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Copa del 67: Medio siglo de anécdotas
En mayo del 67, tiempos de NO-DO y aires de cambio, la Copa llegó por vez primera a Vitoria, en una edición inolvidable con un héroe, el madridista Luyk, y un derrotado que enamoró a todos, el KAS Vitoria de Añúa. 50 años después, recordamos junto al técnico la mística en blanco y negro de esos días

Redacción, 10 Feb. 2017.- ”¡Ay, si me quisieras lo mismo que yo! Pero somos marionetas… bailando sin fin, en la cuerda del amor…” 1967. Mayo. El mundo sigue frotándose los ojos con el "Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band" de Beatles. Son días que suenan a The Doors, a The Beach Boys o a The Velvet Underground, mientras en España mandan Los Brincos o el pegadizo “Marionetas en la cuerda” de Sandy Shaw, versión en castellano del "Puppet on a string" que le dio el triunfo en Eurivision. Raphael fue sexto.

El resto del planeta habla de Vietnam, de protestas y aires hippies de cambio. La muerte del Ché Guevara, la Guerra de los 6 Días, Mohammed Ali -todavía Cassius Clay- rebelándose contra el servicio militar. En España las manifestaciones obreras y de estudiantes empiezan a multiplicarse, mientras en televisión reinan Los Vengadores o La Casa de los Martínez.



En ese clima, en ese contexto dibujado en blanco y negro, la Copa llegó por primera vez en su historia a Vitoria. Aún del Generalísimo, maldita época. El torneo, nacido en 1933, fue dominado por los equipos catalanes en sus inicios, con la irrupción del Real Madrid como contrapunto. En esa edición del 67, los madridistas lucharían por conseguir su tercer trofeo copero consecutivo, sin sospechar que su mayor obstáculo para su reto sería el equipo de casa.

Qué mística desprendía aquel KAS Vitoria de Xavier Añúa. El equipo que ascendió a la élite sin perder un solo partido. El que quedó 5º en la campaña 66-67. Aquel que iba en los buses del legendario equipo ciclista, con asientos incomodísimos de madera, porque Langarica quería que los corredores no perdieran por un segundo la costumbre del sufrimiento en la bici. Un equipo ilusionante, valiente, con una apuesta ambiciosa en plantilla y proyecto. De Pepe Laso a Chus Iradier. De Capetillo a Chema González, pasando por Serrano, el ‘torero’ Beneyto o los hermanos Pinedo. Y una oportunidad única, en casa, para hacer historia. A su manera lo lograron y medio siglo después, aún se recuerdan sus andanzas.

Nadie les regaló nada. Ni siquiera la condición de anfitrión. “Fue una Copa larguísima”, recuerda Añua. “Eliminamos al CD Bosco y Club San Sebastián para jugárnosla en cuartos, a ida y velta, contra el Picadero Damm. Eran muy fuertes”. Cayeron. El KAS Vitoria se metió entre los cuatro mejores de la Copa que se iba a disputar en la ciudad, a finales de mayo. Joventut, Estudiantes y Real Madrid, los otros tres aspirantes a la gloria. Lo que estaba a punto de suceder iba a sorprender a todos.



Gloria desde el cemento

Allá en la calle San Prudencio, corazón vitoriano, descansaba el viejo Frontón. Aquel que databa de comienzos de siglo, donado por Felicia Olave, de angostas dimensiones y remodelado en el 61. Allá donde se jugó la fase previa de ascenso a Primera, en el 62, y que fue motivo de debate durante los prolegómenos del torneo, como confirma Añua.

“El frontón era pequeño, sí. A ver, en aquella época se jugaba en ese tipo de frontones, pero este tenía 10 metros de ancho, era muy estrecho. Siempre se llenaba, pese al frío que hacía dentro. Fue un bombazo que se lo concedieran a Vitoria”. Y es que las críticas, más que en la tipología de recinto, iban por las condiciones del mismo, como recordaba la previa de El Mundo Deportivo, que no escatimaba en adjetivos en su protesta: “Los equipos entrenan en las pésimas condiciones del Frontón vitoriano, viejo y destartalado, impropio para un Campeonato de España. Tiene una parte de linóleum y otra de cemento. Es francamente detestable”.

El entrenador escucha y asiente, sin poder disimular la carcajada: “La verdad es que la descripción del periódico es perfecta. Me acuerdo que un día estábamos en el vestuario, que estaba en la primera planta. Abajo estaba el bar, para tomar tu copa de sol y sombra y tu puro, y arriba el vestuario. Las duchan habían ‘comido’ un poco de suelo, pero no imaginábamos qué iba a pasar. Salió uno de nuestros jugadores y, ¡zas! La madera del piso estaba tan podrida que se rompió y él se quedó con medio cuerpo en la primera planta y otro medio en la de abajo”. Prometía esa Copa.

Eran otros tiempos, es verdad, y suena injusto cualquier balance desde la perspectiva de hoy, más allá de la propia anécdota. Bienvenidos al baloncesto de 1967. “Es que era un escenario muy diferente. Las canastas había que levantarlas, y no como ahora en la que se mide exactamente su altura. Resultaba todo más rudimentario, sin marcador electrónico, se cambiaba de forma manual con cada enceste. Y ya ni hablemos del cronómetro. Era a mano, claro, y se prestaba a los pícaros. En un partido de Liga, el partido a veces duraba todo lo que quería el entrenador de casa. Pero en Copa no pasaba”.



Neutralizada esa pequeña ventaja del anfitrión, habría que tirar de recursos baloncestísticos. Y ese KAS Vitoria tenía muchos. Que le pregunten al Joventut, que venía de proclamarse radiante campeón liguero, por delante del propio Real Madrid, sentenciando el campeonato en la última jornada. Qué exhibición la del conjunto vasco en aquellas semifinales, con un Frontón a rebosar y un primer tiempo glorioso, catártico, de puro trance baloncestísticos de los anfitriones.

Cuando la Penya llegó al ecuador del choque 18 puntos abajo (44-26), aún se preguntaban cómo escapar de la apabullante presión ambiental. Cómo escapar de la asfixiante defensa vitoriana. Y cómo eclipsar la inspiración de Luquero (27 puntos aquel día), ese ex futbolista salido de las filas madridistas que Añua supo incorporar a su proyecto. Kucharski se desesperaba en banda. Alfonso Martínez, máximo anotador aquel año en el campeonato liguero, no terminaba de ver aro y, cuando lo hizo, era demasiado tarde. El 91-81 les metía en la gran final, que conocía a su primer contendiente desde un par de horas antes.

Y es que a las 18:30 del 27 de mayo había comenzado oficialmente la primera Copa de la historia en suelo vitoriano. Con Samaranch de testigo incluso. El más tarde presidente del COI hizo parada en Vitoria rumbo a la Final del Campeonato de Europa de hockey sobre patines y se quedó hasta la misma final, para entregar el título. Tras el primer día, pensó que el Real Madrid era favorito indiscutible para alcanzar la gloria, tras su paseo vespertino contra el vecino Estudiantes, donde Aíto jugaba sin ser consciente de que 41 años después se sacaría la espina en Vitoria-Gasteiz… desde el banquillo de la Penya. 28 puntos de Emiliano, los destellos de Paniagua, la defensa agresiva. La velocidad y el acierto. 86-65 y a la final. Allí sí tendrían rival.



Mucho más que una Copa

En 2017, el lema de “4 días de adrenalina” engloba todo lo que rodea al torneo más especial de la temporada. Medio siglo antes, tampoco era solo baloncesto. Tampoco solo eran unas semifinales y una final. La Copa englobaba mucho más. Y el futuro del baloncesto español empezó a definirse bajo el cielo vitoriano.

Un día antes del estreno del torneo, se celebró la asamblea anual presidida por Anselmo López. No faltó el propio Añua, presente junto a Raimundo Saporta, entonces vicepresidente de la FIBA, o el patrón del KAS Román Knorr, entre otros, además de los representantes de los clubes españoles. No eran reuniones especialmente amables o sencillas. Y menos con su predecesor, Jesús Querejeta. “El presidente de la Federación era un General y, en esos tiempos, hablar de baloncesto con un cargo así, resultaba muy complicado”.

En el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros Provincial, se libró una batalla larga, casi interminable, para decidir los siguientes pasos del baloncesto nacional. “No parecía todavía moderno pero empezaba a vislumbrarse algo diferente. Era la época en la que comenzaron los cursos nacionales de entrenadores. Hicimos el primero con Portela precisamente”, recuerda Añúa.

En la primera reunión, el orden del día era interminable. Se exigía a los clubes quitar los suelos de asfaltos y se establecía un límite de dos años como plazo para la obra. Se trató el tema de los extranjeros, decidiendo que la prohibición en la élite se mantendría. De la retransmisión en televisión de los partidos al calendario liguero, pasando por la alineación de juveniles, el nivel del arbitraje o la tercera división. Del aval de 100.000 pesetas para asegurar plaza en la élite al cambio de formato en Copa, poniendo las semis a partido único y suprimiendo la repetición de un duelo en caso de empate. Catorce horas y media de reunión en el día 26, otra media docena en la mañana del 27. Mil peleas, mil discusiones y Anselmo López quitándole la palabra a cualquiera que se desviara lo más mínimo del interminable guion.



Todo lo que rodeaba a aquella Copa del 67 era muy paradójico. “La curiosidad es que ya se televisaban partidos de baloncesto pero, los de la Copa de Vitoria no se hicieron. ¿El motivo? Coincidieron con el desfile de la Victoria”. Para poder ver imágenes sin una entrada, los aficionados tuvieron que conformarse con la rancia crónica del No-Do en el cine más cercano, con imágenes recuperadas años más tarde por el Archivo de TVE. Por si fuera poco, el torneo tenía que compartir protagonismo con todo un Mundial que arrancaba ese mismo fin de semana en Montevideo. El Mundial del frío almacén de invierno. El de Brasil ganándole en la última jornada a Estados Unidos para completar la carambola y vestir de oro a la URSS de Gomelsky y Belov, con la Yugoslavia de Korac y Cosic luciendo orgullosa la plata y la propia Brasil arrebatándole el bronce el favorito norteamericano. El viento de sorpresa también sacudió Vitoria.

El sueño y el verdugo

No era una Copa cualquiera aquella. Se habían juntado, en una misma ciudad, el vigente campeón liguero Joventut y el ganador de la Copa de Europa, es Real Madrid brillante que pudo ganarle al Simmenthal de Milán (91-83) con una actuación inmortal de Emiliano. La final parecía cantada pero el KAS, en la previa, se había encargado de tirar a la hoguera cualquier pronóstico anterior, convirtiendo aún más a Vitoria en ciudad de baloncesto. “Se vivía ese deporte de una forma muy especial. Aún era una ciudad pequeña, de unos 70.000 habitantes, pero el basket ya tenía tradición y el KAS había sido uno de los más fuertes en la temporada anterior”.

El público respondió. El primer día, a lo grande. El segundo, a lo aún más gigante. “Solo te diré que entraron 2.200 personas cuando aquello tenía un aforo para 900 espectadores. ¡Y en un solo lado, ya sabes como son los frontones! Fue un espectáculo tremendo en cuanto a público”. La diversión empezó a las diez y media de la mañana, con la final de consolación. En realidad, solo uno encontró consuelo. Solo uno pareció presentarse aquel día. La Penya, con Margall desatado, arrasó al Estudiantes por 38 puntos (90-52) en una descafeinada previa al espectáculo que se avecinaba. ¡Y qué espectáculo!



Aquel Real Madrid-KAS Vitoria, y ya han pasado 50 años, fue, simplemente, una de las mejores finales que el torneo pudo ver en su historia. Nada faltó. El griterío era ensordecedor. Colorido y emoción. Ganador ilustre y derrotado orgulloso. Y hasta el origen de los jugadores le daba más morbo al asunto. “En ese partido, 8 de nuestros jugadores eran madrileños. Teníamos más que ellos, y mira que ellos tenían...”, recuerda Añúa. El cóctel de la Copa del 67. “La gente se subía por las paredes en aquella final, no se me olvidará nunca. Y tampoco un partido que fue, hasta el final, muy equilibrado”.

Nada paraba al cuadro local, mejor de inicio (10-6). Luyk iba haciendo daño como un boxeador, cambiando los puños por ganchos. Emiliano acertaba desde lejos y abría brecha al descanso (44-38) y, cuando Luquero tuvo que abandonar el partido por acumulación de faltas, la final parecía blanca. En ese momento, con Iradier tirando de desparpajo y Serrano echándose a su equipo a la espalda, el KAS Vitoria logró lo que parecía imposible: plantarle cara al mejor equipo de Europa hasta el segundo final.

54-54. 60-60. 66-66. 70-70. Añua respondiendo a Ferrándiz, los aficionados soñando con lo imposible. Y el más grande en esa pista de cemento y linóleum dando un paso al frente, uno más tras los tropecientos dados, para decidir por siempre la final y el título. Clifford Luyk, el madrileño de Syracuse, el americano castizo. El de las 14 Ligas, el de las 10 Copas, el de las 6 Copas de Europa y el de las 3 Intercontinentales. El verdugo, el héroe. El de los 40 puntos. El de la Copa del 67. “El duelo lo rompió Luyk, que hizo un partidazo, de esos que no se olvidan, impresionante, al que no se le puede poner ningún pero. Una maravilla, sí, con 40 puntos y aquel gancho terrible que no podíamos parar”.

18 de Emiliano, 11 de Monsalve. 6 para Sevillano y otros 4 para Ramos y Paniagua, con 2 para Guardiola y presencia testimonial del ilustre Lolo Sáinz. Con poca gente también había fiesta. “En el banquillo rival estaba Ferrándiz y su delegado, un tipo fantástico. Es que no había nadie más. A mí me pasaba lo mismo, a veces incluso estando el entrenador solo. Ahora tienes 4 o 5 técnicos de alto nivel, cada uno con una especialidad. Hay que poner en valor lo rudimentario que era todo”. La multitud, más bien, se encontraba en la grada. Y aún se pellizcaba tras lo visto.



Los frutos del 67

Todo era muy ceremonial. Con ese tono oficialista propio de un torneo que llevaba “Generalísimo” de apellido. Samaranch acompañado del teniente coronel Esteban Ascensión, le entregaba el trofeo al capitán madridista y no olvidaba hacerlo con el derrotado. La imagen de Pepe Laso, ovacionado, recogiendo el trofeo, fue la última imagen de esa Copa clavada en la retina de aquellos afortunados que pudieron disfrutarla.

Todo en la vida perece menos el recuerdo y, con el tiempo, ese torneo de 1967 fue difuminándose. Hoy, los detalles y las anécdotas se entremezclan, mas no se puede negar el punto simbólico y trascendente que tuvo. Para la ciudad y para el propio baloncesto nacional. “En Vitoria había una afición terrible y, a partir de ahí, empezó a crecer más”. Tanto que acabó materializándose en Mendizorroza. “Gracias a esa Copa se empezó a hablar de construir una cancha nueva”. En el año 71, esta vez solo como sede de la final (72-63 para el Real Madrid contra el Joventut, otra vez con Luyk como héroe… la historia es cíclica), Vitoria volvió a ser el corazón de la Copa. Esta vez, en la Mendizorroza soñada tan solo cuatro años antes. Ahí sigue. “El Araski de Primera Femenina y el Araberri, de LEB Oro, todavía juegan allí. Y no te imaginas la sonoridad que tiene… ahí se celebra el Festival de Jazz de Vitoria”. Iñaki Añúa es su Presidente. Es su hermano.

Hasta valió aquella Copa del 67 para conocer Europa, con plaza directa a los vitorianos para la Recopa gracias a su condición de finalista. Pocos finales más románticos en una andadura europea que el de KAS Vitoria en esa lejana 67-68. “Nos eliminó el AEK de Atenas después de haberles ganado en Vitoria. Habría aquel día unos 30.000 espectadores chillándonos. Perdimos, sí, pero ese torneo nos permitió abrir otras muchas puertas”.



Y no solo en Vitoria. “Ahí, en esos años, empezó la expansión del baloncesto. Los años fueron pasando, otros equipos se hacían más fuertes y, posteriormente, con la ACB se le da un giro a lo que era la Liga Nacional. Todo se profesionaliza y crece. Piensa que veníamos de una época donde yo, el entrenador, también hacía las veces de directivo, de presidente de la sección y hasta me encontraba en ocasiones obligado a hacer las crónicas de mis propios partidos. Sirvió para que luego se modernizara todo y ahora podamos disfrutar tanto de un partido de alto nivel”, apunta Añúa, que concluye la entrevista con una afirmación poética.

“Como dijo Luther King, yo tenía un sueño: el baloncesto. Dos, contando el del jazz. Lo que nunca creí es que ese sueño iba a llegar hasta ese punto. Del Frontón Vitoriano de esa Copa del 67 al Buesa Arena hoy, es impresionante. Hay canchas preciosas, con muchísima gente. Es un basket globalizado y grande. Es el sueño que yo tenía”, añade emocionado, aquel que un 4 de abril le dijo hasta siempre al Frontón y que este próximo viernes 17 de febrero volverá a viajar hasta esa época. Será en su ciudad de alma, en el marco de la 7ª Copa vitoriana y junto a otros protagonistas directos del torneo. Otra buena excusa para darle color al blanco y negro y brindar por aquellos días dorados de la Copa del 67.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM

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