Crónica

La tradición se llama Doncic (59-77)
El Real Madrid lo ha vuelto a hacer. Un 0-14 clave y un 59-77 para pasar a la final, para sumar sus últimos 14 partidos coperos por victorias y para encumbrar aún más a un Doncic capaz de ser el máximo anotador (17), reboteador (7), asistente (5), recuperador (4) y hasta el mejor valorado (28) del finalista

Redacción, 17 Feb. 2018.- Luka Doncic despertó, vio al Real Madrid en apuros, lo cogió en sus manos y lo depositó en la final. Con Carroll, Fernández y Thompkins como escuderos, la joven perla eslovena tuvo otro de esos días, uno de los más redondos con la camiseta blanca, liderando a su equipo en puntos, rebotes, asistencias (¡5 él y 0 el resto del equipo!), recuperaciones y valoración.

El Real Madrid superó por 18 puntos (59-77) a un Iberostar Tenerife que se atrevió a tutear al campeón durante 28 minutos (49-50) hasta que un parcial de 0-14 le despertó de su sueño. 14 victorias consecutivas en 5 años, 5 finales seguidas. Y un quinto título como anhelo. Con Doncic... ¿cómo no pretenderlo?

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Del corazón al aro

Cuenta la RAE que, en baloncesto, un mate consiste en introducir el balón en la canasta impulsándolo con fuerza hacia abajo, con una o dos manos. Y no, la academia no miente, mas la definición se queda incompleta. En una Copa, cuando la historia está a la vuelta de la esquina, los mates se hacen con el corazón. Desde que Abromaitis abrió la veda, en el primer balón que llegó a sus manos, no hubo ningún mate del Iberostar Tenerife sin alma en uno de los partidos más importantes de su historia.

El Real Madrid, de inicio con Causeur y a continuación con Tavares, parecía sentirse cómodo en el intercambio de golpes (6-7, m.4), si bien pronto retrocedió un paso, como si no se esperase algo que advertía Laso desde la previa. Es imposible, absolutamente imposible, que una semifinal suponga lo mismo para aquel que la pisa por primera vez que para el que lleva 4 Copas del Rey conquistadas de forma consecutiva. Y no hay mayor expresión de ilusión y ganas en una pista que colgarse del aro con rabia, celebrar con euforia, intentar que cada enceste valga mucho más de dos puntos. Cómo lo sabía Tobey, con un alquiler en las alturas de larga permanencia.

El cuadro aurinegro, parece mentira decirlo contra todo un Real Madrid, se sentía superior en la pintura, anotando sus primeras seis canastas bajo el aro. Para colmo, San Miguel, con un triple y Tobey, merced a un lanzamiento de seis metros y medio, firmaban un 5-0 para abrir la primera brecha seria (17-9, m.8) del encuentro. Fiesta en la grada lagunera. El "Sí se puede" sonando, Vasileiadis celebrando una recuperación como una canasta ganadora sobre la bocina. Tavares náufrago en ambas zonas (9 de valoración para Walter... y -1 para el resto de sus compañeros en el primer acto, en su 2º peor marca anotadora histórica en un arranque copero) y el propio Tobey cerrando el primer periodo como su equipo lo empezó. Con mate. Con alma. Con corazón.

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Una promesa cumplida

"No venimos de vacaciones. Nuestro objetivo es disputar el título mañana", juraba y perjuraba Javier Beirán horas antes del primer balón. Solo diez minutos bastaron para que el Real Madrid se tomara en serio la partida de póker. No, no era farol los tres tiros libres de White. Ni la irrupción de Fran Vázquez para responder los triples de Rudy Fernández y Luka Doncic.

El pívot gallego está de dulce en Copa. A las puertas de sus 35, Fran vivió en esta Copa una especie de regresión, aroma vintage, toque retro, de esos días de Zaragoza en los que media NBA enviaba scouts para verle. De no llegar a la decena en los últimos doce partidos ligueros a pasar de la docena en cada cita de este torneo. Ese tiro en suspensión lejano, herencia de los días en los que Scariolo quería convertirle en el mejor 4 de Europa. Esa facilidad debajo del aro (¡10 puntos en 8 minutos!), legado del pívot callado que fue número 11 del draft. Por momentos, el choque estaba en sus manos.

Con 30-23 en el ecuador del segundo acto, el actual campeón por fin reaccionó. Lo hizo desde la defensa, como realmente se cambian partidos. Con Doncic dando un paso al frente, qué sorpresa. Y con Jaycee echándose el equipo a su espalda. Una canasta de dos, un coast-to-coast, un triple. 7 puntos seguidos. Un partido nuevo. 'Boom, Boom, Carroll'. Con el ímpetu de su rival bajo control al fin, los de Laso se permitieron incluso adelantarse en el luminoso a 9 segundos para el descanso, antes de que Beirán regalara algo de justicia al partido adelantando a los suyos (38-37) sobre la bocina. A pesar de que fue la última vez en lograrlo, la promesa estaba plasmada: no... no habían venido de vacaciones.

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Del 0-14...

Bajo el disfraz de crítica de los que afirman que el Real Madrid no estuvo a su nivel ni el primer partido ni en la primera mitad, está tal vez el mayor de los elogios. Porque si ni un Unicaja soberbio durante muchos minutos ni un Iberostar Tenerife rozando la heroica, al límite, podían con el gigante dormido, la única realidad es que el gigante es demasiado gigante.

El equipo madrileño, pese a la canasta inicial de Tobey, no se puso nervioso. De nada importaba que Fran Vázquez siguiera quitándose años de encima cada minuto que pasaba (¡vaya cuarto! ¡vaya torneo!), que el pabellón simpatizara más con el anhelo del modesto o que el encuentro siguiera moviéndose en guarismos de auténtica igualdad, tras un tramo de puro intercambio. Ahora sí, el ritmo era suyo. Las sensaciones, también. El triple de White (49-50, m.27), el último aliento aurinegro.

A partir de ahí, un idilio con la perfección en forma de 0-14 para allanar su pasarela hasta la final. Los blancos, que venían de tres parcial de 8-0 y uno de 7-0 en cuartos, no volaron en el marcador en esta ocasión a base de destellos, a base de meros impulsos esporádicos. El Real Madrid encontró su cadencia, su momento, su sitio en esta Copa. 4 puntos de Rudy Fernández y la ya clásica canasta cómoda de Thompkins, de esas que dan ganas de intentar en casa, de esas que paren tan sencillas como cocinar con microondas, para cerrar el cuarto con 49-56. El vendaval aún solo había comenzado. Le tocaba a Luka Doncic.

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... al 14-0

De Thompkins a Doncic. De Doncic a Thompkins. El americano, algo fallón desde fuera, era una pesadilla para el Iberostar Tenerife cada vez que le daba por acercarse al aro rival. Y Luka... Luka era una pesadilla en cualquier parte de la pista para los de Katsikaris, que por primera vez en todo el torneo, y esa es su gran victoria, se vieron fuera de la final.

El esloveno parecía capaz de todo. Máximo anotador de su equipo (17 puntos), máximo reboteador (7). El mejor asistente (5), el mejor recuperador (4), el más valorado (28). Dibujas una estrella y te sale su cara. Dibujas un sueño y te sale su perfil. Dibujas una locura y te sale Luka Doncic. Un 2+1 con su firma y un triple del activo Fernández (49-64) provocaron que los 8 últimos minutos fueran un mero homenaje.

Un homenaje al caído, cabeza alta la lagunera, orgullo de una ciudad. Un homenaje a su grada, incansable hasta con el partido roto, ilusionada incluso con intentar la gesta tras un 6-0 (55-64, m.35) que se quedó en el limbo. Un homenaje, por supuesto, al mismísimo Doncic, suyo el triple del campeonato. Puro playground.

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Y, por encima de todo, hasta el 59-77 final, un homenaje al finalista Real Madrid, que tras 4 títulos consecutivos busca su 5ª corona, con una estadística de ensueño a sus espaldas. Cinco finales coperas, sí. Qué rápido se dice, qué historia hay detrás de ese dato. Un 14-0 en partidos a vida o muerte, un 14-0 en choques donde el menor error eran sinónimo de eliminación. Un 14-0 para la historia. Un 14-0 su regreso a una final, el lugar donde más cómodo se siente. La tradición era eso. La tradición se llama Doncic.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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