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Leyendas del Playground (VI)
El enfrentamiento entre Hammond y Dr. J consagró definitivamente la Rucker como el santuario del baloncesto callejero y despertó el interés de los managers de la NBA, totalmente desconcertados al ver que sus ofertas sonaban ridículas a oídos de nuestro personaje. Desconocían que Hammond se había convertido ya en el líder de una de las bandas de narcotraficantes más importantes del este de Harlem, un hábitat en el que su doble vida le convertía literalmente en el amo


Una imagen más del considerado mejor partido de la historia de la Rucker League

Después de aquel día la Rucker quedó consagrada definitivamente como el santuario más genuino del Baloncesto negro en el mundo, una cima de la que sólo podía devenir una lenta decadencia como la historia demostraría después. La fama de Hammond creció como la espuma (mucho más que la de Manigault) ganándose para siempre el apelativo de 'Destroyer' por su ensañamiento en destrozar al defensor que tuviera delante. Al poco su colega Wingo se enroló en los Jets de Allentown y consiguió convencerle para seguir sus pasos. Fue un bonito propósito de alejar en lo posible a Joe de sus peores vicios con la excusa de llenar ratos libres, extender su sadismo sobre víctimas 'arregladas' y por qué no, hacerlo además bajo techo cuando el frío y el agua anegaran la ciudad.

En los peores momentos de la infeliz Eastern Basketball Association -así llamada entre 1970 (EPBL) y 1978 (CBA)- se llegó a no cobrar por jugar e incluso podían bastar cinco hombres por bando para empezar el partido y resistir así la competición en torno a un baloncesto de escaparate barato, un curioso mercadillo ambulante donde la ociosidad de algunos ojeadores podía encontrar nido. Y en los graderíos de colegio donde jugaban los Jets, habitualmente vacíos, empezaron a prodigar las frías carpetas y murmullos de desconocidos muy serios.

Esto a Hammond le traía sin cuidado. Enterado de que cierta élite profesional acudiría la siguiente noche a verle' no se presentaba. Y de tan frecuentes las burlas muchos se cansaron de perseguirle y llegaron incluso a enviar a sus franquicias informes falsos sin haberle visto realmente jugar. Hammond era incapaz de encajar en ningún equipo de ninguna clase (los Milbank de la Rucker no eran más que sus brothas...) porque le repugnaba la disciplina y sobre todo la ley y el dinero blancos.

El All Star de la Eastern League agrupaba a los mejores jugadores de las pequeñas ligas del Atlántico y Hammond fue invitado a participar en la edición del 71 dejando boquiabiertos a todos por la insultante superioridad mostrada en apenas unos minutos de juego, los suficientes antes de largarse a vender. Con apenas 20 años y habiéndose ganado un lugar mayúsculo en la pequeña liga, jamás se le rindió un solo honor por una mera cuestión de forma, de igual naturaleza política que los últimos despidos del Rodman profesional; algo insólito cuando elevó a los Jets al trono de la década (campeones en 1968, 1970, 1972, 1975 y 1976) en torno a Wingo, Eddie Mast, Ken Wilburn, Dennis Bell y posteriormente Aulcie Perry, Major Jones y Greg Jackson. Desde 1928 ningún jugador como Hammond había pisado la liga comercial pese a joyas como Love, Criss, Arizin, Heyman o Ramsey, pero ni siquiera el 50 aniversario se mostró indulgente con su fama, la peor que pueda imaginarse.

Sin embargo sí hubo una mirada persistente sobre él que llegó a acudir de incógnito a la 155 de la octava avenida para verle en acción. Los Lakers, trisubcampeones de la NBA por aquel entonces y humillados pese a Chamberlain en abril del 71 por los Bucks de Robertson y Abdul Jabbar, buscaban un tercer hombre de recambio al intocable trío de perímetro West-Baylor-Goodrich, incapaz de detener el chorro de carreras de un Greg Smith desatado en aquella serie. El culpable de la obsesión por Hammond, de 1.93, fue Bill Sharman, fichado aquel verano para sustituir a Mullaney en la dirección amarilla. Sharman venía de ganar la ABA con Utah tras otros dos años con Los Angeles en la liga pobre, donde había visto de todo y no le asustaba lo más mínimo un negro más por incorregible que fuese. Y así convenció al propietario Jack Kent Cooke de que Hammond era su hombre, la pieza que añadir a la mejor plantilla de la historia angelina hasta entonces.

The Destroyer fue elegido por los Lakers vía Hardship Draft, una selección alternativa de jugadores que no habían cursado o terminado los estudios, o como en el caso de Hammond, que no habían conocido colegio alguno. Aun a riesgo de equivocarse apostaron fuerte por él, muy fuerte, ofreciéndole el doble que a cualquier novato (salvo Cleamons) fuera de primera ronda: 50 mil dólares, un coche y una casa en Los Ángeles, un lujo que supuestamente no podría despreciar.

Pero Hammond no contestó. Simplemente siguió con su vida como si nada hasta que arrancando la nueva temporada los Lakers jugaron en el Madison y Sharman retuvo a su equipo un día entero en NYC para tratar de dar de una maldita vez con él. Algo que sólo un superviviente de la jungla ABA podría hacer. 'Eso era algo que no había ocurrido nunca 'señala Vecsey-, pero el colosal talento de Hammond era un motivo muy especial. Incomprensiblemente a Joe le tuvo sin cuidado el interés nada menos que de los Lakers porque simplemente ganaba mucho más dinero en las calles'.

Esta es la gran verdad en Joe Hammond. La gran mayoría de leyendas truncadas respondieron siempre al vago perfil de la delincuencia menor, buscándose la vida por una miserable dosis (The Goat no hacía más que pequeños servicios de entrega rápida) o dando en una mala noche que les condujera a la sombra, pero en el caso de Hammond hablamos de uno de los narcos más importantes del este de Harlem en los años setenta. Joe, su tío Wilie y varios secuaces formaban una banda que controlaba una vasta zona de manzanas entre la 95 y la 155 y que abastecía a millares de clientes.

Desde que viera la luz nuestro hombre no conoció otra vida y de no ser por la experiencia de su tío se hubiera guardado incluso de llevar un revólver en el calzón durante los partidos, algo que todo el mundo conocía. Al poco, Joe relevó a su tío como cabecilla por mera selección natural. Cuando tío Willie quiso evitarlo era demasiado tarde. Y es que llegada la noche el desfile de gente que durante horas entraba al apartamento se dirigía con fervor a él y muchos le dedicaban grandes elogios sobre tal o cual jugada, tal o cual partido, que ciertos o no tan sólo buscaban un grado más de generosidad en las entregas. Pero que Joe se enrollase dependía en realidad de la calidez del limbo donde estuviera aquella noche. Y todos sabían que de no verle andaría dentro con jovencitas o simplemente no estaría presentable para nada.

¿Cómo concebir entonces una relación de Hammond con el baloncesto profesional? Ese era un matrimonio remoto. Así lo cuenta él mismo: 'Aquellos tipos debían pensar que le estaban ofreciendo el mundo a un miserable negro del guetto pero yo no necesitaba para nada su dinero. Vendía droga y jugaba a los dados en la calle desde que tenía diez años. Con quince tenía una cuenta secreta de mi padre en el banco de unos 50 mil dólares y cuando los Lakers me hicieron la oferta tenía unos 200 mil pavos en mi apartamento. Yo ganaba miles de dólares vendiendo heroína, cocaína, 'crack' y marihuana. 'Para qué necesitaba los 50 mil dólares de los Lakers? Lo único que hice fue decirles que yo merecía lo mismo que sus jugadores porque en realidad era mucho mejor que la mayoría de ellos, pero rechazaron pagarme más. Ellos no podían entender cómo un pordiosero podría estar regateándoles así y por supuesto tampoco yo les dije por qué'.

Leyendas del Playground (V)

Gonzalo Vázquez
ACB.COM



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