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Kyle Lowry: La silenciosa discreción del esfuerzo
Criado bajo la crudeza de las calles de Filadelfia y una infancia sin referente paterno, la carrera de Kyle Lowry ha luchado contra todos aquellos que infravaloración su esfuerzo y pasión. Hoy es uno de los bases más reconocidos de la liga y este fin de semana actuará de anfitrión en el All Star

Caminé por la avenida hasta que mis piernas pesaban como piedras,
Oí las voces de amigos que se desvanecían y se iban,
En la noche pude oír la sangre en mis venas,
Era tan negra y susurrante como la lluvia,
Sobre las calles de Filadelfia.


Redacción, 11 Ene. 2016.- La melancólica lírica de Bruce Springsteen actúa como banda sonora en la ciudad del amor fraternal y suena como música de fondo en la historia de un tipo criado entre sus calles y cuya vida parece bailar al son de esta triste balada. Allí donde la miseria golpea con balas y el dolor es tan punzante como la aguja de la droga, Kyle Lowry aprendió que la vida es un lugar donde el bien y el mal caminan de la mano y la línea que los separa se entrecruza como las avenidas de su Filadelfia natal.

Duro fue el camino que le tocó recorrer en una infancia que forjó un carácter introvertido. Sin una referencia paterna, su hermano mayor Lonnie Jr. y, sobre todo, su madre, Marie Hollaway constituyeron el núcleo de confianza de una estrella que luce la sobriedad que le fue inculcada. Sin joyas, coches de lujo o un séquito que le acompañe, la personalidad fría y cortante de Lowry es el reflejo de la crudeza que se acostumbró a observar cuando sus ojos apenas habían comenzado a ver mundo.

Su padre, Lonnie Lowry nunca estuvo presente en su vida, se alejó del hogar familiar y Kyle lo apartó de su memoria. “Yo y Lonnie (su hermano) hicimos un pacto: Él no está aquí y no vamos a llorar por ello, vamos a seguir adelante, vamos a vivir y no le buscaremos. Le dije a mi madre que, si preguntaba por mí, no me lo dijera”, comentaba años atrás en una entrevista. En su ausencia, su hermano fue el encargado de llevarle de la mano a los parques y al centro recreativo Hank Gathers donde Kyle Lowry comenzó a labrar su destino. No fue fácil ni sencillo, nunca encontró las comodidades de otros y siempre compitió bajo las duras condiciones climatológicas de Filadelfia y sus jugadores. Un baloncesto diferente, donde no hay margen para la protesta o las faltas blandas. Un juego que aprendió compitiendo con tipos siempre más altos y fuertes que hicieron que el pequeño base de 189 centímetros creciera como un auténtico base made in Filadelfia.

“Es un pit bull”, dice Dwane Casey, su entrenador; mientras que Bryan Colangelo lo catalogaba como “bulldog”. Calificativos de tipo duro, fuerte e inteligente definen la perfecta mezcla que la base genética de Lowry y la ley de las calles obraron en su juego y personalidad.

(Foto EFE)

Alejado de la violencia y protegido por su madre de las malas influencias, Lowry rápidamente emprendió el camino del esfuerzo para perseguir un sueño que siempre vivió dentro de él. Cuenta su madre que el pequeño Lowry corría por casa lanzando en imaginarias canastas. Repetición mimética del lanzamiento, reproducción al milímetros de miles de driblings hasta alcanzar la perfección. Una ética de trabajo singular en duras condiciones que comenzaron a encontrar alivio cuando conoció a Dave Distel, entrenador ayudante del instituto Cardinal Dogherthy y padre adoptivo en ausencia del auténtico.

Distel le dio la oportunidad de jugar por primera vez bajo un techo a los 12 años de edad y logró colarse en su pequeño círculo cerrado de confianza. “Aprendí de un gran padre y aprendí de otro que nunca lo llegó a ser”, comentaba Lowry sobre la importancia de Distel. Sin embargo, fue el propio Distel el primero en comprobar que no siempre las corazas invisibles ayudan en la vida.

Su fuerte personalidad le ayudó a superar los obstáculos de la vida, pero también es su gran némesis y el motivo de alguno de los problemas que le han acechado como profesional. Tan frecuente como era verle de madrugada en el gimnasio del instituto, fue verle confrontarse a sus entrenadores. Pese a consejos como los de Masai Ujiri, General Manager de Toronto Raptors, Lowry siempre ha sido un jugador difícil de entrenar. Ujiri, sabedor que esta fama de actitud fría y carácter conflictivo con entrenadores no podía frenar una progresión que le ha llevado a ser All Star tres veces, entendió que en la educación deportiva de Kyle Lowry tan importante sería trabajar en la pista como fuera de ella. Porque la crítica acecha y espera el mínimo tropiezo para pasarle factura y hacerle pagar por sus fallos, Lowry recogió la mano tendida de Ujiri para cambiar errores del pasado.

El mayor de todos fue aquel que, en pleno lockout, le hizo golpear con un balón el torso de una árbitro y le insultó tras un partido benéfico. Una salida de tono sin justificación y que le pudo salir muy cara tanto en reputación como en lo legal. Horas de comunidad y un curso de autocontrol fueron las penas cumplidas por un jugador comenzó a entender que tan importante eran entrenar las habilidades que demanda el juego como las sociales que requiere la vida.

Aprendizaje que el nacimiento de Karter, su hijo, aceleró. Sabedor que la vida de su hijo no será como la suya, Kyle Lowry quiere ser el padre que no tuvo y ser un referente cercano. “Ya no juego sólo para mí. Él es mi vida, él es mi corazón. Él es el motivo por el que salgo cada día y sonrío. Hago mi trabajo y sabe que, al final del día, regresaré a casa con el, nos reiremos y hablaremos. Cuando oigo su voz sé que nada puede ir mal”, reconoce mostrando un cambio de actitud y de ver la vida.

(Foto EFE)

EN LUCHA POR EL JUSTO RECONOCIMIENTO

Hoy la vida sonríe a Kyle Lowry, disfruta de los focos mediáticos y los comparte con los suyos. Sin cohorte que le adule y siempre con su hijo en brazos para no alejarse de su sonrisa, el presente es la recompensa a una carrera en la que siempre tuvo que luchar contra quienes le infravaloraron.

A mitad camino entre el infortunio de las lesiones y la mala percepción que de él se crearon entrenadores y prensa, la personalidad de Lowry no ayudó a tender puentes de entendimiento que favorecieran el impulso de su carrera a los niveles que su juego justificaba. Elegido mejor jugador de instituto en Pensilvania en 2004, su paso por la Universidad de Villanova, estuvo marcado por una grave lesión de ligamentos cruzados que frenó su proyección. Junto a Randy Foye o Dante Cunningham aún tuvo tiempo de a colocar a los Wildcats en el Elite Eight en 2006 (cayó frente a los campeones, Florida Gators), pero su paso por la universidad no tuvo el brillo que él esperaba.

Tampoco lo tendría la noche del draft cuando Memphis Grizzlies lo eligió con el número 24. Número bajo para sus expectativas y gran decepción la que sufrió un año después cuando los Grizzlies le dieron a espalda para apostar por Mike Conley como base del equipo. El cuarto puesto en el draft del base dejó bien a las claras que Lowry no era el elegido para llevar a Memphis a cuotas altas. A esa decisión de la franquicia ayudó la lesión en la muñeca (segunda en tres años) que sólo le permitió jugar 10 partidos en su año de novato.

Dos años y medio en Memphis tuvieron su punto y final cuando fue traspasado a Houston Rockets, un equipo sin rumbo ni director de juego que, empero, suponía una oportunidad para asentarse en la liga explotando su juego y con el que aspirar a ser el base que lo llevara a postemporada. Lo fue de primeras y, bajo el amparo de Rick Adelman, Kyle Lowry comenzó a dejarse ver para el gran público ofreciendo parte del potencial juego que siempre tuvo. Sin embargo, nuevamente una lesión truncó su trayectoria en Houston en su mejor momento.

Con medias de 14,3 puntos, 5,4 rebotes y 6,6 asistencias, una infección bacteriana cortó su juego y le apartó de la titularidad en favor de Goran Dragic. Entonces volvió a aflorar su dura personalidad y entró en confrontación con Kevin McHale con quien se negó a volver a jugar al final de la temporada. Aquellas buenas intenciones con las que pactaron una renovación tiempo atrás devino en una larga y tensa espera hasta que el verano de 2012 fue traspasado a Toronto Raptors.

Pudo ser antes, la noche del draft, pero entonces los Raptors andaban cortejando a Steve Nash y hasta que éste no decidió trasladarse a Los Angeles Lakers para vivir en sus soleadas playas su ocaso deportivo, Lowry no vio la luz verde para su traspaso. En Toronto le esperaba Alvin Williams, figura en Philadelphia y Villanova, y con el que siempre mantuvo una cercana relación. Williams fue quien más hizo por ver al base con la camiseta de los Raptors y a buen seguro que uno de los que medió en el nada fácil inicio de relación con Dwane Casey.

(Foto EFE)

EN EL ÚLTIMO ESCALÓN DEL ÉXITO

Con 26 años y una carrera lanzada, el no siempre entendido carácter del jugador provocó algún roce en el comienzo de su etapa canadiense. Sin embargo el destino convirtió de la necesidad su principal virtud, y un entrenador con una trayectoria endeble, un equipo a la deriva y un jugador en un momento contractual clave para devenir su futuro en la liga, unieron esfuerzos y entendieron que la suma de elementos en la pista era lo conveniente para el equipo y para cada uno de sus intereses.

Los números de Kyle Lowry crecieron en su segunda temporada (la de finalización de contrato) pasando de promediar 11,6 a 17,9 puntos y de 6,4 a 7,4 asistencias. Definitivamente Lowry se asentó en la liga como un potente director de juego que explotaba las cualidades que cultivó en su juventud para convertirse en uno de los base de mayor productividad cerca de la pintura y más resolutivos en los finales de partido.

Con José Manuel Calderón fuera y Rudy Gay en Sacramento, Lowry pasó de ser el siguiente jugador traspasable a ser el pivote sobre el cual construir un equipo que en las dos últimas temporadas ha completado los mejores años de su historia. Lowry es, junto a DeMar DeRozan y Jonas Valanciunas, el principal motivo de alegría de una franquicia que tiene en la cohesión de su vestuario y la credibilidad de su técnico los mejores avales para el corto plazo. “Es increíble. Es un vestuario muy bueno, los jugadores son fantásticos, nos lo pasamos realmente bien y esa es una de las claves de la temporada”, nos reconoce el base. Además, y ampliando miras, Toronto Raptors ha construido una identidad nacional que es el orgullo de la ciudad que acogerá el próximo All Star. “Será un espectáculo, va a ser realmente un gran espectáculo”, nos cuenta.

Asentado en la élite de la liga, hoy Kyle Lowry mira atrás para recordar lo que le llevó a recorrer este camino hacia el éxito. “Tener siempre la mente en positivo y nunca pensar en rendirse. Siempre intenté empujarme a mí mismo para ser cada día mejor. Nunca sentirse satisfecho y acomodarse, sino intentar ser mejor”, dice. Su ética de trabajo siempre fue indiscutible y, mientras otros jugadores se durmieron en su desarrollo acomodándose alrededor de su calidad, le llevó a progresar en lo técnico y físico para volver a competir, como hiciera en su infancia con chicos más grandes.

Con el único baremo de su propia autoexigencia, Lowry sabe que el camino no se detiene aquí pues un momento de respiro puede suponer que otros le superen y arrebaten aquello por lo que tanto ha luchado. “Debo de mantener este nivel e intentar seguir siendo mejor. Quiero crecer y sentir que soy un mejor jugador, es lo que espero y realmente será ese será el siguiente paso que dé en mi carrera. No quiero sentirme satisfecho y eso me va a hacer trabajar más duro cada día y me hará mejorar”, nos reconoce en una entrevista organizada por, adidas, la marca deportiva que apostó por él.

La firma con la marca de las tres barras fue el principio de un proceso de reconocimiento personal que también le ha impulsado a obtener mayores cuotas de popularidad. Su tercera presencia en el All Star, la segunda como titular confirma su estatus de estrella por más que su introvertido carácter lo dote de una modestia que no concuerda con su nivel baloncestístico. “Soy importante, soy un jugador de baloncesto al que le encanta el juego y que disfruta haciendo su trabajo, pero luego no controlo lo que dice la gente y a quién considera que es una estrella y quién no lo es”, contesta.

Para Lowry lo único importante es el trabajo y la seriedad de un anonimato que pretende extender como filosofía grupal. Después de las eliminaciones consecutivas en primera ronda contra Brooklyn Nets y Washington Wizards, Lowry quiso dar una vuelta de tuerca a su juego y, después de muchas críticas tras su decepcionantes Playoffs (12,3 puntos con 31% en tiros de campo y tres pérdidas de media en la eliminatoria), este verano siguió una estricta dieta que le hizo perder casi 10 kilos.

La sorprendente transformación física fue destacada por todos los estamentos de la liga y en la pista esta metamorfosis ha elevado sus prestaciones. Promedia 21,1 puntos (3,3 más que en la 2014-15) y también mejora números en rebotes, recuperaciones y tapones, facetas todas ellas que están íntimamente ligadas al estado físico.

Instalado como líder de los mejores Raptors de la historia (recientemente batieron el récord de victorias consecutivas de la franquicia), Lowry quiere combatir el estigma de ser un equipo infravalorado frente las grandes potencias del Este. “Es divertido. Que todos hablen mucho de otros equipos y no nos tengan es cuenta es divertido y nos hace motivarnos para llegar lejos”, asegura.

(Foto EFE)

“Queremos trabajar para llegar lo más lejos posible, queremos seguir ganando partidos para estar bien posicionados cuando llegue el gran desafío” y para ello Lowry sabe muy bien la fórmula que aplicar. “Creo que tenemos que seguir teniendo esta mentalidad ganadora y estar preparados. No nos debe importar quién esté delante, debemos ejecutar siempre nuestro juego”, concluye.

Lejos de la melancolía de la canción de Springsteen o la crudeza de una infancia en un lugar donde los hombres maduran antes de lo que marca la edad biológica, Kyle Lowry sonríe junto al éxito por el que tanto lucho y abrazando al hijo que le ha hecho abrir nuevos horizontes. Él devuelve esa recompensa con una fundación que da luz a las oscuras calles de Filadelfia, las mismas que forjaron el carácter introvertido y no siempre entendido de un jugador que, con la misma discreción asume el éxito actual como promociona sus visitas anónimas a hospitales y centros sociales para ayudar a los menos favorecidos. Lowry nunca quiso la luz de los focos mediáticos, siempre se acostumbró a ir caminando en las noches oscuras, mientras cae la lluvia sobre las calles de Filadelfia.

Álvaro Paricio
@Alvaropc23
ACB.COM

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