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Leyendas del Playground (XXII)
En el capítulo XVII de esta serie, Gonzalo Vázquez hizo un primer acercamiento a la figura de Peter Vecsey, una de las personalidades más influyentes en la 'Rucker Golden Era'. Como jugador, entrenador, asistente y mánager de los Westsiders y el Pony Team, dos equipos legendarios, vivió en primera persona los años dorados del baloncesto en la calle. Por eso, sus opiniones sobre Julius Erving, Charlie Scott, Pee Wee Kirkland, Joe Hammond o Manigault son más que autorizadas


Julius Erving en la Rucker de 1971

Sumemos esta entrega a la XVII y tendremos casi al completo el repaso en primera persona de Peter Vecsey publicado en el especial de SLAM: 'STREETBALL: For the Love of the Game'. Aquel monólogo fue recogido por el periodista Lang Whitaker en el reportaje 'Heaven was a Playground'. Vecsey, una de las personalidades más influyentes en la 'Rucker Golden Era', alternó entre 1971 y 1982 los cargos de jugador, entrenador, asistente y mánager de los Westsiders y el Pony Team, dos formaciones legendarias que obtuvieron cuatro títulos de la Rucker. La segunda parte de aquella entrevista de una sola respuesta era un trazo grueso de algunos de sus mejores y más singulares recuerdos. Así el trabajo fue subtitulado: 'Peter Vecsey saw the whole thing' (Peter Vecsey lo vio todo), como él mismo confesó a Whitaker al comenzar la entrevista.

Alternando su tarea de cronista de los Nets para el Daily News, Vecsey cubría ocasionalmente a la universidad de Massachussets, siendo testigo de los primeros coletazos en la carrera de Doctor J, sobre el que nunca escatimó el menor elogio: 'Por encima del 'showtime' que desplegaba Julius en cada partido, nosotros sabíamos que aquello era pura competitividad para ganar'. Como integrantes ambos de los Westsiders, juntos ganaron con autoridad la Rucker de 1971 y 1973. Preguntado por las distintas leyendas de aquella época, el periodista subrayaba siempre la diferencia entre la eficacia técnica (Hammond, Kirkland, Archibald) y la galería al tendido (Jackson, Manigault, Knowings), pero en Julius Erving ambas cosas parecían extrañamente coincidir. No era circo, 'era tremendamente competitivo', decía el periodista, exaltado cada vez que hablaba del Doctor, insistiendo en que toda su carrera en la ABA y NBA no hacía justicia a su increíble legado en la calle. 'We just did not believe what we saw. (...) And you know, everybody swears they saw Julius do his stuff in the ABA and the NBA, but he never, ever did the stuff he did in the Rucker'. El hecho de no encontrar ninguna restricción procedente del banquillo ('At Rucker, Doc didn't have any restraints') unido a las salvajes pulsiones de su edad, le convirtieron en el favorito del público hasta el punto, cuenta el analista Scoop Jackson, que 'el crimen en Harlem desaparecía cada vez que él llegaba allí'. Conviene también destacar algo donde parece coincidir la gran mayoría de testigos entonces: que todo jugador ignoraba realmente su valor hasta enfrentarse a Julius Erving. 'He left 'continúa- a lot of MUTHAFUCKAS open on the operating table'. De ahí que aquellos duelos legendarios vaciaran literalmente de diez a quince manzanas en torno a la 155. 'Thousands 'insistía Jackson-, all there to see him do that thang he did that couldn't no one else do. Doc became the one player all others in NYC were judged against'.

Además de un abundante tesoro de información, aquel número de SLAM era un delicioso álbum fotográfico que si sabe degustarse oportunamente (una cálida melodía a su lectura), puede resultar emocionante. La instantánea que acompaña a este artículo, uno de cuyos cargadísimos bordes elegimos para ilustrar la primera entrega, corresponde a la Rucker del 71, allá donde los campeones vistieron camiseta de mangas. En el reportaje de Whitaker al que hacemos referencia, aparecía un jovencísimo Vecsey posando junto a Julius y Billy Paultz como estrellas de los Westsiders en otra sagrada edición, la de 1973. A lo largo de esta serie hemos insistido en el tremendo desahogo que para muchos negros supuso como escenario vital el Baloncesto en el corazón de la NYC. Pero para mejor entender el calado real de aquel Julius Erving, nada más acertado que la dedicatoria de Scoop Jackson en una breve reseña de aquel mismo número: 'In the '70s, he singled-handedly turned Rucker Park into his own personal playground'. Puede que Red Auerbach, una de las figuras más soberbias que ha dado el baloncesto americano, no se perdonara nunca no haberle fichado en su momento. Y así se lo hizo ver públicamente, algo rarísimo en Auerbach, a su última presencia en el Boston Garden en 1987: 'Thanks for being so great!'. No cabe duda que aquellos que le vieron jugar como adolescente, en estado puro, pueden considerarse verdaderamente privilegiados, estén vivos o muertos.

Es probable que al espectador europeo que vea la película 'White men can't jump' (Ron Shelton, 1992) le cargue la excesiva verborrea de los jugadores. No paraban un solo instante de hablar y soltarse perlas directamente a la cara. Pero se trata de una recreación de la pura realidad. Algo donde parecen coincidir la Old y la New School es en el Trash Talking, el lenguaje basura, todo un ritual allá adentro. Nunca hubo silencio en la calle. 'There was a whole lot of trash talking. Charlie Scott and Pee Wee Kirkland got into it big time'. Las lenguas desatadas fueron siempre la música del carnaval de los aros, desde los protagonistas de pista que por su calidad podían elevar el desafío a la propia multitud allí congregada. Ni una sola acción quedaba huérfana de toda una retahíla de aclamaciones y aplausos, y se premiaban igual los aciertos de canasta que los puramente defensivos. 'Good defense, baby, good defense!'. Fueron muchos los blancos que siendo pura minoría, tuvieron que soportar los calores de la raza negra exaltada. Bastaba que Cowens, ganada la posición, levantase un instante su mano y Tiny Archibald, cerebral y paciente, le aguantara con un simple 'Wait! Wait!' para que la grada replicara con malicia: 'White! White!'. Y la risa general se desataba sin control.

Otro aspecto curioso: figuras como Fly Williams, Joe Hammond o Marvin Barnes fueron célebres por flirtear con mujeres o pretender vivir por encima de sus posibilidades. Eran espléndidos, derrochones, y las historias de cochazos, visones, alhajas y demás parafernalia les acompañaron siempre. Uno de los más llamativos era Charlie Scott, quien adoraba fardar de elegancia al uso. Cuenta Vecsey que apareció una tarde al volante de un espléndido Cadillac DC (Del Caballero): '...the fanciest Cadillac going. It was a convertible, and he'd park it near the hydrant, and nobody would bother with it because it was Charlie Scott's ride'. Como solía ocurrir, un enorme grupo de chiquillos abordó el coche a su llegada, sorprendiendo a la hermosa mujer que hacía las de acompañante. Entre la ingenuidad y la acertada malicia de los niños de la calle, tuvo lugar entonces este escueto diálogo del que todos fueron testigos:

-Charlie, how much did that thing cost?
-Twenty thousand dollars
'cuando su contrato con Virginia no superaba los treinta mil.
(And everybody goes:)
-Twenty grand, wow!
(And one kid goes:)
-Shit, Charlie, you could have bought a HELICOPTER for that!

'Le puso a Charlie en su sitio', terminaba Vecsey, sin duda protagonista de algunas de las mejores escenas que la Rucker ha legado a la historia del anónimo asfalto.

Las tres anteriores entregas de la serie estuvieron dedicadas a Manigault. A juicio de Vecsey, y aquí se mostró siempre especialmente cuidadoso, se trataba de un prodigio asombroso, pero en ningún caso del mejor jugador de su época. 'Era bueno, naturalmente que lo era, pero no estoy seguro que fuera el mejor. Pee Wee Kirkland era grande. Joe Hammond era grande. Pee Wee era un anotador puro. Podía tirar después de dribbling (virtud por la que fue glorificado entonces el Gail Goodrich de los Lakers), crearse sus propios tiros y soltar porquería por la boca todo el rato. Pee Wee podía jugar. Podía ser profesional, perfectamente podía serlo, pero simplemente vendía droga. A decir verdad, creo que Pee Wee y Hammond eran los únicos que podían haber salido de allí. Conseguí para Manigault una prueba con los Stars de Utah pero no era lo suficientemente bueno. El propietario (Bill Daniels) le adoraba, pero después del segundo día lo tuvo claro. Querían ayudarle a salir de allí, enviarle de nuevo a la escuela, pero no pudieron hacerlo'. Una lástima, según el propio Vecsey, para quien haber visto a Manigault de profesional sería primero uno de los milagros más grandes en la historia del Baloncesto y segundo, haber evitado seguramente toda su desgracia posterior.

Una vez recordado el semblante de Julius Erving, Charlie Scott, Pee Wee Kirkland, Joe Hammond y Manigault, abordaremos en la siguiente entrega al pequeño grupo de jugadores que, a juicio de Peter Vecsey, fueron los mejores en la Edad de Oro de la Rucker.

Gonzalo Vázquez
ACB.COM

Las 'Leyendas del Playground' de G Vázquez, al completo


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