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Pistol Maravich, la historia de un jugador genial (II)
Si en el primer capítulo descubrimos en el pequeño Pistol los rasgos del talento precoz, con su llegada a LSU será capaz de explotar todas sus habilidades para convertirse en un anotador de leyenda. Javi G entra en profundidad en su etapa universitaria, donde bate récords con un estilo genial que impregna de basket a todo Lousiana


Pete 'Pistol' Maravich mejoró año tras año para triunfar cada temporada (Foto NBAE/Getty Images)

En el artículo anterior dejamos a Maravich recién salido de High School, encaminado hacia la universidad de Lousiana St, donde su padre, Press, ejercería de Head Coach. Es el inicio del verdadero mito de Pistol Pete, o cómo un hombre insufló a un estado entero la fiebre del baloncesto para siempre.

Quizás sea el mayor legado de Maravich en toda su carrera. Pete llegó a Lousiana sabiendo lo que allí hallaría: un estado entero y una universidad como LSU entregadas por completo al fútbol. Ni siquiera figuras del talento de Bob Pettit pudieron siquiera ensombrecer al deporte rey del estado. El director de LSU en el área deportiva, Jim Corbett, era, sin embargo, un amante del basket, y se la jugó con la familia Maravich tras una temporada con un balance de 6-20 en la que, entre otras cosas, Corbett sufrió un ataque al corazón, además de una herida de bala. El corazón de Jim había dicho basta y para dirigir al equipo de basket llegaba Press Maravich (5 años, 15,000 dólares por temporada).

No es que Press Maravich empezase con buen pie, más bien todo lo contrario. El récord de 3-23 lo dice todo en su primera temporada, y el efecto en un ganador compulsivo como él fue grande, como cabría esperar. Su úlcera le estaba dando problemas, su pelo se tiñó de gris, no paraba de mascar tabaco y doblar toallas, una tras otra, durante el partido. Su único consuelo era el equipo de freshman, donde su hijo Pete maravillaba a todo el mundo. Llevó a su escuadra a un récord de 17-1, nunca anotando menos de 30 puntos, con una media de 43,6 y un tope de 66 ante los Hawks de Baton Rouge (26/51 tiros de campo, 14/16 tiros libres), y haciendo jugar a sus compañeros, que con el tiempo aprendieron a estar alerta para cualquier posible pase, por increíble que pareciese. Eso sí, en su única derrota de la temporada ante el equipo freshman de Tennessee, Maravich falló un tiro libre a falta de 8 segundos para perder 75-74. Antes de que nadie se diese cuenta, Pete, frustrado, había huido hasta el hotel, que estaba a más de tres kilómetros. Había sido una gran temporada, pero nadie esperaba que mantuviese sus números en el equipo senior ante rivales más altos y fuertes.

La fama de showman de Maravich puso en alerta a todo el estado de Lousiana, que de repente estaba interesado en ese chico que maravillaba a todo el mundo. Jugadores de fútbol americano, celebridades de la zona y hasta el gobernador, John McKeithen, se acercaban al condado de Bayou a ver a Pistol Pete. Todo estaba listo para una nueva temporada, y Maravich estaba preparado.

Vaya si lo estaba: en su primer partido con el equipo senior anotó 48 puntos ante Tampa, seguido de 42 ante Texas y 51 ante Loyola. Lo más increíble era el repertorio de pases que daba, algo nunca visto: por detrás de la espalda, por encima de los hombros, botando el balón entre las piernas de los rivales o ante una nube de brazos. Su originalidad, creatividad en el pase y capacidad anotadora descollante sólo tendrá parangón en la historia 15 años después, en Croacia, con la aparición de un chico llamado Drazen Petrovic que revolucionaría la forma de ver el basket FIBA. Eso sí, cada uno en su estilo.

Y es que todo era distinto en Maravich: ese aire despistado, sus calcetines, siempre los mismos, comprados en la tienda de North Caroline State, grises y caídos, que lavaba antes de cada partido, descartando los oficiales del equipo porque simplemente 'no eran cómodos'. Su juego también lo era, y su innata habilidad con el balón, que hacía que fuese casi imposible taponar sus lanzamientos, y también su tiro en suspensión, que evolucionó de aquel esfuerzo casi sobrehumano que hacía de pequeño a una suspensión muy característica, apoyando el balón con ambas manos. Realmente, también lo hacía por comodidad, ya que alguna vez se le vio anotar en entrenamientos 40 tiros consecutivos a una mano a la actual distancia del triple NBA.

A mitad de temporada, LSU estaba 10-3, en buena dirección para entrar en el selectivo (24 equipos entonces, luego ampliado a 32) torneo NCAA. Pete llevaba 44 puntos por partido, incluyendo 58 ante Mississippi State. Pero de repente cayeron cinco derrotas seguidas, en las que LSU encajó muchísimos puntos, debido principalmente al cansancio de Pete, que había perdido cinco kilos desde el inicio del campeonato. La táctica de los rivales era clara: empujarle, golpearle, agarrarle. Pese a ello, nada paraba a Maravich y volvieron las victorias: 47 puntos ante Florida, en prórroga, 59, batiendo el récord de la conferencia sudoeste, ante Alabama, anotando sus últimos dos puntos desde prácticamente medio campo. Y siempre con el show a cuestas: 'si tengo que elegir entre un pase normal u otro por debajo de las piernas, y vamos a anotar igualmente, la tiraré por debajo de las piernas. Y lo haré para que la multitud se vuelva loca'.

LSU mejoró de 3-23 a 14-12 con Pete, pero aquella serie de partidos perdidos de forma consecutiva les alejó de los torneos NCAA y NIT. En el verano del 68, llegó la preselección para la olimpiada de México. John Bach, el técnico de Penn State, optó por la sobriedad, dejando fuera a gente como Calvin Murphy o Rick Mount (que acabó de jornalero en la ABA) y directamente descartando a Maravich, que fue colocado en el segundo equipo. Nunca tuvo una oportunidad, pero lo utilizó para salir reforzado mentalmente.

Como sophomore llegó a 43,8 puntos por partido, siendo All-American y convirtiéndose en una celebridad no sólo en Lousiana, donde tuvieron que dejar de vender abonos de temporada para el equipo por falta de espacio, sino en toda América. La exigencia en su año junior sería extraordinaria. Tanta fue la expectación que el acoso que sufría en los desplazamientos hizo que su compañero de habitación, por error, mandase a paseo a su propio hermano cuando llamó a la puerta.

Maravich volvió más fuerte que nunca. En el primer partido del año ante Loyola, dio una asistencia por detrás de la espalda desde más allá de medio campo y se fue hasta los 52 puntos. De hecho, LSU perdió sólo uno de sus cinco primeros partidos, con Maravich promediando más de 47 por partido y haciendo que Bob Cousy y Oscar Robertson pareciesen carcamales. Los entrenamientos se llenaban para verle hacer números casi circenses, como girar el balón en su dedo, tirarlo a la cabeza y anotar. Lo más increíble es que lo hacía una y otra vez.

Una anécdota curiosa tuvo como protagonista involuntario a Harry Hall, un jugador de Wyoming, el mejor defensor de Estados Unidos a nivel universitario en la 68/69. Dijo que mantendría a Pistol por debajo de 10 puntos, algo impensable, pero lo cierto es que en el minuto 5 Pete aún no había podido anotar ni un solo punto. Tras una finta en que dejó sentado a Hall, anotó su primera canasta y, a partir de ahí, catarsis: en el descanso, Maravich llevaba 10/16 tiros, 29 puntos y Hall ya tenía cuatro faltas. Acabaría eliminado, Pete metió 45 y se llevó la victoria. Aunque no menos increíble fue el partido ante Duquesne, en el que Pistol metió 53 puntos para ganar, incluido el tiro de la victoria, en caída y con dos defensores encima.

LSU ya estaba en 7-1. De nuevo, llegó la crisis de resultados, el bajón físico de Maravich motivado no sólo por el sobremarcaje efectuado, sino por un par de pequeñas lesiones en su pierna derecha que no le permitían ir con fluidez hacia el lado izquierdo. Tras 5 derrotas seguidas y pese al dolor, Pistol despertó su apetito anotador: 66, 50, 54' Fue batiendo récord tras récord, primero el de más puntos en sus temporadas sophomore y junior (Oscar Robertson, 1962), después el de anotación en la historia de LSU (Bob Pettit, 1972), y posteriormente el de más puntos en dos temporadas NCAA seguidas (Elvin Hayes, 2097), sin perder la vista su habilidad como driblador y su capacidad de pase. Como muestra, el último partido de la temporada. Con todo decidido, se dedicó a driblar a todo el equipo de Georgia, soltando un gancho desde 10 metros en el último segundo que entró limpio. Los aficionados saltaron a felicitarle, y eso que el partido era en Georgia. LSU acabó la temporada con 13-13, fuera de todos los torneos, pero con Maravich en 44.2 puntos de media. Ya se sabía que podía anotar. Lo siguiente era alcanzar algún torneo mayor.

Para su año senior, la temporada 1969/70, el programa había captado dos talentos para el juego interior: Al Sanders y Bill 'Fig' Newton, quienes a la larga tuvieron minutos de jornalero en la ABA. Ellos tendrían que echar una mano a Pete para callar las numerosas críticas sobre el récord de su equipo, acusando a los Maravich de no ganar por mucho show que dieran y muchos puntos y asistencias que cayeran del lado de Pistol. Incluso lo veían más como un jugador elegible para los Globetrotters, por encima de la ABA o la NBA; menospreciando así su futura carrera. Aún así, la mayoría de la gente estaba con él, los chicos lo imitaban y hasta Sports Illustrated lo sacó en portada de su College Yearbook. La fiebre en LSU era tal que se inició la construcción de un nuevo campo de juego para 14,000 personas, digno de la NBA. A la larga, se llamaría el Pete Maravich Assembly Center y aún hoy LSU juega como local allí.

Maravich siguió mejorando y para su año senior su nivel anotador rayaba lo impensable, pero añadió una madurez que antes le faltaba. Estaba a 50 por partido, pese a ser castigado con técnicas ante Oregon (46) o perder ante los poderosos Southern California(50), y sobre todo, ante la UCLA de John Wooden, con Henry Bibby o Sidney Wicks, quien mantuvo a Maravich en 14/42 tiros y 'sólo' 38 puntos. UCLA ganó 133-84.

Ante St. John's, Carnesseca, siempre peculiar, lo flotó. Durante los primeros 25 minutos, Pete se quedó en 13 puntos, quizás por la falta de costumbre. Metió 40 puntos en los últimos 15 minutos, enamorando a la Gran Manzana. Lou siempre recordó esos 15 minutos como 'los más electrizantes minutos de baloncesto de mi vida'. De hecho, todo tipo de tácticas se utilizaron para parar a Maravich. A los habituales golpes de todo tipo, se unió la defensa flotante de St.John's y hasta un partido ante Loyola en el que su defensor le palpó el trasero todo el partido y hasta le dio un beso en el cuello. Inaudito, y hasta funcionó durante un rato, aunque sólo por simple aturdimiento.

El equipo estaba ganando y Pete se acercaba al récord de Oscar Robertson: 2973 puntos en su carrera NCAA. Tras meter 55 a Alabama, 44 a Auburn, 55 ante Kentucky y 29 contra Tennessee, se quedó a 39 puntos del récord. El siguiente partido era contra la débil Ole Miss, que tuvo no sólo el habitual cartel de no hay entradas, sino que contó con la asistencia de famosos y todo tipo de medios de comunicación. Hacia el descanso, Pistol estaba ya en 25 puntos y con 7:53 por jugar igualó el récord. Falló 7 tiros seguidos, pero a falta de 4:41 lo consiguió. Hubo que parar el partido ante la avalancha humana. Al final acabó con 53 puntos y 12 asistencias. Hasta recibió un telegrama de Richard Nixon, entonces presidente de los Estados Unidos. El récord paralelo de Press Maravich, su padre y entrenador, no estuvo mal. El día del récord consumió nada menos que 42 tazas de café. Quizás Press, en la carrera de Pistol como universitario, se dio demasiado al show y sus resultados hubiesen sido mejores de ejercer la protección que, por ejemplo, John Wooden ejerció sobre Lew Alcindor. En un partido, en el que Pete batió su récord de anotación con 69 puntos (47 en la segunda parte), hasta permitió que se tirara a las gradas a por un espectador.

Con una marca de 20-8, LSU fue invitado al torneo NIT en New York, nada menos que en el Garden. Un sueño hecho realidad para Pete, que anotó los dos tiros libres de la victoria ante Georgetown en el partido inaugural, aunque se quedó en sólo 20 puntos y por primera vez, un compañero de equipo anotó más que él. En el siguiente partido, ante Oklahoma, ganaron y Pistol llegó hasta los 37 puntos aunque cometió muchos errores. En la final les esperaba el Marquette de Al McGuire.

La expectación era grande y el teléfono de la habitación de Pete no dejó de sonar en toda la noche. Encima, los seniors del equipo decidieron juntarse y, entre cerveza y cerveza, hablar relajadamente de los cuatro años que habían vivido juntos. Cuando se quiso dar cuenta, Maravich estaba KO. Se levantó aquel día casi sin dormir y con la peor de las resacas. Marquette les pasó por encima, 101-79. McGuire diseñó una defensa alternativa que fundió aún más si cabe al resacoso Pistol, que acabó con sólo 20 puntos y llegando a estar 19 minutos sin anotar un solo tiro de campo. Los jugadores de Marquette se mofaron de Pete, especialmente Dean Meminger, que sería jugador de relleno NBA durante 6 temporadas entre New York y Atlanta, y testigo directo del ascenso de Pistol como profesional.

De hecho, Pistol no sólo terminaría siendo Hall of Fame, sino que sus récords de 3667 puntos en tres años en el equipo senior de LSU y sus 44.5 puntos de media siguen vigentes. Y así seguirá, por muchos años.

Aunque todo eso no implicaría que Maravich fuera directo a la NBA. De hecho, llegó a sopesar el jugar en la ABA, pero esa es otra historia que abordaremos en un futuro capítulo sobre uno de los genios más grandes de la historia del baloncesto.

Javier Gancedo
ACB.COM

Pistol Maravich, la historia de un jugador genial (I)


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