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La Copa de Pesic (90-92)
¡El Barça Lassa, nuevo campeón de la Copa del Rey! Pesic completó su revolución dándole el título a su equipo nada más llegar, para acabar con la hegemonía de un Real Madrid al que superó por 90-92, con Heurtel de MVP Movistar. Los de Laso, tras ir perdiendo de 18, llegaron a tener triple para ganar. Falló

El FC Barcelona Lassa, campeón de la Copa del Rey Gran Canaria 2018 (ACB Photo)


Redacción, 18 Feb. 2018.- La Copa de Magee, la de Garbajosa, la de Rodilla. La memoria suele asociar torneos con momentos, con estrellas, con nombres propios que vayan mucho más allá de un año, de un lugar. Nombres que permanecen en el tiempo, vinculados para siempre a un recuerdo, a un trofeo, a un equipo. Gran Canaria 2018 fue, es y será Pesic. Llegar, ver, cambiar. Llegar, cambiar, ganar. Llegar, ganar, volver a ser historia. Pesic lo logra de nuevo. El balcánico, cuya debut copero (Valencia 2003) lo convirtió en título, en los orígenes de la triple corona blaugrana, le devuelve la gloria a un equipo que le necesitaba y donde aún es más leyenda. Aún es más eterno.

Fue una final con más puntos (90-92) que buen juego, con 50 faltas y 61 tiros libres que cortaron a menudo los momentos de inspiración, que los hubo. El talento de Ribas, los destellos de Sanders, las dosis de Oriolismo, la magia de Heurtel en el pase. Y, quizá por encima de todo, en cuanto a simbolismo e importancia en la final, un tapón de Hanga que transformó la final para siempre, a pesar de que el orgullo blanco convirtió lo imposible (remontar con 13 puntos abajo a falta de 3:24) en un título a cara o cruz. Causeur falló el triple y el cielo de Las Palmas de Gran Canaria se tiñó de dos colores.

La venganza de Las Palmas 2015, la corona arrebatada al campeón de las últimas cuatro Copas, la hegemonía que se detiene. La revancha, la forma de reivindicarse del que llegó como derrotado. El cambio, el orgullo, la Copa blaugrana. La revolución de Svetislav Pesic.

Rudy Fernández lanza en difícil posición (ACB Photo)


Un tapón para cambiarlo todo

Unos se vieron fuera de al Copa hace tres días, a seis minutos del final. Otros se vieron fuera hace tan solo dos semanas, tras ser vapuleado en el Buesa Arena. Real Madrid y FC Barcelona Lassa supieron llegar a la meta, construyendo su propio camino de forma diferente: unos dando la sensación de tener el techo aún lejano, otros separándose del fondo tanto que ya ni se intuía. Sin embargo, con ambos conjuntos aterrizando en la finalísima lanzados, con el Clásico llegando en un momento tan álgido, se esperaba un arranque más fulgurante, más intenso. Por qué no decirlo... más bonito.

Un 6-0 madridista tras los dos tiros libres iniciales de Moerman dio paso a unos minutos lentos, trabados, rico en táctica, gris en juego. Lanzamientos en el limbo (5/15 los madridistas en el primer cuarto, 5/16 los barcelonistas) y batalla desde la personal, con Doncic poniéndose las botas desde la antideportiva de Sanders hasta el final del periodo. Sería la tónica de la final. 8 puntos del esloveno desde el tiro libre empujaban (16-13, m.8) a un Real Madrid que, a poco que encadenó dos jugadas inspiradas, creyó escaparse en el marcador.

Decidía Reyes en la zona y convertía Thompkins un triple con emoción, en cuatro actos. Amago, tiro, paseo por el aro y a la red. Con 21-13 a su favor, un robo blanco dejaba a Rudy Fernández en pleno contraataque, aproximándose a pasos agigantados a la canasta rival. Lo que parecía un mate se convertió en tapón. Lo que parecía un despegue, se convirtió en remontada. El tapón de Hanga lo iba a cambiar todo.

Hanga festeja una canasta suya (ACB Photo)


El viento de Adam

Adam reescribió el guion. El periodo inicial, a punto de finalizar con un +10 para los madridistas, lo hizo en +6, después del 'gorrazo' del húngaro y los tiros libres de propina de Ribas. Hanga había cambiado el sentido del viento. A favor ahora, el Barça Lassa se vio dentro del choque en un abrir y cerrar de ojos, con triple de Oriola y penetración de Ribas para dejar en nada los méritos previos de su rival, empatando a 24, un par de minutos más tarde, tras la aparición de Tomic.

Ni siquiera el esperado regreso de Ayón cortó la dinámica de un choque que iba pintándose poco a poco de color blaugrana. Heurtel, héroe en cuartos y semifinales, se presentaba en el partido para darle la primera ventaja a los suyos (26-28, m.17) desde el 0-2 inicial. Ya nadie se la quitaría. Seguro que Pesic sonreía tras esa cara inmutable. Y no solo por el título de su hijo Marko como director deportivo del Bayern. Seguro que, bajo esa apariencia seria, con la que seguía chillando, sacando fallos y reclamando la perfección, había un entrenador satisfecho, un entrenador contento de haber aceptado volver a la que ya siempre será su casa. Un entrenador consciente de que esa era la línea para volver a hacer un Barça campeón.

De poco le servía al Real Madrid que, como en cada alerta amarilla en este torneo, Thompkins cogiera la manguera para apagar el incendio si el fuego de Ribas consumía el mismo agua. Un 26 de octubre de 2016, Pau abandonó Belgado con el corazón en un puño, sabiendo que su temporada acababa y deseando que su carrera no tuviera un antes y un después del diagnóstico médico. "Rotura completa del tendón de aquiles del pie izquierdo". Solo él sabe cómo fueron esos nueve meses para poder volver, que acabaron siendo once. Cada sesión de rehabilitación, cada dolor por la mañana, cada duda por la noche. Su recaída al volver con la selección, su debut al final del túnel. Sus sensaciones de vuelta, su baloncesto de vuelta. Su recuperación, su juego. Su Copa.

Entre la sangría en el rebote, los bailes de Tomic en la zona y el derroche de Ribas (10 puntos, 2 rebotes, 2 asistencias y 5 faltas recibidas al descanso), el Barça Lassa confirmó el cambio de ciclo en el choque, con otro acierto desde el 6,75 de Oriola -vaya venganza de la últim Copa la suya- justo antes del descanso con guinda, como aviso, como spoiler. Les quedaba lo mejor.

Pau Ribas alza el puño como gesto de alegría (ACB Photo)


Un ataque en pleno puerto

Si el baloncesto fuera ciclismo, si los equipos fueran ese escalador sufriendo rampas esperando su momento, el ataque hubiera sido justo ahí. Nada más comenzar el tercer cuarto, neutralizando cualquier charla o plan de Laso, neutralizando cualquier capacidad de reacción madridista. Un triple de Ribas, otro de Hanga. El Barça Lassa se había escapado. El contraataque de Heurtel, pase incluido por la espalda al omnipresente Ribas y el posterior 2+1 de Oriola la pájara madridista total. 35-51, minuto 23. El hombre del mazo. El ataque perfecto.

La diferencia llegó hasta los 18 (40-58) en el ecuador del cuarto en plena avalancha reboteadora barcelonista (23-39 al término del choque), antes del despertar blanco. Resultó un juego de niños, un pilla-pilla perfecto, con unos buscando constantemente una acción, un gesto, un par de acciones a las que agarrarse y otros dando réplica sereno, mirando sin miedo desde la altura, con colchón y red. Si Rudy encestaba de lejos, Sanders le imitaba. Si Campazzo ponía garra, Heurtel asistencias. Y si Causeur o Rudy pretendían que su Real Madrid llegara al tercer cuarto con vida, el francés, qué Copa la suya, aparecía sobre la bocina con un canastón para darle media final (52-57) a su equipo. O eso pareció en aquel instante. Y durante muchísimos minutos del cuarto final.

La maquinaria barcelonista era perfecta. Durante estos días, cada declaración era una oda a Pesic, a su llegada, al nuevo estilo. Aires nuevos, sistemas más simplificados. Un feeling instantáneo. Con 15 arriba en el último cuarto de una final, les tocaba a ellos no perder la gloria. Por momento, era un Carroll contra el mundo. Y el mundo era mucho mundo, ya que los héroes de su rival surgían de debajo de las piedras. Hanga y su robo. Claver y su defensa. Tomic y sus mordiscos de rabia, haciendo estéril la primera canasta de Doncic (¡tras un 0/7 en los primeros 33 minutos!) del encuentro. Con 67-80 en contra a falta de tres minutos y medio, a falta del milagro, el Real Madrid transformó su partido en una contrarreloj. Y ahí los escaladores puros nunca lo pasan bien.

Trey Thompkins lanza sobre la defensa rival (ACB Photo)


Una remontada imposible, un triple para el olvido

El actual campeón. Cuatro coronas y un trono. 14 victorias a sus espaldas en partidos a vida o muerte, siempre sufridos un pleno de Laso en finales. El equipo que quería ser el Madrid 1970-75, el equipo que quería ser el Barça 1978-83, reinados que duraron seis años. El equipo que quería, tras la historia, un poquito más de historia. Si el Real Madrid cedía, tenía que hacerlo a la heroica. Con el reloj en una mano y el corazón en la otra. El triple de Thompkins puso en marcha la cuenta atrás. A diez a falta de 3:24. A ocho con 2:45 por jugador, tras dos tiros libres de Rudy. A siete, a cinco, tras robo y puntos de Campazzo. En minuto y medio, un 10-2 para volver a creer, algo que pareció autoengañarse tras el gancho imposible de Sanders (82-89), ya en el último minuto.

Tic, tac, el reloj seguía corriendo y, ahora sí, el Barça Lassa recordó viejos fantasmas. Tiros libres que no entraban, saques de fondo con miedo, líneas de pase temblando. Thompkins, monumental, robó y puso la final a tiro de triple (87-90), con 26 segundos por disputar. Otra bomba lejana del americano, después de los dos tiros libres anotados por Ribas, reducían aún más (90-92) el margen de una final que ya había superado las dos horas, anclado en el carrusel de faltas y visitas a la línea de personal. Restaban once segundos. Los que se sentían vencidos creían. Los que se sintieron vencedores, dudaban.

También lo hizo Oriola, errando dos tiros libres que le daban una oportunidad al Real Madrid impensable tres minutos antes, después de un parcial de 20-9. La oportunidad de hacer un Herreros, la oportunidad de convertir un encuentro algo gris en cuanto a juego en una final histórica por su desenlace. El genio se la dio a Thompkins, que pronto se la entregó a Causeur, en la esquina. Era el triple de la Copa, del triunfo o la derrota. Todo o nada, historia u olvido. Demasiadas cosas se le pasaron por su cabeza entre su amague y el lanzamiento, desequilibrado y sin rumbo. Ni Ayón ni Rudy al rebote, en una acción reclamada por los blancos. Con el bocinazo final, la Copa era blaugrana.

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Hubo tangana, hubo abrazos. Hubo rabia liberada. El abrazo de Claver y Ribas, más que un título para ambos. Más de medio conjunto estrenándose, el MVP Movistar para Heurtel, un torneo tan redondo. 16 títulos de 21 en un Clásico como final copera. La 24 para el club, la 11 en era ACB, la séptima para Navarro. La inesperada, la disfrutada. La Copa de la resurreción. La Copa de Pesic.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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