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El sol no se pone en España
Un triunfo para colgarse una medalla, un bronce para compartir un sueño. La historia de la selección de baloncesto habla de partidos y preseas, pero detrás de ellas hay historias personales y días grises

Redacción, 3 oct. 2018.- Nada más terminar el partido por la medalla de bronce, la zona mixta se convirtió en una amalgama de sensaciones. Lágrimas y sudor confluyeron en rostros de felicidad. Era el reflejo de un momento de éxtasis, de exaltación del esfuerzo, el trabajo y el sufrimiento vivido en silencio por 12 jugadoras que volvieron a hacer historia en el baloncesto español. “Hay que valorar lo que ha hecho este equipo. A lo mejor durante todos estos años el camino parecía más fácil, pero nosotros sabíamos que no era así. Esta vez, que quizá se ha visto lo duro que es conseguirlo, se valora más. Ahora tenemos que echar la vista atrás y ver lo conseguido durante todo este tiempo porque es muy, muy difícil y ahora mismo solo siento orgullo de formar parte de este grupo”, decía Alba Torrens.

Probablemente no hay figuras más metafóricas que el sol, la luna y la lluvia. De ellas la psicología ha hecho uso en infinidad de ocasiones y más recientemente el marketing del Siglo XXI ha hecho caja utilizándolas para firmar frases en tazas, camisetas o imágenes que lucen infinidades de cuentas de Instagram. En este caso la selección aprendió a bailar bajo la lluvia. Y no lo hizo sobreponiéndose a la derrota frente a Bélgica en primera fase o superando las dudas generadas con Senegal. Fue en un hotel a la luna de Valencia cuando comprendió que esta Copa del Mundo, la suya, no sería como los recientes torneos.
(Foto FEB)


Andaba por los pasillos de ese hotel Lucas Mondelo con cara preocupada. Nunca en sus anteriores años había sentido tanto la mortalidad de su equipo. Cierto es que Sancho Lyttle anteriormente causó baja o que Anna Cruz jugó el último Eurobasket con cita previa para pasar al quirófano, pero este año todos los problemas se multiplicaron por varios dígitos. “Nos ha pasado de todo. Hemos escrito un libro de todo tipo, pero estas cosas pasan y no pasa nada”, contaba Laura Nicholls. Vicisitudes que pudieron erosionar la confianza en el grupo instalar razonables dudas sobre el éxito de este equipo (sin saber que el éxito nada tenía que ver con sus resultados deportivos), pero que, sin embargo, redoblaron el sentimiento de unidad y ayudaron a que algunas jugadoras dieran un paso adelante.

Debe ser cierto que lo que no mata te hace más fuerte y así lo puede asegurar Cristina Ouviña pues durante años quedó apartada de un grupo con el que soñó desde 2011. Entonces en el silencio de un hotel de Estambul dejó de estar y, aunque tuvo una fugaz aparición en 2013, nada se supo de ella hasta este verano. A él llegó junto a Queralt Casas como parte del grupo de jugadoras que debían complementar al equipo y hoy nada se entendería del éxito logrado sin ellas dos. “Tenía muchas ganas de ganar una medalla porque durante estos años donde ha habido tantos éxitos no he podido estar y tenía muchas ganas de ser parte de este grupo de jugadoras”, aseveraba. ¿A qué sabe esta medalla?. Cris se toma su tiempo, respira profundamente, coge fuerzas y contesta “sabe a mucho, la verdad. Detrás de ella hay muchos lloros… no te los puedes ni imaginar, pero al final me voy con una sonrisa que es lo que quiero”.

Ella vuelve con una maleta donde, además de una medalla, hay espacio kilos de experiencias y confianza que le harán ser mejor jugadora. Cris ha derribado el muro “eso parece. Estoy muy contenta”, señalaba. Ella no lo dirá porque todavía le puede su timidez ante los micrófonos y la modestia le gana, pero se lo merece. Cristina es todo corazón y el coraje maño que muestra en la pista refleja la pasión que le pone a todo lo que hace en la vida. Quizá por ello le pueden las emociones y más de una lágrima se le vio derramar, seguro que su pasión es el motivo porque el nunca desistió y hoy por fin alcanza la recompensa que se merecía.
(Foto FEB)


DEBILIDADES QUE SON FORTALEZAS

Valencia fue una catarsis para un equipo que se reinventó. Quienes de verdad las conocen dicen que es un proceso que cada verano sucede. Se quitan las medallas, se fijan retos y mutan de piel para competir según se plantea el nuevo escenario. Es el ADN de un equipo depredador de triunfos, un grupo de jugadoras con un gen competitivo como nadie más tiene. Pero este año todo fue más difícil.

A orillas del Mediterráneo andaban Anna Cruz, Sílvia Domínguez y Alba Torrens con caras de preocupación. Fueron días de gesto contrariado, de preocupación interna y pena silenciosa. Las tres (y alguna más) llevaron a cabo una lucha contra el tiempo, su cuerpo e incluso contra la razón. Por eso hoy todas ellas saben que detrás de este éxito “hay trabajo, hay lucha pero no sólo por mi parte, sino en cada una de mis compañeras. Cada una ha luchado por este sueño. Y, al final, todas estas energías que hemos puesto se han juntado para conseguirlo. Creo que cada lucha tiene su mérito y esta ha sido la fuerza que mostramos: cada una luchaba para estar al 100% para dar el máximo, para ayudar al máximo y por un mismo objetivo. Esto es lo que nos ha llevado hasta aquí”, aseguraba Torrens.

Luchar contra tanta adversidad, lejos de debilitarlas, las unió. Sus fuerzas se juntaron bajo la lluvia para salir del problema más fuertes que nunca y con un espíritu sin el que nada se entendería... nada hubiera sido posible. Por que sí, otros años se levantaron tras caer, existieron derrotas que lastimaron la confianza, pero nunca antes se exteriorizó tanto la vulnerabilidad de aquellas que creíamos invencibles.

Fue una labor de ingeniería táctica, recomponiendo jugadoras, haciendo uso de ellas según el día y la importancia y recuperando aquello que les arrebató Bélgica en una mala noche. Ahí en el silencio de un hotel en La Laguna se reformuló el sortilegio y, aunque se perdió en la final de los equipos humanos, se obró un nuevo milagro para desoír la lógica del cansancio físico y emocional para vencer a quién tanto daño hizo. Para Ouviña “llevamos la seña de identidad de ser sufridoras y derribar muros, y creo que ha sido otro muro superado”. El circuló se cerró.
(Foto FEB)


“Hay una frase que les dije a las niñas antes del partido: ‘Chicas, dentro de unos años de la medalla os vais a olvidar, lo que recordareis serán los momentos que vivimos y lo que lleguéis a poder disfrutar esto, así que, por favor, da igual lo que pase, disfrutad’”, confesaba Laura Nicholls. En su madurez deportiva y personal, la pívot alentaba antes de la lucha por el bronce para que, más allá de lo significativo del resultado, recordasen que estos días no se repiten en la vida y por ello son tan especial. A ella también se le pone la piel de gallina simplemente hablando de la conexión existente entre equipo y afición. “No seríamos nada si no hiciéramos disfrutar a la gente con ello”, decía.

La simbiosis entre selección y pabellón fue total. “Con la isla y con media España”, matiza Ouviña. “Creo que ha sido increíble. Por la gente que conozco, hemos transmitido mucho y se han volcado con nosotras. Tenerife ha sido una pasada, teníamos a todo el mundo volcado y lo hemos notado. De verdad que lo agradecemos mucho”, agradece. Ella sabe que ser terceras del mundo es un premio fabuloso, pero incluso en la derrota, ya habían ganado. “Si ves que está todo el mundo entregado, no puedes recriminar nada. Al final si muestras esos valores de entrega y sacrificio, en el baloncesto o cualquier otro deporte, puedes ganar o perder pero la gente siempre te apoyará”.

Por suerte todavía queda espacios para la justicia en el deporte y éste recompensó a Laura Nicholls con un final donde ella fue protagonista con dos lanzamientos que forman parte de esta historia de esta generación como son los de Sancho Lyttle o Anna Cruz. Ella, que siempre trabajó en una escala de grises, relució con canastas que hoy dan lustre a lo conseguido. “Había silencio, tranquilidad y una mano que me dijo: ‘la vas a meter, no te preocupes’”, confesaba al ser preguntada por esos dos momentos. Laura jugó al borde de la extenuación. Ella no sufrió lesiones pero sí la consecuencia indirecta de los males de otras y quedó sobreexpuesta en minutaje. Para Nicky tras el éxtasis llega “la calma… vacaciones. Llevo todo el verano con la familia y los amigos detrás porque he entrenado todos los días del verano para conseguir esta medalla. Así que ahora hay un mar de calma; quiero coger y descansar de verdad”.

Mañana ella y el resto de compañeras volverán a la injusta invisibilidad que la sociedad ha construido alrededor del deporte femenino. Lo harán en España, Francia, Polonia o Rusia para, dentro de unos meses, volver a recordarnos que ahí están. El próximo verano en Letonia y Serbia “nos quitaremos la medalla otra vez y nos pondremos el equipaje de entrenar porque para conseguir esto hay que entrenar muy, muy duro y hay que volver hacer el trabajo. Quizá lo hemos hecho mil y una vez, pero hay que hacerlo mil dos, mil tres… y repetirlo, repetirlo. Volveremos a prepararnos para competir en el siguiente reto ¿Resultados? No lo sé, pero estaremos listas para competir”, aseguraba Alba.

Son las intrahistorias de un éxito que nació del dolor, de la adversidad y de la negación a caer. No habrá suficientes palabras para hacer justicia con la generación de jugadoras que ha cambiado la forma de ver y entender el baloncesto femenino. Hoy ellas son historia porque lograr seis medallas consecutivas sólo lo consiguieron este siglo Australia y Estados Unidos; mañana serán leyendas porque sus valores permanecerán inmutables al paso del tiempo. Y así fue como una vez más el sol salió.

Álvaro Paricio
@Alvaropc23
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