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Sergio Rodríguez, el niño prodigio (II)
Sergio Rodríguez ha dominado el Europeo Junior de Zaragoza gracias a su talento y cautivado a la afición por su descaro y espectacularidad. En esta segunda y última entrega repasamos el porqué de su genialidad, sin duda heredada de una enorme devoción por el baloncesto. “No puedo estar un día sin tocar una pelota”, confiesa el base, que juega a todas horas y sea donde sea: en la canasta que tiene en su casa desde niño, en los playgrounds, en los recreos del Ramiro…


Sergio Rodríguez lleva el baloncesto en las venas (Foto EFE)

Sergio Rodríguez ha nacido predestinado para el baloncesto. Sus padres, Sergio y Puchi, se conocieron jugando en la universidad y son grandes seguidores de este deporte; con apenas un año, el pequeño Sergio tenía ya una canasta y no paraba de botar el balón. De hecho, nunca ha dejado de hacerlo y hoy, diecisiete años más tarde, su vida circula alrededor del baloncesto, su gran pasión.

Muy activo en su niñez, el tinerfeño ha volcado su energía en el basket: “desde que tenía uno o dos años he estado haciendo tonterías en mi canasta, tirando, siempre botando el balón…”. Enamorado de este deporte, siempre deseaba comprar balones, nuevas zapatillas y demás ‘fetiches’ baloncestísticos. Así, con 5 años incluso ahorró su paga durante semanas para adquirir una pequeña canasta en la que ha seguido jugando hasta que, con tanto mate, la ha roto recientemente.

Pepe Luque, su entrenador en La Salle Unelco entre los 10 y 14 años, destaca la devoción de Sergio por el baloncesto: “si un día no juega es como si le faltase algo, como si no lo hubiese completado”, una opinión compartida por sus padres y que el propio Sergio admite: “no puedo estar un día sin tocar una pelota… de hecho ya he quedado con mis amigos para jugar partidos al acabar el torneo”.

“Chacho” tiene fama de “jugón de playground”, al más puro estilo streetball estadounidense. Sin embargo, aclara que “a mí me gusta jugar siempre, me da igual donde sea, y a veces lo más fácil es en la calle…”. “Además, mi padre está harto ya de jugar 1-contra-1”, bromea. Además del ‘playground’, la canasta de su casa es su gran válvula de escape: “de vez en cuando me entra el mono y me pongo a jugar; alguna vez me he levantado temprano para tirar, he llegado a estar hasta las 4 de la mañana, etc…”.

El joven jugador, natural de La Laguna, no consiguió incorporarse a un equipo hasta los ocho años, haciendo sus pinitos en el fútbol y otros deportes mientras seguía botando el balón y esperando una oportunidad que finalmente llegó de la mano del La Salle Unelco. Sergio tenía que jugar al baloncesto, no podía ser de otra manera. Una vez, de pequeño, consiguió convencer a sus padres para que le comprasen una raqueta que reclamó durante días… y tras entrar a la tienda para cumplir su deseo, salió con otra pelota de baloncesto.

Rodríguez jugó en La Salle hasta los 14 años, antes de emigrar al Siglo XXI País Vasco, un paraíso para un joven amante del baloncesto. “Fue una experiencia increíble”, dice Sergio, que “siempre había querido dormir en una cama y tener una cancha de baloncesto al lado, a la que poder ir siempre que quisiese y encontrar jugadores con los que disputar un 1-contra-1”. Permaneció tres años en el centro de formación del País Vasco, antes de fichar el pasado verano con el Adecco Estudiantes, club en el que ha jugado en el equipo junior y en Liga EBA… y donde también ha encontrado respuesta a sus inquietudes: “el Ramiro es impresionante, en los recreos todo el mundo juega, hay varias canastas y es sorprendente cómo se entremezclan unos partidos con otros”. Tal es así, que “me he quedado muchas veces a jugar”, siendo bastante común “llegar a casa con vaqueros y chorreando por no haber podido resistir la tentación de jugar”.

Otra característica que define a Sergio Rodríguez es su humildad y deseo de mejorar. Luque explica que hace un año, cuando comenzaba las vacaciones, el base le llamó “y me pidió que le entrenase durante dos semanas; yo le dije que ‘¿qué te puedo enseñar yo ya con todos los medios de que dispones?’ y él insistió en que quería mejorar su tiro y otras facetas, y acabamos entrenando como él pidió”.

Además, su carácter afable y abierto le hacen querido por todos, algo perfectamente palpable en la fiesta de celebración del título, cuando las selecciones de España, Italia y Turquía le corearon varias veces “MVP, MVP, MVP”. Asimismo, su talento y estilo de juego comienza a conquistar seguidores, y ya fueron muchos (como por ejemplo un grupo de seguidores de la localidad barcelonesa de Rubí) los que acudieron a Zaragoza con el principal objetivo de verle en acción.

El amor de Sergio Rodríguez por el baloncesto es recíproco, ya que éste también quiere, necesita, a genios como él. Su pasión por el juego y su talento y descaro le han convertido en un jugador único, un superdotado capaz de hacer a los 18 años cosas nunca vistas en el baloncesto español. Y su asombrosa exhibición en Zaragoza puede ser sólo un aperitivo…

Sergio Rodríguez, el niño prodigio (I)

Pablo Malo de Molina
@MalodeMolinaACB
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