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Clifford Luyk, el pívot más dominante
Los momentos de gloria vividos con el Real Madrid y con la selección convierten a Clifford Luyk en uno de los grandes de la Liga Nacional, al que incorporamos a esta serie de Históricos. Antonio Rodríguez glosa la experiencia como jugador de este pívot rápido, tirador, que vivió en primera persona la mayor evolución del baloncesto en Europa. Con el conjunto blanco conquistó 14 ligas y 10 copas y con el combinado nacional logró la plata en el Eurobasket de Barcelona '73, convirtiéndose en uno de los estandartes del intratable Real Madrid de la época. Sin duda, este es el retrato de alguien que llegó al baloncesto español cuando andaba en alpargatas, y lo dejó vestido de etiqueta


Clifford Luyk ayudó a engrandecer al Real Madrid de la época

La importancia de nacionalizarse español

“¡Si me prohibís que Luyk y Burgess puedan jugar como extranjeros en el Real Madrid, no podréis impedir que lo hagan como españoles! ¡Voy a nacionalizar a ambos!”. Y dejando a casi todos atónitos, Raimundo Saporta se despidió así de la Asamblea anual de clubes de Primera. Así sucedió, contado por el ilustre periodista Justo Conde, en un caluroso día de julio de 1965 en el que el resto de equipos, con el beneplácito de Anselmo López, desgraciadamente fallecido hace pocos meses, aprobaban una liga sin extranjeros. ¿Conocían a Bob Burgess? Supongo que los más viejos del lugar. Fue un notable jugador estadounidense del Real Madrid, llegado junto con nuestro protagonista, que no quiso renunciar a su nacionalidad, y tras aquella decisión y su posterior ejecución dos años más tarde, emigró a Italia, al Oransoda de Cantú –entrenado por un novel Boris Stankovic-.

Pero Clifford Luyk, que curiosamente el día de aquella asamblea, ya tenía en trámites burocráticos aquel asunto en la embajada de Estados Unidos, decidió renunciar a su nacionalidad, por la española. “Fui yo quien comuniqué mis intenciones a Saporta, mientras volábamos en un desplazamiento. Él me dijo que lo pensara bien, que era una decisión trascendental. Pero lo cierto es que cuando regresaba a Estados Unidos en verano, me encontraba totalmente desplazado. Que donde me encontraba realmente a gusto, era en España”, declaraba a otro histórico periodista, José Antonio Arízaga, hace 26 años. “Tenía las ideas muy claras”.

No tan claro lo tenía el funcionario de la embajada. “Pensaba que no pasaría de ser algo protocolario, entrega de papeles y poco más. Resultó que cuando el funcionario me preguntó los motivos por los que renunciaba a mi nacionalidad, y le dije que motivos personales, insistió que le aclarase eso. Hubo mucha tensión, porque le volví a repetir que razones personales y punto”. Esta fue la manera en la que se inició la carrera de un mito en nuestro baloncesto con la bandera española en su pasaporte.

Engrandecer a un equipo hasta ser el más grande

En la liga española, no tuvieron rival durante años (en algunas de aquellas campañas, el Barcelona permaneció en Segunda División. Curiosamente subió de la mano de Eduardo Portela como entrenador). Y es que, “exceptuando Buscató, posiblemente teníamos los mejores nacionales: Emiliano, Sáinz, Sevillano, Descartín, Ramos... Además, éramos un grupo muy unido, donde todos teníamos las mismas aficiones y éramos tremendamente ganadores”.

Los máximos rivales fueron los verdinegros del Joventut, que les arrebataron una Liga, los propios azulgrana, y durante un periodo, el Picadero de Barcelona, el club que presidido por Joaquín Rodríguez se convirtió en una especie de Akasvayu Girona de hoy, realizando fichajes de campanillas, que no le sirvieron para ganar la tan ansiada liga. Sin embargo, el deseo de Saporta (éste sí fue el artífice de dejar las alpargatas para vestir de chaqué a nuestro baloncesto), era conseguir que el Real Madrid fuese grande en Europa.

Un primer intento fallido de ganar la primera final, en 1962, frente al Dinamo Tblisi, a pesar de contar con Wayne Hightower, dio paso, con la llegada de Luyk y Burgess una campaña más tarde, a intentarlo, también sin éxito, ante el TsKA Moscú. Forzar un tercer partido no fue suficiente. Tuvo que ser en 1964, y sin participantes soviéticos (que renunciaron, para preparar los Juegos Olímpicos de Tokio ¿?), cuando el Real Madrid cantó el alirón ante el Spartak de Brno. Con Luyk, Burgess, Hanson, Sáinz, Descartín, Sevillano y Emiliano, llegaron a ser los mejores... sin los soviéticos. Y eso fue para los detractores no ser campeones del todo. Así que en 1965, con la vuelta de Pedro Ferrándiz a los banquillos, tras la marcha de Joaquín Hernández (que falleció poco más tarde debido a unos problemas renales), se plantaron nuevamente en la final ante, esta vez sí, el TsKA de Moscú.

Antes, debieron pasar la “prueba” de Belgrado contra el OKK en la vuelta de semifinales necesitando los balcánicos remontar una amplia diferencia. Con Boris Stankovic de comisario de mesa, manipularon el crono de tal manera que el choque nunca acababa. “El partido duró como dos horas y media o dos horas y tres cuartos”, recuerda Luyk. Sevillano explica muy bien cómo fue el final de aquel partido: “Salió un americano negro que teníamos, de 2.08 ó 2.10, llamado Scott, que no salía nunca, y que Ferrándiz tuvo que echar mano de él, porque estaban todos los pivots eliminados. Y este Scott, tras recibir el balón en la zona, hundió el balón en la canasta de tal manera, que les dejó boquiabiertos. Y ahí fue donde se dieron cuenta que no tenían nada que hacer, y decidieron acabar el partido”.

En aquella final, en la ida (en el estadio Lenin de Moscú, ante 20.000 espectadores según las crónicas), junto al habilidoso Alachatchan, el TsKA, contaba con Volnov, Korneev, Lipso y Travin. Clifford Luyk realizó lo que él confiesa como el mejor partido de toda su carrera. Anotó 30 puntos siendo el baluarte de los blancos, y lo que pretendían los moscovitas que fuera una holgada diferencia para viajar a Madrid, quedó en un 88-81. La ovación que le tributó la afición soviética a “Cliff”, tras ser eliminado por faltas fue tan emotiva que él no lo olvidará jamás. Un 76-62 en el frontón Fiesta Alegre bastó para proclamarse campeones de Europa por segundo año consecutivo, ahora también con soviéticos de por medio. Sin discusión.

Luego vinieron los títulos del 67, el del 68 en Lyon, aquella curiosa final perdida del 69 en el Palacio de los Deportes de Barcelona, con un ambiente tremendamente hostil, ante el TsKA Moscú, que venció tras dos prórrogas, la sorpresa de Nantes’74, e incluso saboreó el título de Munich’78, eso sí, ya con escasa participación.

Su gancho...y mucho más

Luyk desembarcó en un baloncesto europeo donde los ataques sí eran organizados, pero las defensas muy flojas. “En España, los pívots prácticamente se dedicaban a coger el rebote para sacar el contragolpe”. Durante la década de los 60 él dominó las zonas españolas y europeas con sus más de dos metros –todo un lujo para nuestro baloncesto- y su clase y potencia. Sus ganchos -todos hemos visto alguno aún siendo en breves imágenes- era inapelable e imparable; capaz de lanzarlo desde distancias considerables, conseguía anotar la mayoría con una ejecución perfecta en su mecánica. Toda una maravilla técnica que aún hoy se recuerda. Pero lo que difícilmente cuentan las crónicas era su dureza, su agresividad. Era un pívot tremendamente rocoso, muy difícil de superar, que Alfonso Martínez, Bobrovski o Zidek no conseguían sobrepasar.


Con el Real Madrid, Clifford Luyk conquistó 14 ligas y 10 Copas

Si él tenía que ser el hombre interior bregador del Real Madrid, donde le acompañaba la gran clase de Burgess o Miles Aiken, lo era. En cambio, si su pareja era el alemán Norbert Thimm años más tarde -otro gran fajador-, a Luyk se le daba más libertad para mostrar todo su talento. Con el paso de los años, Clifford, gran estudioso del juego, fue alejándose poco a poco del aro. La llegada de aquella maravillosa generación de pívots que dio a luz el Viejo Continente a finales de los 60, altos y extremadamente rápidos (en España, tres joyas: Miguel Angel Estrada, Santillana y Rullán. En el resto de Europa, Meneghin, Cosic, Andreev o Alexander Belov), hizo trabajar en él una suspensión, un tanto extraña, pero con grandes porcentajes. Era la metamorfosis de un número uno, en su búsqueda por seguir en lo más alto.

Su coqueteo con la NBA

Por supuesto que alguien tan grande tuvo sus flirteos para jugar con los más grandes. Pedro Ferrándiz se fijó en él durante un partido de pretemporada en el que probaba con los Knicks frente a los Celtics. Anotó 8 puntos en los últimos 3 minutos, remontando al equipo de Russell y Cousy, para acabar venciendo. Pero eligió el camino hacia la capital española, y el Real Madrid.

Años más tarde, en el verano del 68, la Selección Española desembarcó en Cincinnati (en el aeropuerto les esperaba, entre otros, el mismísimo Oscar Robertson), para enfrentarse, nada más y nada menos que a los Royals, y posteriormente a los Indiana Pacers, por aquel entonces en la ABA. Unos partidos que se encargó de organizar Ed Jucker, buen amigo de la Federación Española y entrenador de los Royals por aquellos días. Y los 26 puntos que Luyk anotó a los Pacers en un abarrotado “Indiana Central College” fueron tan impresionantes, que éstos mostraron un gran interés en él. Era algo totalmente inusual en la época para alguien que jugaba fuera de las fronteras USA.

Pero él tenía su vida hecha en España. Piensen que era una figura pública y no solamente por la fama que acarreaba como baloncestista. Contrajo matrimonio con Paquita Torres, “Miss Europa”; era el protagonista en reportajes de NODO sobre la difícil vida diaria de un gigante en nuestro país (cómo dormir en camas normales, cómo encajar en butacas de cine...), y fue portada de todas las revistas del corazón cuando nació su primer hijo: Sergio. “El bebé más grande de España”, decían. Eso ata. Y mucho.

La Selección Nacional

La figura de Luyk no solamente llenó páginas de gloria al Real Madrid. Quien más se benefició de su pasaporte español fue el equipo nacional. El “chico-para-todo” que era Alfonso Martínez bajo los aros tuvo ésta privilegiada compañía. Debutó en una especie de Mundial oficioso en Chile enfrentándose curiosamente a Estados Unidos. Su mayor éxito fue, como el de todos de aquella generación, la plata de Barcelona en el Europeo de 1973. Con la elástica española tuvo grandes satisfacciones y también su mayor desencanto.

El descalabro en el Eurobasket de 1971 -disputado en la localidad alemana de Essen- así como su pobre actuación, lo convirtieron en el blanco de feroces críticas. “Jugamos muy mal, pero para muchos, el único culpable fue Luyk”. Fuera de forma por completo, y con un ambiente interno en la selección y entre sus dirigentes muy enrarecido (por aquella “desaportización” que abanderaron dos funestos personajes de la historia de nuestro deporte, Juan Gich y Enrique Menor), a dos años vista de “nuestro Eurobasket”, hicieron que se acabara ese campeonato como el “rosario de la aurora”. “Si se hubiesen dignado a preguntarme, les habría dicho que poco tiempo antes del campeonato mi madre murió en accidente de automóvil. También falleció un gran amigo, José María Aybart, y mi mujer esperaba un hijo”. La figura de Aybart merece ser reseñada por la importancia que tuvo en su vida. Empleado del hotel donde se hospedó a su llegada, de él aprendió sus primeras palabras en español, la cultura, el deporte, el mus o los toros. “Fue un segundo padre para mí”.

Pero todo se olvidó cuando llegaron las victorias. Además, entre sus compañeros de selección ya se había ganado todo el crédito tiempo atrás. Durante los Juegos Olímpicos de México’68, su rodilla le dio no pocos quebraderos de cabeza y trabajo extra para el doctor Guillén, que ya iba bien servido intentando recuperar a Juan Martínez Arroyo. Pero él siempre quiso jugar, a sabiendas que su lesión se podía agravar. Se sentía tan español como el que más… y eran unos Juegos. Era inyectado con novocaína para calmar el dolor, y apuraba tanto antes del inicio de cada partido, que se abstenía de la presentación de cada encuentro –algo que se tomaron los mexicanos como una ofensa a su honor y su bandera-, saltando a la pista cuando sus 4 compañeros lo esperaban para el salto inicial. Tanto en la prensa como en el seno del equipo se hicieron eco del encomiable esfuerzo del pívot, cuyo mito fue acrecentado.

Clifford Luyk conoció el mundo del baloncesto con 9 años. Fue su pasión y su vida. Se retiró y siguió vinculado como entrenador. Primero formando grandes hornadas de jugadores en el junior del club blanco y con posterioridad en la ACB. Pero el Luyk jugador sí creó un antes y un después, aunque sea un tópico demasiado utilizado. Tuvo el privilegio de vivir la etapa de mayor evolución baloncestista en el Viejo Continente. Perdón, los aficionados tuvimos el privilegio de que él fuera artífice de aquella evolución en nuestro baloncesto.

FICHA PERSONAL

Clifford Luyk Diem
Syracuse, New York, 28/06/1941

Trayectoria deportiva
- Campeón de Liga en las temporadas 62-63, 63-64, 64-65, 65-66,
67-68, 68-69, 69-70, 70-71, 71-72, 72-73, 73-74, 74-75, 75-76 y 76-77.
- Campeón de Copa en las temporadas 64-65, 65-66, 66-67, 69-70,
70-71, 71-72, 72-73, 73-74, 74-75 y 76-77.
- Con la Selección Española, plata en el Eurobasket de Barcelona'73,
5º en el Mundial de Puerto Rico'74 y 4º en el Eurobasket de Belgrado'75

Antonio Rodríguez
endesabasketlover.com

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