumirlo, y otra cosa era vivirlo día a día”, señala un base que reconoce que al principio no fue fácil “porque al jugar menos minutos quería jugar demostrando como jugaba antes y las cosas no me salían, pero siempre traté de dar lo mejor de mí”.

Fueron meses de acoplamiento deportivo y psicológico a una realidad en la que, poco a poco se fue sintiendo más cómodo. “Pasaron los meses y ayudaron los títulos, llevarme bien con mis compañeros, con el entrenador; empecé aceptar el rol, tenerlo en cuenta y meterme en la cabeza que tenía que ayudar al equipo en la ubicación que fuera: en el banco, fuera en las gradas..fuera donde fuera y con ese pensamiento afronté la temporada y, a pesar de que cuando llegaron los títulos no tuve muchos o ningún minuto, lo disfruté como si jugara 40 porque el equipo me hizo sentir como si así fuera”, declara un Facu que resume su paso por el Real Madrid como “un año muy lindo y donde aprendí mucho”.

ACB Photo


Pese a la falta de oportunidades, Facu no se desvió de su sueño de triunfar en la Liga Endesa y en su empeño se embarcó esta temporada en el nuevo proyecto de UCAM Murcia. Nuevos objetivos, nuevas motivaciones y la mejor oportunidad para volver a ver al mejor Facu Campazzo. Murcia le ha devuelto lo único que le faltaba a su juego: la confianza.

“Estoy volviendo a tener confianza en mi juego. También me ayudó la selección, volver a jugar y tener minutos en la selección me ayudó. Aquí hay un partido por semana, la temporada es más larga y vuelvo a tener un poco más del protagonismo que tenía en el Real Madrid, tener más minutos, más confianza. Vuelvo a estar contento con mi juego, a tener una sonrisa en la cara cuando juego...”, señala un base que agradece el apoyo recibido en estos meses por todos los estamentos del club. “Hay buen rollo, me adapté muy bien y los compañeros me hicieron sentir parte del equipo a los dos días de estar aquí, Alejandro me dio la confianza para que sea yo, sea el Facu, y estoy teniendo mucha confianza del entrenador”.

Y con la confianza han venido los éxitos personales. Facundo Campazzo encabeza al equipo en puntos (11,4), asistencias (4,88), recuperadores (2,35) y valoración (14,2). Además, se ha situado entre los mejores de la liga siendo el mejor ladrón de la liga, el quinto asistente y 15º en valoración total. Su preponderancia en el juego es tal que también es el segundo de la Liga Endesa que más faltas recibe (5,11). Sin duda que los números avalan el nuevo reto que se ha marcado el menudo base de Córdoba. “Era un desafío enorme para mí. Mi principal objetivo era que podía jugar en la Liga Endesa, era mi objetivo antes; ahora estoy intentando de incorporar cosas nuevas a mi juego”, comenta.

Porque el pequeño pibe no deja de crecer y sueña con la mejor versión de él mismo. Sus mentores de la infancia y todos aquellos compañeros que le siguieron en el camino se sentirían orgullosos de ver como el Facu hoy sigue ese camino de esfuerzo y sacrificio que emprendió con cinco años y hoy, pese a que los éxitos colectivos y el reconocimiento personal podían hacerle flaquear en su perseverancia, todavía quiere ser más grande en la pista.

ACB Photo/J.Bernal


Facu quiere ser mejor, pero con matices y, nunca sin perder la identidad que le ha hecho llegar tan lejos. “Siempre digo que quiero cambiar mi juego y confundo las palabras. Cambiar no sé si es palabra que quiero usar, sino perfeccionar, agregar cosas. Yo tengo una identidad de juego, unas características y todo ello es lo que me trajo acá; si yo lo cambio voy a cometer un error grandísimo, lo que tengo que hacer es incorporar cosas que no tengo”, señala el base de UCAM asegurando que en su hoja de ruta para ser un mejor base está el manejo de los tempos como destino más inmediato.

Campazzo está en el proceso de aprender los tiempos que requieren los partidos, a distinguir donde hay que correr y cuando meter una pausa al juego para “ser un entrenador dentro de la cancha”, dice. Este, no obstante, no es un camino fácil y Campazzo sabe que el proceso requiere tiempo y mucha dedicación. Lo comprendió en Muni, Mar del Plata y ahora sigue aprendiendo lecciones en pos de ser la mejor versión de sí mismo. “No es fácil, y me voy a chocar con la pared”, se sincera.

“Te juro que no es fácil. Este año más que nunca estoy tratando de darle más hincapié, exigirme más y es un poco estresante. Un poco también estoy chocando con la pared y cuesta, y algunos entrenos acabo enfadado conmigo mismo y no es fácil, pero sé que estoy por el camino correcto siempre y cuando no pierda mi esencia: yo soy Facu y no voy a jugar como otro jugador. Tengo que jugar como Facu y lo que tengo que hacer es agregar cosas. Fotis me está ayudando muchísimo, mis compañeros me están ayudando muchísimo para la toma de decisiones, para ver la mejor jugada, para leer la ofensiva y ver en ese momento qué jugador está caliente y qué ofensiva tomar. Este año estoy viendo más videos que otros años: míos, del rival, de otros equipos y este año me está ayudando mucho en ese sentido”, agrega un Facu Campazzo que pese a la ardua tarea que lleva a cabo, sabe que al final triunfará. “Este año me estoy chocando mucho contra esa pared, pero algún día vamos a romper esa pared”.

Para conseguirlo sabe que una volcada o una tapa no son suficientes, su talla le hacen redoblar esfuerzos a la hora de derribar otros muros, los de la desconfianza y por ello, marca su propia estrategia para vencer el escepticismo que gira sobre su entorno y conquistar ese paso definitivo para ser el armador que tanto desea ser. “Es un deporte donde abundan los altos así que hay que estar preparado física y mentalmente para jugarles, para estar a la altura y pulir cosas tanto el aspecto físico, táctico, como en el tiro. En Argentina confiaban más en mis piernas que en mi cabeza y podía llegar al aro con más facilidad que acá. Aquí tengo que confiar más en mi cabeza y lectura del juego que en mis piernas, así que esa pelea constante entre mi cabeza y mis piernas está siendo dura pero es un desafío que estoy dispuesto a superar para hacerlo mejor día a día”.

Y cuando lo supere, el muro caerá y quizá UCAM Murcia sume ese elemento diferencial que le ayude a conseguir los objetivos marcados a comienzo de temporada y por los que aboga Campazzo. “Hay un objetivo para cumplir y es que nunca el UCAM estuvo en el Playoff. Eso es entrar en la historia de un club y eso es más trascendental que cualquier cosa, recuerda.

ACB Photo/J.Bernal


Él, que se acostumbró a escribir versos dorados allá donde fue y protagonizar los más gloriosos relatos de cuanto club conoció, sabe que por encima de retos personales, la mayor gloria y satisfacción de un deportista está en alcanzar el éxito colectivo. “No soy de plantear un objetivo a largo plazo, es un deporte colectivo y los objetivos que tengo son objetivos de equipo, pero personalmente no tengo objetivos a largo plazo porque Sergio (Hernández) me enseñó que al ser a tan largo plazo, uno sólo piensa y se obsesiona con ello, y van pasando los días y se van alejando y te vas frustrando”.

Por lo tanto, Facu piensa que “para un objetivo a largo plazo hay que plantearse objetivos a corto plazo así que quiero mejorar día a día entrenando, pensar cómo ayudar al equipo cada vez que me levanto y esos son mis objetivos a corto plazo. Entrenar para estar preparado y vivir el día a día, si yo vivo el día a día estaré preparado para el futuro, pero para el futuro ya habrá tiempo para pensar”. Son palabras de Facundo Campazzo, el nene que comenzó a soñar con el baloncesto a los cinco años en una pista de mosaico y canasta de madera; el pibe que todavía no despertó de ese sueño.

Álvaro Paricio
@Alvaropc23
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