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La corona de King Cady
La historia del inmigrante, la historia del deportado. El legado de Lou Roe. Haití como condena, Haití como orgullo. De pateras y aviones, de coronas y sueños. La vida de Cady Lalanne, por Daniel Barranquero

“Por supuesto, las personas en Haití tienen esperanza... la esperanza de poder irse”
PJ O’Rourke


Y cuando el motor se apagó, el niño abrió los ojos. ¡Cuánta luz había! La luna llena lo invadía todo. Mientras el tripulante rellenaba el depósito de gasolina, los peces disimulaban sin éxito debajo del pesquero. El océano, inmenso, parecía mecerle, como pocos años antes su madre hacía con su cuna. El humo que salía del motor se entremezclaba con el olor a inmensidad, con el aroma a fin del mundo. La lancha, sin espacio para un alma más, se encontraba en mitad de la nada, al tiempo que el pequeño Cady no sentía el miedo compartido por los adultos.

A sus siete años, su difícil infancia marcada por la pobreza era lo normal, lo conocido, sin deseo o necesidad aún de descubrir otros mundos donde prosperar. “Hay personas que viajan tomando un avión y otros un barco”, llegó a pensar en ese instante, sin cuestionarse qué hacía ahí mientras fotografiaba en su memoria cada instante de esa pequeña diáspora. “Resultó una experiencia muy dura que creo que no olvidaré jamás, me acuerdo de todo. Mi madre, mi hermana y yo fuimos hasta una barca, nos subimos en ella. Recuerdo a muchas personas, más de las que cabían, y bidones de gasolina. De repente, zarpamos. Así empezó todo”.

Mil kilómetros para escapar de una vida, para renunciar a unas raíces, con tal de encontrar un destino mejor. O, al menos, algo más justo. Mil kilómetros para huir de la situación extrema del país americano más pobre, para escapar de las catástrofes naturales o políticas, en las aguas de un Mar Caribe agitado, tumba de tantos y tantos que se atrevieron a soñar con otro mundo mejor. Mil kilómetros grabados a fuego en Cady, que relata con entereza como si la odisea hubiera sido ayer. “Salimos a las 6, cuando la tarde caía. Lo siguiente que recuerdo es despertar en mitad de la noche con mucha luz por la luna llena. Estábamos en mitad del océano. Cuando llenaron el tanque de gasolina, volvimos a arrancar. Finalmente, llegamos a una playa y todos salimos del bote. Mi hermana pequeña y yo al cuello de mi madre, en aguas profundas, vadeando hasta la orilla. Por fin alcanzamos tierra”.

El viaje no había terminado ahí. Y el margen de error no existía. “Ahora teníamos que escondernos entre los arbustos. Un par de coches de policía se acercaron a la playa a ver qué había ocurrido. Cuando se fue, nos estaban esperando para recogernos y llevarnos a nuestro destino”. El paraíso prometido empezaba de forma clandestina en un camión, mientras los hijos de Martha se adormilaban. Cuando despertaron en una casa, ahora sí, ya estaban en Estados Unidos.



King Cady

“Una raya en el mar, fantasma en la ciudad”, cantaba Manu Chao en el eterno Clandestino, publicado tan solo unos meses antes de que Cady Lalanne dejara Puerto Príncipe para emigrar con su madre Martha y su hermana Betty. Nacido un 22 de abril de 1992 en la capital de Haití, el chico tardó muchos años en entender que mucha gente, simplemente, no lo consiguió. “Era un barco chico con mucha gente, demasiada. A veces pienso que se podía haber volcado. Menos mal que tuvimos más suerte”.

La suerte, en su día a día, se traducía por empezar de cero una y otra vez en Orlando. “Nos fuimos mudando de lugar a lugar, de casa en casa, hasta que pudimos asentarnos. No vivimos en el mejor sitio de Orlando, pero pudimos ir creciendo y mi mamá consiguió varios trabajos con los que cuidarnos y sacarnos de los peores barrios”. Al ganarse la vida como camarera de hotel, Martha le apuntaba en todas las actividades extraescolares que podía. Una de ellas le enganchó especialmente. Y no, no era el baloncesto. El idilio no tardaría en aparecer. “Jugué al fútbol americano durante un tiempo, aunque un buen día me lesioné. Mi madre, nada más llegar, lo primero que me dijo fue que tenía que buscar otro deporte, que no le gustaba que me hiciera daño. Y me volqué en el básquet, a jugarlo a cada rato, a estar en equipos”.



Horas y horas ensayando fadeaways, viendo vídeos de Garnett o Duncan para copiar a sus ídolos. Los Pioneers del Oak Ridge High School se enamoraron de su juego. Y los halagos no tardaron en llegar. “Es uno de esos chicos que, cuanto más los ves, más te gustan. Puede correr, puede saltar, cada vez que le veo parece un poco más alto”, aseguraba Dave Telep en Scout.com, incluyéndole entre los 25 mejores pívots del país de la generación del 92, después de una 2008-09 en la que promedió 17,2 puntos, 14 rebotes y 5,2 tapones por encuentro. Lalanne, que se hacía llamar Cadiilac, pasó a jugar con el mote de ‘King Cady’ (‘Rey Cady’). Y más tras un campus de Adidas en Las Vegas que le hizo aparecer en el radar de universidades con prestigio. Una de ellas, Georgia, supo llevarse la partida. O eso pareció entonces.

Después de arrasar en su último año de instituto, con 20,9 puntos y 12,8 capturas de media, tocando la gloria en el estado y llevándose todos los reconocimientos individuales posibles, la noticia saltó. Problemas académicos hacían imposible su llegada a Georgia. En ese momento, la Universidad de Massachusetts, por medio de la Proposición 48 -un programa que permitía completar créditos pendientes a estudiantes en su situación, buscando reintegrarlo al equipo como novato al siguiente curso-, apostó por él. Una nueva vida en Amherst en el horizonte, estudiando Sociología, con cuatro años por delante haciendo lo que más le gustaba, jugar al baloncesto. Por fin el destino sonreía a los Lalanne. Maldito espejismo.



“Regresa más pronto a tu tumba...
y quédate allí sin miedo.
Nos aprietas con la pobreza,
nos robas toda la cosecha
de tantos años duros de trabajo.
Terremoto racista,
terremoto egoísta,
terremoto democrático...
¡ya lo creo!”

Lovel Phadaël


El 25 en su espalda

Ni un minuto, ni un solo minuto, 'King Cady' hubiera empleado en quejarse por el año en el dique seco que tenía que superar si hubiera sabido que había un camino paralelo aún más duro, aún más cuesta arriba. Cuando, en el segundo semestre, solicitó ayuda federal como estudiante, todo se precipitó. En 2010, a sus dieciocho años, con más de once en el país, descubría que su situación en el país era irregular, tras recibir una carta de deportación del Gobierno de Estados Unidos. Él, que jamás había tenido problemas a la hora de hacer una excursión en el colegio o viajar con su instituto. Él, que tenía una madre estaba casada ahora con un americano y ya en situación legal. Él, que no había vuelto a su país de origen desde aquella noche interminable en barca.

“Yo no quería irme de EE.UU., gritaba que me quedaba. Sin embargo, parecía un simple papeleo, cuestión de dos semanas. Mi entrenador vino y me dijo que era lo mejor que podía hacer, quitarme los problemas para que, a mi vuelta, estuviera todo finiquitado y pudiera empezar cómodo el nuevo curso de universidad. Y regresamos a Haití”. No era precisamente el mejor lugar del planeta, en ese momento, para arreglar su futuro. Un año antes, un 12 de enero negro para la posteridad, un terrible terremoto había devastado el país, con 316.000 fallecidos y millón y medio de damnificados. Una catástrofe histórica, de tintes bíblicos, con consecuencias aún más devastadoras que la mismísima bomba de Hiroshima, por más que en occidente desapareciera pronto de los informativos.

"Pero no te olvides de Haití", diría Forges. Un país devastado, absolutamente caótico, en un infierno de destrucción total, vidas perdidas y futuros rotos aliñado con una epidemia de cólera y una pobreza atroz asolando a más del 80% de la población. “La situación era horrible tras el terremoto. La gente estaba sin hogar, viviendo en tiendas. Nada más llegar al aeropuerto veías a todo el mundo pidiendo dinero. Una locura”. El primer día que acudió al supermercado con su hermana, en idéntica situación, se sorprendían al cruzarse a un tipo con una metralleta, a otro con un machete, a un tercero con un rifle. Betty, ya una adolescente de 14 años, era incapaz de evitar temblar.



“Nos fuimos al domicilio de un pastor. Ni siquiera le conocíamos antes de llegar, fue a través de un amigo en USA. De repente, sentí que me había quedado sin nada”. Una humilde casa de cemento, parcialmente subterránea, su morada. El sonido de las ranas, incesante, a veces sin agua corriente -y ni imaginar eso de tenerla caliente-, su móvil fundido por un apagón en unos de esos días en los que hasta la electricidad les abandonaba a su suerte. Ni tele, ni comida, ni amigos. Y pronto ni madre. “Mis primeras dos semanas me las tomé, entre comillas, como unas vacaciones. Pero mi mamá tuvo que volverse porque ella no podía perder el trabajo en Estados Unidos”. Y todo fue a peor. Madre e hijo se hacían tests de ADN para demostrar su vínculo pese a tener un color de piel diferente. Derek Kellogh, su entrenador, demostrando a las autoridades una obviedad: Cady era ya uno más en la universidad. Y el joven sintiéndose atrapado en un círculo vicioso y rodeado de extraños, pasando horas y horas en el techo de la casa, cerca del aeropuerto, viendo aviones en los que imaginaba ir montado para volver a su vida. “El tiempo iba pasando y empecé a pensar que no volvería nunca a Estados Unidos. Había estado hasta los 18 años allí y ahora no podía volver jamás”.

Su Facebook se llenaba de lucecitas rojas de notificación, con sus amigos preguntándose dónde diablos estaba o qué ocurría realmente sin que él, sintiendo una extraña vergüenza, pudiera explicar demasiado: “No se lo dije a ningún colega ni a ningún compañero de equipo. Simplemente me fui, desaparecí. Resultó muy duro, ya que la mayoría de las personas que lo han hecho no han regresado”. El de Puerto Príncipe, incluso, se planteaba entre lágrimas ir a jugar a la República Dominicana y, desde ahí, lograr encontrar su camino hasta su viejo sueño NBA. Solamente él sabía qué pasaba por su cabeza. “Para mí se acababan al mismo tiempo el baloncesto y los estudios. Es una pesadilla que no deseo a nadie. Mi hermana tenía catorce años y creo que nunca entendió lo grave que era lo que estaba pasando. Yo por las noches gritaba y lloraba y Betty me tranquilizaba diciendo que no pasaba nada. No obstante, ella tendría la oportunidad de regresar más adelante si las cosas iban bien, pero para mí, justo en ese momento de mi vida, se me escapaba el tren del básquet y de la universidad, además de los amigos que iba a perder por el camino”.



A partir del cuarto mes, sin embargo, la situación tomó otro cariz. El jugador, convencido ya de que tendría que estar en Haití por mucho tiempo, empezó a abrirse más a la cultura del país y a cambiar su actitud. Además, su madre contactó con un abogado especialista en inmigración, que aceptó su caso. “Le contamos cómo era la situación: llevábamos años allí, no habíamos dado problemas, yo había llegado a la universidad incluso y había hecho todo lo que se supone que debo de hacer sin meterme en nada malo. Dijo que nos iba a ayudar lo antes posible. Pero pasaban las semanas y no había avances”. Sí los hubo, sin embargo, después de una entrevista que hizo, por primera vez, que la opinión pública conociera su caso, lo que aceleró el proceso. “Después de la entrevista me dijeron que tendría el pasaporte en un par de semanas, aunque no venía nunca. Al final nos dicen que se había perdido en el correo y que había que pedir otro ticket hasta que llegara el pasaporte”.

Ya con medio año cumplido en Haití, de repente un día su madre llamó, diciendo que todo estaba arreglado. Pasaporte legal, número de seguridad social válido tras horas y horas de papeleo y un billete para casa, con guiño final surrealista como guinda a su agonía. “Nos dirigimos al aeropuerto y ocurrió otra cosa divertida: ¡acababan de cancelar el vuelo de American Airlines! Tuvimos que sentarnos en el aeropuerto todo el día. Yo solo quería volver a mi hogar, que no me ocurrieran más cosas. ¡No podía estar pasando eso otra vez!”. Rezaba, ya casi por inercia, sin dinero para comida o alojamiento. “No teníamos ni pagar una noche más de alquiler en Haití y por todos lados nos pedían dinero. En Estados Unidos es siempre lo mismo: más dinero, más dinero, más dinero...”

Sin tiempo para un lamento más, para un miedo más, su pesadilla de seis meses terminó cuando aquel avión acabó despegando. Era ya finales de agosto, justo a tiempo para el inicio universitario, al que llegaba sin haber tocado casi balón y con un cuerpo mucho menos preparado que un año antes. “No sé cuántos kilos son, pero me fui pesando 245 libras y regresé con 210”. Los 16 kilogramos menos en medio año entre la alimentación, las penurias y los nervios pasaron a un segundo plano en el momento en el que el avión aterrizó. Sonrisa entre lágrimas de aquel que se sentía otra vez en casa. “Ocurrió un 25 de agosto, no lo olvidaré nunca. Lo llevo en mi espalda, uso el número 25 como dorsal porque es el día en el que pudimos regresar, el día en el que todo cambió. Empezaba para mí una nueva vida, una vez aprendida la experiencia, sin dar ya nada por hecho, ayudándome a mejorar y a abrir la mente. Sé que la mayoría de los inmigrantes ilegales no ha tenido esa suerte, me siento glorificado porque para mí fue un paso. Todo lo malo se acababa de ir”. Al fin, su anhelo de baloncesto y de universidad tomaba cuerpo. Casi sobre la bocina. Así se valora más.



’Papá’ Lou Roe

A veces, aún le pasa, Cady despertaba en mitad de la noche estremecido y temblando. Las pesadillas se repetían. Pesadillas en las que volvía a estar sin electricidad ni alimento, en las que pasaba otra vez de tenerlo todo al tercer mundo. El mito de la caverna de Platón en su propia piel, como si la verdadera tragedia respecto a su país de origen no fuese ni la pobreza ni el hambre, sino el haber visto previamente la otra cara de la moneda y la comparativa constante. En Massachusetts, ahora sí, le esperaba una pista de básquet, si bien la alegría resultó efímera. Lalanne, al poco de empezar a entrenar, se rompió un pie en pretemporada. “Pasé por el quirófano, me curé... y tras 14 partidos me lo volví a romper en diciembre”, cuenta con resignación.

Por el camino, una montaña rusa de emociones desde sus 208 centímetros de altura, alternando airballs con actuaciones más que sólidas: 14 rebotes en 15 minutos en su tercer partido, 11 puntos un par de días después, encuentros de 12-5, 11-9 o 12-8 mezclados con otros disputados con la capa de invisible. En total, 6,7 de media anotadora, 5,6 rechaces y 1,5 tapones por duelo en una temporada en la que tuvo que ver a su equipo en la Final Four del NIT desde el banquillo. “Ahí se aprende mucho, se ven muchas cosas que no se observan en pista”, aseguraba entonces como consuelo, al tiempo que se convertía en el jugador más querido en el centro, el ideal para cualquier visita al hospital o acto social por ganaba de inmediato el corazón de la gente.

¡Cuánto tardó en llegar la 2012-13! Otro par de visitas al quirófano, una recuperación efectiva y una sobreexcitación que le iba a costar bien caro. “Estoy realmente emocionado. Llevo desde diciembre sin jugar y estaba ansioso por volver. Estoy muy feliz, hasta me ha costado dormir”, confesaba tras el primer partido de preparación, ignorando la nueva tormenta que acechaba. Después del encuentro de presentación, en noviembre, era apartado de la plantilla por motivos internos. Un mes después, la situación parecía mucho más grave. Una noche, en una discoteca, acompañaba a un compañero de equipo que no llevaba la pulsera requerida. Cuando la policía intentó sacarle, Cady protegió a su amigo y acabó detenido por resistencia a la autoridad. Un escándalo y una sanción indefinida, que acabó siendo tan solo de dos semanas tras su arrepentimiento. “Tiene remordimientos y solamente quiere hacer bien las cosas. Trabaja duro y escucha, creo que todo el que se encuentra en su camino desea ayudarle para que triunfe”, explicaba su técnico, con el chico asintiendo: “Estoy agradecido por la nueva oportunidad. Usaré esto para ser una influencia positiva tanto en el campus como en la comunidad”.



Los vaivenes de su vida se reflejaban en el parqué. Capaz de estrenarse con un 9-13 y, al día siguiente, olvidarse de lanzar a canasta en la pintura, con murmullo en la grada. “En cada bache del camino la gente se girará para decir algo. A medida que avanzas en tu carrera las críticas van a ser más públicas, por lo que hay que saber aceptarlas”. Su actitud positiva fue de la mano del trabajo extra con un viejo conocido por estos lares, un tal Lou Roe, asistente en el staff de Massachusetts. Acabó siendo su mentor. “¿Lou Roe? Es mi papá, esencial para mí. Me mostró muchas pequeñas cosas que no veía, como movimientos en la zona o juego de pies. Me ayudó a tener más hambre y a regresar mentalmente. Me aportó su experiencia y me enseñó a convertirme en profesional, hablándome de sus años en el extranjero y en la ACB”.

Flechazo correspondido. “No es capaz aún de entender todo lo que lleva dentro. Tiene objetivos interesantes, quiere emerger como uno de los grandes pívots del país, si bien debe tener paciencia pues la clave es el equilibrio. Es muy buen chico, pero si quiere que le vean como líder, ha de ser aún más expresivo. Es un híbrido que puede hacer de todo, un jugador de corte europeo capaz de tirar desde fuera. Posee todas las herramientas para construir y ahora solo depende de él cómo de grande será el palacio”, afirmaba el de New Jersey, que pasó por Málaga, Inca, Gijón, Alicante, Sevilla, Palma, Vitoria, Murcia y San Sebastián antes de colgar las botas. Lalanne, sin avisar, daba un salto en su juego, como cuando se comió a Dayton con 22 puntos y 14 rebotes. “Es probablemente el mejor pívot al que nos hemos medido”, decía el técnico rival. “Es simplemente Cady haciendo de Cady. Una bestia, un monstruo”, exclamaba Williams, compañero de equipo, mientras que otro, Bergantino, miraba ilusionado al futuro: “Asusta pensar que le quedan aún dos años, el cielo es su límite”.

En el verano de 2013, el pívot trabajó duro para mejorar esos 8,4 puntos, 7,4 capturas y 1,4 tapones de media, quizá intentando complacer los deseos de un técnico que le pidió que se convirtiera en un “doble-doble andante”. Su cambio físico total. “Finalmente, tuve un verano en el que ponerme en forma y trabajar”, comentaba en Instagram mientras exhibía su nuevo cuerpo, en una de esas imágenes más propias de Teletienda, a la hora de anunciar un producto milagroso para ponerse fuerte en tiempo récord.



Su juego se multiplicó en un curso récord para el centro, con presencia en el March Madness 16 años después y la asistencia de público más alta en dos décadas. Su 27-12 frente a Boston College abrió la veda: dobles defensas, incluso triples, para un jugador que, pese a su brillante media de 11,6 puntos, 8 rechaces y 2,2 gorros por choque, acabó el curso con la sensación de haber ido de más a menos.

Algo más de regularidad encontró en su último año en el centro, con 11,6 puntos, 9,5 rebotes y 1,9 gorros por encuentro. Con aroma a draft, como afirmaba el técnico de los Siena Saints, y en el tercer mejor quinteto de su división antes de irse por la puerta grande de la UMass. Quinto máximo taponador histórico, sexto en capturas. Y el tercero en sumar 1000 puntos, 800 rechaces y 100 tapones tras Lou Roe y otro nombre que solamente puede desprender carisma: Harper Williams. “Estoy muy feliz por cómo salió todo, por haber jugado allí. Fueron cuatro grandes años y siempre recordaré lo que hicieron por mí. Mi técnico logró que jamás me sintiera solo, dándome siempre confianza. En Haití cada noche hacía dos llamadas: una era para hablar con mi madre. La otra, para hablar con él”. En su senior day, el día en el que se homenajea a los jugadores que han cumplido su ciclo en la universidad, su familia viajó por primera vez para verle hasta Amherst, una tierra para recorrer en bicicleta y para descubrir al fin la nieve.

Qué orgullosa estaba Martha en su graduación, más que con cualquier éxito profesional que pueda lograr su hijo, que pasó de no cumplir requisitos académicos a licenciarse con todos los honores. “Me esforcé al máximo en clase para lograrlo”, contó aquel día, emocionado al recordar aquellas noches en Puerto Príncipe viendo pasar aviones, en las que la fiesta de graduación parecía tan lejana como la distancia hasta Orlando en lancha. Esta vez no había que esconderse. El clandestino había hecho demasiado ruido.



De Texas a Estambul

Obsesionado con la NBA, el haitiano parecía más optimista que cualquier periodista o analista sobre sus opciones en el draft, al alza tras su brillante rendimiento en el Portsmouth Invitational Tournament, junto a los mejores jóvenes del país. 13,3 puntos, 12,3 rebotes, 2,3 tapones de media y un hueco en el Quinteto Ideal. A partir de ahí, una ronda interminable de workouts, cual feria de ganado, mostrándose a un total de 16 franquicias diferentes, intentando demostrarles que tenía más tiro que el visto en la universidad. Se valoraba especialmente su envergadura y fuerza, su capacidad para el rebote y el tapón, sus buenas manos y su facilidad para la finalización. Empero, en su contra jugaban su edad -era el 5º más mayor de los candidatos a aquel draft-, sus problemas con los tiros libres y las dudas sobre su posición real. ¿Demasiado lento para defender a pívots rápidos? ¿Demasiado bajo para frenar a los “5” más poderosos de la competición?

Otro 25, cifra mágica en su carrera, cifra mágica en su vida, se cruzó en su camino. Junio, noche del draft en Lakeland, Florida. Las manos en la cara enfrente del televisor, mientras el tiempo pasaba, mientras las elecciones se sucedían. De repente, sonó el teléfono. Su agente le pasaba a Buford, GM de los Spurs, que le confirmaba que apostaban por él. El número 55 más celebrado. Cady se quedó paralizado. Todo a su alrededor iba a cámara rápida al tiempo que él viajó hasta aquella barca de pescar. ¿Hubiera imaginado su madre entonces un destino semejante?

La mirada fija aún en el televisor, un brazo sobre Betty, otro sobre Martha. “Lo ha logrado, mi niño lo ha logrado”. Su hijo, aquel que se sintió gafado, entraba en una lista histórica de jugadores de la universidad seleccionadas en el draft. De Julius Erving a Stephane Lasme. De Lou Roe a Marcus Camby, el primero en felicitarle por Twitter. 'King Cady' se había propuesto jugar al lado de Duncan, referente de niño, referente de adulto, y tras su paso con San Antonio por la Liga de Verano de Las Vegas (10,3 puntos, 6,3 rebotes y 2 tapones de media) pareció capaz de hacerlo, si bien antes tocaba pasar por el peaje de la Liga de Desarrollo.



En los Austin Spurs le cambiaron pronto su mecánica de tiro, flexionando más las rodillas y dándole más confianza a la hora de ampliar su rango de lanzamiento. 13,3 puntos, 7,6 rechaces, 1,3 tapones por encuentro y presencia en el All Star. Nada mal para empezar. “Austin me hizo aprender rápido lo que es el baloncesto pro, cuando ya estás solo y debes currártelo tú. Me ayudó a desarrollar mi tiro, lo mejor de mi paso por allí, jugando más exterior sin dejar de tener presencia en la zona. Usábamos los sistemas de San Antonio y priorizábamos la defensa. Me sirvió para ser profesional, con grandes compañeros que me lo pusieron todo más fácil”.

Al acabar la temporada, a finales de abril, llegó su primera experiencia allende Estados Unidos, sustituyendo a Ebi Ere en los Capitanes de Arecibo de Puerto Rico. Allí, junto a viejos rockeros como Renaldo Balkman y Walter Hodge, fue a más para acabar siendo clave para su equipo. 10,8 puntos y 6,5 rebotes y un 42% en triples (10 en la serie final) como granito de arena en el primer título de su trayectoria, que celebró a lo grande junto a Coty Clarke.




El Bayamón de Paco Olmos, con Panko, Akindele y PJ Ramos, la víctima en la gran final, con más de 12.000 personas celebrando el título de Capitanes en el Coliseo Petaca Iguina de Arecibo. “Es algo que necesitaba hacer. En Puerto Rico hay jugadores que han estado en Europa y en la NBA, muy diferentes entre sí y de los que aprender. El equipo me recibió con los brazos abiertos, conecté con el entrenador y la experiencia me sirvió para ver cómo era el mundo profesional. Ganamos el campeonato por la química que construimos y sigo en contacto con muchos de ellos. Una buena época”.

Como si fuese una escalera, cada peldaño un reto, Lalanne hizo las maletas a continuación para jugar en el Zhejiang Chouzhou de la CBA. En China, 17,1 puntos, 10,3 capturas y 1,5 tapones de media en un equipo condenado a estar en la zona baja. También así mereció la pena. “Quitando la lesión que sufrí, la cosa resultó. En Puerto Rico todos hablaban inglés y estaba cerca de casa. Lo de China estuvo genial porque me venía bien para ver cómo era el básquet en un país tan diferente. Estaba al otro lado del mundo, con problemas para hablar por teléfono con amigos o familiares, y me hizo madurar a los 23 o 24 años, algo que necesitaba. Puerto Rico y China, simplemente, me convirtieron en jugador profesional de baloncesto”.



En el verano 2017, tras otro breve paso por los Capitanes de Arecibo (14,1 puntos, 7,8 rebotes, 2 veces jugador de la jornada), esta vez sin título, el haitiano aterrizó en el viejo continente para jugar en Italia. Otro 25 de agosto, exactamente seis años después de abandonar en avión Puerto Príncipe, el pívot firmó por el Brindisi, también llamado a luchar por evitar el abismo. El golpe en la mesa fue inmediato, mostrando la mejor versión de toda su carrera. Incisivo en ataque (15,7 de media anotadora), imán en el rebote (9,9), segundo jugador más valorado (19,1) de la Serie A. “Mi primer año en Europa supuso una transición perfecta para ver cómo se jugaba aquí, que no lo sabía bien. El staff me ayudo mucho a entender el estilo europeo: el pick & roll en ataque y en defensa, los sistemas, el scouting, etc. Brindisi me abrió la puerta del máximo nivel europeo”.

Tanto la abrió que el pívot no se demoró en volar. Con Europa atenta a su evolución, el Besiktas no se lo pensó y puso encima de la mesa más de 100.000 euros para pagar su cláusula de salida y llevarle rumbo a Turquía. “Estuvo bien”, afirma sin demasiada convicción, quizá algo decepcionado por no poder trasladar sus números italianos hasta el célebre barrio de Estambul. 7,3 puntos, 4,3 rebotes, una defensa mejorable y poco más allá de tachar una de sus tareas pendientes en esto del básquet: romper una canasta con mate. Viejo sueño. “Jugué un par de partidos de Champions y pude conocer la Liga Turca. Otra experiencia de la que aprender”, admite aquel que, por ocho días, no volvió a añadirle más peso a su preciado dorsal.

El inicio de algo más grande

El pasado 17 de agosto, el BAXI Manresa lo hacía oficial: Cady Lalanne aterrizaba en Liga Endesa de la mano del cuadro del Bages. “Tiene energía y una virtud importante para ser un cinco: su tiro exterior”, aseguraba el director deportivo Roman Montañez para explicar su fichaje, semanas después de sonar en Fuenlabrada. Eso sí, una vez más, los trámites burocráticos se colaban en su periplo en forma de obstáculo. Casi un mes tuvo que esperar para conseguir el visado, con agradecimiento público de su club al consulado español en Miami. Esta vez, con más paciencia que antaño. “Tenía ganas de entrenar ya con mi equipo, aunque estaba tranquilo en casa al estar convenido de que, más tarde o más temprano, los papeles acabarían llegando”.

ACB Photo/J.Alberch


A Lalanne, no es ningún secreto, le costó arrancar. Con poco ritmo, adquiriendo a marchas forzadas el tono físico requerido para alcanzar a sus compañeros, el pívot buenas sensaciones en su debut: 8 puntos y 10 capturas. Sin embargo, su falta de rodaje se hizo notar en las primeras semanas, con un gris 31% en el tiro (6/19) en las tres jornadas iniciales. “Solo tuve un par de semanas de pretemporada al tardar prácticamente un mes en incorporarme. No obstante, el cuerpo técnico lo entendió y ha sido muy paciente conmigo, sin intentar ‘matarme’ a las primeras de cambio. En este club han sabido esperarme para que me ponga al 100% y es algo que debo agradecer. Muchos equipos no entenderían que su fichaje no esté a tope desde el mismo momento en el que se incorpora”.

El salto en sus prestaciones no se hizo esperar demasiado. Si un interior se marca 33 puntos y 10 rebotes en 37 minutos o bien ha tenido el partido de su vida o es serio candidato a entrar entre los mejores pívots de la Liga Endesa. En el caso de Lalanne, es su tiempo de juego repartido en sus dos últimos encuentros, en los que ha llenado de ilusión a su nueva afición. 17 puntos, 5 capturas y 19 de valoración para ganar en Andorra y otro 16-5 en la derrota frente a Unicaja. “Me han enseñado muy bien los sistemas de juego y poco a poco voy poniéndome en forma. Simplemente escucho a mi técnico para ser mejor cada día. Mis compañeros también me empujan mucho... me encanta esto”.

Cinco partidos, aún en una versión descafeinada, le han bastado para entrar en los tops de tapones (6º, con 5 en total) y capturas (14, con una media de 5,6), además de asegurar 10 puntos por encuentro en el arranque liguero, con alguna jugada carne de top y hasta algún pique en cancha por el camino. En Manresa, como en casa. “Me gusta esta ciudad. Yo soy un hombre tranquilo y siento que este lugar es como yo, por lo que conecto absolutamente con Manresa y con su gente, realmente amable. Los aficionados no dejan de animarme y mis compañeros, de mucha calidad, son un gran apoyo. Es una entidad bien organizada, muy profesional. Estoy encantado”. Él lo sabe y su club lo espera: este debe ser su año. Su confirmación, su consolidación. El inicio de algo más grande.



“La esperanza burlada,
la esperanza contrariada.
Pero la esperanza vivificada,
que siempre volvió a comenzar.

Antonio Pedro Monteiro Lima


El orgullo de un pueblo

“Nos ganamos la vida por lo que obtenemos, pero vivimos por lo que damos”, escribió una vez aquel que, por encima de todo, tiene muy claro de donde viene. Consciente de que un día malo en su presente, puede superar en comodidades el mejor día de sus compatriotas, el de Puerto Príncipe está volcado en proyectos sociales, enfocados en los lugares por los que pasó. Organizó el envío de comida a Haití tras el Huracán Matthew y se ha volcado en la educación de los jóvenes más desfavorecidos en Florida. Este verano, coordinó en el colegio al que iba en su niñez, Walker Middle, la entrega de 300 mochilas, material escolar e incluso comida a los chicos con menos recursos. “Mi comunidad en Orlando me ayudó mucho. De pequeños, éramos mis amigos y yo los que recibíamos esos donativos. Son circunstancias duras, con mucha gente en el área donde crecí que no puede permitírselo, por lo que si tenemos... hay que dar. Supuso una gran experiencia, con el colegio al que fui muy contento por la iniciativa, fruto de una gran colaboración entre amigos y familiares. La comunidad lo es todo, ¿sabes?”

Habla emocionado Cady, con una sensibilidad que no vislumbras cuando le ves en pista encendido, encarado con Lessort. No, ese es solo el Cady del parqué. Lejos de esa frontera, el ritmo baja muchas revoluciones. “Soy un tipo tranquilo. Me flipan los videojuegos. ¡Cómo me enganchan! Mis dos favoritos son el NBA 2K19 y el Call of Duty. Si tienes alguno de esos podemos jugar cuando quieras, eh”, sugiere de forma tentadora, antes de hablar de su compañera de viaje y vida, tan encantada como él en su nueva morada. “Me gusta mucho salir con mi novia a descubrir nuevos lugares. A ella Manresa le encanta. Es un lugar pequeño y tranquilo, con oportunidades para encontrar trabajo. Y está aprendiendo el idioma”. Ahora solamente falta por aquí su mamá: “Mira que tengo amigos y familiares que van a venir esta temporada a visitarme, pero a mi madre hay que convencerla. ¡Es el plan, que venga! En la Universidad bastante que fue a la graduación. ¡Es que no le gusta volar! Y claro, cuando supo que estoy tan lejos y que el viaje de avión es de ocho horas...”

”Sorry for my abscence, hope y’all understand... my loyalty don't stop if we don't speak again. I could cry tears right now” (”Siento mi ausencia, espero que todos la entendáis... mi lealtad no se detiene si no volvemos a hablar. Podría derramar lágrimas ahora mismo...”) Suena "To whom it may concern" del rapero Ace Hood, una de esas canciones que le definen. En sus auriculares la letra parece hablar de él y su particular relación con Haití, la patria que siempre encontró un nuevo límite que no deseó ver.



La vieja Quiyesca, la antigua Española. Tierra de montañas con aroma tropical, allá donde un buen día los más pobres dijeron basta, pionera en cuanto a revoluciones de esclavos culminadas con éxito. La segunda colonia americana en independizarse, la primera república negra del mundo. El país de los golpes de estados y dictaduras, el que se quedó sin el 90% de los árboles por culpa de una tala indiscriminada que deja sin abrigo a sus habitantes en cada catástrofe natural. Un caos de chabolas entre laderas que ocupa el puesto 169 en el Índice de Desarrollo Humano. Condena y orgullo. Un pequeño paraíso en el infierno. Un pequeño infierno en el paraíso. Allá donde nacieron sus alas. Allá donde casi las pierde. “Amo a Haití. Estoy muy orgulloso de haber nacido allí. No regresé tras aquella experiencia, si bien mi familia ha vuelto de vacaciones. Respecto a mí, definitivamente voy a jugar con el combinado nacional. El seleccionador habló conmigo este verano y quise estar presente, pero tuve varias lesiones. A ver el año que viene. Defender la elástica de Haití es algo que seguro que va a ocurrir”.

¿Cómo no entender a su pueblo? ¿A los que están, a los que se fueron? Desde julio del próximo año, 59.000 haitianos dejarán de contar, en EE.UU., con el estatus especial que tuvieron desde el Gran Terremoto. 59.000 inmigrantes, 59.000 historias diferentes, del jugador o del fontanero, de la violinista a la abogada, que conectan con Lalanne en cada noche de lágrimas, en cada rato de incertidumbre sobre el futuro. “Hemos pasado por el infierno y regresado. Seguimos de pie y fuertes”, escribe en su Twitter, en el que no esconde el gran sueño de su carrera, reconocido también durante la entrevista. Samuel Dalembert y Skal Labissiere derribaron el muro. Y cruzar ese umbral alguna vez, más temprano o más tarde, culminaría su carrera: “Mi anhelo profesional más grande es llegar a la NBA”.

El chico amante de los perros, el que hubiera querido jugar al fútbol americano en el caso de que en el básquet no le hubieran ido bien las cosas. Aquel que podría hacer suyas todas esas frases de color de rosa dignas de taza de desayuno, que te recuerdan que la vida no es fácil y que cuando superas sus desafíos, te acabas haciendo más fuerte. Él sí podría decirlas sin que sonaran a tópico más que manido. Su vida, su realidad.



Y es que es irónico. El adolescente de Puerto Príncipe que se autodenominó King Cady se pasó media existencia creyendo que la corona se encontraba en cada mate, en cada vuelo, en cada éxito profesional, ignorando que su verdadero reinado empezó en su orgullosa tierra. Pateras, pasaportes, lesiones, multas, leyendas por el camino. Su madre, su hermana, el espíritu del 25. Sigue habiendo luna llena. De Roe a Duncan, de San Antonio a Manresa. Es parte del guion. “El reto más grande que tengo es enseñarles a los pequeños que un inmigrante, un inmigrante ilegal, también puede hacer cosas. En este mundo tan duro te pueden faltar papeles, pero no puedes dejar de perseguir tus sueños. Quiero ser una influencia para los más niños de mi comunidad o de cualquier lugar, que sepan que, bajo las circunstancias más complicadas, un inmigrante lo puede conseguir. Si lo hago, habré logrado el sueño más grande de mi vida”. Habrá logrado la corona. La corona de King Cady.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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