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Leyendas del Playground (VII)
En los capítulos anteriores veíamos el fulgurante ascenso de Hammond como ídolo popular del baloncesto callejero y miembro influyente del hampa de Harlem. Su talento en la pista le dio la oportunidad de cambiar su destino, pero no supo tomar ese tren a tiempo y la suerte le dio la espalda. El empuje de las nuevas hordas delictivas le dejó fuera del negocio y la cruzada antidroga de la era Reagan le llevó a la carcel, para terminar sumido en la pura miseria. Del todo a la nada


Las calles de Harlem eran todo el mundo de Joe Hammond

Sharman y los Lakers salieron despavoridos en cuanto comprendieron dónde se habían metido. Por desgracia aquello previno a otros muchos de contratarle y el futuro de Hammond murió para siempre allí mismo, en su jaula de asfalto. Joe vivía muy bien, movía mucha pasta, gozaba de cuantas mujeres y droga quisiera, era respetado, jugaba como los dioses donde más adoraba hacerlo pero su fortaleza de Harlem, donde el horizonte no se ve, era todo cuanto conocía en vida. Así, cuando la noche del 7 de mayo de 1972 la ABC emitía a escala nacional la celebración angelina del título NBA, un negro cualquiera al otro lado del país ahogaba penosamente su inconsciencia sobre una cama' con la única compañía de un revólver cargado. Esta fue realmente la intolerable miseria de uno de los mejores jugadores de baloncesto de todos los tiempos.

Curiosamente todavía hubo alguien que se atrevió con el rey del hampa. Lou Carnesseca, por entonces en los Nets de la ABA (70-73) confió en que uniéndole a Julius Erving amansaría definitivamente a la fiera. Pero no tuvo nada que hacer. Hammond mandó también al carajo al equipo que recogería el trono neoyorquino en la liga pobre. 'Joe tenía unas habilidades asombrosas 'recuerda Lou-, todas ellas adquiridas en el juego de la calle y estoy seguro que hubiera tenido un futuro increíble. En cierto modo fue precursor de Magic y los tipos parecidos. Me atreví a ofrecerle un contrato abierto de tres años para jugar con nosotros pero él lo rechazó'.

No hay diferencia entre una y otra oferta. Las razones siempre fueron las mismas y Hammond nunca las escondió: ¿La gente todavía me pregunta cómo demonios rechacé jugar con tipos como Chamberlain o West, pero por aquel entonces era dueño de un nightclub, dos apartamentos y un piso. Oye, 'de veras quieres saber la pasta que tenía? Pero tío, si tenía dos coches de lujo y ni siquiera podía conducirlos''.

Sabiendo esto, concluye uno rápidamente que aquella limusina que condujo a Joe al cielo de la Rucker en 1970 no fue más que otra de sus escenas, uno más de sus desesperados intentos por escapar a la pobreza para la que forzosamente había nacido. Que conociese a Doctor J tampoco cambiaría las cosas. Razón por la que Vecsey añade que 'Joe era un fuera de serie que fácilmente podría haber sido profesional, pero cayó en el error imperdonable de no seguir el camino de Julius'. Así es. Hammond haría de la calle su fortaleza como rey de la selva sin sospechar para nada que no pasaría mucho tiempo antes de que su reino se desmoronase del todo.

Terminando los años setenta The Destroyer trasladó el sentido de su apodo sobre sí mismo. Relevado por las nuevas hordas delictivas no tardó mucho en quedarse completamente solo. Para evitarlo recurrió al dinero para rodearse de gente con quien despilfarrar a mansalva pero en cuanto el botín se agotó' se encontró en el pozo la nada. Ya no vendía nada y cuando después trató de recuperar el negocio consumía demasiado para sacar algo en limpio. Para colmo la cruzada antidroga de la era Reagan le cogió por sorpresa. Las cosas habían cambiado aprisa y así en 1984 fue acusado de narcotráfico, pasando un auténtico calvario por distintas prisiones durante toda la década. Cuando finalmente quedó en libertad su fortuna, como toda su vida pasada, se había esfumado al completo.

Cuenta Mallozzi en aquella joya del 94 que en mitad de la entrevista, Hammond suplicó que le prestara dos dólares, tan sólo dos dólares y con eso' bastaba para continuar. Seguramente ni siquiera fuesen para él sino para la cena de su tío. Pasar más de la mitad de sus 60 años entre las cloacas más duras del Harlem profundo ha marcado el desolador aspecto del tío Willie. Una voz completamente destrozada le delata como un gángster de otra época.

Hoy pasa sus días hurgando entre los contenedores mientras Joe trata de hacer algunos pavos que llevar a casa vendiendo cosas que nadie quiere. 'Mi sobrino tuvo una oportunidad pero es difícil acertar cuando tenías a cientos de tipos cada noche frente a ti y una tía colgada de cada brazo para gastarlo todo. Maldita sea, cuando recuerdo el grandioso jugador que era, de veras que todavía me emociono. Si le ocurría algo bueno, como que le llamaran los Lakers o los Nets, ocurría que algo malo le pasaba también. Siempre estuvo en medio de direcciones opuestas'.

Hoy en día Hammond está libre de pecado. Todavía acude regularmente al Addicts Rehabilitation Center porque allí le quieren simplemente como Joe, y entretanto, visita a su hermana Joy o frecuenta el Wagner Projects, un centro de acogida donde su musa de juventud, Beverly Seabrook, cuida de sus cuatro hijos (de tres madres distintas) y otros tantos nietos. 'Me hace olvidar las cosas malas que todavía me apetece hacer. Me mantiene alejado de los peligros que siempre me acecharon en la calle'.

Y cuando deambula por la Pleasant Avenue con esa vieja mochila donde cabe toda su vida, a menudo le detienen algunos padres de familia que le presentan a sus chicos diciendo: 'Mira, hijo, este es Joe The Destroyer, un día anotó 50 puntos sobre Dr J'. Y Joe se limita a esbozar una ligera sonrisa agradecido por los elogios de los chicos, que habitualmente le recuerdan que por lo que cuentan sus mayores Joe fue el más grande, sin poder evitar a la vez caer decepcionados al ver el terrible aspecto de ese viejo pordiosero al que la diosa fortuna abandonó cruelmente a su suerte.

¿Toda la gente habla de mi pasado. A veces tengo la impresión de que los que hablan de mí lo hacen como si hubiera muerto o algo parecido'. Sintiéndose así como un zombie errante, Joe mueve la cabeza contrariado y añade que 'no es esa la forma en que quiero que me recuerden'. Con todo, termina por reconocer que de no haber sido así las cosas atrás y de no ser así hoy, no sería Joe Hammond. 'Imagino que esa es también la madera de la que están hechas las leyendas, 'no?'.

Así es, Joe, porque en realidad fuisteis tú y otros tantos niggers negados para la gloria, la verdadera inspiración de aquel grito de guerra obra del mítico Gil Scott-Heron que incesantemente repetía a golpe de funk 'Yeah, baby' THE REVOLUTION WILL NOT BE TELEVISED'.

Leyendas del Playground (VI)

Gonzalo Vázquez
ACB.COM



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