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Retrato de un odio (y II)
En la primera entrega de este relato, Gonzalo Vázquez repasaba el inicio de la eterna enemistad entre Michael Jordan e Isiah Thomas, fraguada desde la misma llegada del primero a la NBA. Los enfrentamientos y los desaires se sucedieron tanto dentro como fuera de la pista hasta el momento culminante en el que el base de los Pistons se negó a dar la mano a sus rivales tras perder ante los Bulls. La venganza de Jordan llegó en 1992 cuando forzó la exclusión de Thomas del Dream Team. El conflicto, como suele suceder, se difuminó con el tiempo y en 2003, con la retirada de Jordan, el "baile ya pasó"

Retrato de un odio (I)


Michael Jordan cerró la disputa en el All Star de 2003, justo antes de retirarse, al abrazarse con Thomas (Foto EFE)

Sin relación ni series que afrontar, Jordan y Thomas –mutuamente ciegos en Regular- volverían a verse las caras al año siguiente en Dallas. Con el primero lesionado de gravedad, todo sería más cómodo para el base, que sin Jordan a su lado, duplicó curiosamente su número de asistencias respecto a la edición anterior logrando su segundo trofeo de jugador más valioso. Jordan se dejó ver más que nunca, incluso en el banquillo de invitados al concurso de mates el sábado y, por descontado, el domingo en el partido, aplaudiendo todas las acciones de su equipo, intimando puerilmente con Julius Erving y calzando un jersey más mundano aún que el chándal y la gorra del día anterior. Dos años después en Chicago, el fin de semana sería enteramente suyo en contraste con un Isiah más bien discreto y ausente al tributo final en honor de su adversario. Entretanto y, hasta destaparse la rivalidad entre los dos equipos de los últimos ochenta, la más cruda de toda la década fuera de unas Finales, Jordan protagonizó contra Detroit algunas de sus más devastadoras noches. El 4 de marzo de 1987 les endosa nada menos que 61 puntos (40.3 en 6 duelos) y un año después, un 3 de abril en el Silverdome de Detroit, en partido televisado en domingo para toda la nación, Jordan registra otra exhibición de juego total donde, además de sumar 59 puntos, decantará el partido a favor luego de un venal taponazo por la espalda a Isiah Thomas. Aquella noche iniciaba el curso de una rivalidad, Chicago-Detroit, hasta entonces históricamente menor.

El cuerpo técnico de Detroit diseñó un plan para detener a Jordan (a Chicago) que contó con la feliz y primerísima aprobación de Isiah Thomas que, sabiéndose no muy buen defensor, aceptaría de buen grado que sus muchachos, un insuperable racimo de aguerridos interiores, desataran una batalla al reglamento arbitral con la falta personal continuada (“A legalized assault on Michael Jordan”), lo que se daría en llamar “The Jordan Rules”. Las cuatro sucesivas series de Chicago y Detroit entre 1988 y 1991, un total de 22 partidos que merecen capítulo aparte, pueden ser objeto de muy diversa óptica histórica, pero por el asunto aludido, deben entenderse como la proyección colectiva de un odio irrefrenable entre las dos respectivas estrellas de cada equipo. Un duelo a muerte con una salvedad obligada: en la asignación de papeles hubo un equipo verdugo y otro víctima.

Los Pistons iniciaron la batalla fuera de pista: encargaron la elaboración de un venenoso montaje de video que enviaron al comité directivo de la liga. La cinta recogía cerca de un centenar de acciones de juego donde Jordan era, según Detroit, injustamente favorecido con falta. Se trataba de denunciar así el paraíso arbitral en que Jordan se hallaba cómodamente instalado. Como cabía esperar la NBA no se pronunció –muchos de sus equipos asentían tácitamente-, pero el resultado de aquella maniobra no tardaría en llegar. “Comprobé que desde entonces el número de faltas que me eran señaladas a favor decreció drásticamente, y no sólo contra Detroit”. El proceso no detonó tanto por la cinta como por la táctica que en adelante utilizarían los Pistons contra Chicago en particular. En cada una de las series, y en adelante en cada partido de Regular, el cuerpo arbitral se vio inevitablemente condicionado dado que Detroit elevaría el listón de los contactos a un punto y continuidad donde no hubiera modo de sancionarse todo. Previamente además, dentro de una sofisticada estrategia, el equipo de Thomas había estado declarando públicamente conocer el secreto para detener a Jordan. “El efecto inmediato que esto produjo en la gente –apuntaba el asistente de Chicago John Bach- era que los Pistons no estaban realmente pegando a Jordan”, que no había faltas que señalar, que todo era producto de un brillante marcaje y mayor defensa sobre la estrella roja.

Como durante tres años el resultado le fuera favorable, Isiah Thomas campó a sus anchas en cada partido contra su adversario, encontrándose especialmente cómodo al salir de rositas, de niño bueno –los secuaces eran otros- cada noche que el duelo se desataba de nuevo. Sin embargo, su irrenunciable papel en un beligerante conjunto que se hizo llamar a sí mismo “Bad Boys” le impuso agredir no pocas veces a sus marcadores Paxson y Armstrong, e incluso, haciendo gala de un descaro sólo entendible en la durísima crianza en los barrios de Chicago, pegarse con Bill Cartwright o soltar tortazos sin miramientos a Marc Iavaroni o Mychal Thompson, hombres mucho más grandes que él. Con Jordan no obstante mantendría una sospechosa actitud de manos limpias, de nulo contacto, eludiendo así motivos para convertirse en diana pública. Todo ello, más caer repetidamente contra Detroit, acreció la frustración de Jordan hasta un límite intolerable –más de una vez perdió los nervios contra sus propios compañeros en vestuarios- y, en íntimo silencio, un visceral odio contra Isiah Thomas que pronto añadiría un nuevo episodio.

Entrado el año 1990, como forma de sufragar algunos de los proyectos y fundaciones benéficas a su cargo, Magic Johnson, con quien Jordan había normalizado ya relaciones, contactó con una cadena de TV por cable ofreciéndose para disputar un “One-on-One” frente a Michael Jordan, lo que supondría el reclamo ideal para un negocio redondo (el canal era de pago). Un partido así no tenía precedentes y como tal la NBA quedaría fuera de un montante económico que fijaría el propio mercado. La cadena aceptó enseguida y pese a que Jordan no mostró gran interés, los representantes de ambos jugadores, David Falk y Lon Rosen, comenzaron a perfilar entusiasmados los detalles del duelo. Sin embargo, el convenio colectivo establecía que todo acto deportivo que incluyese la presencia de jugadores NBA debía ser aprobado previamente por la liga. El contrato de Magic recogía una cláusula llamada “Love for the Game” que facilitaba la operación pero el de Jordan era mucho más complejo y restrictivo. Rosen incluso llegó a sugerir que ambos se retiraran con el único fin de disputar el partido previo regreso, pero evitar problemas con la liga terminó liquidando esta opción. Cuando la propia NBA consideraba relajar sus defensas entendiendo que el duelo podía ser un reclamo fantástico a los ojos del mundo, cuando se bosquejaban las normas (dos partes de 15 minutos a medio campo y punto por canasta), cuando se apuntaba ya una fecha (a poco de terminada la temporada) y cuando la prensa se animaba ya a las apuestas (8 a 5 para Jordan según el USA Today), Isiah Thomas, como presidente de la Asociación de Jugadores, rechazó de plano el proyecto bajo seria advertencia de paralizar la liga si seguía adelante. Alegó que aquello representaría un privilegio intolerable y una clara discriminación respecto a jugadores sancionados por motivos menores. Ese fue el instante en que Jordan mostró un desmesurado interés en disputar el partido. Habiendo guardado un discreto silencio hasta entonces, no tuvo reparos en declarar no sentirse representado por el presidente dado que su papel debía ser “presuntamente el de representar a los jugadores”. Pero yendo más lejos aún, Jordan acusó a Thomas de sufrir auténticos celos. “Bien, el caso es que él no fue elegido para disputar este partido. ¿Y quieres saber por qué? Pues porque si él lo disputara, puede que el evento perdiese bastante interés”. De cualquier modo, uno aparecía por segunda vez como obstáculo del otro. Eso sin contar la anual tortura a que seguía sometiendo Detroit a Chicago en un período en que los compañeros de Jordan eran tildados una y otra vez de comparsas (“The Jordanaires”).


Isiah Thomas protagonizó el descortés acto de no saludar al equipo rival tras perder contra Chicago

El 21 de abril de 1991, en el partido que cerraba la Regular, Chicago recibía a Detroit en el Stadium con la TV nacional como testigo. Lo ocurrido aquella noche fue una vez más el refrendo de la hostilidad acostumbrada. El partido estuvo detenido varias veces por enfrentamientos, uno de los cuales tuvo a Thomas como diana cuando, al recibir una falta, desató un tortazo a Paxson y cerró desafiante los puños como dispuesto a la pelea. Poco después y viendo que la cosa se apresuraba a hervir, el árbitro principal, Darell Garretson, exigió la presencia de los dos capitanes en media pista. Thomas sí estaba presente pero al resolver acudir Phil Jackson, su asistente Bach corrió a detenerle antes de que Chicago improvisara la vista oral de Bill Cartwright. Garretson se negó en redondo. Quería a Jordan allí, no a ningún otro. Jackson se negó alegando que Cartwright compartía el cargo con Jordan, que ni muerto se habría prestado a arrimar su hombro al enemigo. El cuerpo arbitral terminó aceptando más por evitar la dilación –el Stadium bramaba- que una escena cuyos motivos escapaban a sus manos. Bajo la mirada atenta de toda la nación Jordan se había negado no tanto a un armisticio imposible como a un contacto con su peor enemigo que a lo peor le habría supuesto un intercambio de palabras. Y eso nunca.

Cuando 36 días después Chicago barría inapelablemente a Detroit de sus pesadillas, en esos últimos instantes en que el Palace despedía a sus campeones, ocurrió lo nunca visto. Momentos antes de finalizar el partido Thomas decidió encabezar un desfile de jugadores que marcharían a vestuarios pasando por delante del banquillo rival sin detenerse. Thomas no sólo desoyó las órdenes de su técnico Daly sino los más elementales principios que había conservado la NBA desde sus orígenes. En el impagable instante en que Thomas pasaba por delante de Jordan, a menos de un metro, ni la más poderosa sierra mecánica habría podido cortar aquel espacio de odio infinito. La escena alcanzó el mayor grado de surrealismo cuando Jack McCloskey bajó a la entrada de pista a abrazarse llorando de emoción con quienes deliberadamente estaban desertando de un imperativo cívico que, contrariamente, Chicago había demostrado cada uno de los tres años anteriores, haciendo de tripas corazón y saludando y felicitando sin vacilación a los vencedores. En aquellos macabros instantes Isiah Thomas estaba cavando su tumba olímpica. “Vaya vaya con el presidente de la Asociación de Jugadores”, ironizaba Michael Jordan.

Así fue que transcurrido el verano, en su primer enfrentamiento de Regular el 12 de noviembre y otra vez en el Stadium, lejos de haberse serenado los ánimos, el número de trifulcas, todas del lado ‘piston’, alcanzó tal grado que al terminar el partido, animado por una confidencia del propio Jordan, Scottie Pippen mantuvo esta breve conversación en la emisora local WLUP-AM:

-Claramente te lo digo. Si Isiah Thomas es elegido para el equipo olímpico, yo no iré.
-Perdona, ¿¡estás diciendo que si Isiah Thomas juega en las Olimpiadas, tú no jugarás!?
-Eso mismo. No jugaré.


Así las cosas, el reiterado silencio de Jordan respecto al equipo olímpico durante buena parte de la temporada no se cifraba en los problemas de contrato de imagen con su marca, como se expuso entonces, sino en su absoluta negativa a acudir a los Juegos si Isiah Thomas formaba parte del combinado. La diplomacia hizo lo que pudo: Chuck Daly fue el técnico elegido y Magic Johnson actuaría de engrase personal entre todos los jugadores. En la fila de presentación previa al All Star de Orlando, se escogió cuidadosamente situar a Thomas entre Pippen y Jordan. Sobra añadir que ni se dirigieron la mirada y aquel plano doloroso de rostros hostiles fue cortado de raíz por inadecuado al carácter festivo del evento. Ese mismo domingo Thomas había criticado con dureza que Jordan excluyera su imagen de la camiseta conmemorativa del partido. Había una demanda judicial por medio y en términos de paz, absolutamente nada que hacer.

La USA Basketball tenía que elegir. Comprendió que no había forma de vender al mundo al mejor equipo posible, The Dream Team, sin la presencia de su principal valedor. Así Michael Jordan, terminó apurando hasta la última gota de la venganza, la inmejorable ocasión que servida en frío se le presentaba de repente para resarcir de una vez para siempre los daños causados por su particular e insalvable enemigo. Y que mil años después de comenzado todo, en el All Star de Atlanta en 2003, Isiah Thomas fuese técnico por un día del dios al que por enésima vez el mundo rendía tributo, y que ambos se fundieran al término en un abrazo, sugiere que en efecto, inescrutables son los caminos del Señor aunque lejos anden de poder unirse algún día. El baile ya pasó.

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

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