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LeBron James: Las lágrimas que humanizaron al "Elegido"
Después de años donde su conducta y gestos extradeportivos fueron enardeciendo las críticas de quienes odiaron todo lo que representaba, LeBron James mostró sobre el parqué del Oracle Arena lágrimas redentoras que le aproximan al mundo del que un día se alejó para blindar emociones

Redacción, 26 Jun. 2016.- Cuando, exhausto por el esfuerzo cayó rendido sobre el parqué las lágrimas que derramó acabaron de despojarle de su armadura. El hermético jugador que siempre hizo gala de su frialdad e inalterable mirada, mostró los cristalinos ojos de un niño al que los sentimientos más puros le desnudaban ante el mundo que siempre condeno su actitud.

Porque penitencia y redención son elementos inherentes a la vida e inexorables en la medida que condenan y redimen los pecados del ser humano, LeBron James es hoy un hombre liberado de su carga. Aquella que fue producto de una genética jamás vista con anterioridad y una naturaleza competitiva voraz y a veces inmisericorde frente a las emociones humanas.

(Foto EFE)

Cuando eres el The Choosen One, es decir, "El Elegido", comienzas cargar con muchas piedras en tu mochila personal: la primera, y la de mayor peso, es la imposibilidad de cometer errores pues los mitos no fallan. Las siguientes son propias de la soberbia y vanidad que acechan cuando te acorazas frente a la crítica externa que produce la envidia (ahora también reconocida en los famosos haters). Para aquel que quedó huérfano de figura paterna y conoció antes la fama que el significado de muchos valores morales, impermeabilizar sus sentimientos y hacerse fuerte dentro le hizo alejarse del exterior.

Y es que LeBron James, como otras estrellas del deporte, fue programado para el éxito desde joven y desde siempre esa exigencia por ser el mejor llevó ligada actitudes que pronto fuero odiosas para aquellos que no estaban en su entorno.

El mismo que, sin padre, se llenó de falsos mentores que elogiaban al próximo rey midas. Y cuando eso sucede, resulta difícil distinguir lo correcto de lo que no lo es si nadie te dice no o cuando nadie te reprocha conductas por temor a ser expulsados de la cohorte del rey y no recibir su correspondiente tesoro.

Rodeado de esta servidumbre afectiva, debe resultar complejo sobrellevar una vida televisada y contada aun cuando su carrera ni siquiera había acabado el prólogo. Por ello James se enfrentó al profesionalismo sin conocer muy bien los límites actitudinales o las leyes no escritas del deporte que jamás se pueden cruzar.

Quizá por ello acumuló tantos récords y galardones como conductas reprochables. Como a otras grandes estrellas se le castigó cualquier actitud por encima de su valor deportivo y la vara de medir se blandió subjetivamente para castigarle un orgullo con el que fue aislándose de lo terrenal.



Él alimentó esa corriente de crítica visceral y siempre le perseguirá la decisión televisada de elegir el camino más corto hacia el triunfo. La mediática frase “voy a llevar mis talentos a South Beach” formará parte de su historia más oscura. Aunque en Miami acabó con el objetivo esencial que le consumía, éste no fue saciado del todo.

No lo fue por que el elogio proveniente de extraños encanta al oído en el corto plazo, engorda la vanidad y acrecienta una falsa seguridad tan efímera como el cariño de aquellos que lo procesan. En Miami James se coronó, aunque le siguió faltando el afecto más próximo, aquel con el que fue penado por sus excesos de ego.

El camino fácil pocas veces resulta exitoso y, cuando llega a serlo como en su caso, no es lo reconfortante que uno deseaba. Tras la gloria inmediata el vacío seguía anidando en el más competitivo LeBron James.



Y aquí entra en escena la redención. La vuelta al redil de Ohio con una promesa: ganar un título para una ciudad ajena a él 50 años. Los títulos de Miami salvaguardaron su biografía, pero LeBron siempre supo que la gloria solo la alcanzan aquellos que sueñan con retos cuya grandeza es de semejante tamaño a la dificultad que entrañan alcanzarlo.

Por ello, en estos dos años se vio la versión más tiránica del líder deportivo. La misma que ofreció Michael Jordan o Kobe Bryant, ejemplos donde siempre se observó. Ese modelo de liderazgo es el que exige el máximo y exprime física y mentalmente a todos, sin concesiones a las emociones y expulsando de su proximidad a aquel que no alcanza la excelencia exigida.

Del mismo modo, James les dio todo lo que él tenía. “Me puse una meta de dos años, cuando volví, para traer un campeonato a esta ciudad. Di todo lo que tenía. Vertí mi corazón, mi sangre, mi sudor, las lágrimas en este juego...”, señaló a la televisión americana tras quedar retratada su postal de fragilidad.

El resultado de todo este caminar es el anillo para sus compañeros, la gloria para una ciudad (“¡CLEVELAND! This is for you!”, arengó) y la redención para un hombre que creció antes de tiempo. El mismo que fue un ogro blindado a los ataques de su arrogancia y errores. Aquel que lloró como un niño (ese que nunca le dejaron ser) exponiendo al mundo su vulnerabilidad, evidenciando que él también es humano.

Álvaro Paricio
@Alvaropc23
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