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Leyendas del Playground (XXXIV)
Las canchas callejeras, hogar del más puro playground, han vivido todo tipo de acciones y situaciones tanto dentro como fuera de la pista. Las décadas de baloncesto han dejado innumerables proezas que han viajado en el tiempo a través de la tradición oral, siendo difícil, una vez más, diferenciar la realidad de la ficción. G Vázquez recuerda las más destacadas que nos permiten revivir exhibiciones anotadoras, los tapones más brutales, roturas de tableros o remontadas inverosímiles


Conrad McRae falleció de un infarto fulminante en
pleno playground

Es difícil pensar que en las incalculables horas de juego derramado a lo largo y ancho del país durante décadas no haya ocurrido prácticamente cualquier cosa imaginable. Si a ello le unimos la desaforada venalidad del baloncesto urbano, libre de la correosa táctica, y el afán de los muchachos por trascender haciendo algo grande, damos en un gigantesco drama que ha recogido algunos de los episodios más increíbles en la historia de nuestro deporte, una historia felizmente alternativa a la oficial. De ahí que donde mejor haya funcionado siempre la vieja tradición oral sea en algunos de estos casos. Son las llamadas leyendas urbanas, muchas documentadas y otras no. Nosotros contamos algunas, muy pocas, tal y como aparecen reflejadas en algunos párrafos perdidos de la diversa y a veces remota bibliografía del Playground.

Hace unos años Andre Williams (St Mary) rompió un tablero en mil pedazos en un parque de Long Island. Durante días los chiquillos del lugar anduvieron recogiendo los pedazos hasta que la pista quedó completamente limpia. Cuando Andre regresó otra tarde a aquel parque, todos aquellos chiquillos se le echaron literalmente encima suplicando que les firmara un autográfo en cada pedazo. Más de uno consiguió vender después sus piezas.

En el pequeño pabellón de la Truman High School, en pleno pulmón del Bronx, Mike Allen rompió otro tablero. Pero fue tal la fuerza del destrozo que el pedazo más grande alcanzó a tocar el techo, algún otro incrustado y lo que no cayó al suelo quedó esparcido en lo alto de las vigas de soporte. Puede que lo más sorprendente es que midiera 1.87, aunque a veces el pequeño matador, como queriendo prolongar una acción poco frecuente y en la que pone la vida, enganche un violento zarpazo final que termine por destrozarlo todo. Se trata en ambos casos de tableros de cristal que soportan directamente el aro, algo hoy día superado, pero en los parques al aire libre se dieron a menudo casos de roturas de tablero de aluminio (sin estallido de cristales) o, en inviernos especialmente crudos, cascar el aro ya herido por el mismo frío. A veces sin que nadie lo tocara en mitad de un partido.

El poderosísimo interior de Syracuse Conrad "Mc Nasty" McRae, en un partido celebrado en 1994 (NYC vs Windy City All Stars) anotó 24 de sus 30 puntos en mates. Cuentan que machacaba con tal fuerza que nadie se atrevía a interponer su brazo a riesgo de perderlo. Pívot titular en aquel McDonalds Game del 89 que lo enfrentó sin ningún pudor a Shaquille O’Neal, fue definido por el analista Paul Hewson como "a 6'10" paint monster truly earned his reputation on the blacktop". En un partido maldito de la SoCal Summer Pro League del año 2000 cayó al suelo fulminado tras una carrera. Inesperadamente su corazón le había traicionado. Desde entonces se disputa cada año en su Brooklyn natal un pequeño torneo para jóvenes que recuerda su figura, de sobra conocida a este lado del Atlántico.

Otro aspecto del juego propio de la calle, una de las muchas forma de humillar al rival al margen de la anotación o la defensa, ha sido siempre el arte del dribbling. Para muchos el manejo del balón, más allá de domesticarlo, era todo un estilo de vida, una verdadera adicción ("Érase una vez un hombre a un balón pegado"), lo que ha dado en multitud de ocasiones prodigios dignos del recuerdo urbano. Cuando a los 38 años ya era el entrenador de la Bishop Loughlin High School, el felino Ted Gustus continuaba adorando disputar torneos de verano, en especial el I.S. EIGHT al no haber límite de edad. Gustus era uno de esos jugadores que de tantos años de práctica había convertido su mayor virtud –el cross over- en una magistral mecánica ciega muy difícil de defender. En uno de tantos partidos pudo excederse en la humillación rival, que adoraba, hasta el momento de máximo gozo personal, en que dejó tirado en el suelo tras canasta a su destrozado par sólo porque éste había reclamado a sus compañeros la oportunidad de marcarle. Lo que Gustus no imaginaba era que su señora esposa invadiera la pista en socorro del humillado. "Are you alright?", justo antes de abroncar sin el menor pudor a su marido: "Ted, help him up!". Las risas de los presentes provocaron su bochorno y a partir de ese día Gustus tuvo sumo cuidado de ocultar a su esposa la hora y lugar de sus partidos, como el marido que encubre alguna correría nocturna.

En otro partido celebrado en Brooklyn, el rapidísimo Seth "Up North" Marshall corrió botando al ala derecha sin demasiado sentido al haber un solo defensor aguardando bajo su aro. Éste acudió ráudo a marcarle, momento que aprovechó Marshall para ejectuar un cambio de ritmo y dirección a tal velocidad que su par acabó estampándose brutalmente contra su propio banquillo para regocijo de los presentes. Otro loco del balón, Bone Collector, figura de la New School, exhibió en un partido celebrado en Gun Hill (Bronx) tal habilidad de dribbling que en un solo ataque terminó cruzando el balón entre las piernas de los cinco miembros del equipo rival.

Las historias se multiplican en toda dirección. Ningún aspecto del juego escapó nunca a la proeza. El verano de 2002 el portorriqueño Ray Diaz, apodado "X-Ray", anotó siete triples seguidos completamente cojo por una rodilla en mal estado. Unos años atrás, en un partido de la Golden Hoops, se atribuye a Jerry Stackhouse una acción en pleno vuelo digna del más puro playground: llegó a besar el balón en el aire culminando un alley oop. El verano del 92 otro jugador conocido, el pequeño Eric Barkley, anotó 30 puntos en un partido de la EBC en la 155 de Queens cuando contaba ¡14 años de edad! Siete años atrás, en el Centennial Park de Roosevelt, Nueva York, Curtis "Smooth" Hammond, como tocado por una varita mágica, consiguió acertar consecutivamente 13 bombas entre los 7 y los 9 metros de longitud. Y eso que nadie había pintado aún la línea del triple.

Más prodigios: en el durísimo Bronx, lugar que ha visto algunas de las acciones más implacables que quepa imaginar, Harry "Major" Dinkins colocó un tapón tan salvaje que envió el balón fuera del perímetro del parque. En la NBA acciones puntuales lograron algo semejante con la bola viva en el aire (Kemp sobre Drexler, Wilkins a Bannister), pero nunca nadie hizo algo parecido sobre un jugador que tuviera el balón atrapado a dos manos en mitad del mate, como parece ser consiguió Dinkins. Al otro lado del país, en Oakland, se disputan multitud de torneos de verano que rivalizan en calidad con los de Nueva York. El juego es allí diferente y se cuida más el tiro de perímetro. Raro es no encontrar jugadores que puedan lanzar de cualquier posición en cualquier momento. El equipo de New City perdía por 8 puntos a falta de 10 segundos con el balón en su poder a saque de fondo. El pase rápido fue a las manos de Terrance Gaines que de inmediato anotó un triple. El posterior saque de canasta fue robado por Micheal Parks que prácticamente a ciegas enchufó otro triple. La tercera acción fue similar sólo que esta vez el triple de Poncho Joseph besó la red cuando el árbitro quemaba el silbato. GAME OVER! y atropello inmediato de la escena por el público presente, que en todo lugar y toda época asistió a los partidos invadido por el mismo deseo de ver algo grande. Ese particular estado y una desaforada idolatría hacia algunos mitos resumen el perfil psicológico de todo espectador del Playground.

Nada explica mejor esa veneración que la siguiente anécdota, mucho más frecuente de lo que pueda parecer y referida en este caso al excéntrico Fly Williams (caps. XII-XV). Como era habitual en él, Fly llegó tarde al partido. Se presentó en el descanso con su balón y su mochila. Siempre trataba de que se jugara con su balón. Y así ocurrió entonces. La segunda parte fue una auténtica exhibición personal alcanzando los 42 puntos a pocos minutos del término, momento en que el árbitro le señaló una falta que no le gustó nada. Enojado Fly cogió su balón y se largó de allí. El público hizo lo mismo y el parque quedó desierto. No era una señal de protesta. Nunca lo fue en esos casos. La realidad era que si faltaba el motivo por el que la gente abarrotaba cualquier parque, no encontraban ningún motivo para continuar allí. Perdido el agente socializador, el rebaño se dispersaba.

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

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