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Marcos Carbonell, héroe por un día
Imagine que es usted un junior del Real Madrid de los ochenta, que no ha debutado con el primer equipo' Imagine que una plaga de lesiones provocan su inclusión en la convocatoria de una final liguera contra el Barça' Imagine que los jugadores de su puesto se van cargando de faltas y le ponen a calentar' Imagine que sale a falta de dos minutos para la conclusión del partido, con el marcador igualado' ¡Y lo decide! Pues eso le sucedió a Marcos Carbonell


Marcos Carbonell jugó a un nivel extraordinario en los pocos minutos que estuvo en cancha

«Carbonell salió porque no había nadie más y aunque me llamen cobarde, yo no saco a un junior para que cargue con toda la responsabilidad y luego le pueda pesar toda su vida» (Lolo Sainz). «Ha sido un jabato» (Ramón Mendoza). «Cuando el entrenador me dijo que saliera, lo único que pensé fue en hacerlo lo mejor posible. Soy rápido y aproveché esa cualidad para salir de la presión. El Barcelona pensó que me escondería: Epi estaba encima de Itu y Solozábal me presionaba a mí, pero no excesivamente. Esperaban mi pase para robar el balón. (...) Después del partido, Robinson me dio dos besos que casi me aplasta la cara. (...) Todos me invitaban a refrescos y a comer» (Marcos Carbonell). Frases como éstas se podían leer en los periódicos de la época, a mediados de 1986, cuando se celebraba la tercera final ACB de la historia.

Pero vayamos por partes. Porque para llegar hasta aquí este vigués, que comenzó a jugar al baloncesto a los 12 años en los Maristas, tuvo que dejar de practicar sus otros cuatro deportes: balonmano, voleibol, atletismo y fútbol. ¿Por qué el basket, entonces? «Simplemente, porque lo hacía mi hermano Fernando, que era mi ídolo. Mi única obsesión consistía en ser como él». Y no lo consiguió, pues era mejor. De lo contrario, un tal Vicente Rodríguez (sí, sí, el actual seleccionador femenino) no se hubiera acercado a él para entrenarle, enseñarle y conducirle, posteriormente, hasta el subcampeonato de España infantil, por delante de equipos como Real Madrid, Barcelona, Estudiantes' «Cholas es como un segundo padre para mí».

Claro que pronto se tendría que despedir de él. A los 14 años los de Concha Espina le citaban para una prueba. «Siendo cadete, me pusieron a entrenar con juveniles y juniors. Yo hasta entonces nunca la había metido para abajo. Y allí lo hice por primera vez, ¡y a dos manos!». Quizá eso terminara de convencer a Clifford: «Bueno, chaval, si te llama el Barcelona o cualquier otro equipo, diles que no. Te vienes con nosotros». Y en efecto: cuando los blaugranas entraron en comunicación con su padre, era demasiado tarde.

Campeón de España Juvenil (con Raimundo Gorgojo al mando), subcampeón de España Junior (perdieron la final por un solo punto), internacional de la categoría (Antúnez era el segundo base y Laso el tercero del combinado que cayó por un único punto en los cuartos de final del Torneo de Mannheim ante Estados Unidos)' La carrera de este aficionado al senderismo tomaba una velocidad tan vertiginosa que tan sólo un grave accidente de tráfico en 1984 pudo truncarla. O detenerla. Aquello no tuvo mucha publicidad en aquellas fechas porque, amén de que el club tratara de ocultarlo, su mejor amigo se quedó parapléjico y a él se le desplazaba la undécima dorsal, lesión que le mantuvo paralizado ocho largos meses y, lo que es peor, «me impidió volver a ser el mismo, sobre todo físicamente».

Sin embargo, no fueron pocas, bien es cierto, las virtudes de este prodigioso atleta. «Yo creo que mi mayor virtud consistía en que siempre o casi siempre era capaz de darle la bola al mejor. No sé como lo hacía, mas me las apañaba. Es más, incluso un día me vino el padre de un compañero del equipo junior pidiéndome que le pasara más a su hijo, que ya sabía que no era de los mejores, pero que si no, apenas mejoraría».

Y es que no se ha de calificar de sencilla la vida de un adolescente forastero en el Real Madrid. «Entonces no lo cuentas porque estás en el Real Madrid y por tus padres, pero lo cierto es que había cosas que no funcionaban, por ejemplo las pensiones que nos buscaron. Luego sí, el colegio, los entrenadores o el cuerpo médico estaban mejor, mucho mejor, pero aun así la cosa no resulta fácil para alguien que viene de fuera. Por eso entiendo a los padres que se trasladan con sus hijos. No se imaginan cuánto les ayuda eso. Mira a Gasol: no creo que hubiese llegado donde está de haber viajado solo a Memphis. En serio te lo digo. O a Santos, el único no madrileño que triunfó de verdad, que vivía con su tío. Luego está la exigencia del propio club. Ahora no es así, que quedan décimos y el entrenador todavía anda exculpándose como puede y preguntándose quiénes son los responsables de lo sucedido, pero entonces acabar segundos era un desastre. Para el primer equipo y para las categorías inferiores. Aquí se hacía un mal año y todo el mundo iba a la calle. Yo fui el primero que aguantó seis temporadas seguidas en la cantera».

Así, bajo estas circunstancias, se afrontaba la final de Liga del 86. Madrid - Barça al mejor de tres partidos, primero y tercero en el viejo Pabellón de la Ciudad Deportiva, con Corbalán, Del Corral y Antonio Martín de baja por lesión y Chechu Biriukov eliminado en el minuto 27 (61-54). Vamos, que los únicos exteriores que quedaban en liza se llamaban Iturriaga y Townes (Romay, Fernando Martín, Robinson y Rullán completan la formación). Total, que también eliminan a Linton, con tres minutos por disputarse y los blancos uno abajo. Seguidamente, toma la palabra Marcos:

«Yo ya llevaba ocho minutos calentando. Estábamos tres juniors y Lolo me eligió a mí. ¿¡Marcos, sales!'. 'Que si quería hacerlo? Hombre, yo no lo dejé todo para venirme hasta Madrid a no hacer nada. Llevaba la tira de años currándomelo y aún no había debutado. Por supuesto que quería. Hay quien se pregunta cómo es posible que no hubiese disputado un solo minuto hasta entonces. Me preguntan si el problema era Corbalán; y no: el problema era Lolo. El tío quería ganar siempre, hasta en los 'bolos' amistosos, por eso no nos sacaba. Solía decir 'a quien paga, un respeto'. Pero yo no le critico. Teníais que ver cómo llevaba el equipo. No es nada fácil dirigir a un grupo así, aunque desde fuera parezca todo lo contrario. Culto, honesto, con un control emocional alto, no entiendo cómo podía haber quien le criticara. Pues eso, que salí y me tocó emparejarme con Solozábal [1 de 7 en triples aquella tarde], al que había estudiado bien. Como sabía que ellos pensarían que me cortaría, agarre el balón y decidí no soltarlo hasta poder dárselo al mejor, es decir, Fernando Martín. Facil, 'no? Así lo hice un par de veces [aunque en la planilla oficial sólo le ponen una asistencia] y ganamos el partido (83-80). Lo siguiente que recuerdo es una nube de periodistas encima de mí y al resto de compañeros riéndose por ello».

Unos días después, el conjunto merengue certificaba su título en el Palau (86-88, con 26 puntos de FM), ya solamente con los siete magníficos sanos. «Lo peor de todo es que no pude ir a la celebración porque estaba de exámenes. A ver, había que sacar el COU y la Selectividad [más tarde llegaría el FP II de Informática, la Diplomatura de Empresariales y, actualmente, la Licenciatura, que pretende compaginar con la carrera de Psicología. Por algo este treintañero es ahora Responsable del Área de Ciencia y Tecnología del Grupo P&A, una importante consultora que asesora a empresas como Citröen, Pescanova, Phillips, Flex o Aena]. No obstante, aprobé y, además, me dieron una reproducción de la copa. Había empezado a ganarme el respeto de aquellos fenómenos».

Que esa era otra de las grandes batallas. «El nivel de exigencia que se imponían para cada entrenamiento y cada partido sólo se puede calificar de bárbaro. La gran presión no era la que venía de fuera; era la suya». No se nos olviden, claro está, las bromitas de rigor («la peor era cuando había que saltar al pabellón, abarrotado como siempre, correr hasta el centro de la cancha y saludar. Lo típico era ordenarle al nuevo que se pusiera el primero y justo al salir, todo el mundo se quedaba en el túnel, menos el pardillo de turno, que hacía el paseíllo y, posteriormente, se le caía la cara de vergüenza. Por suerte yo no pique, pero otro compañero sí y el papelón fue de traca».

Pasemos, a continuación, a los nombres propios: «Del Corral era increíble: no he visto a nadie con una capacidad humana y de trabajo semejantes. En los viajes se quedaba hasta las tantas con sus libros de medicina. Además, hacía guardias nocturnas y luego entrenaba y rendía como el que más, sin haber dormido apenas. A Romay también le quiero mucho, aunque fuera de La Coruña. Está claro que nadie es perfecto. Otro superclase era Fernando Martín, un icono de pundonor y valentía. Yo siempre digo que a él no había que pasarle el balón; con dejárselo cerca bastaba: lo cogía y lo metía, punto. Ganador. Luchador. Fajador. Una vez, durante un partidillo de entrenamiento en el que íbamos de rivales, le robé la bola con un pequeño manotazo y él, cuando salía en contraataque, me agarró de los pelos. Yo me puse hecho una furia, dándome la vuelta y gritando ¿¡te voy a matar!'. Entonces él se echó a reír, con todos detrás: 'Bien, gallego, eres valiente. El chico tiene carácter'. Pero, un momento, que me dejo al número uno de cuantos he visto: Mirza Delibasic. Con diferencia. Yo era juvenil cuando él pasó por el club y siempre me quedaba a verlo entrenar. Aquello era impresionante. Iba de lección en lección. En cierta ocasión, agarró un rebote defensivo de espaldas al centro de la cancha, por donde ya corría Brabender, al que le dio un pase de espaldas, sin mirar, que cayó justo en sus manos. 'Cómo era posible? 'Cómo sabía por dónde pasaba? Si no le había visto... Llegué a pensar que era cosa de magia. Con decirte que hasta le dio algún balonazo en el pecho a Ferrnando Martín, que las pillaba todas. '¡Ayyy! Hay que despertar, Fernandito', le decía con la sonrisa siempre dispuesta».

En lo que a técnicos se refiere, se queda con el citado Sainz y su amigo Ricardo Hevia («de la escuela de Lolo, así que nunca puede ser un fraude, pero no tiene ni su cultura ni su control emocional»), sin duda el perfil clásico de entrenador que deja hacer. «Es que yo no he abandonado mi casa, a mi familia, a mis amigos, para que llegue un tío y me diga que lo único que tengo que hacer es defender y defender. El buen entrenador es aquel que respeta el talento de los jugadores. Por ahí empezó el declive del baloncesto, por la aparición de tíos que, como no sabían, cogían a diez gregarios y los ponían a defender como mulas. En la NBA nunca pasaría eso porque allí lo tienen bien montado de verdad y saben cuál es el producto que manejan».

Tras levantar aquel título, el único en su trayectoria, regresó con los juniors. Más aventuras, por tanto: «Una vez, regresé un domingo de madrugada de un viaje con el primer equipo y a la mañana siguiente jugaba con los míos. Como es lógico, me dormí un poco y salí hacia la Ciudad Deportiva algo apurado. En aquel tiempo había controles antiterroristas cada dos por tres y a mí ese día me tocó uno. Y era el partido o el control. Tenía que decidir, así que no paré. Y encima mi coche era de Pontevedra: más sospechoso. Así que me empezó a perseguir la Guardia Civil, hasta que me detuvo un agente a punta de metralleta. Por allí no tardó en aparecer un inspector vestido de gabardina para avasallarme a preguntas, en plena calle y vestido el menda con el chándal del Madrid. Después de las pertinentes explicaciones, exámenes de la documentación y un registro exhaustivo del vehículo, el tío me mira fijamente y me dice: 'Coño, si a mí tu cara me suena. Hombre, ¡Cargoooool!'. Y eso que me había mirado la documentación. 'Sí, soy yo', le contesté. Me deseó suerte y me permitió marchar».

Como ésta, le pudo contar un montón a sus futuros compañeros del Breogán («digamos que no fue una buena experiencia, aunque guardo excelentes recuerdos de la afición y de la comida, porque la gente del club demostraba día tras día una falta de profesionalidad tremenda. Uno estaba a su bar, el otro a su inmobiliaria, mientras en el vestuario se armaban unos follones terribles, con graves faltas de disciplina y todo. Además, la espalda me hacía pasarlo cada vez peor y decidí dejarlo, al menos profesionalmente. Tenía 22 años») y Frigolouro Porriño («de Segunda División, opté por jugar allí mientras terminaba mis estudios para cumplir el sueño de compartir equipo con mi hermano»), las últimas estaciones deportivas de un tipo sencillo que ayudó a escribir la historia de una de las sociedades más laureadas del mundo, aunque sus rectores no osaran invitarle al Centenario.

«No lo escondo, ni lo niego: salí del Real Madrid porque no era lo suficientemente bueno para jugar allí. Pero de algo estoy orgulloso: hice lo que pude». Es Marcos Carbonell, héroe por un día, crack para siempre.

Mateovic
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