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Y el cielo se tiñó de verde: 10 años del Unicaja campeón
El Triple de Garbajosa para que Unicaja tocara el cielo cumple 10 años y Daniel Barranquero lo recuerda con un emotivo texto en el que viaja hasta hace una década, en el día más feliz del cuadro verde

Redacción, 21 Jun. 2016.- El reloj se paró, para cualquier aficionado al Unicaja, a las 21:59 de un 21 de junio de 2006, instante en el que la historia y el simbolismo se dieron la mano y se tiñeron de verde para vestir al Unicaja de campeón liguero.

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El Unicaja de Garbajosa, el mito. El de Scariolo y su pizarra, por supuesto. También el del líder Marcus Brown. El Unicaja de los malagueños Cabezas y Berni. El de la magia de Pepe, el de la locura de Vasileiadis, la clase de Risacher, la versatilidad de Hermann, la chispa de Pietrus, la contundencia de Santiago, el carisma de Nicevic o la veteranía de Lázaro.

El de la remontada épica, el de la herida cerrada, el del sueño sin interrupciones. El Unicaja que se propuso, en aquella 2005-06, entrar en la historia del baloncesto malagueño, andaluz y nacional. El sexto equipo en ganar una ACB, la tercera plantilla en llevarle un trofeo a su ciudad.

Por obra y gracia de Langdon, que prefirió ir a Moscú cuando ya había firmado por los cajistas, el Unicaja sumó esa indemnización al dinero del traspaso de Vázquez para apostar por Marcus Brown y Daniel Santiago, la mejor compañía para un Garbajosa que ya había llevado a los suyos hasta besar la Copa tan solo unos meses antes.

Nunca un inicio fue tan mentiroso, con tres derrotas en cuatro partidos que disfrazaban de secreto lo que se avecinaba. Sin avisar, además. Nadie le dijo a un aficionado malagueño, decepcionado tras ese arranque en Liga, que estaba a punto de tocar el cielo. Nadie les comentó ni una palabra acerca de los 115 puntos con los que conquistarían el Palau, ni de las once victorias seguidas en Europa. Nadie les susurró, ni siquiera en voz baja, que su equipo estaba a punto de pararles el tiempo.



Once años antes, uno de los americanos más irreverentes y geniales que han pasado por España, Mike-"soy-el-mejor-4-de-Europa" Ansley, tuvo en su mano la pluma para escribir el último capítulo de un cuento de hadas. Falló. Aquel triple nunca encontró destino, dándole un punto de mística más. A veces, los que mueren ahogados en la orilla, son más recordados que aquellos que llegaron a su destino en barco. Tiene encanto, sí, pero duele. Y dolió a una afición que siempre quiso enterrar y superar ese triple que no fue.

69-62 en el marcador del Buesa Arena. Quedan cuatro minutos y medio y cualquier recuerdo anterior parecía en blanco y negro. No ya Ansley. No ya la final de 2002 perdida por los de verde contra el gigante TAU. Ni siquiera esa semifinal terrorífica contra el DKV Joventut llevada al límite, a un quinto partido en el que el Carpena retumbó como Ciudad Jardín. El minuto mágico de Garbajosa, las peleas entre Archibald y Santiago. Todo sepia, todo lejano. Incluso parecían de otra época, a un mundo, los dos primeros encuentros de esa final contra el TAU, con sonrisa final para los de casa. Sonrisa disimulada, moderada, temerosa a maldiciones, temorosa a remontadas. Y más, en cancha de un conjunto que había ganado 23 de los 24 partidos en casa desde la llegada de Perasovic. Claro que el que perdió, fue contra el propio cuadro malagueño. Serían dos.



El Unicaja, que se había visto 11 abajo tres minutos antes, acaba de dar señales de vida. Mas el Buesa Arena aprieta y el TAU cree en el cuarto partido. Lo siente, lo visualiza. Tiene a Prigioni, Scola, Splitter, Vidal y Calderón. Tiene motivos para creer. Scariolo ordena una zona 1-2-2. Berni anota y mira a sus compañeros: era posible. El TAU se vuelve a poner a 6 pero Garbajosa la pide, la acaricia, la lanza y la clava. El partido iba a ser suyo. El de Torrejón respondió la canasta de Splitter con otro enceste a cinco metros. Era solo un aviso.

Pasarán los años, las décadas, los aniversarios y los homenajes. Las historias creceran en leyenda y las anécdotas engordaran de épica, mas en algo estarán de acuerdo cada aficionado del Unicaja que vivió, sufrió y gozó aquel título liguero: la primera vez en la que se sintieron campeones. Restaba un minuto y un segundo. Los vitorianos mandaban por tres y a Marcus Brown le tocó acudir a la línea de personal. El de West Memphis, cuando todos se mordían las uñas, cuando el corazón de cualquier jugador o aficionado al Unicaja estaba a punto de explotar, sonrió. El tipo serio, el callado. Una sonrisa sin tapujos a un minuto del final del partido más importante de la historia de su equipo. El balón, estaba escrito, entró una y dos veces. La historia, estaba escrito, estaba a punto de reescribirse.

Tuvo que ser el propio Jorge Garbajosa el que agarrase la pluma. Este cuento de hadas sí tendría final feliz para los suyos. El ala-pívot interceptó un pase de Kornel David a Tiago Splitter y el balón cayó en manos de Santiago, que al instante pasó a Pepe Sánchez. Un bote, dos. Tres, cuatro, cinco. El tiempo agonizaba mientras el argentino, listo como nadie, visualizaba en su cabeza lo que podía ocurrir. Ni siquiera él, que lo veía todo, imaginó una jugada tan simbólica, tan letal... tan eterna.



Cuando el balón le llegó a Berni, Garbajosa le hizo un bloqueo directo justo antes de ir, sin dudarlo un segundo más, al punto desde donde cambiaría para siempre, a falta de 38,3 segundos para el bocinazo final, la historia del básquet malagueño. Un triple por Ansley y por vestir al verdugo de 4 años antes de víctima. Por cada una de las 1as 19 temporadas seguidas en la élite. Por esos seis entre los cuatro mejores. Por la afición, por el Carpena y por Ciudad Jardín. Por la Final Four del año siguiente y hasta por el trienio amarrado. Un triple para ganar un partido, para ganar una liga. Un triple para ser inmortal.

A Garbajosa aún le quedó tiempo de intimidar el último tiro de David y para convertir dos tiros libres que ya olían a MVP, merced a sus 22 puntos 8 rebotes, 24 de valoración... y ese golpe en la mesa final para agarrar el título. Fueron 10 puntos en ese parcial de 3-14 (0-9 en los 2:57 finales) para firmar, ahora sí, la primera y única liga del Unicaja hasta el momento.

Y llegó el tiempo muerto de Scariolo, tan protestado. Y el esperado bocinazo, claro, que hizo estallar de alegría, a mil kilómetros de distancia, a los aficionados cajistas que llenaban la Plaza Félix Sáez, siguiendo el partido a través de la pantalla gigante. A los desplazados al Buesa Arena y a cada seguidor con el corazón latiendo en verde que siguió el desenlace por televisión, dispuesto a devorar alegrías, a devorar momentos, a devorar instantáneas. Las tuvieron.



El orgullo de Berni y Cabezas, campeones con su equipo de toda la vida. La emotiva escena de Brown y Santiago rezando de rodillas en el parqué vitoriano. Los abrazos, los gritos, la foto de campeones. Y esa imagen de Garbajosa en el vestuario, descansando en soledad, cual guerrero, con el título de testigo. "Tengo un escalofrío por todo el cuerpo", dijo entonces. "Hace que merezca la pena el trabajo de toda una temporada". Y de toda una vida.

Los baños en la Fuente de las Tres Gracias, con lágrimas y alcohol pintadas de puro verde. Las mangueras de agua recibiendo al avión del campeón. Las miles de personas del aeropuerto al centro de Málaga. El autobús descapotable. Los relojes, el trofeo de once kilos, cómo pesaba. Las pelucas, los saltos, el mítico abuelo de la afición echando la vista atrás, las frases desde el balcón del Ayuntamiento. Las treinta mil personas que explotaron con un sueño. La sensación, diez años después, de que aquella frase de Scariolo -"Jamás un equipo mío jugó tan fácil, tan bien, tan rodado"- tenía un sentido. Y la certeza, entonces, ahora y siempre, de que aquel Unicaja fue el mejor de todo su historia.

Eran las 21:59. Y fue todo real.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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