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Lester Bo McCalebb: El héroe del pueblo
Esta es la historia del joven que superó la adversidad en forma de huracán, del jugador que combatió ojos escépticos para ser el ídolo de una pequeña república y de la persona a la que Zaragoza le dio una segunda oportunidad… es la historia de Lester McCalebb

Redacción, 26 dic. 2018.- Era noche cerrada, el viento golpeaba con dureza las puertas y ventanas de la casa queriendo colarse donde no había sido invitado. La fuerte lluvia no dejaba de caer durante horas, nada de lo que se había escuchado antes parecía hacer justicia con lo que acontecía. En su cuarto, Lester McCalebb trataba de conciliar el sueño mientras la tormenta arreciaba sobre su hogar.

“Mi madre decía que no iba a llegar, así que nos quedamos en la ciudad. Nos levantamos a la mañana siguiente, miramos por la ventana y todo era un desastre. Así que cogimos el coche y nos fuimos a Houston. Tres meses después los entrenadores de la Universidad de Nueva Orleans vinieron a recogerme, recuerdo terminar el semestre en Texas y cuando terminó el curso volvimos a la ciudad”, recuerda.

El dolor y el sufrimiento fueron lo único que McCalebb reconoció cuando volvió a abrir los ojos. La devastación que el Huracán Katrina ocasionó el 29 de agosto de 2005 asoló la vida tal y como hasta entonces la conocía. Ese día, ni las alertas previas ni las medidas de protección pudieron contener a las fuerzas de la naturaleza y cuando cayeron las protecciones de Nueva Orleans, la ingeniería civil dejó indefensa a la ciudad y sus habitantes.

La tormenta ciclónica sometió a la ciudad de Nueva Orleans a vientos huracanados durante horas, se cortaron las principales vías de comunicación y el Superdome de Nueva Orleans se convirtió durante días en un centro de emergencias donde miles de personas quedaron a cubierto. Sólo unos pocos privilegiados pudieron salir de la ciudad y encontrar un lugar de acogida, entre ellos el propio McCalebb. “Para mí no fue tan malo. Tenía a mis compañeros, entrenadores... Nos daban dinero del Gobierno para vivir por el Katrina. No sabía cómo le iba a mi familia y esa era es la parte más dura. No sabía cómo le iba a mi familia, pero yo estaba bien”, señala un McCalebb que de inmediato se trasladó a Houston para preparar la siguiente temporada.
El cemento y el parqué de Nueva Orleans hablan de la leyenda de Bo McCalebb (Foto: Bo McCalebb)


Tras la miseria y la ruina del momento, el país se llenó de ingentes muestras de afecto y solidaridad. Muchas a golpe de talonario, otras que pueden pasar imperceptibles al ojo humano pero que calan en el corazón del que lo ha perdido todo. Entre estas últimas se encuentra la muestra de lealtad de Bo McCalebb, quien obvió la posibilidad de marchar a otras universidades (la NCAA permitió a todos los jugadores de la universidad cambiar de equipo sin la penalización de un año sin jugar) para permanecer allí donde siempre se sintió querido. Fue un gesto humilde cargado de gran simbolismo. “Soy una persona muy leal. No muchas universidades me llamaron después del instituto, pero cuando jugué bien durante mis primeros años en la UNO, llegó el Huracán y mucha gente me llamó. Yo les dije que no, que quería seguir jugando en Nueva Orleans”, dice. ¿Si antes no le llamaron, por qué debía hacerles caso ahora?, pensó. McCalebb, que fue rechazado por Lousiana State University y Oklahoma State cuando tenían apalabrado su reclutamiento, promedió más de 22 puntos en su segundo año universitario; antes del Katrina.

Por entonces, Bo era un héroe de cosecha propia. Creció siendo una leyenda, aquella que hablaba de un niño que dominaba el balón como si fuera un apéndice de su cuerpo, del chico que se iba de cuanto rival se ponía delante suyo por más que la edad y el físico intuyeran lo contrario… las calles de Algers y Nueva Orleans esculpieron un mito que curiosamente no encontró en el baloncesto su primera pasión. “Comencé a jugar con 12 o 13 años, aunque simplemente jugaba para pasármelo bien. Por entonces me gustaba más el fútbol americano, pero luego comencé a jugar más a baloncesto y a tomármelo más en serio hasta el día de hoy”, cuenta. El pequeño Lester no quería seguir los pasos de su padre (otra leyenda de la ciudad y del que heredó el apodo de Bo) pero, tras ganarle con 15 años un uno contra uno, el placer del aro quedó inoculado en él.

Con el tiempo, se convirtió en un referente cultural de los playgrounds locales. Allí, y en tiempos donde la felicidad residía en jugar con libertad, su figura creció según fue derrotando a rivales mucho mayores que él (cuentan que con 10 años ya jugaba contra chicos de 17). “Lo recuerdo como si fuera ayer. Siempre estaba jugando en los parques y lo hacía contra otros chicos mayores que yo. Creo que eso me ayudó a crecer, me ayudó a ser un jugador de baloncesto, a ganar en dureza… algo que luego me ha ayudado mucho”, confiesa. Y del cemento y el frío de las pistas callejeras al calor de un pabellón y una fecha muy especial: el día de San Valentín de 2003. Ese día Bo McCalebb pasó a la historia del baloncesto de Lousiana al anotar 78 puntos al Ben Franklin High School (su instituto ganó 125 a 56) en el último partido de liga regular que jugó en casa. “Es una locura, sucedió el día de San Valentín de 2003 y mi madre falleció el mismo día años después… es una locura”, dice recordando dos sucesos tan opuestos.

Con su instituto promedió 32 puntos en su último año si bien eso no fue reclamo suficiente para convencer a las grandes universidades y el base acabó firmando por la Universidad de Nueva Orleans. Con los Privateers explotó en su segunda temporada y, tras romperse la muñeca y perderse casi al completo su tercer año, cerró la etapa universitaria siendo el máximo anotador histórico de la universidad (fue el primer jugador en la historia de la UNO que anotó 20.000 puntos) y logró ser el mejor jugador de la Sun Belt Conference. En total, sumó un total de 2,679 puntos, colocándose en el 24º lugar de la clasificación histórica de anotadores en la División I de la NCAA, justo por delante de David Robinson. En tiempos donde Chris Paul era el ídolo de clases altas y la ciudad se engalanaba con su camiseta, Bo era el ídolo del pueblo. En gratitud por el afecto recibido, McCalebb regresa cada verano a la Universidad y, sobre el mismo parqué que tiene dibujada su firma, trata de ayudar a las nuevas generaciones.
La lealtad de Bo a una ciudad pesó más que las promesas de fama y victorias (Foto: Bo McCalebb)


VESTIRSE DE CENICIENTA

Pese a la notoriedad de su juego y la relevancia de sus exhibiciones, McCalebb se enfrentó a la realidad tras concluir su ciclo universitario. Poca gente piensa en Nueva Orleans como una ciudad de baloncesto, los jugadores reciben escasa atención y el foco mediático apenas luce en la ciudad del Jazz. Fuera del radar de los grandes programas, muchas franquicias le vieron como otra estrella de universidad menor que no puede adaptarse al físico de la liga. Bo McCalebb no fue invitado al campus predraft, no tuvo minutos en la Summer League con Sacramento… en definitiva, quedó en el olvido de la NBA.

Sin pensar en lo que pudo ser y no fue, entendió que su sueño de jugar al baloncesto se haría realidad cruzando el océano. Pisó tierra en el Mersin Buyuksehir Belediyesi de la liga turca y allí comenzó a granjearse una fama de jugador letal en el uno contra uno. Su velocidad desbordaba a oponentes, era una flecha cuando encaraba el aro y se clavaba en lo profundo de las defensas rivales (17,7 puntos y 4,7 asistencias). Además, con idéntica velocidad sus manos leían los pases de rivales y birlaba balones (líder en recuperaciones con 2,7 por partido) para convertirse en una doble amenaza: delante, detrás… el chico que creció rápido en las calles de NOLA dejó de ser un desconocido en Europa (acabó en el segundo quinteto ideal de la liga turca).

De eso se dio cuenta la secretaría técnica del Partizan del Belgrado. Habituada a ver como sus promesas marchan a grandes ligas, siempre se mostró efectiva a la hora de detectar el talento allí donde el dinero no le llegaba y comprendió que McCalebb era quien debía liderar su nuevo proyecto. El base se consagró en Partizan no sólo ratificando las grandes sensaciones de su desembarco continental, sino demostrando que podía ser el jugador sobre el que construir grandes proyectos deportivos. Una rareza al alcance de pocos y que le convirtió en pocas semanas en el hombre a seguir dentro de la extraordinaria temporada que completó el equipo serbio. El año en Belgrado “significó mucho para mí porque hasta entonces no sabía mucho sobre la Euroliga y no sabía lo importante que es y lo que podía suceder. Fue fantástico, me ayudó a crecer y jugar en grandes equipos durante mi carrera porque mucha gente conoció mi nombre”, asegura.

Partizan se convirtió en la Cenicienta de la Euroliga 2009-2010 y, liderado por su pequeño comandante en pista (McCalebb ese año entró en el segundo equipo de la competición y fue quien más balones recuperó), el equipo serbio fue creciendo en la competición hasta alcanzar la eliminatoria de cuartos de final. Allí los Lawrence Roberts, Jan Vesely y Aleks Maric confirmaron el sueño del histórico club y consiguieron robar el factor pista al Maccabi Tel Aviv. A los héroes de la pista sólo les quedó sellar su hazaña bajo el calor de la sala Pionir. Un fortín que durante semanas vibró y alentó el esfuerzo de sus jugadores y que en el momento clave de la temporada se convirtió en el factor determinante para que Partizan volviera a estar en una Final Four 18 años después. “Es la mejor afición con la que he jugado. Dos días antes del primer partido de Euroliga todo el mundo me estaba hablando de los fans y no sabía muy bien qué podía pasar. El primer partido fue una locura, pero luego fue a más y a más… fue una sensación increíble”, asegura. La Cenicienta llegó al gran baile, se ilusionó con jugar la gran final, pero las campanadas de media noche sonaron cuando Josh Childress transformó en mate un airball de Milos Teodosic a menos de tres segundos para la conclusión. McCalebb aún pudo evitar la prórroga con un último tiro, empero su fallo dio paso a un tiempo extra donde se impuso la cruel lógica del presupuesto.
McCalebb lideró dos pequeñas revoluciones al sur de Europa (Foto: Euroleague/Getty)


Bo McCalebb definitivamente había quedado instalado en el trono continental, pero lo que no se imaginaba es que ese lugar de honor se alzaría aún más en un país del que jamás oyó hablar antes: Macedonia. En la pequeña república balcánica, Dejan Lekic, Secretario General de la Federación de Macedonia, pensó que el héroe de la Sala Pionir podía ser la pieza que tanto perseguía su selección para ser competitiva y conseguir clasificarse para el Eurobasket. Consciente del impacto que podía tener su nacionalización en la selección macedonia, Lekic se puso en contacto con McCalebb y a las dos semanas éste pasó a ser Borche McCalebbovski. En la Federación tenían clara la decisión que iban a tomar, pero no tanto el jugador. “Para ser honesto no sé cómo me decidí. Me llamó mi agente y me dijo que Macedonia quería que representara a su país, y yo dije que sí. Recordé que antes había hablado con otros jugadores y me decían que sería más fácil jugar en Europa con un pasaporte europeo, así que dije: ‘sí, ok…’ y lo hice”, señala. A él no le hizo falta haber pisado antes territorio macedonio o conocer de su realidad baloncestística pues sabía las oportunidades que ofrecía tener un pasaporte europeo.

No siempre las leyes entienden de justicia, la ética en el deporte dejó de ser un referente hace tiempo, pero esta vez un decreto exprés y una nacionalización sin raíces encontró sentido con el maravilloso cuento de hadas que jugador y país vivieron en el Eurobasket de 2011. Allí, una nación de poco más de dos millones de habitantes vivió dos semanas de orgullo patrio como nunca antes recordó. Fue una exaltación del orgullo nacionalista que enarboló un chico de Nueva Orleans.

Tras iniciar el torneo perdiendo frente a Montenegro, McCalebb renegó del lugar que otorgaba el destino a su nuevo país y rechazó ser otra selección más del gran baile europeo. La leyenda del base en Lituania comenzó a escribirse con los 27 puntos que anotó para vencer a Grecia (rival con grandes connotaciones históricas), luego llegaron otras victorias sobre Finlandia, Bosnia o Georgia… incluso Eslovenia tuvo que claudicar frente a un país que disfrutaba del pequeño milagro que era estar en cuartos de final.

Todos se abrazaban a la felicidad pues entendían que medirse a Lituania era poco menos que el final de su hermoso trayecto. Sin embargo, el 14 de septiembre de 2011 fue una fecha que no olvidarán la historia del Eurobasket, las casas de apuestas y dos pequeños países donde el baloncesto es una gran religión. Ese día dos naciones lloraron al ver como Macedonia eliminó Lituania de su torneo. Con cada canasta, la pequeña sorpresa fue mutando a gran milagro y el ¡Ajde Bo, Ajde Bo! (¡Vamos Bo, Vamos Bo!) que coreaban los valientes macedonios desplazados a Kaunas fue silenciando a los casi 15.000 lituanos que presenciaron aquel funeral deportivo. Desde la distancia, un país pasó la noche en vela festejando el mayo hito de su selección. “Por supuesto que lo recuerdo. Nadie esperaba que pudiéramos conseguir lo que luego hicimos. Ese día ganamos un grandísimo partido contra el anfitrión, así que fue una gran victoria para nosotros”, confiesa.

Nuevamente, Bo McCalebb se presentó a la antesala de una gran final y, por segunda vez, la suerte le fue esquiva. Durante tres cuartos, él comandó la rebelión de Macedonia frente a España. En uno de los torneos más notables de la selección española, la pequeña república fue la única que le llegó a incomodar, pero la desdicha de McCalebb también vestía de genio y tenía su propio apodo: ‘la bomba’. “Fue un partido durísimo. España tenía cinco jugadores NBA en su plantilla, pero nosotros luchamos y competimos fantásticamente durante 32 o 33 minutos. Al final, Navarro decidió que el partido se tenía que terminar e hizo que España ganase”, recordó años después. Dos días después, McCalebb no pudo redondear su fantástico torneo (fue elegido en el quinteto ideal con 21,3 puntos, 3,7 asistencias y dos recuperaciones de media) y perdió el bronce, aunque eso no desluce el recuerdo de una selección que aún hoy es considerada como una de las grandes sorpresas de los últimos torneos.

“Cuando volvimos al país había muchísima gente, unas 300.000 alrededor del aeropuerto. Dimos una vuelta por la ciudad en un bus con todo el equipo y podíamos ver cómo la gente agradecía lo que habíamos conseguido para el país”, comenta un jugador que jamás pensó en ser la estrella de una república con una superficie más pequeña y la mitad de población que su Luisiana natal. “Nunca. Nunca en mi vida… nunca”. La sonrisa que desprende con su respuesta delata el increíble viaje realizado y que convirtió a un chico de las calles de Nueva Orleans en el ídolo de un país del que jamas había oído hablar.
El baloncesto un día contará la historia de Borche McCalebbovski (Foto: FIBA Europe/Elio Castoria)


EL EFECTO BO

El traje deportivo de McCalebb ya no podía ser el de una Cenicienta, su juego reclamaba las grandes luces mediáticas y Montepaschi Siena le ofreció el espacio necesario para instaurarse en la élite de la Euroliga. Una nueva Final Four en 2011 y ser el máximo anotador de la competición al año siguiente ratificaron la realidad de un jugador determinante en el concierto europeo. Como tal lo vio Fenerbahçe y le pagó como gran estrella… sin embargo, nada salió como previó. Dos años salpicados por decepciones competitivas y objetivos incumplidos en Europa erosionaron su figura. Tocó rearmar su baloncesto, primero en Munich, luego en Limoges y Gran Canaria… y entre medias, el gran anhelo de la NBA.

No fue raro que más de una franquicia se interesara por él según creció su fama por el viejo continente e incluso en 2012 estuvo cerca de firmar por San Antonio Spurs. Sin embargo, a última hora la franquicia tejana extendió el contrato de Patty Mills y McCalebb se quedó sin debutar en la NBA. Los sucesivos años le fueron alejando de la liga, pero inesperadamente en 2015 la puerta del planeta americano se abrió de nuevo con el contrato que le firmó en pretemporada New Orleans Pelicans. El ídolo volvía al redil.

El dream comes true surgió en su vida y nada hubiera sido más bello que volver a jugar en casa y ante los suyos, pero el deporte profesional es cruel hasta en detalles como negar la oportunidad a quien tanto hizo sin pedir nada a cambio. Jugó cuatro partidos de pretemporada, uno especial pues lo hizo delante de su familia y que ya forma parte de su recuerdo. “Mucha de mi familia, mi madre y mucha gente que no me había visto jugar en mucho tiempo vino a verme jugar. Fue realmente positivo. Mi madre y yo hablamos mucho al respecto. Ella estaba muy feliz”, confesó en una entrevista durante aquellos días. Desafortunadamente, el sueño duró apenas nueve días y cuando McCalebb abrió los ojos volvió a sentir la crudeza de una realidad que nunca le puso las cosas fáciles. Pese a ello, el jugador asegura que no haber debutado en la NBA “no fue una decepción porque he tenido una larga carrera. He tenido varias oportunidades de jugar en la NBA pero, honestamente, no quise. Yo no quería estar allí en una situación donde no pudiera jugar y estuviera enfadado; decidí permanecer en Europa donde estoy cómodo, he jugado mucho tiempo y me he hecho un nombre”.
Zaragoza disfruta con la segunda oportunidad de Bo (ACB Photo/E. Casas)


Tras recomponer las piezas de su puzle deportivo, Lester McCalebb regresó a España para ayudar a Tecnyconta Zaragoza en un momento de inestabilidad deportiva durante la pasada temporada. En una etapa del año donde el mercado estaba esquilmado de talento, el base fue una joya inesperada… o una lubina. "Vamos a un mercado que no existe. A una lonja del pescado donde se han llevado todo. No hay mercado. Tenemos que ver qué ofrece el mercado y ver qué podemos traer a Zaragoza (…) Lo que sucede es que a veces entre los despojos de la lonja encuentras una lubina camuflada", contó Jota Cuspinera en rueda de prensa tras la marcha de Sergi García. Su fichaje fue una bocanada de aire fresco a orillas del Ebro y su presencia dotó de calidad y victorias a un equipo necesitado del aporte anímico que su estrella siempre conllevó. En nueve partidos promedió 11,8 puntos y 3,6 asistencias, pero cuando mejor se sentía en pista, la desgracia le sacudió con el fallecimiento de su madre. Un rápido viaje a casa y el shock emocional del suceso le llevaron a tomar la decisión de rescindir su contrato. Tras el trágico suceso, la fatalidad le obligó a replantearse su realidad y tuvo que hacerse cargo de sus cinco hermanos (Tyree Griffin está jugando en la Universidad Southern Miss Golden Eagles).

No hubo reproches, sólo comprensión por la desazón del momento y un deseo de reencuentro. Y como de historias va la vida de McCalebb sintió que la suya con Zaragoza era una inacabada por eso no dudó en regresar allí donde lo dejó cuando el mercado veraniego así lo predispuso. “No mucha gente u organizaciones dan una segunda oportunidad en la vida. Lo que pasó, pasó el año pasado. Por motivos personales tuve que abandonar el equipo pronto, pero cuando este verano me llamaron dije rápidamente ‘sí’ porque sentí que merecía una segunda oportunidad. Aquí me sentí cómodo al año pasado hasta que tuve que marcharme”, confiesa.

El reencuentro esta vez es dichoso y pleno pues lejos de las prisas y las urgencias de meses atrás, en esta ocasión el base ha podido formar parte del proyecto desde el principio y bajo las órdenes de Porfi Fisac vuelve a sonreír no sólo con victorias sino también con actuaciones que recuerdan la valía del pasado. Con siete victorias, Tecnyconta Zaragoza ha olvidado los agobios del descenso para vislumbrar la esperanza de la Copa del Rey. A su vez, McCalebb hace crecer sus números por encima de la decena de puntos (48% en triples) y casi cinco asistencias por encuentro. Ni siquiera los problemas físicos con los que termina el año pueden empañar el papel de un jugador también clave en el vestuario reforzando la química interna del equipo y ofreciendo una impagable ayuda como mentor al joven Carlos Alocén. Dentro y fuera de la pista, todo un profesional.

A sus 33 años, la carrera de Lester ‘Bo’ McCalebb ha realizado un largo viaje. Como las grandes aventuras, ha tenido de todo: momentos álgidos y algún que otro descenso que han forjado su carácter. Aunque estaría encantado de extender en Zaragoza el efecto ganador que ha impregnado a los equipos donde ha estado, ahora relativiza los éxitos deportivos y disfruta del día a día. “Creo que me quedan cuatro o cinco años más jugando y en ese tiempo tendré que ir viendo qué camino tomo”, dice sabedor de que cuando deje el baloncesto regresará a Nueva Orleans y terminará sus estudios de gestión deportiva. Sobre su trayectoria, McCalebb se muestra “muy contento. Pudo ser mejor, pero con 33 años estoy jugando en la ACB que es una de las mejores ligas del mundo. Lo he conseguido por mí mismo, así que algo bueno debo de haber hecho”.

Desde joven, Lester McCalebb comprendió que la vida no es siempre la que uno desea, en ocasiones ésta golpea con la fuerza de un huracán, la incomprensión de ojos ciegos y la dureza de la perdida irreparable de quien más se quiere. Por levantarse ante todos estos golpes, hoy McCalebb también es un héroe.
Bo McCalebb, algo más que un jugador de baloncesto (ACB Photo)

Álvaro Paricio
@Alvaropc23
ACB.COM

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