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El rebelde 'Ski' Booker
Las calles daban miedo, el baloncesto no. La historia del niño que encontró refugio en la cancha, que sobrevivió a bandas, a conflictos raciales, a las noches de South Central. Confianza que iba y venía, madrugadas con el balón en la mano, fábulas en Colorado, traje de héroe en Sevilla. Es Askia Booker

Es de noche en South Central. El silencio es total hasta que un coche entra acelerando. Una ráfaga, dos. La oscuridad se desvanece cuando las primeras balas tienen respuesta. El cielo se ilumina con cada disparo. Los hijos de las Panteras Negras matándose entre sí. Crips contra Bloods. Azul frente a rojo. De Snoop Dog a Lil Wayne. Los años pasan sin que el área mejore. En 2006, un estudio afirmaba que un habitante de Los Ángeles tenía una opción entre 250 de ser asesinado, una posibilidad 72 veces más alta que la media del resto del país.

Especialmente si habías nacido ahí, lejos del glamour del norte de la ciudad, lejos de las postales de Malibú, las casas de Beverly Hills o el lujo de Sunset Strip. Qué diferente era la vida entre la autopista 110 y la 105. Un muerto al día, 23.000 crímenes de todo tipo por lustro, 10.000 robos, 5.000 violaciones. En Watts, más personas en prisión que en la universidad. Narcotráfico, terror, la luz del día como único refugio. Un 187, número del apartado del código penal dedicado al asesinato, usado como símbolo de las bandas para poner en la diana al rival, en cada pared, en cada esquina. "El lugar más peligroso de toda América" para el jefe de policía de Los Ángeles. El triunfo del miedo, la anestesia de la violencia. El lugar donde Askia Booker tuvo que nacer, crecer... y sobrevivir.



La canasta es un refugio

Askia llegó al mundo un 31 de agosto de 1993, en mitad de una tensa calma, un año más tarde de los gravísimos disturbios de Los Ángeles 92. Revuelta contra el racismo, rebelión contra un sistema injusto, con las condenas absolutorias tras la paliza a Rodney King y la muerte de Latasha Harling como mecha en unas semanas en las que incluso los Grape Street Crips y los Bounty Hunter Bloods firmaron una histórica tregua para luchar juntos contra un mal común. Su madre, Daniele Ricardo, era de Puerto Rico. Su padre, Toussaint Booker, de Suiza. La custodia, compartida. Sus primeros pasos, también.

Con dos años, su papá le colocó en la cuna un pequeño aro, testigo de sus primeros mates. Con tres, tiraba el balón de cuchara en una canasta mucho más alta. La primera vez que la metió, le dijo a Daniele que quería ir a la NBA. "Y nunca se desvió de aquel objetivo", afirmaría ella años después. A la edad de seis, le apuntaron al equipo del barrio. Un par de veranos más tarde, el entrenador le dijo que se buscara uno más potente para el bien de todos: anotaba demasiados puntos, dejando muy poco para los demás, y el bajo nivel de compañeros y rivales perjudicaría su evolución.

No, no era un niño normal. No es común ver a un chico de 8 años presumiendo de haber hecho 50 flexiones antes de acostarse. El baloncesto era su única vida y el resto era una forma de complementarlo. En realidad, representaba una forma de huir. Su obsesión por el aro y por la pelota era, al fin y al cabo, consecuencia del miedo. La idea firme de que, con el gimnasio como refugio, nada malo de lo que veía en las calles de Inglewoods le podía pasar a él. Y veía mucho. Veía mucho.

Foto Instagram @askiabooker


Vivía en una zona dominada por los Bloods, cerca de la 77 y de Crenshaw, la tierra de Baron Davis, allá donde los helicópteros filmaban unos meses antes en directo para el país entero el inicio de la revuelta. Las cenizas de aquellos días no sirvieron para cambiarlo todo. Tráfico de drogas, tiroteos constantes, robos incluso a los niños que esperaban el autobús del colegio. Un primo suyo asesinado por parte de una banda delante de su propio hijo. Amigos de la infancia que de repente cambiaban al entrar en la banda. O que, simplemente, no volvían. Varias veces tuvo que correr para no verse en mitad de las balas. En otra ocasión, llenando el coche en una gasolinera Chevron, el día mágico tras visitar Universal Studios se oscureció cuando tres hombres le apuntaron con la pistola preguntándole qué diablos hacía ahí. Su padre llegó a tiempo para salvarle. “Esa noche me dije que tenía que aferrarme a eso del básquet porque, ahí fuera, podría perder la vida. No le deseo ese estilo de vida a nadie”.

De Darby Park a Rogers Park, la cancha se convirtió en su segunda casa. “El baloncesto me mantenía fuera de los problemas. Tengo amigos que jugaban, aunque seguían en la calle. O los mataron o acabaron en la cárcel. Intentabas alejarte, si bien a veces era imposible evitarlo y te preguntabas cómo salir ahí fuera y sobrevivir. Este deporte hizo muchas cosas por mí y por la familia. Me dio una oportunidad. Si estabas en la calle, las posibilidades de meterte en un lío eran mayores. He visto y oído de todo, incluso cosas que mis padres no saben”.

“Si no tienes buenas notas, no habrá básquet”, le decía su madre. Y el chico iba sacando asignaturas hasta llegar al Prince High School, dispuesto a dar que hablar. Sin embargo, el pequeño Booker, con más deseo que físico y centímetros, se veía condenado al banquillo en sus dos primeros años en un equipo en el que estaban jugadores como Allen Crabbe, Richard Solomon o Norvell Pelle. “No era lo suficientemente bueno”, reconoció más tarde. En el verano de 2009, decidió dar un golpe en la mesa. Le pidió ayuda a su hermano Rene y a un amigo de este, Andre Smith. Ambos se ocuparon de su preparación física y de aspectos técnicos de su juego como el tiro o el manejo del balón.



Al base se le fue la cabeza en busca de su sueño durante aquellas semanas. Dejó a un lado a los amigos y se centró únicamente en la pelota naranja. Como si estuviera en una celda, solo baloncesto y dormir, solo dormir y baloncesto. Antes de la temporada, un día subió al despacho de su entrenador, Michael Lynch, y le soltó una frase que bien define toda la confianza en sí mismo que siempre mostró durante su carrera: “Si no juego el año que viene, no ganaremos”. El técnico le miró como si su pupilo estuviera loco. No obstante, Askia acabó jugando. Y Prince acabó ganando.

Cara de niño bueno, aparato en los dientes, apariencia frágil... y cómo cambiaba con el balón en sus manos. Brillante en el contraataque, veloz, elegante su crossover, explosivo su estilo, ya fuera jugando de base o escolta a pesar de su 1,80. 13 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias de media en el título estatal de su equipo y los primeros informes sobre su juego, siempre a la sombra de Crabbe. Un día, el técnico ayudante de Colorado, fue a hacer un informe de dos compañeros suyos y acabó llamando al entrenador principal para decirle que había que cambiar cualquier análisis previo: ese chaval se había convertido en el mejor del equipo. Con ‘Ski’ ya como nombre de guerra, a pesar de que prolongó su crecimiento en la 2010-11 (nueva presencia en la final), pocos eran los centros que se atrevían a apostar por él, llegando casi a rogarle a UCLA la oportunidad. Colorado, la única que le ofreció beca, sería su destino. La calle le llevó a la cancha. La cancha le llevó a Boulder, ciudad fetiche de Stephen King, marco de El Resplandor. Y, paradójicamente, el lugar donde 'Ski', su otro nombre de guerra, terminaría de quitarse el miedo.

Foto Colorado Buffaloes


Huyendo del punto medio

“Tiene que trabajar para conseguir cualquier cosa. En la pista y en el aula”. Su entrenador Tad Boyle, avisaba, recordando que no le iba a tratar como un novato más. Y él, cada día más extra motivado, rozando incluso el pasarse de revoluciones y de presión consigo mismo, volvía a recluirse en el gimnasio para hacerse un hueco en el equipo. “Ski es Ski... un chico genial, batallador, duro y competitivo, que ha pasado por mucho en esta vida. Será nuestro sexto titular”.

En el parqué, una de cal y otra de arena. Viviendo siempre en el alambre, sin término medio, en el papel de héroe desde el banquillo o de villano. Un día ganaba un torneo en Charleston con él de estrella, al otro se perdía en un sinfín de tiros forzados que jamás encontraban destino. Su entrenador tenía razón, no era un novato más. Pocos tienen tantos admiradores o detractores nada más aterrizar en la universidad. La pareja que formaba con Dinwiddie ilusionaba, él de escolta y el hoy jugador de Brooklyn de base. Juntos devolvieron a los Buffaloes de Colorado al torneo final de la NCAA. Sin embargo, la impaciencia de Booker por reivindicarse jugaba a veces en su contra, como reconocía el de los Nets. “Juega como si tuviera algo que demostrarle al mundo, siempre quiere probar algo. A veces bromeo con él diciendo que parece un chihuahua que va detrás del perro grande porque se siente tan fuerte y duro como él. Es complicado de describir, pero es una persona muy interesante”.

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De 9,1 puntos en su primer año a 12,2 en el segundo, en el que se seguían multiplicando sus defectos y, por supuesto, sus virtudes. Una docena de veces por encima de los 15 puntos, y otros choques con 2/10 en el tiro, el punto medio para otros. Sus declaraciones, cargadas de confianza, contrastaban con sus actos, con sesiones eternas de tiro de la noche a la madrugada, como penitencia después de un mal día. En verano de 2013, en el ecuador de su periplo universitario, a través de su hermano conoció a Nick Young, de los Lakers, y pronto se hicieron amigos y compañeros de entrenamiento. Él, quizá, le dio uno de sus mejores consejos: de nada servían tantas horas en el gimnasio si realmente no confiaba en sí mismo, más allá de las grandilocuentes frases que soltaba con un micrófono delante. De nada servía trabajar duro o tirar mil veces a canasta sin creérseloChihuaua. Hubo un antes y un después de aquel día.

En la 2013-14, pese a jugar durante meses con dolores en la muñeca derecha, Booker encontró el equilibrio. Los buenos partidos seguían llegando, pero los días malos eran ahora menos malos. Bastante menos. Líder sin disimulo de aquel equipo, su temporada tuvo varios momentos clave. El primero llegó un 7 de diciembre de 2013, delante de 11.113 aficionados y de las cámaras de la ESPN. Enfrente, la Kansas de Wiggins y Embiid, que había ganado a su universidad las últimas 19 veces que se habían visto las caras. Hasta ese día. Hasta ese tiro. Agónico, explosivo, eterno. Un triple al más puro estilo Huertas que desató la locura en Colorado, en uno de los días más grandes de la historia del centro. “Te garantizo que quien haya estado aquí no lo va a olvidar en su vida”, afirmó tras protagonizar su imagen más icónica en la universidad.



Mes y medio después, se confirmaba la baja de Dinwiddie, pasando él a la posición de base titular. Tocaba reinventarse. Comenzó a ver vídeos para ver en qué posición sus compañeros anotaban con más facilidad. La daba más y mejor. Tiraba más y mejor. 5 triples a UCLA, 5 robos a Arizona, 27 puntos contra Oregon, 2 tiros libres ganadores frente a Colorado State, 12 asistencias como mejor marca del siglo en su equipo. 2º en anotación de sus Buffaloes (13,7), mejor pasador (4,4) y recuperador (1,2), ayudando también en rebote (4,5). Tres años seguidos en el March Madness, algo inédito para los suyos. Y hasta su rendimiento académico mejoraba. “Estaba tan frustrado por el básquet que ponía los estudios a un lado. Tuve rachas en las que estuve terrible en pista y me centraba solo en el baloncesto, ahora descubro el equilibrio”.

“Vengo de un lugar donde todo es más intenso y duro que un partido de básquet de 40 minutos. No voy a salir diciendo que soy el tipo más feliz del campus, pero me siento un privilegiado de estar aquí y quiero pasar al siguiente nivel. No puedo quejarme mucho más allá del frío”. En todo caso, en su última temporada, la 2014-15, de no entrar en el torneo final de la NCAA. Y eso que fue su mejor año, con otro día para el recuerdo, aquel en el que anotó 43 puntos a Southern California. Y el primero llegó 6 minutos antes del descanso. Mejor marca en 22 años, tercer tope absoluto de la temporada. Un equipo rendido a sus pies. El termómetro era él. “Ski Booker es Mr. Clutch. Lo hace en cada entrenamiento”, afirmaba su compañero Xavier Johnson, mientras su entrenador asentía: “Es un jugador único, tiene una fe en sí mismo que adoro. Lo que tiene de bueno es lo que le convierte a veces en un jugador difícil de entrenar. Le faltan centímetros, pero su corazón y confianza son también importantes. Juega sin miedo y es tan rápido que, cada vez que tiene el balón, parece capaz de hacer que algo bueno ocurra”.

Con esa pequeña obsesión de hacer de cada actuación, algo inolvidable, Askia exhibió el mejor baloncesto de su carrera, liderando a su equipo en anotación (17,2), asistencias y rebotes al mismo tiempo, algo que no se veía allí desde los tiempos de Chauncey Billups, otro viejo amigo. El 1 de marzo, en su último encuentro, su madre se emocionaba confesando que no podía haber soñado para su hijo una carrera mejor y que le hiciera sentir más orgullosa, tanto como de su graduado en comunicación. 29 puntos en el adiós de un histórico de Colorado: 2º en partidos y en victorias, 3º en minutos, 5º en triples, 6º en tiros libres, 8º en robos, 9º en asistencias. “Tuve momentos grandes y otros horribles. Te quedas con los buenos. Además de por ser un ganador, me gustaría ser recordado como un jugador que emociona por su energía, que pone al público a sus pies, que lanza un tiro cuando se necesita”. Solo el tiempo entiende de recuerdos, aunque en el momento de irse, la sensación era unánime: aquel novato que llegó a Boulder pasado de revoluciones formaba ya parte de la historia más dorada de Colorado.

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La esperanza hispalense

Como aquel niño que dijo que quería ir a la NBA tras su primera canasta de cuchara, Askia seguía obsesionado con las tres letras en el año de su draft. Sin embargo, su nombre llevaba asterisco. No le vino bien la polémica final para cerrar su etapa en Colorado, rechazando ir al CBI (una competición por debajo en importancia al March Madness y al propio NIT), alegando que era el momento de los más jóvenes. Su nombre, además, simplemente no sonaba en las apuestas. “Es simplemente otro jugador más, sin nada diferente o muy especial. Es bueno y hará carrera. Le veo sólido para la D-League, pero como otros 150 jugadores”, llegó a afirmar públicamente un scout, algo que le llegó. “Quien me diga que no puedo me da igual, no le hago caso ni escucho nada de eso. Me va a motivar más que a cualquier otro, es como que me quema el estómago, pero intento no mirarlo. Siento que hay muchos que no creen. Cuando llegué a la universidad también muchos decían que no lo conseguiría. Cada vez que estuve en pista pensaba en los centros que me ignoraron, deseando que se arrepintieran”.

Invisible finalmente en el draft, Ski regresó al gimnasio en verano como en esos días de instituto en los que nada más existía aparte de este deporte. “Solo me podréis ver en estos meses en la cancha, me llevaré hasta una maleta y todo. Soy mejor defensor que antes, puedo anotar, puedo asistir. Necesito trabajar mi físico, aunque tengo hambre de triunfo. Solo necesito una oportunidad y la esperaré. Mi ética de trabajo me llevará hasta la NBA”. Antes, al menos, a Europa, en una experiencia que no salió bien. El Arkadikos griego le firmó en agosto y, tres meses más tarde, con solo un par de encuentros disputados (3/21 en el tiro entre ambas citas), se anunció su regreso. “El entrenador me puso de 2 y yo no quería eso. Fue una salida amistosa, simplemente no salió y decidí volver”. Bakersfield Jam, de la D-League, le abrió la puerta. A las órdenes de alguien muy recordado en Sevilla, el carismático Tyrone Ellis, Booker se fue hasta los 12,8 puntos, 3,5 asistencias y 3,1 rebotes de media en sus 47 duelos disputados en la 2015-16.



En verano coqueteó seriamente con la NBA nuevamente, rozando una oportunidad con los Suns, tras jugar la liga de verano junto a Kuric, Alec Brown y Bender. Sus números mejoraron (15,5 puntos, 5,3 asistencias y 4 rebotes por choque), esta vez en los Northern Arizona Suns, antes de acabar la temporada con mal sabor de boca. Molestias en la ingle, una operación de hernia, la temida inactividad. Con cambio de dieta incluida, el californiano empezó este curso 2017-18 en los Bakersfield Jam otra vez, con 33 puntos de media en sus primeros tres choques. En diciembre, tras haber rozado los 17 de media, se fue hasta los Delaware 87ers, también de la D-League, donde se fue hasta los 14,5 puntos y 6,3 asistencias por choque, llamando la atención de numerosos clubes del viejo continente que pensaron que, ahora sí, el base estaba preparado para brillar al otro lado del charco.

La apuesta más firme llegó de Sevilla. El Betis Energía Plus, con el agua al cuello en la clasificación, pensó en él como revulsivo. Y su mensaje, nada más aterrizar en febrero, no pudo ser más ambicioso: “Sé que es una situación difícil pero este domingo jugamos contra el Joventut y vamos a ganar. Vengo a liderar al equipo. He visto que mis compañeros son fantásticos y que solo necesitaban una persona que les guiara, alguien que les hiciera mejores y les llevara a la senda de la victoria”. Dicho y hecho. Llegó, vio, ganó. 20 puntos en el duelo de colistas, 8/10 en el tiro. Y más palabras de aliento para cambiar lo que parecía inalterable: “Nunca se me pasó por la cabeza perder. Hay cosas que aprender, es cuestión de tiempo. Solo quiero ser un líder y conseguir que venga más gente a vernos”.



23 contra MoraBanc Andorra, 18 frente al RETAbet Bilbao Basket, 10 al Unicaja. Y su equipo empatado con el antepenúltimo, San Pablo Burgos, por fin sintiendo que salir del descenso no es ninguna locura, gracias a los dos triunfos en cuatro partidos. “El entrenador me pide que sea un líder, que sea agresivo y se lo haga más fácil a los compañeros. Puedo sentir como su nivel de energía se eleva y se intensifica, todo el mundo se lo está tomando muy en serio”. Son solo cuatro encuentros, si bien Askia se ha convertido en el bético más valorado (12,7) y que más puntos anota (17,7). La permanencia parece posible y, en ese escenario, echar raíces al pie del Guadalquivir resulta tentador, si bien su rendimiento y su posible doble nacionalidad (su padre es suizo) puede elevar su cotización en Europa. “Hablé con el presidente de eso y siempre es una posibilidad. Depende de cómo vayan las cosas en mi carrera. No lo descartaría, me encanta Sevilla, el club y la ciudad son perfectos. Estoy creciendo y sólo puedo mejorar. Quizá la oportunidad de la NBA llegue, pero no estoy pensando en ella, solo en ganar aquí. Mi estado mental no va a cambiar, estoy comprometido al 100%”.

Él mismo sacaba esa cuestión, la del aspecto más psicológico del juego, en la entrevista realizada para la web del club hispalense. Y es que ese aspecto siempre tuvo un factor fundamental en su carrera, como reconoció en más de una ocasión. “Mentalmente puedo ser mi enemigo. Soy un jugador muy psicológico, a veces jugaba duelos conmigo mismo. Me decía: ‘Ve a por cuatro rebotes en esta mitad, ve a por cuatro asistencias en la otra’”. Amante de las películas de miedo, de sangre y monstruos, como si los fantasmas del pasado asustaran mucho menos si aparecen en una pantalla. ¿A qué podría tenerle miedo? “Mi infancia me hizo un jugador duro. Ver ciertas cosas te hace así. Podemos en un partido estar cuatro abajo que no me voy a asustar, no me puedo preocupar”.

ACB Photo/F. Ruso


“Es genial la sensación de mirar atrás, ver lo que has pasado y darte cuenta de que cualquier cosa de ahora no es tan mala como puede parecer. Vas sin miedo, en pista no te importa lo grande que sea tu rival, lo fuerte o rápido que pueda parecer. Nunca me voy a esconder en los momentos grandes, en los instantes más importantes. Al revés, los abrazaré. Ellos serán los que me lleven por un largo camino”, explica el que descubrió en Inglewood, tierra de Lakers, escenario de la película “Grand Canyon”, que era la muerte y no la vida lo que le daba miedo. Un tatuaje de Jesucristo en una pierna. Uno en honor a su madre en la otra. Como si necesitara aún sentirse protegido, como si las canciones hablaran de él.

Suena ”Driveway”, de Skeme, un rapero que salió de su ciudad. Los mismos temores, la misma infancia, los mismos retos cada mañana. "He caminado con este mundo encima de mis hombros y aún no me he quejado. No duermo, joven insomne. Podéis decir que soy un rebelde: 25 años y aún sigo vivo. De donde yo soy... es algo especial". Como especial es su vida y especial su carrera, forjada en canchas sin sol, en noches eternas de balón, en días en los que el miedo se acabó vistiendo de confianza. ¿Acaso estaba ya escrito el guion?

La valentía no se compra,
la valentía no se vende.
Es la historia que le toca,
es la historia del rebelde.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM

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