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Y sin embargo... Pedro Martínez
Debutar en la cima, aprender desde abajo. El consuelo de los títulos morales antes de la gloria absoluta. De Badalona a Vitoria, de los 90 al presente. Una canción de Sabina, melancolía en sus cascos. Un viaje en el tiempo. Un viaje por la vida de Pedro Martínez relatada por Daniel Barranquero

Era una fecha marcada. 6 de marzo, 1990. A las 20:30, semifinales de Korac. El Bosna Sarajevo de Nenad Markovic como rival, la anhelada final a 80 minutos de distancia. Badalona, expectante. Las cámaras de TVE-2, presentes. En el último entrenamiento previo al encuentro, el entrenador Herb Brown hizo uno de sus habituales concursos para que sus jugadores practicaran tiros libres. Al finalizar, el técnico se dirigió a Miquel Cairó, gerente del Joventut, para comentarle había premio económico para los tres ganadores y que el club debía pagar.

Incrédulo, Cairó se negó y Brown, en mitad de una fuerte discusión, acabó tirándole a la cara un billete de 5.000 pesetas al gerente. Por la noche, con los nervios aún a flor de piel, la Penya salió muy desconcentrada y llegó a tener la eliminatoria casi perdida antes de un 0-18 de parcial que lo igualó todo (literal, con 90-90 de tanteo definitivo), dejando la eliminatoria abierta para la vuelta. Había sido el último partido de Herb, destituido fulminantemente. Un joven de 28 años, con cara de no haber roto un plato y un currículum sorprendentemente extenso para su edad, tomaba las riendas del histórico Joventut. Había llegado el momento de Pedro Martínez. Su historia empezó a escribirse mucho antes.

Boda con el baloncesto

29 de junio de 1961. Días de Franquismo y Guerra fría, de Yuri Gagarin y carrera espacial, de West Side Story y Viridiana, con Elvis Presley sonando en bucle. Mientras el mundo miraba a Kuwait tras declarar su independencia del Imperio Británico, en Barcelona nacía un niño que, desde su infancia, iba a mostrar su personalidad. Si en el Claret se jugaba al hockey sobre patines, él elegía baloncesto. Pedro hacía de pívot, si bien desde temprano parecía claro que su futuro en este deporte no iba a ser con un balón en la mano.

Un entrenador se cruzó en su camino para cambiarlo para siempre. Su nombre, Juan Caballero. El adolescente, a sus 15 años, nunca había sentido tanta admiración por alguien: “Era un líder y tenía unos valores que me llamaban la atención”. A partir de ahí, el camino surgió de forma natural. “Muchos de los que jugábamos empezamos a entrenar a niños”. Del Col·legi Alpe al Claret, siempre con conjuntos femeninos, antes de pasar a La Dosa de Badalona, en el que coincidió con Julbe. “Entablamos una amistad que ha perdurado con los años. Poco tiempo después, él fue nombrado entrenador del Sant Josep y me llamó”. El primero con el juvenil A y el segundo, con el B, coincidiendo con Trifón Poch.

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Cuando Julbe firmó por la Penya, como ayudante de Aíto García Reneses, Martínez se quedó dos años más en el Sant Josep antes de responder afirmativamente a su llamada, en el verano de 1986, momento en el que Julbe se hizo cargo del Joventut. Con solo 25 años, Pedro asumía el mando de un combinado júnior colosal, con el que se proclamaría campeón en cada uno de sus tres cursos. De Xavi Fernández a Antonio Medianero, pasando por Sergi López o Francisco Jiménez. Los Dani Pérez, Tomas Jofresa o Jordi Pardo. Y también Juanan Morales y Carles Ruf, únicos que compartieron con él su trienio. “Resultó una generación excelente, el mejor equipo de España claramente en ese momento. Eran otros tiempos, sin ley Bosman, solo con nacionales y con júniors que llegaban a la élite mucho más formados que ahora. ¡Morales ya era internacional absoluto cuando yo le entrenaba! Imposible ver algo parecido en la actualidad. En esos años pudimos con el Barça de Ferrán Martínez, el Espanyol de Manel Bosch y Santi Abad, el Estu de Herreros o el Zaragoza de Alberto Angulo”, relata orgulloso.

Aquella temporada 1989-90 iba a ser la más importante de su vida. “Por mi boda”, pensaba, y con razón, ignorando que tres meses después de pasar por el altar, iba a encontrar su hueco en la élite. Y eso que el primer tren lo dejó pasar. “Aprovechando una ventana de selecciones me casé. El domingo jugamos y el lunes tuve la boda, con la luna de miel para otro momento. En esas semanas, el Puleva Granada intentó ficharme. Mi primera oferta de fuera. Me reuní con ellos, aunque decidí que no era el momento y preferí continuar en las categorías inferiores del Joventut. Económicamente era semi profesional, si bien tanto talento era altamente motivante”.

Todo pareció seguir un curso normal hasta aquel día. El billete de Herb Brown, la Korac en juego. Y la propuesta más ilusionante que pudo oír en 28 años. ¿Quieres asumir el reto de ser el nuevo entrenador de la Penya?

El Mundo Deportivo


Cara y cruz en casa

Casi sin ser aún consciente de ello y tres meses después de su boda, Pedro Martínez se sorprendía viéndose a sí mismo rodeado de micros, respondiendo mil preguntas. “Hubiera preferido coger al conjunto al principio de temporada pero no me da miedo quemarme. Si lo hago bien, recibiré muchas ofertas. Lo tengo clarísimo: si gano Korac y Liga, podré seguir. Si no, difícilmente continuaré. Es un examen continuo y habrá que jugar a lo campeón”, manifestaba, tras firmar hasta el 30 de junio.

Al par de días, se estrenaba con triunfo (100-84) contra el CAI. Pasados pocos más, derrotaba por 94-72 al Bosna Sarajevo para sellar el pase a la final de Korac. “No hubo que cambiar nada a nivel competitivo, sino ayudar a que el club siguiera en esa línea”. El Scavolini del también jovencísimo Scariolo esperaba. Un 21 de marzo, el Joventut conquistaba Pesaro (98-99), sentenciando su título siete días más tarde abrigado por el calor de su hinchada (96-86). Con 28 años y solo tres semanas de experiencia en el mundo profesional, Pedro Martínez ya levantaba un título por el que muchos lo hubieran dado todo. Y, a pesar de los elogios de Scariolo“Sus planteamientos han sido excelentes”-, el entrenador barcelonés prefería repartir el mérito entre sus jugadores.



“Lo recuerdo como un momento de muchísimos nervios y tensión. ¡Y de acabar manteado! Se juntaron dos generaciones, algunos más hechos como Jofresa, Villacampa, Montero o Margall, además de los americanos y de los jóvenes que yo había entrenado en el júnior”, recuerda un técnico que día tras día demostraba que no era ninguna marioneta. Aún con la resaca del título, creaba una comisión con todos los entrenadores del club, como ya hacía la mítica Jugoplastika. Los resultados también acompañaban, con un 3-0 en semifinales al Real Madrid de George Karl, si bien su equipo tuvo que conformarse con el subcampeonato tras ser superado por el Barça en la finalísima. Como él profetizó, su sentencia.

La llegada de Lolo Sainz le dejó sin sitio. “Creo que ni ganando la Liga hubiera cambiado la situación”, llegó a pronunciar, en unas declaraciones repletas de decepción en las que sostenía que ni ganar la Korac ni tres meses tan buenos en el Joventut le habían servido de nada. Ni siquiera para tener ofertas. “Estaba aún empezando y veía las cosas con percepción equivocada. El Joventut me ofreció ser el segundo de Sainz y no estaba mal porque él era de primerísimo nivel, triunfando con el Madrid. No obstante, cuando me llamó Manresa, pese a luchar por no bajar y ser de los más limitados económicamente, preferí continuar mi camino. Durante muchos años me pregunté si fue decisión correcta. Haberme quedado en casa al lado de Lolo con una generación buenísima que lo ganó todo hubiera sido una decisión muy buena también”.

Ese TDK le sirvió para cambiar el chip, aprendiendo a disfrutar también con las dificultades, con la agonía, con el abismo acechando. 18º en su primer año con 15-19, a un triunfo el 10º, y salvándose del descenso en la eliminatoria contra CajaCanarias. Idéntico balance en la 91-92, esta vez con un huequito en octavos. La derrota contra el CAI no empañó la ilusión de una afición entregada al equipo, con una fiesta en cada encuentro en el Nou Congost y más de dos mil personas en lista de espera para abonarse.

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Sin embargo, una circunstancia tiñó de negro sus días felices en Manresa. Aquel 9 de septiembre de 1992, con los Juegos Olímpicos de Barcelona ya formando parte de la historia, fue probablemente el peor día en la carrera del entrenador. No fue un resultado, un mal partido o una destitución. Tampoco ninguna pelea o polémica. Ese día, el capitán Pep Pujolrás, se dejó la vida en la maldita carrera mientras se dirigía, precisamente, a un entrenamiento. Ocurrió en Vacarisas, con varios compañeros y el entrenador pasando al lado del coche accidentado y quedándose consternados al descubrir la mala noticia. Aún la siente. “Supuso una tragedia en el plano personal. En ese momento, mi ayudante Salva Maldonado y yo íbamos en un coche para Manresa y nos encontramos con el accidente. Me quedé absolutamente destrozado, ya que Pep era un chico muy querido por todos, fantástico. Las vueltas de la vida, qué triste. Él iba a fichar por el Breogán y todos le insistimos, especialmente yo, en que se quedara. Ese fatal accidente nos dejó muy mal, absolutamente peor que cualquier otra cosa profesional”.

¿Y que importaba el baloncesto desde ese día? Mas la rueda, a veces cruel y olvidadiza, parece empeñada en no dejar de girar. El TDK Manresa se conjuró para hacer un gran año en homenaje a Pujolrás y por poco rompen todas las quinielas. Tras firmar un 15-16 en la regular, en Playoff estuvieron a punto de sorprender al mismísimo Estu, venciendo el primero en Madrid y perdiendo los dos siguientes para caer en primera ronda. Eso sí, su trabajo ya estaba en boca de todos y, en marzo, era el propio Lolo Sainz el que le requería como ayudante en la Selección Española, sonando con fuerza también junto a Ivkovic y Obradovic para el banquillo verdinegro. Y, sin embargo, el techo lo había reservado para la última temporada. Con Joan Creus, la vida parece más fácil.

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“La clave fue su fichaje. Cuando le fiché dudé por ser veterano. Nuestro base era Chema Alarcón, en una época en la que los titulares jugaban muchos más minutos. Pensé que Creus estaría algo acabado y recuerdo comentarle que saldría desde el banquillo y que se reservara. Él me miraba extrañado, diciéndome que no lo había hecho nunca y que se adaptaría pronto. Imagino que por dentro estaría riéndose de mí, y más cuando ganó Copa y Liga más tarde. Creus era un jugador impactante de entrenar por su seriedad y profesionalidad. Un jugador absolutamente inteligente en su ataque. Cambió la dinámica del club: de perdedor...a ganador”. Todos los grandes cayeron aquel año en el Nou Congost. Terceros con 19-9 de balance, también se vengaron del Unicaja en octavos, con 0-2. Aún resuena el triple de Peñarroya para el 66-65, con Martínez duchado por todos tras el partido. El Real Madrid, en cuartos, puso fin al sueño manresano y de un entrenador que acabó siendo el mejor del año par la AEEB y Gigantes.

“Fiché con Ángel Palmi y resultaron cuatro años muy bonitos, con un recuerdo excelente. Nos clasificamos por primera vez para jugar fases finales de Copa, estuvimos en el Playoff y jugadores que parecían no ser de primer nivel, como Singla o Peñarroya, con mucho trabajo hicieron enormes temporadas que luego prolongaron con Maldonado y Luis Casimiro, ganando títulos. Obviamente ellos consiguieron esos trofeos y con mucho merecimiento, si bien había trabajo previo. Y muy bueno”. Palabra de un Martínez que vivió un verano del 94 cargado, con bronce en el Europeo Sub23 de Liubliana -aún le escuece el choque que se le fue en los segundos finales contra Bielorrusia- y en el que se decidió su futuro profesional. El TDK le propuso renovar, el CAI le tentó mas la Penya, su vieja Penya, pensó en él como recambio de Obradovic en todo un reciente campeón de Europa. Casi nada.

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“La Liga Europea nos dio mucha fama y honor, pero ningún duro”. La frase, de Francesc Cairó, resume bien las condiciones económicas con las que se encontró Pedro Martínez, llegado en un momento muy complicado. La corona del campeón y la presión del que le piden títulos en mitad de una feliz resaca y con menos calidad en la plantilla. Cóctel explosivo. Nada salió. Se fueron Ferran y Dani Pérez. Las cuentas desvelaban que el club debía 200 millones de pesetas, lo que condicionaba la confección de la plantilla. El público se quejaba y él, para colmo, llegó a pensar haber perdido credibilidad ante sus propios jugadores. Quizá, por ello, no extrañó a nadie su dimisión, un 3 de enero del 95, sin que se recondujera la situación (el conjunto acabó el 14º, con 17-21) después de su salida. “A nivel anímico, mi vuelta me pesó mucho. Había un equipo sólido pero se dio un paso atrás en la contratación de jugadores y se empezaba a ver la crisis económica que explotó años después. Mike Smith empezó lesionado y eso marcó nuestro inicio. No estábamos cómodos, por el listón que estaba muy alto y por cómo hicimos la cosa, que no fue en la buena dirección”.

Tras su marcha, después de hacer sus pinitos como comentarista en TVE -ya había escrito artículos para El Mundo Deportivo durante su etapa manresana-, Pedro Martínez volvió a recuperar la sonrisa en las filas del Baloncesto Salamanca. Como uno de esos amores de verano a los que no vuelves a ver pero que te sacan una sonrisa durante toda tu vida. Se buscaron sin saberlo. Se necesitaron sin buscarlo. ’Sabonis, Villacampa... ¡caeréis en Salamanca!’, cantaba la afición cada partido, mientras se frotaban los ojos ante esa escuadra llena de descaro y carisma, capaz de tutear a los grandes. Ramiro, Pardo, Arranz, Vecina, English, Martin o el mismísimo Granger Hall, con Luis Casimiro de segundo. Las 19 victorias -todo un tope- y el histórico 9º puesto, billete europeo incluido. Aquel triple final de Vecina para derrotar al Cáceres. Qué bonito fue vivirlo y qué abrupto el final, con el club vendiéndole su plaza al CB Granada al siguiente verano.

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“La del Baloncesto Salamanca fue la única propuesta que tuve. Era la primera ocasión en la que salía de mi entorno, con mis hijos aún muy pequeños. No había tradición de basket ni en la liga pero lo tomé como una oportunidad. Qué acierto. La ciudad, fantástica para vivir y el año, deportivamente fue muy grande. El tema es que el proyecto dependía del empresario Mariano Rodríguez, que había invertido mucho para tener un club que, cuando se quedó sin el apoyo de las instituciones que él esperaba, dejó de existir. Fue un disgusto porque yo tenía contrato. Me llegué a reunir con el presidente del Granada pero cuando me cambiaron las condiciones dije que no era justo y lo rechacé, pasándome la 96-97 sin entrenar, haciendo comentarios técnicos en Catalunya Radio con Josep Vives, que acabaría siendo mi presidente en Manresa”, rememora.

Ya en 1997, aceptó el nuevo ofrecimiento granadino, sin poder imaginar mínimamente el año convulso que estaba a punto de vivir. Solo tres jugadores resistieron durante todo el curso, con constantes fichajes y salidas. Cambios y más cambios. Jofresa, Sala, Junyent. Kenny Green cobrando mil dólares diarios con una sola rodilla, John Williams plantándose y el presidente Carlos Marsá en huelga, durmiendo en la Plaza del Ayuntamiento, para pedir apoyo al ‘Cebé’ y al Granada 74 de fútbol. “Empezamos bien pero acabamos fatal, siendo destituido a falta de dos jornadas”. Con 9-23 de balance y en 16ª posición, una remontada milagrosa en la serie contra Huelva, venciendo el 4º y el 5º, dejó al club en la élite. Él había puesto previamente su granito de arena, entrenando en ocasiones a duras penas por todos los condicionantes y perdiendo algo del status que se había ganado en la élite en los años anteriores. Tardaría en reencontrarse con la ACB.

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La llave de la ACB

Qué raro aquella temporada 1998-99. Qué raro tener que ver baloncesto por televisión, no tener que planificar el entreno del día siguiente, no vivir con la presión de un resultado, con el apresurado ritmo de la competición acechando. Ni siquiera trabajar en baloncesto comentando o analizando para los medios. Vacaciones forzosas. “Aquel fue mi primer año sin baloncesto. El primero de verdad. A la fuerza, eh, ya que no tuve ofertas. Entonces me dediqué a estudiar, realizando un curso de gestión y administración de clubes y entidades profesionales. Seguía viendo básquet, esperando, aunque no me llegaban propuestas”, reconoce con sinceridad, viéndose obligado a la siguiente campaña a bajar un peldaño para volver a sentirse entrenador.

Menorca, siguiente estación. Ocho años después de ser campeón de la Korac, un lustro transcurrido de ser el mejor entrenador de la ACB y tan solo tres primaveras más tardes de convertirse en Salamanca en el entrenador de moda de la Liga, Pedro Martínez aceptaba bajar hasta la LEB para seguir desarrollando su carrera. “Me llevaba bien con Toni Comas, que me entrenó de joven. Él movió los hilos para que me hicieran esa oferta. Era un club pequeño, como su pabellón, con grandes limitaciones económicas. Al fichar me hablaron de la deuda y de que la plantilla sería limitada. ‘Si te interesa perfecto, pero será una plantilla justa’. Llevaba un año sin entrenar y esa ilusión y necesidad por hacerlo me hizo aceptar ese reto”. Acabaría subcampeón de Copa Príncipe y en semifinales de Playoff. La directiva le exigía la presencia de tres jugadores de la tierra en una plantilla de diez. Dos americanos baratos y a “mendigar” algún joven sin sitio en ACB. Llegaron Pancreu, Isma Torres y Juanmi Morales. No ostante, la gran sorpresa fue Reynés. “Era un crack, como suena. Fantástico, uno de los jugadores de los que más he aprendido. En pretemporada me dijo que hasta octubre y en los últimos meses de la campaña, solo podría entrenar una vez, de día. Siendo semi profesional, tenía que trabajar en el aeropuerto. Un jugador flipante que no era conocido, con mentalidad competitiva. Me lo acabé llevando a todas partes conmigo”.

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Antes, en marzo de 2001, un par de meses en un Ourense que agonizaba en ACB, sustituyendo a Valdeolmillos. El tiempo les haría reencontrarse en Vitoria como tándem. En tierras gallegas, con el club último, Martínez rascó tres victorias en nueve partidos en un equipo con una dinámica parecida a la del CB Granada, con una plantilla que jamás dejó de cerrarse. Bragg, Gabriel, Bueno, Galilea, Sony Vázquez, Héctor García o Herb Jones lo intentaron sin éxito. El descenso resultó inevitable. “Perdimos un choque clave en la pista del Cantabria en la prórroga y eso nos condenó. Mi etapa allí fue un visto y no visto”.

Más se ilusiona, aunque nuevamente fuera en LEB, alejado de todos los focos, a la hora de hablar de su año en Tenerife, cumpliendo su palabra con Reynés. “Le pregunté que si daba el paso para ser profesional de verdad. Sorprendentemente, se vino conmigo”. Junto al base, había jugadores de la talla de Sitapha Savané, Gaby Ruiz, Isma Torres, Francesc Sabaté o Larry Lewis. “Larry es otro de los que me marcaron. Me lo ofreció su agente, diciéndome que llevaba 5 años en Japón y que quería probarse en ligas mejores. Por normativa no jugaba mucho allí, aunque vi vídeos y dominaba. Cuando le vimos en un torneo en Chile se nos quitó cualquier duda. Habíamos acertado. Era una auténtica maravilla”.

Nuevamente subcampeón copero. Una vez más acariciando el ascenso, a pesar de denunciar las promesas incumplidas y el impago de tres meses a un par de días de arrancar el Playoff. Pura profesionalidad, eliminando en el quinto encuentro al León. Y otra serie agónica resuelta en el 5º encuentro frente a su ex manresano, liderado por Oliver, Laviña, Peñarroya y Stacey. El 82-76 final desató la fiesta en el Nou Congost, en un final demasiado cruel para un equipo que lo había hecho tan bien con tantas piedras en el camino. Para colmo, salió por la puerta de atrás del club. Según su presidente, por sus “protestas inadmisibles”. Ni siquiera eso empaña lo vivido. “El año, muy bueno. Una pena no conseguir el ascenso, nos lo merecimos, aunque hay que reconocer que ellos también tenían un equipazo y contaron con el factor pista. A nivel deportivo, como temporada, estuvo todo muy bien”. Irónicamente, su etapa tinerfeña resultó ser la llave para poder abrir la puerta de la ACB de la mano del vecino canario. La cerradura ya nunca se le volvería a resistir.

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Ida y vuelta al amarillo

El Auna Gran Canaria puso en sus manos su proyecto 2002-03, que estrenó incorporando a Larry Lewis. Aquella plantilla en la que jugaban Gonzalo Martínez, Jason Klein, Bud Eley, Salva Camps, Jim Moran, Roberto Guerra, Ricardo Guillén, Alexis Montas y Jay Larrañaga estaba a punto de convertirse en una de las sensaciones de la temporada. Revelación y revolución. Soplo de aire fresco. El CID como “Pío-pío Palace”, que decía Moran. El mejor juego de la liga, en palabras de Edu Torres. La mejor temporada hasta el momento en la historia del club (21-13, igualando la 5º plaza del 94), el primer billete copero y su nombre sonando como reemplazo de Maljkovic en Málaga. Se quedó. Y firmó otra gran campaña en la 2003-04, con Reynés nuevamente en su vestuario. Se empeoró algo el balance (17-17, 7º), pero se dio más guerra en Playoff, con Fran Vázquez explotando de su mano en cuartos contra el Barça (1-3) y el equipo ganándose el corazón de su público “Subjetivamente, jugamos mejor que ellos”, afirmó en su derrota para cerrar una temporada que su propio presidente definió como “exquisita”.

En su tercer curso, el Auna Gran Canaria volvió a estar entre los 8 mejores (8º, con 19-15), con Sonseca siguiendo el ejemplo de Vázquez y rozando el 5º partido contra el Baskonia en Playoff. McDonald falló aquel triple, mas la gente obligó a salir de vestuarios a sus héroes para brindarles una ovación por la temporada en la despedida de Pedro. Sería un hasta luego. “Todo lo que pueda decir de ellos es positivo. La primera etapa, excelente. Había jugadores con continuidad, el club seleccionaba muy bien sus extranjeros, menos conocidos, que dieron un extra respecto a lo que habían hecho antes. Nos salió bien la apuesta de jóvenes como Guerra, Vázquez y Sonseca. Fue especial. Hicimos campañas fantásticas, que disfruté enormemente como entrenador”.

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Una vez más en el candelero, esta vez sí se dejó seducir por los cantos de sirena de uno de los grandes de la ACB, un TAU Cerámica que le ponía al frente para sustituir a un mito, Dusko Ivanovic, aún desconsolado por el minuto imposible del Real Madrid y el puñal del triple de Herreros. “Quiero ser fiel a mis ideas”, exclamó en su presentación. Pese a bajas del peso de Calderón y Macijauskas, el catalán comenzó ganando la Supercopa en Granada. Empero, algo no funcionaba. El 27 de noviembre, con 6-3 en competición liguera, 3-1 en Euroliga y un título en el bolsillo, fue destituido. Hoy, en pleno 2017, meses incluso antes de confirmarse su llegada al Baskonia y sin estar condicionado por ello, era capaz de explicarlo con franqueza y absoluta naturalidad: “Entiendo que desde fuera cueste entenderlo, pero desde dentro es más sencillo. No todo son resultados si no estábamos a gusto. Al principio no llevé bien el cambio a un club más ambicioso y aunque no empezamos mal con la Supercopa, desde pretemporada las sensaciones no fueron positivas. Venían de Dusko y estaba acostumbrado a una filosofía de trabajo y esfuerzo muy meritoria. Parecía que se tenía que seguir haciendo de esa manera y lo intenté. Quizá fui demasiado exigente en cuanto a horas de trabajo, variando lo que había hecho previamente con tal de adaptarme a un modelo que había tenido éxito allí. Al final, ninguna parte estuvo cómoda con lo realizado, perdimos la confianza y acabamos mal”.

Mes y medio después, el teléfono volvió a sonar. El Estudiantes apostaba por sus servicios, tras el cese de Orenga, en mitad de una situación complicada que Martínez arregló en cuestión de semanas. De ser 13º, con 6-9, a meterse en Playoff (17-17), cediendo en cuartos contra Unicaja. Jiménez haciendo de Jiménez, Azofra, Jasen e Iturbe recuperando sensaciones, McDonald convirtiéndose en uno de los americanos más importantes de la Liga y los jóvenes Suárez y Rodríguez confirmando que eran más presente que futuro. Con él fue más sencillo. Con todos ingredientes, después de un feliz verano, nunca hubiera imaginado los meses amargos que le esperaban a continuación, sufriendo un palo de la vida, el fallecimiento de su padre, en noviembre y un palo de su profesión, perder su puesto de trabajo, en febrero.

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Dos temporadas a medias, la cara y la cruz, el cielo y el infierno. Una etapa de contrastes. “Tras esa clasificación para el Playoff, con el Chacho sensacional contra Unicaja, mucho cambió. Sergio quiso irse a la NBA, algo que me sorprendió, ya que pensaba que aún no estaba preparado y que le venía bien seguir en el club y acabar de formarse. Jiménez quiso irse al Real Madrid y se quedó a disgusto, aunque era muy bueno. Suárez se lesionó en la rodilla, algo que le ha dado la lata muchos años. Y esa temporada fuimos de más a menos hasta que me echaron, entrando Mariano de Pablos”.

La montaña rusa seguía encendida, con el barcelonés disfrutando del camino, fuera en LEB o en ACB, con escuadras modestas o ambiciosas, expectante por ver cuál era el siguiente movimiento de fichas del destino. Este le llevó a Girona, que puso en sus manos al potente Akasvayu con la presión de reemplazar a un “tal” Pesic. Estuvo a la altura del reto, algo que pocos podrían lograr precedidos de ese nombre. Con Pedro Martínez, el Akasvayu dio la cara siempre, consiguiendo 21 victorias (7º, a una del 4º), entrando en Copa, deslumbrando en el viejo continente y siendo el marco perfecto para la explosión de Marc Gasol, absolutamente descomunal. Europa fue testigo de numerosas alegrías de aquella plantilla formada por Arriel McDonald, Radenovic, Daniels, Montañez, Middleton, Cvetkovic, Sada y un San Emeterio que volvería a aparecer en su carrera, casi una década más tarde, para darle la más anhelada de sus alegrías.

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En la fase final de la ULEB Cup, en Turín, aquel Akasvayu se cargó en los cuartos al Unics Kazan y en semifinales a un Dynamo repleto de estrellas. La final, contra el vecino Joventut, otro ex que se cruzaba en su camino en un momento clave, mejor olvidarla, si bien el subcampeonato europeo solo pudo ser entonces -y ahora- un orgullo. El papel posterior en Playoff, idéntico el verdugo, con Marc marcándose 44 de valoración (25-10-8) para forzar el desempate en cuartos, le dejó con un sabor fantástico pese a la derrota definitiva y el enésimo palo inesperado: la desaparición del club. “Teníamos buen equipo, con Marc de estrella. Imborrable aquella victoria contra el Dynamo, con Pesic de entrenador. En la final, y durante todo el año más bien, nos encontramos a un Joventut tremendo, el de Aíto, Rudy y Ricky. Un drama jugar contra ellos, eran mejores y jugaban más intensos, aunque siempre intentamos competir. También tenía contrato y, de repente, la entidad no encuentra viabilidad económica y desaparece. Una pena porque estaba muy a gusto con la ciudad y el club, a pesar de que sin Marc hubiera bajado el nivel”.

En esa especie de camino de ida y vuelta que Martínez se trazó sin saberlo, entre el amarillo y el amarillo, al técnico aún le quedó una heroicidad más durante la ruta. Una que hoy relativiza, incluso minimiza, aunque a Sevilla le valió para seguir disfrutando del baloncesto en la élite. Sin él, y sin los Tucker, Rey o Caner-Medley, es cierto, probablemente Porzingis no hubiera explotado de manera tan salvaje con Aíto un lustro después. Del 1-10 cuando llegó en noviembre de 2008, con 2-14 a punto de finalizar la primera vuelta, a salvarse con varias semanas de adelanto, tras una segunda parte de la temporada formidable. “Tiene truco. La entidad tenía cierto potencial económico y contó con la opción de hacer cambios. Se acertó en todos los fichajes e hicimos un balance que nos hubiera metido en Copa si lo hubiéramos logrado de inicio, siendo de los mejores y salvándonos a 3 jornadas del final. Tomamos decisiones a la desesperada y con presión... y nos salió bien”. Tanto que unos siguieron respirando ACB y el otro cumplió su deseo de volver a la escuadra donde más pudo prolongar su éxito. Y donde más lo iba a prolongar de nuevo. Su carrera volvía a teñirse de amarillo.

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Los otros títulos

“Representaba para mí una oportunidad histórica de regresar a un club en el que estuve muy cómodo”, comentó el técnico en su presentación, allá por el verano de 2009, tras aceptar la propuesta de Himar Ojeda. Ahí estaba el eterno Savané. Tampoco faltaba Moran, acompañado por Norris, Kickert, Augustine, Bellas, Sanders o Will McDonald (¡otra vez juntos!). Y también un Jaycee Carroll dispuesto desde el primer día a hacerse un nombre en la competición y en Europa a base de exhibiciones de todos los colores.

Aquel año, con presencia en Playoff, fue recordado por quedarse a las puertas de la Final Four de Eurocup, cayendo contra el Panellinios de Devin Smith, Ostojic, Blakney y Papamakarios. Aún le duele al técnico, que no se quedó satisfecho en su momento con aquel curso y que hoy se lamenta con perspectiva. “Has pasado muy de puntillas por algún momento malo y te lo agradezco, pero esa eliminatoria contra los griegos fue un auténtico drama. Tenían buen equipo, sí, y habíamos perdido de 9 en la ida. En casa, íbamos 14 arriba a falta de 5 minutos, con un ambientazo en el CID y muy cerca de conseguirlo. Al final se nos fue y supuso para todos un disgusto tremendo”.

Ya en la 2010-11, con la llegada de Rey, Beirán, Green, Bramos, Nelson y CJ Wallace, el Granca continuó su consolidación en la élite, absolutamente ya asentado entre los mejores de la competición, con un CID infernal, al nivel de las canchas más complicadas de Europa, y un Carroll desatado, convertido en el mejor escolta de la competición. “Jaycee, en Italia, lo había hecho muy bien y con nosotros se salió. De esta etapa hubo jugadores que me marcaron, como la mentalidad de Bellas o la evolución de Spencer Nelson, que entró por la puerta de atrás, como reserva, y era maravilloso”. Billete copero in extremis sellado en Málaga -y sentencia para Aíto-, 11 triunfos en 12 partidos para olvidar las lesiones del inicio y otro 2-0 desfavorable en cuartos de final, con algo de runrún ya por ver si el conjunto era capaz de dar definitivamente un paso más al frente para pasar de la barrera de cuartos, que empezaba a tomar tintes de maldición. Eso sí, nadie cuestionaba su figura, su nombre seguía de moda -esta vez, los rumores apuntaban al Real Madrid, justo antes de la llegada de Laso- y la comunión con la plantilla era total, como se encargaba de explicar Jim Moran: “Pedro es una gran persona, amigo de los jugadores. Mi jefe dentro de la cancha”.

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Entre tanto halago, en mitad de un camino que solo subía hacia arriba, llegó una 2011-12 inesperada, rara, gris. Una especie de vuelta a los orígenes que aterrizó sin avisar y sin permiso. Una campaña en la que mirar hacia abajo, con el abismo acechando, como si hubiera hecho falta un curso sufriendo hasta certificar la permanencia (14º, con 13-21) para valorar lo complicado que fue no haber salido de zona Playoff en sus cinco temporadas anteriores. “Ese tercer año fue malo, no competimos. El único de todos los que pasé allí sin Playoff. Afortunadamente, todo cambió en la siguiente temporada”. Y es que en el siguiente curso, el ya denominado Herbalife Gran Canaria cambió para siempre, mandando precedentes a la hoguera. Hasta 2013, 16 eran las eliminatorias de cuartos de final disputadas por la entidad en competiciones ACB. 16 jugadas, 16 perdidas: 9 en Playoff y 7 en Copa del Rey. Hasta aquella victoria absolutamente catártica contra Bilbao Basket en Vitoria. “Me he quitado el peso de encima, tocamos techo como club”, aseguró el técnico en la rueda de prensa, convencido de que aquel 8 de febrero era un antes y un después en la trayectoria de la entidad.

Con Toolson haciendo de Carroll, y los Newley, Báez, Oliver y Tavares tomando el relevo como alma del combinado, la situación se repitió en Playoff, dando la campanada en cuartos contra el Baskonia para que el conjunto insular pisara por ver primera unas semifinales ligueras. “Es un momento histórico y estoy muy contento por tantísima gente que lleva años trabajando para el club”. Ni siquiera caer contra el Barça impidió que la ovación fuera atronadora cuando aquel curso llegó a su fin. Su epílogo, una 2013-14 en la que si bien no pudo repetir presencia entre los 4 mejores (y bien cerca quedó en Playoff contra Unicaja), sí pudo irse estableciendo el mejor balance liguero (22-12) de las 26 campañas del cuadro canario en Liga Endesa. Final abrupto, mas un sabor de boca difícilmente mejorable. “La segunda etapa resultó un cuento de hadas. El Granca es una organización que siempre consiguió las cosas muy poco a poco, con pasos firmes y no excepcionales, rompiendo barreras tras muchísimo esfuerzo, con naturalidad. Al principio el éxito era clasificarse para cuartos, jugar Europa o no bajar. Se fueron cubriendo etapas y ya se buscaba más. A veces te quedas con la miel en los labios, aunque el club perseveró y lo acabó consiguiendo en 2013. Para mí, un éxito increíble. Lo miras ahora y han seguido creciendo, con Aíto y Casimiro mejorando esos registros. Todo forma parte de un proceso”. El mismo que le llevó, justo dos décadas después de su último día como local en el Nou Congost, a su querida Manresa, en un proyecto antagónicamente opuesto a lo que se había acostumbrado.

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Poco dinero, carrusel de problemas físicos, la zona baja como hábitat natural. Cada partido, una final. Cada victoria, una celebración especial. Y un final de cuento de hadas, con Seeley, White y Grimau como héroes sin capa para vencer, en la última jornada, a un Real Madrid invicto en casa hasta ese momento. Aquella permanencia aún hoy la recuerda como un título. “Resultó un año terrible en el plano de dinámica de equipo, con muchas limitaciones económicas, cambios y lesiones. Sin embargo, puedo decir que es una de las mejores escuadras a las que pude entrenar por la mentalidad de los jugadores. Cuando en la actualidad me los encuentro, noto una conexión especial con ellos. En esa temporada le ganamos en la Jornada 28 al Unicaja, líder. Y el Real Madrid fue la guinda, con un poquito de carambola, ya que hay que reconocer que no se jugaba nada ese encuentro al ser primero matemáticamente. Hicimos lo que debíamos. Mi recuerdo de aquella campaña es fantástico gracias a un conjunto lleno de fe que siempre creyó en lo que estaba pasando”.

“Muchas gracias por todo. Por hoy, por el año... siempre en mi corazón”, les comentó emocionado en aquel vestuario el ya entrenador con más victorias en la historia del baloncesto manresano. No había un adiós más poético.



La soñada Liga Endesa

Como ya había descubierto a lo largo de su trayectoria, un pequeño paso atrás a veces resulta el más potente de los impulsos. El suyo, después de sudar hasta la última gota la permanencia en Manresa, le llevó a Valencia, donde la ambición pedía paso. “Es un honor entrenar a un club que tiene en su camiseta la palabra esfuerzo”, regaló como titular en su presentación, donde quiso echar la vista atrás: “Si miro atrás en mi carrera, no fui un jugador de elite, ni siquiera fui un gran entrenador. No creo que sea una persona con un gran talento para entrenar, pero a lo largo de mi trayectoria he intentado esforzarme desde la humildad y ambición, ayudando a que los equipos en los que he estado lo consigan”. Probablemente en ese momento, ni Valencia Basket ni Pedro Martínez, radiantes por su nuevo idilio, hubieran sido capaces de vislumbrar lo que se avecinaba.

Todo comenzó en la 2015-16. La temporada del récord, sí. La de llegar a diciembre con su combinado invicto, la del juego rozando la perfección, enamorando a Europa, poniendo La Fonteta en pie. La del 18-0 en Liga Endesa, primera vuelta perfecta. La del 12 de 12 en Eurocup. La de las 28 victorias consecutivas y los adjetivos grandilocuentes por el camino. La del bajón inesperado, del Limoges a la Copa, de la decepción de Eurocup a la honrosa caída en semis ligueras, con la canasta sobre la bocina de Vives como guinda a lo vivido. La base a lo que estaba a punto de llegar. La cosecha por recoger, los cimientos de la historia. Llegaba la 2016-17, la campaña más salvaje y feliz que jamás disfrutó Valencia que, irónicamente, hubiera pasado a la historia bajo el cliché de la derrota o el gafe en caso de no haber levantado el título en la Liga Endesa. Sus palabras, fruto de una entrevista realizada en mayo, cuando la Eurocup aún dolía, cuando la remontada del Unicaja en el tercer partido de la final aún se clavaba en el alma, denotaban una ambición melancólica, como cuando uno se queda solo creyendo en un sueño, como cuando uno cree sin necesidad de convencer al resto de que lo anhelado es posible.

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La gran imagen en Copa, dignísima su derrota tras una vibrante final, pesaba. Y el recuerdo europeo parecía condicionarlo todo ("¿Quién me ha robado el mes de abril?"), como cuando cerró la temporada regular cayendo contra UCAM Murcia, mientras empezaba a plantearse si su ciclo a la orilla del Turia había llegado a su fin. Y, sin embargo, esa pequeña esperanza de que todo cambiara. Esa pequeña chispa para incendiarlo todo. “Asumo que falta un título, ya me hubiera gustado, pero hay que vivir sin esa obsesión. Hay motivos para lamentarse, aunque a mí personalmente no me ayuda”, confesaba. “Ojalá hubiéramos ganado una de esas dos finales. Así es la competición, así es el camino. Hay que pensar que a veces dar el máximo no es suficiente. No queda otra que perseverar y lamentarse lo justo. Mi gran reto es que todos, empezando por mí, nos levantemos tras un golpe tan duro. Pese a que es fácil que nos afecte en el juego o en el día a día, hay que ser positivos”, relató, admitiendo que mandó más de un mensaje de Whatsapp esos días a sus jugadores para levantarles el ánimo. Su mensaje caló. Su equipo cambió. Su carrera creció. Su vida se llenó aún más.

Resultó un Playoff de ensueño, un cuento, una fábula escrita por el mejor escritor valenciano, una instantánea disparada por el más talentoso de sus fotógrafos, un lienzo dibujado por todo un club, por toda una ciudad. Maldiciones que volaron, precedentes al limbo. Barça Lassa y Baskonia, de verdugos a víctimas. Y el factor cancha recuperado en Madrid, confesando abiertamente lo innegable a dos pasos de la gloria: “Debemos prepararnos bien, ser humildes y tener los pies en la tierra. El sueño es ganar la Liga Endesa”. El tercer partido de la final también fue taronja. 1-2 y un día, el 16 de junio de 2017, vistiéndose de gala para la más importante de sus citas. El tiempo se paró aquel día, en la que quizá fue la mejor primera parte que un aficionado taronja pudo ver de su conjunto jamás. De Dubljevic a San Emeterio, de Oriola a Sastre, pasando por Diot, Sikma, Sato, Thomas, Vives, Van Rossom o el corazón de Rafa Martínez. Los nombres de una gesta.

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El Real Madrid hincó la rodilla, el Valencia Basket era campeón, entre lágrimas y abrazos, entre la incredulidad y la inexperiencia del que no sabe cómo actuar cuando acaba de entrar en los libros. Para siempre, en vida y muerte. Para siempre campeón de Liga Endesa. “En cuanto a trofeos, no había ganado nada o muy poco”. (Una Korac, 28 años antes, y la Supercopa Endesa de 2005). “Sin embargo, cuando consigues algo tan grande y que te ha costado tanto, eres más feliz. Me acuerdo de mi familia y de la gente que me ha ayudado. Lo que estoy más orgulloso es que hemos sido muy fieles a unos valores, de trabajar muy duro en equipo con un punto de exigencia que no todo el mundo lleva bien. Posiblemente, sin esa Eurocup perdida, no hubiéramos ganado esta Liga. Aquello nos endureció, sacando una lección muy buena: nunca hay que rendirse. Tres finales para un club como Valencia era un éxito. Haber sido subcampeones era fantástico, ganar es legendario, la leche. Es la mejor temporada en la historia de la entidad y un éxito para toda la vida”.

Quizá, como en Gran Canaria, como en otros momentos de su carrera, su despedida tuvo un punto amargo, aún con resaca liguera y con el ‘¡Pedro quédate!’ retumbando, cuando se confirmó su no continuidad y la llegada de Txus Vidorreta. Lo conseguido en la pista pesaba mucho más: “Hace meses percibí pérdida de confianza y se lo trasmití a Chechu Mulero. No era una decisión, sino la sensación de que se terminaba un ciclo. En los últimos días, trasmití que por el equipo y el éxito, me lo podía replantear. Sin embargo, me dijeron que ya no había marcha atrás”, aseguró en su adiós un entrenador, el mejor para la AEEB en la 2016-17, que ya será siempre leyenda en Valencia. Un Pedro Martínez que no quiso irse a Rusia en verano y que ahora vuelve al foco mediático tras su fichaje por el Baskonia, cuatro meses y medio después del día más feliz de su carrera. “Reiniciando”, que dijo en Twitter.

Como en la Penya, Ourense, Estudiantes o Sevilla, asumiendo las riendas con la película ya empezada, sin pretemporada y con la plantilla ya hecha, mas convencido de que la gris dinámica baskonista de inicio puede mutar a colores más agradables: “Hay que mejorar en defensa, en circulación de balón y contraataque. Es un orgullo volver a un club excelente, con altas expectativas deportivas. Sé lo que tengo que hacer”. Y tiene argumentos para que le crean.

Foto Baskonia


Una canción de Sabina

A finales de abril, mes y medio antes del final feliz de su idilio taronja, Pedro Martínez conseguía su triunfo número 400 en Liga Endesa, donde cumplirá 800 partidos en diciembre (J11). Solo Aíto suma más. Palabras mayores. Números fuera de órbita. “Cuando empecé, en el 90, no pensaba que iba a estar tantos años como técnico. Honestamente, pensé que sería cuestión de poco tiempo, no vislumbré una carrera así. Ahora, 27 años después, te diría lo mismo: no creo que vaya a estar mucho tiempo, prefiero estar centrado en el presente y lo que tenga que venir, vendrá. No imaginé llegar a 800 partidos, conocer lugares en los que estuve, entrenar a jugadores que he tenido. Con una carrera relativamente larga, voy con esa idea: el último capítulo puede ser el año que viene o dentro de tres o cinco años”.

“Entreno porque me gusta el baloncesto. Si no fuera entrenador profesional, sería entrenador no profesional. Si no fuera entrenador no profesional, sería aficionado. Y vería los partidos por la tele”, afirmó en el libro ”El basket según Pedro Martínez”, de Julián Felipo, mucho antes de llegar hasta lo más alto en el deporte por el que se dejó atrapar. ¿Para qué mirar atrás? “¿Qué le diría al Pedro de 28 añitos? No soy muy de mirar al pasado. Soy bastante crítico conmigo mismo respecto a lo que he hecho. Si hablara con él le trasmitiría algo positivo: siempre he sentido pasión. Con 28 la tenía, con evidentes limitaciones y carencias. Esa ilusión por ser lo mejor posible y no conformarme la mantuve y me permitió tener una carrera larga. Si crees que lo tienes todo hecho en esta profesión, la competición te come y te pasa por encima”.

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Palabra de un entrenador que hace meses, antes de vestirse de campeón, afirmaba en un reportaje de Clubbers que en el baloncesto, como en la vida, no todo es ganar. “Los que no hemos ganado títulos nos conformamos con la sensación de mejorar jugadores y clubes. Me encantaría poder decir que los he ganado. Igual no puede ser nunca, aunque prefiero pensar que sí, me gusta tener esa ilusión”. Sin ese 16 de junio, el camino también hubiera sido bello. La Penya conquistando la Euroliga tras su Korac, el TDK Manresa haciendo historia después de cambiar el chip con Pedro al mando. Menorca y Tenerife ascendiendo tras su paso, el Granca de pequeño a grande tras su mérito de asentarle en la élite. La explosión de Vázquez, Sonseca, Marc, Rey u Oriola. Un pequeño legado y mucho cariño en cada regreso a las que fueron sus casas. “Cuando estoy en un lugar, lo que más me ha llegado es que, al irme, las cosas hayan ido bien, haber ayudado a eso. No hay que quitar mérito al que viene y gana, claro, si bien creo en las trayectorias, proyectos y trabajo de equipo. Uno llega a un sitio hasta donde puede y otros aprovechan ese trabajo más tarde, como yo me aproveché de la buena labor previa en otras ocasiones. Cuando he estado más tiempo en una parte, como Manresa o Gran Canaria, me da la sensación de que ayudé a que la entidad mejorara. El que no gana un título se conforma con eso, con sensaciones menos palpables, con irte con la conciencia tranquila, agarrándote a las sensaciones”. A los títulos que llenan el alma, le sumó uno de esos trofeos que llenan cualquier vitrina.

Pedro se suelta en la entrevista, pese a que siempre reconoció no estar demasiado cómodo en ellas, y se abre del todo al confesar que no hay forma de entender su vida sino es con filtro naranja. Sin una pelota botando, sin un partido en la tele. “No te creas que desconecto mucho. Una forma de hacerlo es ver partidos de alguna competición en la que no estoy. Me gusta hacerlo y evadirme de mi día a día”. Todo carisma y personalidad en Twiter, a pesar de estar menos activo que antaño –“Hay ideas que me preocupan y comento, sin ser yo ejemplo de nada, pero... ¿qué necesidad tengo de leer barbaridades de gente que no conozco?”-, su romance baloncestístico no le abandonó ni en estos meses de inactividad: charlas, apuntes, sesiones y hasta análisis del Eurobasket publicados en El País.

Con tantas horas oliendo el parqué, con tantas caras por el camino, algunos le dejaron huella. Y él no olvida. “Hay vínculos con los ex que luego sigue existiendo, lo he tenido con bastantes jugadores o entrenadores. A veces se pierde el contacto del día a día, aunque el vínculo es para siempre y, al reencontrarnos, se retoma”. Es su otra familia. La suya propia, cuánta emoción en aquellos días de abril y junio, qué emociones más opuestas, supo estar ahí para el primer abrazo de consuelo o de pura felicidad. Es el pilar de su vida. “Lo que más me gusta es estar con ellos”. Y si está solo, no le faltarán ideas para entretenerse. “Soy muy de Juego de Tronos, de Homeland, veo bastantes series”.

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Enamorado de la lectura y de la pluma de Carles Capdevila, el Pedro Martínez serio en rueda de prensa es un tipo de lo más cercano que se prepara su licencia para llevar barcos pequeños o que da clases de inglés si se queda sin trabajo. Un hombre que se ríe, como suplicando que no le llame raro -¿por qué rechazar tal elogio?- cuando confiesa lo que suena en sus auriculares cuando sale a correr: “Algunos se echarán las manos a la cabeza y quizá no les parezca la mejor compañía para correr pero... es que soy muy de Joaquín Sabina. Me encanta ir a sus conciertos, le admiro mucho. Y cada día me lo pongo”.

Y es que su vida, su carrera, bien podría ser una canción de Sabina. Un guiño a la cancha, a la pelota, a su misma trayectoria. ”De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera. Por ti la vida entera”. Este viaje que ya dura en la élite la mitad de su vida, quién sabe cuántos años más, como inspiración para el viejo poeta que escribió el guion. Burlón argumento aquel que le hizo estrenarse con trofeo y hacerle esperar 27 primaveras para volver a sentirse campeón. Orgulloso de sus raíces, su guerrero Salamanca, sus batallas en LEB, su viejo CID teñido de amarillo, su salvación de Manresa. Una carrera repleta de triunfos morales, de victorias que llenaban el alma y no la sala de trofeos. Una contradicción que desde junio es paradoja. Ganador pues hasta su epílogo. Una canción larga sin estribillo, una melodía que en Vitoria volverá a sonar. Y sin embargo... Pedro Martínez.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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