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Leyendas del Playground (XXXI)
Tras la serie de monográficos dedicados a las grandes figuras del baloncesto en la calle, Gonzalo Vázquez nos acerca ahora otros nombres que también fueron importantes en las “Asphalt Jungles”. Comienza su repaso por un nutrido grupo de jugadores pequeños, bases explosivos que dejaron huella: Pablo Robertson, Frank “Shake&Bake” Streety, James ‘Pookie’ Wilson o James Allen, entre otros, forman también parte de este importante conjunto de jugadores que triunfaron en las canchas de asfalto


Las canastas del asfalto conocieron a magníficos tiradores

Llegados al último tramo de la serie y cumplida la promesa de monografiar a los más grandes, relajamos un tanto la profundidad documental para acelerar la presencia de otros nombres que también dejaron su particular huella en otros tantos rincones de las Asphalt Jungles, entre las que destaca, como siempre, la New York City, yacimiento inagotable de toda fauna posible pero especialmente de una, la de los grandes pequeños. El encantador racimo de los “explosive guards” fue sin duda el más abundante de cuantos tipos de jugador derramaron las calles a lo largo y ancho de todo el país. La lógica es demográficamente sencilla: las estaturas altas son menos comunes que el amor por el Baloncesto, mucho más socializado.

Tyronne Bogues, Spud Webb o Earl Boykins comparten juntos el éxito de la supervivencia en un mundo de gigantes. La escena profesional les dio cobijo. Pero… cuántos se quedaron en el camino. En la última entrega mencionamos a Pablo Robertson, célebre en la NYC de los sesenta por concentrar la atención de la multitud al dominar partidos sin anotar un solo punto. “Pablo’s thing was defense and passing –recordaba Pee Wee Kirkland-. Lots of people couldn’t get the ball over the line on him because he would hound you to death”. Aquel frenético base de apenas 1.68 era un producto puro de la Gran Manzana: extrovertido y descarado, resuelto y rapidísimo, su formidable manejo del balón y del juego anticipaba tanto el porvenir de su posición como su feliz condena al circo globetrotter. Graduado en un pequeño instituto del Bronx (De Witt Clinton), Robertson eligió la universidad de Loyola, en Chicago, donde haría historia en 1963 en un partido contra Wisconsin. El base titular John Egan fue expulsado por faltas y al salir del banquillo Robertson, quedaría en pista el primer quinteto completamente formado por jugadores negros en la historia de la NCAA (Div. 1). Loyola ganaría aquel año el campeonato universitario. La guerra de Vietnam se interpuso luego en su camino y al regresar buscó de nuevo refugio en la calle, que lo vio brillar en la Rucker del 67 jugando frente a Willis Reed y su compañero en los Globs, Connie Hawkins. La fama que le negó el profesionalismo se la daría después la Televisión al protagonizar sus Harlem Globetrotters la exitosa serie del mismo nombre –hoy puro culto- emitida entre 1970 y 1971.

Del profundo Harlem recogería también aquel equipo una réplica de apenas 1.80 cuyo apellido real lo decía todo: Frank “Shake&Bake” Streety (Callejero). En el baloncesto moderno hay un dribbling preciso, artimaña de los grandes manejadores (Monroe, Thomas, Hardaway) denominado “Shake&Bake” (rapidísimo cambio de ritmo y dirección recortando inesperadamente el bote) cuyo origen se remonta a aquel pequeño acróbata graduado en Murray State. El periodista Russ Bengtson lo recordaba como un auténtico “killer on the asphalt” capaz de hacer mates monstruosos con una estatura ridícula. Pee Wee Kirkland siempre insistió que en ningún caso “se puede hablar de los grandes de aquel entonces sin mencionar a ‘Shake&Bake’”.

Años después, en los primeros ochenta, surgiría otro auténtico detonador que no llegaba al 1.75. Se llamaba James ‘Pookie’ Wilson y en un partido de instituto, poco antes de elegir la pequeña John Jay, anotaría nada menos que 100 de los 102 puntos de su equipo. “In ’83 he was named College Division Player of the Year by the NY Metropolitan Writer’s Association”, indicaba el cronista Bobbito García, añadiendo que era absolutamente “imparable con el balón en las manos”. En la Rucker del 85, donde estuvo a punto de alcanzar los 70 puntos de Hammond una tarde, lideró el torneo en anotación (34.6) y pase fulminando con 42 puntos a Kevin Williams (tercer base de los Cavs) en un partido tras el que Arnold ‘A-Train’ Bernard, compañero entonces de Rod Strickland, lo definiría como el mejor jugador que había visto en su vida, algo lógico para quien tuvo el privilegio de ver, en un torneo concentrado de día y noche, cinco partidos de Pookie cuya anotación sucesiva fue de 55, 49, 41, 56 y 43. Un aluvión de 244 puntos en varias horas a razón de 48.8 cada choque. “Pookie stayed at another level. The rest of us were only allowed to visit”.

Años más tarde, ya en los noventa, las calles de Houston fueron testigo de una proeza similar en nombre de Lawrence ‘Doc’ Castle. En un torneo ‘Pro-Am’ (Proffesionals-Amateurs) de verano consiguió enchufar 102 triples en cuatro partidos consecutivos (“Make. Not take, made”, destacaba Stu Worth en SLAM) a más de 25 de promedio y sumando en uno de ellos la friolera de 91 puntos. “Cuando estoy caliente me encuentro en mi propio mundo. No puedo pensar en nada ni en nadie, y cuando eso ocurre no me veo perdido –se intuye a nivel existencial- (I don’t see me missing)”. Al menos Castle disfrutó del anillo triple como no pudieron hacerlo otros tantos pequeños del pasado. Los primeros 60 dieron en el sur de California otro explosivo base de nombre James Allen, apodado ‘Arkansas Red’ porque su juego se ponía, por momentos, al “rojo” en los parques y la universidad de Arkansas-Pine Bluff. En un partido contra la poderosa Grambling de Willis Reed, Allen condujo a su equipo a la victoria tras doble prórroga anotando 60 puntos. Muchos años después declaró que, de haber existido el triple entonces, habría promediado 100 puntos por partido. No en vano en la calle lo llamaban “Radar” debido a la lejanísima cobertura de sus tiros a canasta, algo perfectamente válido para Pete Maravich, del que ignoramos su incremento anotador de haber gozado del triple.

Más tiro: en la entrega XXIII recordamos a Walter Szczerbiak como el mejor tirador en la historia de la Rucker a juicio de Peter Vecsey. Pero hubo una réplica suya casi exacta, físico incluido (con el libre añadido de Manolo Flores), llamada Jack Ryan, apodado ‘Black Jack’ e incluso ‘Water’ por la obstinada limpieza con que parecían entrar siempre sus tiros, para Chris Mullin, los mejores que haya dado nunca un jugador que no haya pisado la NBA. El verano de 1990, cuando Ryan contaba 27 años, fue ofrecido por Peter Vecsey en el campus de los Nets, pero la fuerte presencia de Blaylock, Theus y Derrick Gervin y una inoportuna molestia en la rodilla, lo dejaron fuera de juego en el último instante. Como senior promedió en el instituto 26 puntos llegando a los 44 en una ocasión. Pero la verdadera cuestión en Ryan no era tanto el aluvión de puntos como la forma de producirse. Bobbito García, compañero suyo entonces, lo explica mejor: “La primera vez que jugué con él hizo 17 de 17 en tiros de campo, y todos fueron tiros lejanos, justo antes de fallar el último donde el partido se decidía, y eso que estaba libre de marca”. Para los llamados tiradores, se quiera o no, tendrá siempre mayor valor el último acierto que los primeros muchos errores. Con todo, subraya García, “Ryan is a legend at East 5th St. Park in Brooklyn”.

También las calles del West Side de Chicago fueron célebres por alumbrar figuras de enorme interés. El analista Scoop Jackson subraya la K-Town como “one of the most renowned basketball territories in the world”. Jugadores como Isiah Thomas, Mark Aguirre, Terry Cummings, Sonny Parker, Billy Harris, J.J. Anderson, Hersey Hawkins, Eddie Johnson, Glenn Rivers, Michael Finley, Lamarr Mondane, Michael Harmon, Nick Anderson, Marcus Liberty o Ronnie Fields, son allí, en distinto grado, auténticas joyas del recuerdo y, a menudo, este es el grupo más mencionado en torno a la ciudad. Pero a juicio de Jackson conviene rescatar otro nombre injustamente olvidado: Eddie Hugues, un base explosivo (“He may have been the best of anyone west of Madison and State Street”) que no levantaba del suelo más de 1.78, apuraba los 62 kilos (“con ladrillos en los bolsillos”) y un salto vertical en torno al metro. “Pregúntale a Isiah Thomas cuántos partidos por encima de los 40 puntos le hizo en la década de los ochenta a él y otros muchos en los ‘Pro-Am’ de verano jugados en la universidad de Chicago State”. Por eso Jackson no perdonaba: “His legacy: too often forgotten”.

Más sepultado aún el nombre de Arthur Sivels, apodado “The Original Magician”, nativo también de Chicago y célebre por la elegancia en el manejo de balón y sobre todo, por su mal genio. Ordenó a su madre decir a quienes preguntasen por él que no estaba en casa y cuando inesperadamente abrió él mismo la puerta a un feliz representante de los Globs, le soltó un puñetazo que lo dejó K.O. en el suelo. Su compañero de mil batallas Sonny Parker lo recordaba como una increíble mezcla de “Earl Monroe, Leon Hilliard y Marques Haynes” añadiendo que “podía driblar el balón por detrás de la espalda a mayor velocidad que muchos jugadores por delante”. En un remoto prospecto publicado en la página theworldebon.com, donde lo calificaban como “marvelous”, se hacía referencia a su principal artimaña técnica en los siguientes términos: “a master of the ball, performing sleight-of-hand wizardry before your eyes”. En fin, cuánta magia perdida en el olvido.

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

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