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Christian Eyenga: La feliz melancolía
Crecido entre tiros y odio, allá donde hasta los poetas se rinden, el chico al que no le gustaba el básquet descubrió un día que podía volar. De 'Matrix' a 'Skyeyenga', de Kinshasa al firmamento NBA pasando por Badalona, entre risas y melancolía. Descubre la apasionante historia de la gran revelación de cuartos

Redacción, 25 mayo 2017.- El mundo miraba aún absorto a la plaza Tiananmén de Pekín cuando Christian nació un 22 de junio de 1989, al otro extremo del globo. El viejo Zaire, el miedo al tirano Mobutu, el adiós a una década antes de la llegada de otra repleta de muerte y dolor. Allí, en la gigante Kinshasa, el sol brillaba más. El cielo lloraba más. Los días duraban más. En la enorme urbe, a la orilla izquierda del río Congo, el paraíso se había vestido de infierno. ‘Kin, la belle’ ya no se sentía bonita.

No resultaba el lugar más sencillo del mundo para nacer. Tierra de carbón y minerales, tierra de desigualdad. Con 48 años de esperanza de vida entonces -58 en la actualidad- para sus habitantes, el pequeño Eyenga era aún un crío cuando se produjo la I Guerra del Congo, entre 1996 y 1997. Las tropas de Kabila entrando en su ciudad, Mobutu huyendo, la semilla de odio y conflicto imposible de extraer. La herencia belga de salvaje explotación. Miles y miles de refugiados por el reciente genocidio en Ruanda. La corrupción. El hambre. La sed. Las enfermedades. 250 grupos étnicos, 700 idiomas o dialectos locales, 4 lenguas nacionales. Un 80% de cristianos en la ciudad de músicos y artistas -la célebre École Kinshasa-, de bohemios y cultura. Ciudad condenada de la mano de un país que no supo, no pudo, dejar de llorar desde el 98.

Todo lo invadió la II Guerra del Congo (1998-03), la Gran Guerra de África, un lustro absolutamente sangriento y doloroso, uno de los conflictos con más muertes que el mundo vio, aunque quisiera cerrar los ojos, desde la II Guerra Mundial. Tutsis, hutus, ugandeses. Venganzas, revanchas, sinsentido y crueldad. Batallas y disparos en la carretera, en el puerto, en la mina o el aeropuerto. En las calles, en las casas, en el día a día del que nunca pidió la locura.

Foto FlickR


“El pueblo debe llevar machetes, lanzas, flechas, azadones, espadas, rastrillos, cercos de púas, piedras y utensilios similares para, queridos oyentes, matar a los tutsis ruandeses”, gritaba exaltado en la radio un alto mando militar del gobierno, sin que ya nadie se sorprendiera. Milicias organizadas con niños soldados, torturas, violaciones indiscriminadas. Ni el más inspirado poeta hubiera encontrado palabras, ni la mente más perversa hubiera dibujado algo así.

El adolescente Eyenga, con 15 años, se insensibilizaba por tanta muerte, perdiendo incluso a amigos durante la contienda. Una mañana, vio soldados rebeldes disparando a civiles en la esquina de su calle. Y corrió entre gritos y llantos, entre heridos y muertes para salvar su vida. Con más de 5 millones de fallecidos de forma directa o indirecta -la desnutrición dejó como resultado más de cien víctimas al día por hambre-, sobrevivir ya era victoria y el presente, la única realidad posible ante la utopía del mañana, ante la incertidumbre del “qué pasará después”.

Un país dividido en dos, República del Congo y República Democrática del Congo. Un río como frontera. La vecina Brazzaville -capital del primer país-, en el horizonte, tan lejos y tan cerca. La ruina después de la ruina. El caos después del caos. Y un pueblo que volvió a ponerse de pie para atreverse a soñar con un destino más justo sin ningún tipo de miedo. ¿Qué iba a asustar ya a Christian Eyenga si en su niñez lo vio todo?

ACB Photo/M.Pozo


El gran salto de 'Matrix'

Su familia era de clase media. Colegio privado, francés, una especie de burbuja entre milicias y bandas. Un padre con cinco esposas y una madre protectora con un claro sueño, que Christian estudiara Medicina para convertirse en médico. El niño aprendía idiomas casi sin darse cuenta. Con mamá, francés. Con los amigos, lingala, lengua en la que piensa. Con su abuela, el swahili. En la calle, el idioma que más le gustaba no salía de su boca. Ni siquiera de sus manos. Enamorado del fútbol, que tan bien se le daba, y poco proclive a un baloncesto que no le convencía por mancharle tanto de arena y polvo las manos.

Su madre Giselle había sido internacional con la selección de Zaire y quiso estirar una tradición que ya cumplían sus otros hijos, si bien su anhelo era que estudiara Medicina. El chico tenía físico. Y desde los 11 o 12 años, perplejo por los saltos de su hermano Khomedy -fallecido a los 21 por accidente-, Christian empezó a jugar más en serio, soñando con llegar algún día a poder hacer uno de esos mates que veía en el firmamento NBA, en gastadas cintas de vídeo.

Imitando los gestos de las estrellas, y de su propio hermano, una buena mañana Eyenga se vio colgado del aro. Tenía 15 años. Y volvió a saltar, una y otra vez, como si el viento fuera trampolín, como si volar le aislase de la realidad. El adolescente, conocido como Matrix por sus amigos por su eterno desafío a la gravedad, destacaba cada vez más en las categorías inferiores del BC Onatra, en su Kinshasa natal. Con 16, ya estaba en el primer equipo jugando la máxima competición del continente -más de 13 puntos de media a los 17-, en el club en el que Mutombo empezó su carrera profesional.

Foto Penya.com


Su crecimiento le llevó al campus Basketball Without Borders, donde Pere Gallego y Anicet Lavodrama se enamoraron de sus centímetros, su juego explosivo y su intensidad. Era un adolescente de cuerpo NBA, capaz de defender cualquier posición exterior. Un poco más tarde, en Nigeria, un par de partidos con más de 20 puntos de Eyenga confirmaron las sensaciones previas. Tardaron 5 minutos en ficharle. Jordi Martín y Jordi Cairó dieron su visto bueno, su madre asintió reticente -seguía soñando con un doctor Eyenga- y, en 2007, el jugador se vistió de verdinegro en el Circuito Sub20 de Inca.

Aquel equipo junior era inolvidable. A su lado, Ribas, Norel, Jelínek, Tomàs y hasta un Ibaka que acabaría siendo su amigo del alma. Sin tiro aún y de mate en mate, ‘Matrix’ finalizó el torneo como tercer jugador más valorado (17). Había pasado la prueba con nota antes de regresar a su continente para jugar el Campeonato de África de Angola, defendiendo la elástica de su país. La Penya le esperaba tras el verano, aunque unos problemas con el visado retrasaron su llegada definitiva a Badalona hasta unas Navidades que multiplicaron la melancolía del congoleño, al que le costó adaptarse.

Primera vez en su vida fuera de casa. Sin su madre, sin su familia, sin sus amigos. Sin conocer la lengua. Y con todo el interés del mundo por encajar lo más pronto posible. Lo consiguió. Su alegría fuera de la pista ayudó al trabajo dentro de ella, que era mucho. Carente de fundamentos técnicos, Margall se tomó como un reto enseñarle a tirar. Y a jugar. Tuvo a los Aíto García Reneses, Sito Alonso, Pepu Hernández o Pere Raventós como profesores de lujo y no tardó en ver que, solo con mates, no encontraría hueco en la élite.



Eyenga creció cada día. Un par de campañas en el Prat de LEB Plata (12,9 pt, 5,1 reb, 13,3 val en la 2008-09), un debut como premio en Euroliga -4 partidos en esa misma campaña que compensaban su ausencia de oportunidades en ACB al ser extracomunitario- y una gran cantidad de destellos en el junior. Christian conquistó dos títulos en el circuito Sub20, uno de ellos al Unicaja de Lima, Freire y Rai López y otro al Barça de Rabaseda, con actuaciones determinantes que, ya de forma definitiva, le pusieron en el radar de los ojeadores. Su nombre entró en el carrusel de los mock draft y, un día antes de la noche más esperada por los universitarios estadounidenses, su agente le compró un billete para Estados Unidos. Acertó. En aquel draft 2009 de los Griffin, Ricky Rubio y Curry hubo un hueco para él en primera ronda. Cleveland Cavaliers, posición 30. En solo dos años y medio, había pasado de ser invisible en África a atraer todos los focos de la mismísima NBA.

Los vaivenes de 'Skyeyenga'

Christian sorprendió a muchos cuando, en lugar de dejarse seducir por el equipo de LeBron James y Shaquille O’Neal, prefirió renovar por tres temporadas con la Penya. “Le debo mucho a este club”. La apuesta badalonesa era total, confiando en él una de sus plazas de extracomunitario, con solo 20 años.

El alero, aún misterioso lejos de Badalona, se presentó al gran público ACB con una actuación muy recordada en el concurso de mates en el que derrotó a Llull, Barbour y Katelynas. Prometió originalidad y cumplió. Al primer intento se ganó al público al machacar en molinillo con camiseta de Savané -su referente-, al segundo sentenció su victoria con mate tras pasarse el balón por debajo de la pierna, a pase de English y después de haber pedido que sonara el “Pío, pío”. Y al tercero… ¡ay, al tercero! Eyenga sorprendió con un mate prestado por Ibaka en el que fue capaz de coger un peluche del aro con la boca antes de colgarse. Eterno.



El africano firmó actuaciones de mérito en las primeras jornadas (13 pt, 18 val. contra Valladolid, 12 pt y 18 val. en Bilbao), con su madre y hermana pendientes de sus actuaciones y escribiéndole tras cada partido. Sin embargo, a ‘Matrix’ le costó mucho hacerse un hueco en la plantilla y arañar minutos para mejorar su discreta media de 3,7 y 4,3 de valoración por cita. No obstante, convencido de su potencial, de su evolución y, especialmente, de su físico, los Cavs volvieron a insistir. Esta vez, Christian dijo sí.

El de Kinshasa se los ganó a todos en la Summer League de Las Vegas, con 11,4 puntos y 4,2 rebotes por encuentro. Sin tiempo para procesar el vértigo, Christian se vio en casa de LeBron James cenando y compartiendo bromas e incluso acudiendo a su campus pocos días antes de anunciar por todo lo alto su decisión de jugar con los Miami Heat. Eyenga acabaría viviendo en los apartamentos en los que la estrella residió en su etapa rookie.

Foto AP


En su año de estreno en la NBA, curiosamente, Eyega mejoró sus números de la Penya, con 6,9 puntos y 2,8 rebotes en 21 minutos por acto. A camino entre la D-League con los Erie Bay Hawks (11,5 pt y 4,4 reb), el novato se estrenó por la lesión de Gibson, en un día inolvidable en el que defendió a Kidd. Al segundo partido, sumó 16 contra Toronto Raptors y llamó a su agente, que se pensó al oír la cifra que le habían vuelto a enviar a la Liga de Desarrollo.

El jugador declaraba en entrevistas que aún no terminaba de acostumbrarse a la excesiva cantidad de balones o equipamiento que la franquicia les ponía a su disposición, algo que chocaba de frente con sus raíces humildes. Una vez, antes de un encuentro contra Clippers, apareció un perturbado con un cuchillo y se fue corriendo a vestuarios, muy marcado aún por sus duras experiencias en la infancia.

Todos le entendieron. Sus historias de adolescencia, de guerra, vida o muerte, atrapaban a unos compañeros que escucharon con atención a aquel rookie que les llevaba donuts. Ya en el parqué, sus vuelos le valieron el sobrenombre de ‘Skyeyenga’, especialmente tras un escandaloso mate en la cara de Pau Gasol con el que se ganó a los más escépticos.



Su rendimiento derribó del todo la puerta de la NBA. O eso creía al menos. Cleveland ejerció su cláusula de renovación por tres campañas, convencido de poder exprimir del todo su físico. Corría el verano de 2011, el de los rumores de un lock-out que, cuando se confirmó, le llevó de vuelta a Badalona. “El hijo que se marchó ha vuelto de nuevo”, pronunció en su regreso, consciente de que solo era una cuestión temporal hasta que la campaña NBA arrancar. “Amo a esta afición y vuelvo por un tema sentimental”.

5 partidos. 8 puntos y 3 rebotes de media. Otro adiós emocionado, regalando su camiseta a la grada. Y el sueño americano truncado en su segunda etapa. La situación en la República Democrática del Congo era grave, con constantes llamadas a Giselle, a su padre Gaspar y al resto de hermanos que tampoco podían salir del país. La cabeza a miles de kilómetros y su básquet, en el limbo, con muy pocas oportunidades (6 partidos, 1,5 pt y 2 reb) en la élite. Su adaptación duró mucho más que la de Badalona. Con marcado acento francés y despistado con un idioma que estudiaba desde antes de cruzar el charco, Byron Scott alertaba de graves problemas de comunicación -y eso que ayudaba la presencia de Jordi Fernández-, especialmente a la hora de entender conceptos defensivos. “Poco a poco mejora y estoy muy feliz con él, pero la barrera del idioma le ha hecho daño. Cuando se le pregunta si ha entendido algo, dice ‘sí, sí, sí’. Cuando alguien contesta que sí, lo ha entendido. Si dice dos veces sí, lo mismo ha pillado algo, pero cuando van tres síes seguidos, es que no se ha enterado de nada”.

Denominado con sorna “No English” en el vestuario, Eyenga confesó en unas declaraciones que su madre había sido jugadora de baloncesto. Cuando le preguntaron por la altura, afirmó que ella medía 2,10 (6' 9"), con el periodista atónito preguntándole por el padre. “Mide como tú” (1,79), le respondió. “¿De verdad tu madre mide casi 7 pies? ¿30 centímetros más que tu padre?”, volvió a insistir, con el africano asintiendo sonriente. Cuando lo publicó, Christian le corrigió de inmediato, advirtiéndole que se había equivocado, que ella no llegaba a los 6 pies. “¡Pero si te pregunté cinco veces!”. Byron Scott escuchaba la anécdota entre lágrimas y con mirada cómplice al periodista: “Ahora me entenderéis a mí…”.

Su frenética 2011-12, en la que pasó por Joventut y Cavaliers, le llevó también a los Canton Charge de la D-League (10 pt, 4,3 reb en 12 encuentros) antes de su traspaso a los Lakers, con los que solo jugó 4 veces -3 de ellas en Playoff- de forma testimonial, si pasó horas y horas practicando fundamentos defensivos con un Metta World Peace que ejercía de tutor. En Los Angeles D-Fenders, su quinto equipo del curso, firmó 12,1 puntos y 5 rebotes por cita antes de ser traspasado en agosto a los Orlando Magic como parte del mega-traspaso que llevó a Howard a los Lakers. Despedido en octubre sin llegar a debutar, Eyenga siguió montado en una particular montaña rusa que le llevó a los Texas Legends hasta enero, cuando sonó un teléfono con prefijo internacional.



La sanción de Marcus Williams provocó que el Shanxi Zhongyu de la CBA china pensara en él. A las órdenes de Chus Mateo, el congoleño se fue hasta los 18,8 puntos y 5,3 rebotes de media en 9 partidos disputados, formando pareja con otro viejo conocido, Charles Gaines. Sin embargo, le comentaron la posibilidad de que si volvía a Texas, en la D-League, tenía muchas opciones de ser llamado por Rick Carlisle para jugar con Dallas. Nunca pasó ese tren, si bien su redonda temporada (14,6 pt, 5,6 reb) con los Legends le trajeron de vuelta a la Euroliga. Rumbo a Polonia. “Sé que en el Zielona Gora esperan que sea un líder. Me gusta. Puedo probar que puedo”. Su declaración de intenciones se quedó a medias.

Convertido incluso en famoso para la prensa rosa por su relación con la artista Patricia Kazadi, su campaña fue sólida -10,2 pt, 4,1 reb, 1,7 tap-, con instantes de espectáculo y hasta otro concurso de mates para la colección. Sin embargo, faltó quizá un paso para llamar la atención de los más grandes del continente. El PGE Turow le fichó para la 2014-15, aunque nunca debutó en el campeón polaco, aterrizando en noviembre en Varese. Eyenga, ahora sí, demostró lo que vieron en él en esos primeros días de Badalona o Cleveland, jugando el baloncesto más constante y regular de su carrera, con 12,7 puntos y 5,9 rebotes de media, vistiéndose, además, de MVP en el All Star, con 30 puntos y 8 rebotes.



Su paso al frente provocó que el Sassari, que también venía de ganar la Lega y que iba a jugar Euroliga, apostara con fuerza por su fichaje en la 2015-16, si bien en enero, semanas después de una sanción y con un promedio de 9 puntos y 4 rebotes, abandonó el club para recalar en el Auxilium Torino, donde prácticamente calcó esas cifras. En verano, su nombre sonó con fuerza en Zaragoza y también se especuló sobre una posible tercera etapa como verdinegro. Y regreso hubo, sí, mas no a Badalona sino a Varese, donde desde el primer día fue recibido con honores. Allí, como un par de años antes, firmó una temporada muy sólida (12,6 pt, 3,5 reb) a la que solo faltó la guinda del Playoff. La encontraría en Málaga.



Un capítulo por escribir

Un domingo estaba jugando en Italia, el martes le llamaba su agente y para el sábado ya era jugador del Unicaja, sin llegar a estrenarse en la última jornada de la regular. El club malagueño, tras la lesión de Waczynski, confió en un perfil diferente al del polaco. Menos tiro, sí, pero más capacidad atlética, envergadura y defensa. En su presentación, el jugador estaba tan radiante como en aquellos días de Badalona donde todo era nuevo. “Venir es un sueño, una oportunidad tan grande en mi carrera… ¡ojalá hubiera estado aquí con la Eurocup!"

Desde el primer día, grabando las imágenes destinadas al videomarcador del Carpena, se ganó a cada trabajador del club, a cada compañero. Intentando aprender sistemas como si tuviera un examen al día siguiente, haciendo preguntas e interesándose por su nuevo equipo como si quisiera recuperar toda la temporada que no estuvo en Málaga en solo unos días. Antes de su debut, Joan Plaza confiaba en que el congoleño, de una forma u otra, fuera útil al equipo con su intensidad. Eyenga no tardó en darle la razón. A los 19 segundos, mate para poner en pie al pabellón. En la siguiente jugada, canasta y adicional. Todo le salía, todo le entraba, cambiando el escenario del duelo de cuartos frente al Iberostar Tenerife (+20 con él en pista) con su presencia y sumando, en solo 17 minutos, 21 puntos y 22 de valoración en el mejor debut de un jugador cajista en tres décadas.



Al término de su estreno en Playoff, entre gritos de MVP de unos aficionados prendados y absolutamente sorprendidos por su rendimiento nada más aterrizar, el de Kinshasa se quedaba con los tiros abiertos que había fallado como propósito de enmienda, recordando que lo de venir a dar energía ya se daba por hecho. “Es un sueño debutar así, es como si yo fuera un fan del equipo. Tuve suerte y me integré de forma fácil”, confesó en el Málaga Hoy. “Jugar delante de esta gente es enorme. Sabía al lugar que venía… es un regalo”.

Está claro que el rol de Eyenga no tiene por qué ser, ni seguramente será, el de soportar ese peso ofensivo en el esquema de Plaza. Y todos, desde el entrenador al jugador, pasando por la propia afición, mantienen los pies en el suelo conscientes de que la baza del factor sorpresa ya está jugada con él. Sin embargo, su ilusión y sus ganas tienen aroma redentor, buscando cerrar en Málaga un capítulo lleno de subidas y bajas frenéticas para empezar uno nuevo, donde el cuento de hadas que empezó a escribir a la orilla del río Congo encuentre un final feliz.

El políglota apasionado de los tapones. El enamorado de la paella, casi tanto como del “loso na madesu” de su país, una especie de arroz con frijoles. El de los videojuegos, del Mario Kart en la Nintendo Switch al Call of Duty o NFL tirado en el sofá. El congoleño que pasó de escuchar ndombolo y afrobeat a dejarse seducir por la salsa. El jugador al que, sin llegar a ser sapeur, afirma que lleva en la sangre vestir bien. Ese profesional que sueña con el baloncesto cuando acabe el baloncesto, vislumbrando un futuro como scout. El orgulloso de sus raíces que admira a Savané, que adora a Ibaka, que está dispuesto a pagarse los billetes de avión para jugar con su selección.

Friday mood with my brother @sergeibaka7 #selfie #congovibes 🇨🇩

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Hace 9 años, cuando Eyenga aún buscaba su lugar en España y en el propio básquet, Roc Massaguer se acercó a la realidad de Kinshasa y de la República Democrática del Congo en un emocionante artículo publicado en ACB.COM. La tierra de los minerales, el paraíso del coltán, allá donde la tierra domina sin asfaltar. El olvido imperdonable del resto del mundo, donde el eco de los disparos aún suena. Un país que crece sin preguntar, con casi 7 hijos por madre. Una ciudad gigante que anhela despertar para olvidar el mal sueño. O, si acaso, poder soñar para olvidar la realidad. Las consecuencias del odio, la herencia de la esperanza.

Allí, en el lugar que alguien definió como el lugar de paraísos artificiales a los que huir para suavizar una melancolía, les recibió la madre de Christian. Giselle, además de hacer de guía, les ayudó a recuperar unas maletas perdidas en un transbordo. Entre trayecto y trayecto, mil guiños al baloncesto, a la pasión de su retoño, al reto de su hijo, que no había hecho más que comenzar a casi 8.000 kilómetros de distancia. Tras cada intento del periodista, la misma cara. Después de cada comentario, el mismo gesto. Sin inmutarse, sin titubear, convencida:

- Mi hijo tendría que haber sido médico.

Foto Unicaja Fotopress


Victor Hugo escribió una vez que la melancolía es la felicidad de estar triste. A sus 27 años, Eyenga readapta la frase por su vitalismo en una carrera que desprende ese aroma desde aquel día de su niñez en el que ‘Matrix’ empezó a volar. Por lo vivido, por lo logrado, por el resto de una historia que empezó entre lágrimas y que se hizo más bonita, aunque fuera por unos segundos, con el inesperado grito de MVP. Este médico opera en pista... para salvarse a sí mismo. El orgullo de un país, la misma filosofía: una revancha a su infancia, la feliz melancolía.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM

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