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Marco Polo con pizarra (I)
Ha entrenado en El Salvador, Estados Unidos, México, España, Puerto Rico… Y no tiene ninguna intención de detenerse. Porque ahora, después de regresar de Ghana, donde ha estado un mes ejerciendo una filantrópica labor de voluntariado para una ONG, acabar de firmar con el CAB Madeira portugués. Pep Clarós sólo está dispuesto a hacer un alto en el camino: el que necesita para contar su historia a acb.com


Pep Clarós ha recorrido medio mundo y ha llevado el baloncesto a todos los rincones

Un chaval de Tiana, pueblo cercano a Badalona, criado bajo las cepas del Sant Josep y a las órdenes, en diferentes momentos de su etapa como jugador, de los Alfred Julbe, Trifón Poch, Pedro Martínez o Andreu Casadevall. “Digamos que yo era un ‘uno y medio’ del montón. Vamos, el deportista que tiene claro que va a ser mejor entrenador que jugador desde antes de colgar las botas”, afirma este licenciado en Historia Contemporánea que tenía en Epi y Drazen Petrovic a sus dos grandes referentes de pantalón corto. Posteriormente, dicho papel se trasladaría a Zeljko Obradovic, Ricard Casas y Josep Nora: “Los tres pertenecen a la categoría de amigos y me han influido bastante porque, además de grandes entrenadores, estamos hablando de personas con las que me ha sido muy fácil conectar”.

A hacer las Américas

Pep Clarós Canals, a pesar de que su manoseado pasaporte señala que sólo tiene 35 años, las ha vivido de todos los colores desde que decidiera marcharse al extranjero. Su primera parada fue en Northeast Missouri State University, en labores de entrenador asistente. De allí saltó a seleccionador nacional de El Salvador, donde “tenía guardaespaldas y mi casa estaba vigilada las veinticuatro horas del día, con fusil en mano. Eran tiempos de posguerra y por eso me tuve que habituar a que casi todo el mundo llevara armas y a viajar en coches con granadas y demás artilugios. Afortunadamente, no me ocurrió nada en un país donde las reuniones técnicas se celebraban en el Ministerio del Interior, ya que el ministro era también el vicepresidente de la Federación”. Con todo, lo peor, sin duda, estribaba en las condiciones de trabajo (“no podíamos hacer dobles sesiones por falta de comida y medicación”), a pesar de las cuales su equipo compitió con dignidad en el Centroamericano que se disputó en Guatemala: “Lo que más me sorprendió de aquel campeonato era que el que narraba los partidos para la radio del país era ciego. Sí, sí, como te lo cuento. El tío tenía un lazarillo al lado que le iba contando las jugadas y él se encargaba de darle su toque personal”.

Claro que pronto volvería a la NCAA, para dirigir –en sustitución de Mario Butler- a la American University de Puerto Rico. Dos temporadas con sendos títulos de la conferencia LAI resumen un bagaje lleno de interesantes recuerdos como la victoria -con la FOX retransmitiendo en partido en directo para todo USA- ante la entonces invicta Arkansas (13-0) que se aupara hasta el campeonato nacional la temporada anterior. La St. John’s de Ron Artest, Felipe López y Zendon Hamilton (derrota por tres puntos) o la Texas Christian que dirigía el legendario Tubby Smith (victoria) también aparecieron en el camino de un curioso bloque construido con mucho trabajo: “Recuerdo que el primer día de entrenamiento les pedí más agresividad y la cosa acabó en una batalla campal impresionante, entre extranjeros (tenía dos venezolanos, un dominicano, un panameño y dos ‘neoyorricans’, que es como llaman a los portorriqueños nacidos en Nueva York) y nacionales”. Eran los tiempos de viajar a Islas Vírgenes (concretamente, a la británica Tórtola) para renovar el visado: “Quedaba más cerca que volver a Europa. Menudos viajes. Una vez íbamos sólo tres personas en el avión: mi mujer, el piloto y el menda, por lo que cuando comienza una ruidosa tormenta yo me pregunto: ‘¿Y qué pasa si a este tío…?’ Pero aquí estamos, vivitos y coleando”.

Por eso nos puede contar su paso por la CBA, como ayudante del mítico Keith Smart (uno de los personajes más populares de Indiana desde que anotara aquella canasta desde la esquina, el 31 de marzo de 1987, en el último segundo de la final de la NCAA que enfrentaba a los Hoosiers de Bobby Knight contra los Orangemen –Derrick Coleman, Sherman Douglas, Rony Seikaly…- de Syracuse , para dar la victoria a los primeros por 74-73) que tras colgar las botas (seleccionado por los Warriors con el número 41 de draft del 87, tan sólo disputó dos partidos con los Spurs antes de convertirse en una auténtica institución en la liga comercial: 9 temporadas, 297 encuentros) asistiera a John Lucas en Cleveland o a Eric Musselman en Golden State, siempre después de su exitoso paso por los Fort Wayne Fury: “El amigo tenía un carisma tan grande que después de los partidos en casa, ganásemos o perdiéramos, salía a soltar un ‘speech’ religioso de media hora que mantenía a todo el mundo en el pabellón. La gente acababa casi llorando. No he visto jamás a alguien con semejante poder de comunicación”. Durante ese período ejerció, además, de ojeador para el Tau Vitoria: “Sí. En cierta ocasión Julio Lamas quería cortar a Sherron Mills y me mandaron a Houston para ver cómo estaba Stanley Roberts, pero a los dos minutos de entrenamiento se lesionó. Por cierto, como esa misma semana firmó un jugador de nuestro equipo -que llevaba cuatro temporadas en la CBA- por los Rockets (Moochie Norris) me pude ver un Houston – Minnesota de la NBA en el mismísimo banquillo de Tomjanovic, sentado en uno de los asientos que quedaban libres al final”.

Indudablemente, emigrar para ejercer tu profesión se nos antoja como algo duro, pero también enriquecedor: “En mi caso, entrenar fuera me ha hecho ver que todo es relativo. No hay cosas mejores ni peores, sino distintas. Ahora tengo la mentalidad de que el baloncesto es universal. Si estás siempre en el mismo sitio, corres el riesgo de encerrarte en tu espacio. Eso es lo que le ha sucedido al baloncesto NBA hasta que últimamente ha comenzado a abrir su mente”.

Bueno, ¿y de España, qué? Poca cosa, pues sus dos pasos por la LEB (Rosalía 2001-02) y Tarragona (2002-04) han estado marcados por diversos y continuos problemas económicos: “En Tarragona, por ejemplo, se cambió de una ambición por meterse en Playoffs al objetivo de no bajar. De agosto a diciembre habíamos cobrado una sola vez, así que a pesar de que la situación del equipo no era del todo mala (a tres triunfos del segundo y a dos de poder luchar por el ascenso), decidí marcharme. Allí había gente con contratos de dos años. De todas formas, yo presumo de proceder del mejor baloncesto de Europa. Cada año nos surge una preocupación (antes que si no hay ‘treses’ altos, ahora que si faltan bases…), pero podemos estar bien orgullosos”.

Mateovic
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