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Una remontada contra la historia (99-93)
El Real Madrid consiguió la victoria ante el MoraBanc Andorra (99-93) tras 45 intensos minutos, exactamente igual que en su anterior duelo en la Liga Endesa. Partidos gigantes de Llull (22 ptos, 7 reb, 11 asis), Doncic (12 pts, 10 reb, 7 asis) y Shermadini (27 ptos, 7 reb)

Redacción, 16 Feb. 2017.- El Real Madrid salió victorioso de un encuentro agónico, dramático, absolutamente emocionante, contra un MoraBanc Andorra que lo dio todo y que durante muchos minutos rozó una de las mayores sorpresas de la historia de la Copa del Rey.

Los andorranos llegaron a escaparse por 16 puntos en la primera mitad y mandaban por 10 al descanso (33-43), llevando la iniciativa durante 28 minutos gracias a un mariscal Shermadini. El despertar de Llull y la fe de Nocioni enchufaron al Real Madrid, que con Doncic y Randolph en estado de gracia fue otro equipo. Aún así, el MoraBanc, valiente hasta su muerte, rozó la machada, con 7 de ventaja a falta de dos minutos.

Un par de triples de Carroll y Randolph en un desenlace no exento de polémica mandó el partido a la prórroga (86-86), en la que los madridistas se quedaron sin rival, en un guion con muchísimas similitudes al visto en Liga Endesa. Los blancos, a semis.

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La búsqueda de la belleza

Lo bueno, lo malo. Lo bello, lo feo. Conceptos platonianos, de esos que se escriben a veces en mayúsculas sin el menor rubor, cuando parecen irrebatibles. ¿Acaso le quitaría la B gigante a Doncic? ¿Acaso el mayor seguidor de Real Madrid o MoraBanc podría borrarle la F al inicio del partido? No resultó el inicio más vistoso, no, con tres minutos y medio lleno de imprecisiones donde solo Antetokounmpo -¡vaya taponazo, Thanasis!- pudo ver aro. Doscientos segundos, un 0-2.

Taylor, puesto de inicio por Laso para secar a Albicy, como ya intentó con Larkin en Liga Endesa, quiso despertar a su equipo con un mate. Sin embargo, el que más daño hizo fue el de Shermadini, un 2+1 con rabia que, ahora sí, cambió el escenario del duelo (6-10, m.10). Rudy Fernandez recogía el guante con 5 puntos seguidos, si bien el cuadro andorrano encontraba más variantes. Todos pedían turno. Stevic y su palmeo. Navarro y su descaro. Albicy y su batuta, de la que también a veces salían puntos.

”Ey, que somos nosotros, ¿no nos reconoces?”, parecía preguntar extrañado el cuadro andorrano. ”Hace semanas necesitasteis prórroga para tumbarnos, ¿de verdad os sorprendemos?", gritaba en su mente David Navarro, la ilusión de un junior, cuando ponía el 15-23 con el que concluyó el primer periodo. Con un 5/20 de los madridistas en el tiro, estaba claro que solo uno de los dos parecía haber encontrado la belleza. Y no la querrían soltar ya.

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Un incendio, un superviviente

No se lo terminó de creer el Real Madrid. Y, la verdad, hasta su mayor enemigo podría entenderlo. El campeón de la última Copa. Y de la penúltima. Y de la antepenúltima. El vigente campeón liguero. El de la era de los récords, el que conquistó Europa. El de los años dorados, que brillarán aún más cuando dentro de algunas décadas nos dé por mirar atrás. El que salió en pie de tantas situaciones adversas que cuesta culparles por no encender la luz de alarma. Mas la alarma era real. Y el incendio por momentos lo quemaba todo.

Ni la entrada de Doncic, ni las réplicas de Randolph. Fuego descontrolado. Ardía el partido con el triple de Schneider. Volvía a salir humo con el contraataque de David Navarro. Y sonaron por fin las sirenas cuando Shermadini hizo de Shermadini. Qué sencillo parece el baloncesto cuando él tiene uno de esos días. Gana la posición, la pide, amaga, reverso, canasta. Sota, caballo, rey. Se la dieron, marcó. Se la volvieron a dar y anotó nuevamente. Por primera vez, el MoraBanc superaba la barrera de los diez de ventaja: 21-32 (m.15). El incendio, lejos de sofocarse, se avivó bajo el calor de un Buesa Arena posicionado con el pequeño en la teoría. Gigante en la práctica. David Navarro se fue a por un poco de leña que también pasó por el aro y Shermadini, siempre él, establecía al mismo tiempo un 0-9 de parcial y una máxima de 16 (21-37, m.15), en uno de esos momentos sorprendentes, únicos, en los que más que de gritar, al público solo le sale aquello de aplaudir durante segundos.

Cuando todo era caos, cuando el queroseno parecía invadir cada poro, cada centímetro de pista, Nocioni salía del banquillo dispuesto a demostrar que, si hablamos de apagafuegos, no le gana nadie. Absolutamente nadie. Su primera canasta, cargada de rabia, tuvo enfado y tuvo esperanza. Y su Real Madrid, por fin, se contagió de ambas. El triple de Schreiner encendió aún más a los blancos, capaces de seguir al Chapu al fin del mundo. Por ello, el tapón posterior del argentino pesó más incluso que los 5 puntos casi seguidos de Randolph o que el 2+1 del aún desconocido Llull. Ya lo habría hecho bien uno y mal otro, Platón asiente, para que los diez de ventaja del MoraBanc al descanso (33-43) dejara satisfechos a los madridistas, conscientes de haber salido con vida del mismísimo infierno.

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El despertar de Sergio Llull

En aquel partido de Liga Endesa, con victoria in extremis del Real Madrid, Shermadini acabó con 41 de valoración. La actuación del pívot, excelsa, hacía imaginar otros guarismos para el recuerdo, sin pensar en ese momento que, si seguían las similitudes, el final podría ser muy amargo. El georgiano, con dos perlas idénticas sacadas directamente de su factoría, replicaba el triple inicial de Doncic (36-48, m.23). Sin embargo, algo se gestaba a fuego lento en las filas madridistas.

Llull, errático como muy pocas veces en el tiro, empezó a reconstruir su confianza desde fuera de la propia anotación. Asistencias, tempo de juego, rebotes, carácter. A partir de ahí, ser él mismo resultaba más fácil. Y ser él mismo supone anotar, como demostró con un triple que cambió para siempre su actuación. Junto a Ayón y Doncic, Sergio disipaba dudas (49-51, m.27) con otro acierto ofensivo: el Real Madrid estaba en el partido. El propio 23 blanco puso más tarde a su equipo a solo un punto de distancia, merced a la asfixiante defensa que dejaba al MoraBanc incapaz, en varias jugadas, incluso de tirar a canasta.

Los de Laso, en su momento más dulce, entregados al que siempre les dio todo, llegó a verse por primera vez por delante en todo el encuentro (56-54, m.29), que se dice pronto, tras otra bomba desde el 6,75 de un Llull que supo purgar, en un solo periodo, todos los pecados previos. El fuego ahora era blanco y ni siquiera la respuesta de Albicy frenó el hambre de los madridistas, lo único que su rival no pudo arrebatarles.

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Un triple para romper un sueño

El último periodo empezó de forma pletórica. Aquellos dos incapaces de sumar en los compases iniciales del duelo, ya en blanco y negro, pugnaban en un cuerpo a cuerpo maravilloso. Si Randolph anotaba, Antetokounmpo respondía. Si el propio americano igualaba a 61, Shermadini se lucía con un mate de escándalo. O aparecía en escena el eterno Nocioni para volver a adelantar a los suyos tras 70 segundos de un baloncesto mágico.

En ese intercambio de golpes, ring sin cuerdas, de precipicio y cielo, el MoraBanc pareció sentirse más cómodo. Los andorranos aprovecharon una antideportiva a Jelínek a la perfección para avisar con una pequeña brecha de 7 puntos: 64-71 (m.33). Por ahí andaban sueltos Randolph y Doncic, soberbios, y el Real Madrid respondió con un 9-2, mas el siguiente golpe de los de Peñarroya hizo aún más daño. David Navarro, aquel que con 20 años jugaba en EBA y que cuando jugó por primera vez una Copa, a los 27, llegó en vaqueros al no tener ni traje oficial, pensó que no, que el viaje había sido demasiado bonito como para ceder ahora. Y todo empezó a fluir en su equipo.

Su triple tuvo continuación. Antetokounmpo, que sería capaz de jugarse una pensión vitalicia con tal de recuperar un balón sin dueño, anotó cayendo y su gesto, forzado y heroico, animó a Schreiner a probarse el disfraz de héroe. Era el más indicado. El que vino de abajo defendiendo unos colores, un club, un país. El de los 5 puntos para poner en jaque la Copa a falta de poco más de dos minutos (75-82). El cuento de hadas tomaba cada vez más forma, si bien el protagonismo, en lugar de para el propio conjunto andorrano, recayó en Nocioni. A veces da la sensación de que Nocioni, cuando esté jubilado y tranquilo en su casa, con 60 años, podría salir a pista, arreglar el rumbo de un partido y volver al banquillo sin inmutarse. Un triple, una asistencia. Una mirada, una rutina.

Cuando con 80-84 para su rival, Carroll encestó el triple, Andrés les pidió calma, como si solo él supiera qué iba a pasar. Como si él ya hubiera visto que Albicy anotaría desde la personal y, en la última jugada, Randolph -con el MoraBanc protestando el campo atrás de Llull-, iba a anotar un triple explosivo (86-86) para concluir el sueño andorrano. Porque cuando Albicy erró la última jugada, unos celebraban la prórroga y otros lamentaban que, simplemente, acababan de perder el partido.

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El peso de un recuerdo

No hubo prórroga. Llull (22 puntos, 11 asistencias, 7 rebotes) no dejó que la hubiera. Doncic (12 puntos, 10 rebotes, 7 asistencias) no dejó que la hubiera. Randolph (25) no dejó que la hubiera. El ánimo andorrano no dejó que la hubiera. Y el recuerdo del partido liguero, una burlesca copia, con idéntico guion y protagonistas, prórroga y vencedor final incluidos, pesó demasiado.

Los madridistas fueron poco a poco alejándose, con sus estrellas brillando más y más, y el esfuerzo de Shermadini (27 puntos, 7 rebotes y el aplauso de toda una afición) solo sirvió para retrasarlo.

Con el 99-93 final, Andorra entera lloró de emoción, deseando una y mil veces haberlo hecho de alegría y desde las semifinales. El Real Madrid suspiró de alivio, aún temblando, sin pensar por un segundo en el mañana, en el domingo o en la dichosa historia. Ya habrá tiempo para hacerlo.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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