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Antonio Ramos: El gigante se prejubila
De poco le ha servido medir 2,16 metros de punta a punta, ser campeón de España juvenil o presumir del título de máximo taponador de la NCAA III. Antonio Ramos, pívot salido de la cantera baskonista, ha tirado la toalla. Con tan sólo 26 años y sin ni siquiera haber disputado un partido como profesional. Ni en su añorada España ni en ningún otro lugar su interminable figura ha seducido lo suficiente. Cansado de esperar una oportunidad digna, el gigante de Vitoria se ha prejubilado. Por la puerta de atrás. Sincero y asumiendo su situación, asegura que "estaba cansado de vivir soñando y era hora de replantearme mi vida"


A pesar de su altura, Antonio Ramos no ha logrado una oportunidad (Clarke University)

Este pívot -perdón, ex pívot- fraguado en la cantera baskonista se ha cansado de esperar una oportunidad digna. En la nueva era del 4 (seleccionables) + 5 (europeos FIBA) + 2 (extracomunitarios), él seguirá con su trabajo de informático en Kewanee, un antiguo reducto indio localizado en el estado norteamericano de Illinois. No en vano fue territorio Winnebago -una tribu emparentada con los más conocidos Sioux- hasta mediados del siglo XIX, cuando el ejército yanqui aniquiló a las huestes del jefe Halcón Negro.

Desde allí, a más de 6.000 kilómetros de su querida Vitoria, Tony -como le llaman sus vecinos- combina sinceridad y resignación para ilustrar su extraño caso. "Lo he dejado por la incertidumbre de no saber qué es lo que va a pasar. Vivir siempre de un sueño es difícil e imposible a la vez", se arranca sincero. "Estaba cansado de vivir soñando y era hora de replantearme mi vida". Sentencia dictada.

Porque Antonio Ramos, que emigró a los Estados Unidos con 17 años, como un paso más en su formación baloncestística, ha luchado por barnizar de realidad su sueño desde que se graduó en Clarke College (NCAA III). Pero hace ya dos años que lanzó el birrete al cielo y no ha recibido una llamada con la suficiente enjundia. Demasiado tiempo. El desconocimiento sobre su persona en España, una errónea elección de representante o sus perennes problemas de peso -nunca ha subido de los 109 kilogramos- han jugado en su contra. Tanto que han minado su paciencia. Y sus ganas de soñar.

"Desde los diez años, el baloncesto fue lo más importante para mí, después de la familia y los amigos", subraya con un marcado acento yanqui. "Al graduarme y firmar con un agente americano, pensé que el contrato sería inminente, pero no fue así". Corría el verano de 2003 y su recién estrenado apoderado le llenó los oídos con cantos de sirena llegados desde Suecia, Noruega o Alemania. Le hablaba de iniciarse en Ligas menores.

Allí podría foguearse -le indicaba-, ganar peso y hacerse un nombre antes de emprender aventuras en escalones superiores. Sin embargo, las semanas pasaron y las buenas palabras quedaron en una mísera oferta de un equipo de exhibición de tercera fila. Debía viajar en una furgoneta destartalada de pueblo en pueblo por cuatro perras. Ganaba muchísimo más como informático. ¿Resultado? Cubrió la temporada en blanco.

Graduado y casado

Graduado en Informática y recién casado, Antonio comenzó a ganarse la vida en Kewanee. Como su mujer, Tracey, también posee un buen trabajo, llevaban una existencia placentera y sin ningún agobio económico. Hasta se animó a dirigir a uno de los equipos de niños de la localidad. El sueño, sin darse cuenta, comenzaba a mutar. "Lo que más daño me hizo fue ese primer año en blanco tras la universidad. Es imposible tener un trabajo a jornada completa, entrenar y mantenerse en forma al nivel requerido".

Ese déficit de kilómetros -apunta el propio interesado- también sumó en su contra. De poco sirvió que el ex jugador y ahora agente Ferrán Martínez se cruzara en su camino el verano pasado. Convertido en su nuevo apoderado, le consiguió dos pruebas en España. Su espigado protegido gustó, pero no convenció. "Uno de los entrenadores me dijo que le impresioné a nivel técnio y que me movía bien para mi altura, sólo que mi fondo físico y escaso peso le impedían hacerme una oferta por la que mereciera la pena quedarme allá".

Ganaba más en Kewanee. Segundo curso apartado de las canchas. Así que ahora, cuando otros jugadores de su edad se acercan a su plenitud, él ha decidido pasar página. No ha conseguido dar la última zancada, aunque siempre le quedará el consuelo de haber vivido un puñado de momentos memorables. Como aquel campeonato del estado de Minneápolis con su 'high school'. El día que probó el tacto del Madison Square Garden en su duelo con la legendaria Stanford. La beca con Iowa, una de las universidades punteras del universo NCAA. O su devoción por el afamado y reputado 'coach' Tom Davis.

Antonio ya es un civil más. Pese a su descomunal figura, se ha borrado del baloncesto. Listo para el anonimato. "La gente siempre me pregunta cuánto mido o si juego ¿Por qué no van dónde los obesos a preguntarles cuánto pesan?", apunta socarrón antes de cruzar el umbral de su casa.

David González
Periodista de El Correo

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