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Stephen Curry: Alegato contra el conformismo
El "pequeño" y frágil Stephen Curry vuelve a contradecir el dogma baloncestístico del físico y continúa reinventando un deporte donde las reglas están cambiado gracias un peculiar estilo de juego nunca visto antes y que evoca los más íntimos anhelos del ser humano

(EFE)

Redacción, 11 May. 2016.- El ex jugador y entrenador Mark Jackson aseguró tiempo atrás que Stephen Curry "daña el baloncesto" y no es un buen ejemplo para los jóvenes porque, por más horas que estos le dedicasen al baloncesto, jamás alcanzarían su estatus de estrella. "Lo que quiero decir con esto es que entro en gimnasios de instituto, veo a los niños y lo primero que hacen es correr a la línea de tres puntos. No eres Steph Curry. Trabaja otros aspectos de tu juego", decía.

Pero esta, políticamente correcta, sentencia esconde la triste realidad de la vulgaridad de quien no tiene esperanza y, lo que es peor, extiende su pesimismo sobre todo aquel cuanto esté próximo a él.

Que sólo unos elegidos podrán ser estrellas del baloncesto es una obviedad y que sólo un par de privilegiados por la genética y el talento podrán abrazar el status que hoy sustenta Curry es tan innegable como, decir que tras el base de los Warriors hay un icono que trasciende el baloncesto.

La estrella con cara de niño recoge el testigo de grandes del deporte, la ciencia y el espectáculo, y a día de hoy nadie discute su impacto en la globalidad del planeta. Desde Michael Jordan no se ha visto un jugador como Curry pues, a diferencia de Kobe Bryant, Dwyane Wade, LeBron James o Kevin Durant, en el base de los Warriors no hay paradigma físico o técnico con el que comparar. Curry es un nuevo molde baloncestístico sobre el que otros intentarán construir su estrella del mañana y los medios de comunicación establecerán como vara de medir ante el próximo aspirante a talento predominante.

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Radica ahí la grandeza deportiva de Stephen Curry, él, desde sus 191 centímetros ha reinterpretado el baloncesto, ha reinventado las reglas como sólo los más grandes lo han hecho, y hoy el baloncesto de los triples y el small ball bebe de su fuente primaria: los Warriors, siendo Curry es su Mesías.

Cierto es que la tendencia alcista en la producción de triples se viene dando desde hace unos años tanto en NBA como en Europa. También se ha constatado que, ante la ausencia de grandes pívots, jugar con pequeños atléticamente potentes es un recurso predominante en el baloncesto actual, pero la confluencia de ambos elementos se hace más visible cuando se observa a Curry desenvolverse en la pista.

Con él no hay línea del triple (desde el 1 de diciembre ha metido más triples -308- que todo Milwaukee Bucks -306-), pues su rango de tiro comienza a ser amenazante desde que cruza el medio campo (posee un 37,9% en lanzamientos desde más de ocho metros). Obliga a la defensa a marcarle desde campo de ataque y eso crea un espacio inmenso en defensa para sólo cuatro jugadores: la pista crece justo en el momento del debate sobre sus dimensiones.

Y este gran mérito lo consigue desde su diminuta y frágil figura. Cuando la tendencia es cincelar deportistas cada vez más acordes al lema olímpico citius, altius, fortius, Curry combate al baloncesto de gigantes con tobillos quebradizos, sensación de perenne fragilidad al contacto y normalidad física. Es la cotidianidad de su presencia, lo corriente de su cuerpo, lo que le hace ser merecedor del mayor de los elogios y por la que Mark Jackson debe recibir la más feroz de las críticas.

Cierto, casi nadie podrá entrenar lo suficiente para ser Stephen Curry, pero pretender serlo e imitar su magia no hará daño al baloncesto y sí aquellos que lo embrutecen con pensamientos anacrónicos. Mediocre no es alcanzar las metas con las que uno sueña de pequeños, mediocre es querer confinar los sueños ajenos y sentirse con el derecho de vociferar los límites del ser humano.

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El ejemplo de Curry es el de un jugador contracultural (ahora que tan de moda está el término) que, en tiempo de físico, reformula el juego a base de talento y convierte en arte lo cotidiano. La plasticidad de sus movimientos, un hipnótico lanzamiento y el idílico romance que mantiene con el balón mientras lo acaricia sobre el parqué han conquistado al mundo del baloncesto reinterpretándolo de la forma más bella y llevándolo a una nueva dimensión. Pero, por encima de todo, el gran triunfo de Curry es ser fuente de inspiración.

No serán estrellas del baloncesto, pero, al contrario de lo que critica Jackson, ver a niños de ocho años fantasear con sus virguerías les hará ser felices imaginando imposibles. Pensar que Curry pudo responder a aquellos que infravaloraron su impacto en la NBA, llenará de optimismo a aquellos estudiantes que afrontan con dudas o desazón su incorporación al mundo laboral (no importa lo externo; si lo que se tiene dentro). Saber que, tras las caídas a modo de lesiones, Curry se levantó para ser más fuerte, colmará nuestro espíritu de confianza frente al fracaso, y ver alzarse a Curry por encima de gigantes nos dará la fuerza necesaria para derribar los muros invisibles que pone la sociedad.

No, nunca serán Curry, pero su ejemplo puede traspasar una pista de baloncesto para insuflar aliento y optimismo a todos aquellos que lo vean como ejemplo de superación. Quizá Curry llene su biografía de títulos y récord personales, pero ser el ícono de una sociedad será, de entre todos, el de mayor valor.


Álvaro Paricio
@Alvaropc23
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