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Drazen Petrovic: Una sinfonía inconclusa
Doce años y tres días después de su fallecimiento, el recuerdo de Drazen Petrovic, “el Mozart del baloncesto”, sigue muy vivo. Vladimir Stankovic, jefe de prensa de la Euroliga y eminente periodista europeo, nos recuerda su sinfonía inconclusa con un emotivo artículo. En él, repasa su carrera desde sus inicios en el Sibenik hasta su éxito en la NBA, pasando por su brillante etapa en el Cibona o en el Real Madrid. Sus éxitos y decepciones, siempre imbuidos en la grandeza y personalidad de un genio del baloncesto cuya vida sesgó la carretera un 7 de junio de 1993 en el apogeo de su carrera


Drazen Petrovic marcó un antes y un después en el baloncesto europeo

Drazen Petrovic. Fue en otoño de 1979 cuando oí por primera vez su nombre, de boca de Zoran “Moka” Slavnic, ex jugador del Joventut y entonces jugador-entrenador del Sibenka, ante un grupo de periodistas durante un partido en Belgrado: “Hay en Sibenik un chaval que será mejor que Kicha (Kicanovic) y yo. Es un talento nato que además tiene la voluntad de trabajar, es muy ambicioso y hace cosas inverosímiles. Se llama Drazen Petrovic, recordad este nombre”.

Y yo me acordé… algunos meses después, más concretamente el 29 de diciembre de 1979, durante el encuentro Sibenka-OKK Belgrado. Drazen Petrovic, a sus 15 años, dos meses y siete días, anotó su primer punto en la primera división yugoslava. Slavnic se fue del campo haciéndose sustituir por el chaval que luego se convertiría en una leyenda. Con su primera canasta mostró a todo el mundo su carácter: entró por la mitad de la zona rival encontrándose con el gigantesco pívot Rajko Zizic (2,10) y, con una combinación de coraje y facilidad, virtudes de los grandes, anotó un gancho.

Así comenzó una brillante carrera que, desafortunadamente, sólo duró 14 años; el 7 de junio de 1993 un accidente automovilístico en una autopista de Alemania acabó con la vida de un baloncestista genial, uno de los pocos elegidos que han entrado en el Hall of Fame de Springfield (sólo lo han conseguido Sergej Belov, Kreso Cosic y Drazen Dalipagic).

Petrovic tenía sólo 28 años y todavía muchas temporadas brillantes en perspectiva. Precisamente la temporada 1992-93 fue su mejor en la NBA al jugar 70 partidos con los New Jersey Nets y anotar una media de 22,3 puntos para conquistar un puesto en el tercer mejor quinteto de la liga. En esa campaña, anotó un porcentaje fantástico en tiros de tres –un 45% (75 de 167 intentos)-. Estaba a punto de firmar un nuevo contrato, le intentaban fichar los mejores equipos de la NBA y el Panathinaikos le ofrecía cantidades ingentes de dinero. En los efectos personales que sus padres, Biserka y Jole, y su hermano mayor, Aleksandar, encontraron en su apartamento había una hoja con el nombre de tres franquicias NBA: New Jersey, New York y Houston. Todavía hoy, Aleksandar está convencido de que Drazen tenía la intención de incorporarse a los New York Knicks.

¿Cuándo conocí a Drazen? Fue durante la temporada siguiente a su debut, en 1980. Su Sibenka había batido al Partizan en Belgrado, recuerdo aquel resultado: 99-100. Al día siguiente, en el periódico “Borba”, donde trabajaba, publicamos una gran foto del joven de pelo largo y rizos, que driblaba con la tranquilidad de un veterano en la última posesión. No lo era, de hecho era el más joven... pero también el mejor.

Su talento explotó en la temporada 1981-82, en la que terminó con un promedio de 16,3 puntos por partido para convertirse ya al año siguiente en algo más que el líder indiscutible de su equipo (24,5 puntos): en uno de los mejores jugadores de la entonces Yugoslavia. Desafortunadamente, aquella magnífica temporada (1982-83) acabó en un escándalo en la final Sibenka – Bosna, finalísima del campeonato, en el tercer y último encuentro de la final, que se jugaba en el campo del Sibenka, primero de la fase regular. El pequeño pabellón Baldekino (nombre de un barrio de Sibenik) se transformó aquel día en un infierno con 2.000 afortunados aficionados. Los visitantes del Bosna Sarajevo, que dirigía Svetislav Pesic, iniciaron el partido con 19 puntos de ventaja. Todo parecía a su favor, pero Drazen Petrovic no estaba de acuerdo. La rendición era una palabra maldita en su vocabulario; él no bajaba los brazos nunca mientras hubiera un halo de esperanza. Este encuentro fue un buen ejemplo de su carácter combativo, que combinado con su talento único le convertían en un jugador muy completo. Jugando prácticamente él sólo, Drazen anotaba canasta tras canasta para reducir la ventaja del Bosna y llevar a su equipo a jugárselo todo en un final dramático. El Bosna ganaba por un punto (81-82) pero el último balón estaba en manos del Sibenka. Con dos segundos para el final, el balón llega al joven Drazen, que se levanta… y falla. ¿Final? No, el árbitro Matijevic marca una falta de Sabit Hadzic a Drazen, enviándolo a los tiros libres. Con el estruendo de la afición de fondo y tras un larguísimo tiempo muerto, Petrovic, como un gran campeón, elevó su cuenta hasta 40 puntos para fijar el 83-82 final. El campeón recibió su trofeo y la ciudad de Sibenik lo festejó toda la noche.


En sólo una temporada, Petrovic conquistó a la afición del Real Madrid con continuas exhibiciones

A primera hora del día siguiente viajé a Belgrado con urgencia a una reunión del órgano ejecutivo de la federación de baloncesto, durante la cual “a causa del evidente error del árbitro Matijevic”, se decidió anular el resultado del encuentro y repetirlo una semana después en la ciudad neutral de Novi Sad. Era la una del mediodía y la familia Petrovic todavía no se había levantado tras la larga fiesta cuando les anuncié por teléfono la mala noticia. Primero a la madre, Biserka, su mayor fan, y luego Drazen. “Yo no voy a ir a Novi Sad y creo que tampoco el resto del equipo. Somos los campeones y nadie nos quitará el título”, dijo rápidamente el joven jugador.

Dicho y hecho. El Sibenka no se presentó y sólo el Bosna Sarajevo compareció en la pista. A continuación, el presidente de la federación de baloncesto, Vasil Tupurkovski, entregó al Bosna el trofeo y las medallas que primero había entregado a los jugadores del Sibenka.

Casi 20 años después, pienso igual que entonces: la falta sobre Petrovic no fue tal, pero eso es absolutamente irrelevante; la anulación de oficio de un partido fue un precedente peligrosísimo con consecuencias políticas en un país tan frágil como Yugoslavia, en la que tres años después de la muerte de Tito estaba naciendo el virus del nacionalismo.

Desde Zagreb se formuló la tesis de que el título fue regalado al Bosna para promocionar la ciudad de Sarajevo, que organizaría los Juegos de Invierno en 1984.

Vlado Djurovich, entonces entrenador del Sibenka, me ha revelado recientemente algunos datos sobre aquella famosa final: “Durante el minuto de suspensión, antes de lanzar el tiro libre, supliqué a Drazen que anotase sólo el primero y fallase el segundo para jugar el tiempo extra. Intuíamos que habría problemas y estábamos convencidos de que en la prórroga ganaríamos con holgura. Pero no, Drazen no quería fallar a propósito aquel tiro libre...”.

Al año siguiente Petrovic no pudo jugar la liga, pues debía prestar el servicio militar en Belgrado, pero siempre asistía a los partidos que se jugaban en el pabellón de Nuevo Belgrado y ese mismo año se entrenó varias veces con el Partizan. Sin embargo, eran muchos otros los grandes equipos que le cortejaban, conscientes de que Petrovic saltaría a uno de los mejores equipos del país: Cibona, Bosna, Olimpia Liubliana, Jugoplastika, Estrella Roja… al final firmó por el equipo de Zagreb en la decisión más lógica. Allí jugaba su hermano Aleksandar –“Aza”-, su gran ídolo, y el Cibona era campeón y disputaría la Copa de Europa. Además, allí pudo inscribirse en la Facultad de Derecho para cumplir el deseo de su padre, que quería que continuase estudiando.

El Cibona de Drazen ganó dos veces la Copa de Europa y otra la Recopa. En cada partido había 12.000 personas y aquel año fue cuando mi colega italiano Enrico Campana, de la Gazzetta dello Sport, le llamó por primera vez “Mozart”. Poco después Drazen le dio ese nombre a su café-bar, en el pabellón del Cibona.

En 1988, después de los Juegos Olímpicos de Seúl, su ciclo en la desaparecida Yugoslavia se acabó. Drazen buscaba nuevos retos y el Real Madrid era su nueva etapa. Curiosamente, firmó por el club madrileño… ¡en Barcelona!. Jugó una gran temporada, con números impresionantes (28,2 puntos de media en 36 partidos de la fase regular y 11 en la final). Pero uno de los mejores partidos de su vida llegó en la final de la Recopa, en Atenas contra el Snaidero Caserta, al anotar… ¡62 puntos! Para ganar el duelo directo con Oscar Schmidt, entonces y durante muchos años más uno de los mejores tiradores en el baloncesto europeo. Los 1,5 millones de dólares que había costado Drazen, récord europeo de la época, no fueron pues frivolidad alguna.


Drazen Petrovic logró triunfar en la NBA y era toda una estrella cuando la tragedia acabó con su vida

Fui testigo de su debut en la selección senior yugoslava en el Europeo de 1983, en Limoges y Nantes (Francia). Era el más joven; por un lado las leyendas cercanas a su adiós (Cosic, Kicanovic o Slavnic) y por el otro, la nueva estrella, Drazen Petrovic. Su debut no fue muy feliz, pues Yugoslavia acabó en el séptimo puesto. Al año siguiente, en los Juegos Olímpicos, conquistó la medalla de bronce tras caer ante España en semifinales. Fue su primer gran trofeo, sin contar el título de liga “perdido” en 1983. En el Mundial de España en 1986 (bronce) ya era una estrella de ámbito internacional, como en el Europeo de Atenas de 1987 (bronce) o los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 (plata). Finalmente llegó el oro: se jugaba el Europeo de Zagreb (1989), en la cancha que le vio brillar desde 1984 hasta 1988, al ganar con el Cibona todo lo que se podía ganar. Al año siguiente, en el Campeonato del Mundo de Buenos Aires, de nuevo oro, su último oro. Drazen había llegado al torneo ya como un jugador de la NBA, tras un debut no muy feliz en los Portland Trail Blazers, donde el entrenador Rick Adelman no confiaba en él. “Mozart” buscaba sólo un mínimo de minutos para demostrar lo que sabía hacer, pero el entrenador que varios años más tarde tendría a varios europeos en la plantilla de los Sacramento Kings no le daba oportunidades. Durante la temporada 1990-91, tras su traspaso a New Jersey, por fin arrancó, al finalizar con 10,6 puntos de media. Al año siguiente, dobló el promedio: 20,6.

En mayo de 1992 le pude ver en Barcelona, por primera vez después del Mundial de Buenos Aires. Venía con la selección croata a jugar un amistoso frente a la selección de Cataluña, mientras nuestro país se dividía y acababa en una guerra sangrienta. Yo estaba un poco preocupado por cómo saldría nuestro encuentro, pero no hubo problemas y, como un gran profesional, me concedió una entrevista para “El Mundo Deportivo”. Más tarde nos volvimos a encontrar, durante los Juegos Olímpicos de Barcelona; en semifinales, contra el combinado de lo que quedaba de la Unión Soviética (llamado CEI), a Croacia le salvó su carácter ganador. A Drazen no le desmoralizó que la CEI ganase por ocho puntos a dos minutos del final, y a nueve segundos para la conclusión anotó dos tiros libres que dieron a Croacia el billete a la final, contra el único y verdadero Dream Team.

A los Juegos Olímpicos le siguió su mejor temporada NBA, con 22,3 puntos de media, un 52% en tiros de campo y un 45% en triples. En febrero, sin embargo, sufrió la gran injusticia de quedarse fuera del All Star Game pese a merecérselo completamente, con alguna que otra semana de porcentajes del 67% en triples. Le invitaron, en cambio, al concurso de triples y Drazen lo rechazó: “Si no juego el All Star Game este año, ¿cuándo lo jugaré? ¿Por qué he sido olvidado, seleccionado sólo para el concurso de triples? Mi sitio está en la cancha”.

Su último partido con la selección croata fue en Wroclaw, el 6 de junio de 1993 contra Eslovenia en un torneo de clasificación para el Europeo que se disputaría en Alemania aquel mismo año. Allí anotó sus últimos 30 puntos. El día siguiente el destino le llevó a tomar una decisión trágica pues, en vez de volver a Zagreb con sus compañeros, decidió pasar en Alemania los dos días libres de que disponía y cogió un coche junto a una amiga, encontrando la muerte.

¿Qué tipo de persona era Drazen Petrovic? Digamos que en él convivían dos personalidades: en el campo era un león que no tenía miedo de nada ni nadie, pero en su vida privada era silencioso, educado y amable. El baloncesto era su vida, quizá exagerase los entrenamientos pero le hacía feliz; los técnicos le ayudaron con el trabajo técnico, pero la mayor parte lo consiguió él por su cuenta. A la hora de entrenarse nunca parecía quedar suficientemente satisfecho y ya desde su etapa junior en el Sibenik siempre mantuvo un ritmo demoledor, acudiendo a entrenar a las 7 de la mañana, antes de ir al colegio, lanzando varios cientos de tiros.

¿Qué tipo de jugador era Drazen Petrovic?. Un individualista, fantástico en el 1-contra-1, con un tiro perfecto, veloz y con una gran fuerza, especialmente en los últimos años en la NBA. Jugaba principalmente de base y lo hacía muy bien, aunque prefería la posición de escolta tirador. Era un clásico ‘killer’, capaz de destruir por sí solo al adversario. Pero, ¿era también prepotente, egocéntrico y egoísta? Quizá en algunos momentos, pero sólo cuando el partido y el ambiente le hacían volar. Pero si miramos el número de asistencias, sobre todo con la selección yugoslava y croata, hallamos otro Drazen, aquel que llevaba a la práctica el famoso dicho de Toni Kukoc –”una canasta hace feliz a un jugador y una asistencia a dos”-. Petrovic con su juego hacía feliz a todas las personas que amamos el baloncesto. Su modo de entender la vida era aparentemente (sólo aparentemente), simple: “hoy quiero mejorar más que ayer y mañana más que hoy”. Y lo hizo, hasta aquel trágico 7 de junio de 1993.

Vladimir Stankovic
(Jefe de prensa de la Euroliga)

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