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España llora tu bronce (88-89)
España derrota a Australia (88-89) en un partido épico, histórico, de tensión sin igual, y se cuelga la medalla de bronce, la tercera consecutiva en unos Juegos Olímpicos. Pau Gasol (31 puntos, 12/15 en el tiro, 11 rebotes y 38 de valoración) le ganó la partida a un Mills (30) desatado para seguir haciendo historia con una generación irrepetible

Redacción, 21 Ago. 2016.- Nos engañaron. Nos dijeron desde pequeños, los profesores y los libros del colegio, que el bronce es toda aleación metálica de cobre y estaño. Pero, en realidad, el bronce era algo más. El bronce era mucho más.

España cerró el círculo en el último capítulo -al menos, olímpico- de una generación de leyenda, inmortal y eterna, para vencer con épica (88-89) a Australia en un partido bello por agónico, símbolo y metáfora de una historia de esas con las que no da vergüenza llorar.

Australia, gigante desde un parcial de 10-0 antes del descanso, puso en jaque a España, con unos minutos finales frenéticos y un duelo para recordar entre Mills y Gasol. Un par de tiros libres de Sergio Rodríguez a 5 segundos del final y un posterior robo de Claver hicieron estallar a la Selección Española. Su gloria se vistió de bronce.

Foto FIBA


El recuerdo de Mannheim

Escribió una vez Alejandro Casona que el llanto es tan saludable como el sudor y mucho más poético. Con el sol abrasando tu casa y la piscina o el mar llamándote, a las cuatro de la tarde, tentaba más la poesía que la toalla. Tentaba más ver a los que se merecieron que les vieras, a los que no lloraron el viernes porque no había motivos para llorar. A los que se volvieron a levantar. A los que siempre recordarás de pie. Y casi siempre en un pódium.

De pequeños, cuando hacíamos un viaje, preguntábamos cuánto faltaba por pura impaciencia. En los últimos años, en los últimos días, el "¿cuánto falta?" lo dijimos con voz baja, algo quebrada, deseando no saber la respuesta, suspirando por lo eterno. El viaje empezó mucho antes. Hace 18 años, un joven Pau Gasol desafiaba al barbilampiño David Andersen. Era la final de Mannheim 98, los albores de Varna o Lisboa. El de Sant Boi, sin dudarlo, se jugó tres triples en las tres primeras jugadas. Los metió. Los tiempos cambian mas los símbolos no y el salvaje mate con el que se presentó Pau al partido, adicional incluido, era un viaje en el tiempo.

Gasol, Mirotic. Mirotic, Gasol. Todo pasaba por ellos. Un par de triples de Nikola por aquí -ay, cómo hubieran venido de inicio el viernes-, Pau sacando canastas de donde nada había. Entre ambos se repatieron los primeros 16 puntos de España, 8 por cabeza, hermanos del Río Chicago, en otra puesta de escena soberbia (9-16, m.7), muy sufrida por Australia. Los oceánicos, tocados por el naufragio en semifinales, empezaron por fin a navegar de la mano del más viejo de sus marineros. ¿No buscábamos poesía? ¿Acaso algo rimaba más con tanta metáfora que Andersen ejerciendo de referente rival? Sus puntos, calcados y elegantes, despertaban la ilusión de una Australia que, pese al triple final de Claver (17-23), recordaba que en cualquier momento podía lanzarse a por el partido. España estaba a punto de sufrirlo.

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Un 10-0 para empezar de nuevo

Mientras Felipe palmeaba para estrenar el periodo te preguntabas cuántas veces habías vivido la misma sensación. Cuántas veces Reyes había anotado una canasta imposible ante un tipo más alto que él, sin que tú creyeras que fuera capaz en el momento en el que lo intentaba. Cuántos campeonatos dando gritos por su culpa. Cuántas onomatopeyas por el camino. Y cuando el propio pívot, antaño penitente desde la personal, anotaba un triple (23-30, m.13) recordabas por qué esta generación fue tan grande... por esa evolución y constante crecer de unos jugadores que parecían buenos, son grandes y serán leyendas. Para colmo, Claver aparecía también desde el 6,75 antes de un nuevo arreón de Pau.

Pareció pararse el tiempo cuando el balón le llegó a Gasol. Por unos segundos no llevaba barba, no lo había ganado todo con España, no tenía anillos NBA. Por unos segundos pareció un adolescente más con ganas de hacer algo grande. Él, a 7 metros del aro, solo como el poeta, reflexivo como el filósofo. ¿Cómo iba a fallar el triple? Tras su acierto, en la siguiente jugada, una bomba de Pau con aroma a su amigo Juan Carlos puso una renta de doce (28-40, m.16) que olía a algo más que a diferencia máxima.

No, Australia no pondría tan fácil el bronce. Las medallas no se regalan, las medallas se sueñan, se sufren y se celebran. Es el ritual y Andersen lo trasmitió a su equipo, que por fin empezó a jugar como la Australia que hizo temblar a Estados Unidos, como la Australia que enamoró en los Juegos. Al mando Mills, la electricidad era eso. El balón no se movía, fluía. Intensidad multiplicada en defensa y la dureza transformada en velocidad a la hora de atacar. Un par de triples de Mills y Andersen para meter miedo e infinitas opciones tras rebote ofensivo para rematar. 10-0 de parcial y al descanso (38-40) con vida. Si era una batalla psicológica, la acababa de ganar Australia. Si era una batalla de generaciones, la guerra tendría dueño. Pero con cuánto sufrimiento previo.

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El camino de la épica

Siempre hubo dos caminos para la gloria. Una se escribe con contundencia y otra se dibuja con épica. España se doctoró en las dos. ¿La paliza en la final a Grecia en aquel Mundial de Japón o el infarto que rozamos en semifinales contra Argentina? A falta de lo primero, Australia ya estaba enchufada, el guion se redactó con sufrimiento. Así se disfruta más.

Dellavedova despejó ya cualquier duda cuando adelantó a su equipo a poco de empezar el tercer acto (43-42). Si este era el final de la película, parecía hasta necesario. Daba gusto ver a Australia. Mills por momentos parecía el mejor Parker, absolutamente dominador en pista. Valiente, tirano, letal. Cada acción positiva de España tenía replica con su firma.

Los de Scariolo resistían la tormenta bajo el abrigo de Pau, que volvía a gritar con rabia tras su alley-oop con Ricky, mas Patrick daba una y otra vez. Ni técnicas, ni zonas, ni triples de Rudy o Mirotic. Ni siquiera el primer acierto de Llull tras 9 fallos previos. Resultaba imposible distanciarse y ya parecía una pequeña victoria llegar al último cuarto con tres de ventaja (64-67) tras la canasta de Mirotic que un país entero se quedó sin ver. Los diez minutos finales serían infernales. Los diez minutos finales serían el mismo cielo.

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Un bronce para llorar

Si nos mintieron de niños con el significado del bronce, por qué íbamos a creernos que el triple inicial del Chacho para el +6 supondría la ruptura definitiva. Al minuto, solo era un recuerdo, tras un 6-0 australiano al son que inventó Motum. 70-70, ocho minutos por jugar y todo empezaba otra vez. Y volvería a empezar. Y otra, y una vez más, mientras nuestros corazones pedían tregua, mientras los libros de historia sonreían. Del nuevo triple de Rodríguez al de Broekhoof. De ahí al de Rudy previo a los puntos de Mills, con filtro de dibujos animados. El Chacho pegaba, Dellavedova la devolvía y el toma se ponía favorable a Australia (80-79) cuando Rubio falló de lejos, en el fin del toma y daca. Entonces, como en Lille, Pau reclamó un capítulo más en la historia de su vida. En la historia de nuestras vidas. La pidió al poste, la acarició, posteó, se dio la vuelta, saltó, se quedó congelado en el aire y anotó, en trance en la búsqueda de su décima medalla. Cuando Baynes osó al derecho a réplica, su mate estremeció al país: 82-83 a falta de minuto y medio.

¿Recuerdas qué hiciste aquella tarde de septiembre de 2001? Pau y Dirk jugaron a ser dioses. "Es solo un bronce", decían los menos pasionales, con las estrellas de España y Alemania dejándose el alma por besar el metal, en uno de los mayores duelos que Europa jamás vio. Mills era hoy Nowitzki y aceptaba el pulso, volviendo a adelantar a sus compañeros para llegar a la treintena de puntos, para decirle a su rival que los finales felices solo ocurren en Hollywood y en los cuentos de princesas. Este era de reyes. Dos tiros libres del mago Rodríguez convertidos. Rebote en ataque y canasta de Andersen. Otros dos desde la personal para Pau. Del cielo al infierno sin transiciones. Cómo quemó el partido, cómo quemó la vida, cuando Baynes se inventó un gancho a 9,7 para el final, pasaporte a la eternidad en su país. Sin embargo la eternidad, estaba escrito, pertenecía a un equipo que dibujó su última gran página en cinco de los segundos más emotivos del baloncesto español.

Algún día, cuando tu nieta pasee por la calle Sergio Rodríguez o juegue en el pabellón Chacho, te preguntará el porqué del nombre. Ahí, recuerda, le deberás hablar de su carrera, de su magia, de su talento, de su poesía. Y de su último cuarto, claro. Y de su penetración final, cuando el abismo ya saludaba y el silbato sonó. Y de sus dos tiros libres anotados (88-89), con la sangre fría más caliente que pudiste ver. Y le dirás que la gloria, la medalla, las remató el jugador menos comprendido, Claver, cuyo corazón era tan grande que pareció cortar, en lugar de con su mano, la última jugada australiana.

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Y le hablarás, día tras día, de lo que viviste mientras te hacías mayor, mientras te hacías más niño. Empezarás desde Mannheim y viajarás por mil lugares y por un tiempo que, al fin y al cabo, solo fue una cierta parte de la eternidad, esa que les pertenece, esa que te pertenece. Porque tú, con tus lágrimas, con el grito que diste al acabar el partido, fuiste hoy y fuiste siempre parte de ese viaje y de ese camino que pudo acabar en Río. Y recordarás a Sainz de Aja, a Pepu emocionado en el pódium o a Aíto en la final de Pekín y a un Scariolo casi perfecto desde 2009. O a todos los que formaron parte de esa generación sin igual. Más tarde te repetirás, dulce mentira, que los bronces se disfrutan más porque siempre fueron un adiós con mejor sabor de boca. Te consolarás, a falta de un oro que nunca pareció imposible, con una medalla que este equipo jamás había conseguido en unos Juegos. Y le dirás de carrerilla, sin disimular tu emoción, una lista aún sin final (Pau se apunta hasta que el cuerpo aguante) con la que entenderá el concepto de leyenda: bronce en 2001, plata en 2003, oro en 2006, plata en 2007, plata en 2008, oro en 2009, oro en 2011, bronce en 2013, oro en 2015 y bronce en 2016. Once, once, once. El once, de bronce. Hasta en eso hubo poesía.

"Quiero llorar porque me da la gana", escribía Lorca. Hoy a ti, a mí y a muchos de los que siguieron la trayectoria de este equipo durante el más bello de los viajes, nos dio la gana hacerlo. Y lloraremos una vez más si nos recuerdan que Calderón, Gasol, Reyes o Navarro no volverán a jugar en una cancha juntos. Y lo volveremos a hacer con cada retirada de los que nos lo dieron todo, de los que nos hicieron felices, de aquellos por los que, al menos una vez más, mereció la pena nuestra voz rota de lágrimas. Por los que nos enseñaron que el bronce, el baloncesto y la misma vida era mucho más que lo que aprendimos en los libros del colegio.

España lloró tu bronce. Y nunca hubo mejor sonrisa que esa.

AUSTRALIA88
NNombreMinPT2T3TLRTRDROASBRBPTFPM/MEFF
4C. Goulding00---0000000000
5*P. Mills36308/143/95/611023401019
6*A. Bogut1321/10/00/053230015011
7*J. Ingles3041/10/22/255010203-16
8*M. Dellavedova2363/60/00/044080204313
9R. Broekhoff16132/23/30/010100000-114
10C. Bairstow00---0000000000
11K. Lisch1000/20/00/06330000004
12*A. Baynes2363/80/00/043110304-33
13D. Andersen(C)26153/61/26/753230114318
14B. Motum15126/70/10/064211111-218
15D. Martin200/10/00/000010000-40
Total8827/487/1713/1540291120415322-5106


ESPAÑA89
NNombreMinPT2T3TLRTRDROASBRBPTFPM/MEFF
4*P. Gasol333111/131/26/9117420111-138
5*R. Fernandez25101/32/42/30002100328
6S. Rodriguez23113/61/52/20005010208
7J. Navarro(C)1731/10/31/11102000333
8J. Calderon00---0000000000
9F. Reyes1171/31/12/432111001-108
10V. Claver1460/02/30/00001210417
14W. Hernangomez521/20/00/01010110122
21A. Abrines00---0000000000
23*S. Llull2221/50/40/010121011-2-1
44*N. Mirotic29142/83/31/274312113917
79*R. Rubio1631/20/21/13304010316
Total8922/4310/2715/223019112087322596

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM

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