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En tierra de gigantes: Earl Boykins (I)
Earl Boykins es el último pequeño gran hombre que triunfa en la NBA. Tras repasar la trayectoria de Spud Webb y Tyrone Bogues, nos adentramos en el tercer capítulo de la serie En tierra de gigantes a cargo de Álvaro Paricio, que tiene como protagonista al base de los Denver Nuggets. En esta primera entrega, veremos de dónde surgió la pasión de the squirrel (la ardilla) por el baloncesto así como sus complicados pasos en el mundo universitario. A diferencia de sus antecesores de menos de seis pies, Boykins es un consumado anotador, capaz de desafíar cualquier defensa por dura y alta que sea y de flirtear con los 50 puntos en más de una ocasión


Earl Boykins no lo tuvo fácil para entrar en la NBA (Foto EFE)

  • En tierra de gigantes: Earl Boykins (y II)


  • Calvin Murphy (el primer “bajito” en jugar en la NBA) dice de nuestro último protagonista que "existen otros jugadores rápidos y pequeños, pero la mayor diferencia que le separa de ellos es que es un gran lanzador de perímetro. Él puede lanzar de tres sin ningún problema". Lleva razón. A diferencia de sus antecesores, Earl Boykins no sólo juega para asistir a sus compañeros y cumplir con el prototipo de base tradicional. Ha ido más allá y se ha convertido en un base anotador (es el jugador más bajo en superar los 30 puntos), incluso por encima del mejor Spud Webb. "No duda en tirar de tres puntos y penetrar a canasta incluso con rivales que le sacan dos y tres cabezas", señala Murphy. Quizás la clave de esta diferencia en el estilo de juego de Boykins respecto a sus predecesores se halla en las raíces de su juego, en su infancia.

    Original de la ciudad de Cleveland, la juventud de Boykins gira por completo alrededor de la figura paterna. Y es que a diferencia de los padres de Muggsy Bogues y Spud Webb, Willie Williams, padre de Boykins, era un apasionado del baloncesto. Aunque nunca llegó a jugar en los equipos del instituto o la universidad, este agente de policía se convirtió en un reconocido jugador de las ligas de Cleveland. Entre otros records, Willie Williams fue capaz de anotar 50 puntos en dos partidos jugados el mismo día.

    Con estas referencias era imposible que Willie pasara por alto la creciente afición del joven Earl. Pronto convirtieron el baloncesto en el nexo de unión entre ambos y si el padre salía a las pistas de Cleveland a jugar con sus amigos, el hijo le seguía. Pero el joven Boykins no sólo se limitaba a ver jugar a su padre sino que con sólo cuatro años ya se entretenía botando y driblando con una pelota de tenis que le había dado su padre para que practicase. Era capaz de permanecer todo el día jugando con aquella pelota mientras disfrutaba de su comida preferida: las golosinas. "Recuerdo que cuando era pequeño conseguir un dólar y gastármelo en cien piezas de golosinas (penny candy), poner cincuenta en cada bolsillo y jugar todo el día. En serio, al día sólo jugaba y comía golosinas. Incluso no comía comida más que eso", comenta Boykins.

    Padre e hijo pasaban largas horas juntos, ahora bien, ¿conocen el refrán que dice que las cosas importantes vienen en envases pequeños? Pues el padre de Earl hacía su peculiar adaptación al dicho y en los duros inviernos de Cleveland para proteger del frío al pequeño... perdón, joven Boykins, introducía a éste en una mochila deportiva mientras charlaba con los compañeros o volvía de jugar un partido por la noche.

    Para Earl el objetivo de aquellas largas jornadas de entrenamientos estaba claro: no quería ni ganar a sus amigos del colegio ni ganar campeonatos locales, "sólo quería ser tan bueno como mi padre". Lo que no sabía es que aquellos entrenamientos iban a elevar su nivel hasta permitirle unirse al equipo de su padre en los campeonatos de Cleveland. Así con sólo 13 años, Earl se incorporó como uno más al equipo, uno de los más potentes de la ciudad. Allí compartió juego y vivencias con hombres que le doblaban en edad, altura y fuerza; algo que pareció no importar a su padre: "Nunca tuve dudas sobre hasta dónde podía llegar Earl". A raíz de aquellos partidos con gente muy superior físicamente, Boykins ha ido desarrollando una capacidad sorprendente para penetrar y encarar a los más importantes jugadores de la NBA.

    Quizás en agradecimiento por los buenos tiempos vividos, aún hoy en día Boykins regresa a su pasado y cada año al terminar la liga vuelve a Cleveland para entrenar en los centros de recreación de la ciudad y jugar con sus excompañeros en los playgrounds con el propósito de mantenerse en forma y de paso intentar algún día un último reto: ganar a su padre en un uno contra uno, ya que como él mismo dice, "supe que podía vencerle en mi año de junior en el instituto, pero nunca le he vencido en un uno contra uno". Quizás la próxima vez que oigan hablar de Earl Boykins ya lo haya logrado.

    De vuelta a su juventud, los partidos de las ligas de adultos y playground no hicieron más que facilitar la tarea del joven Boykins cuando jugaba en el instituto. En la Central Catholic High School, Boykins se sabía importante, era el chico con más potencial del equipo y por eso no se esforzaba demasiado reservándose para los partidos de las calle. Eso. no obstante, no impidió que en varios partidos emulara a su padre y anotase 50 o más puntos. Conocido como The Squirrel (la ardilla) por su rapidez y agilidad adquirida en las duras pistas de cemento de la calle, en su año junior sólo promedió ocho puntos y ocho rebotes. Algo que poco pareció importar a la Eastern Michigan University ya que ese mismo año lo reclutarían con una beca.

    Probablemente, de haberse esperado un año más, Earl podría haber fichado por una universidad más potente, pero más que el baloncesto su primer objetivo era asegurarse una beca deportiva para estudiar en la universidad y no arriesgarse a una lesión en su último año. Tras garantizar su futuro, Boykins promedió en su año senior 26 puntos y cinco asistencias.

    El paso a la Universidad en cambio fue algo más complicado de lo previsto. Llegar a la universidad supuso que por primera vez iba a estar lejos de casa, algo que para Boykins resultó especialmente complicado porque siempre había estado rodeado de sus amigos y, sobre todo, de su padre. Por eso, al verse solo y lejos de la atención del ghetto se sintió desprotegido y asustado. Pero la universidad también significó un nuevo reto deportivo en la vida de Boykins ya que por primera vez no era la única estrella del equipo. Es cierto que en los campeonatos del instituto ya se había enfrentado a grandes jugadores como rivales, pero en Eastern Michigan la competición comenzaba en el propio equipo. A pesar de las adversidades no iba a rendirse y si Boykins había sido capaz de jugar de niño con adultos unos universitarios no iban a impedirle tomar las riendas del equipo.

    En efecto, a pesar de no registrar grandes números y no alcanzar el torneo final, Boykins se hizo en su primer año con el puesto de base titular del equipo. El punto más álgido de su carrera universitaria llegó en el segundo año cuando lograron derrotar a la toda poderosa Duke en la primera ronda del torneo final de la NCAA. Boykins fue el protagonista de aquella victoria con 23 puntos y una fantástica dirección de juego. Poco importó que perdiesen en segunda ronda ante la universidad de Connecticut de Doron Sheffer y Ray Allen, pues habían logrado el segundo mejor resultado de la historia de Eastern Michigan (en 1996 alcanzaron la ronda de los Sweet 16).

    En sus dos últimos años, Boykins no pudo mejorar el nivel del equipo pero sí consiguió ser incluido en el primer equipo de la conferencia Mid- American, y en 1998 recibió un peculiar galardón, el Frances Pomeroy Naismith Award al mejor universitario que no supere los seis pies (180 centímetros aproximadamente) y que anteriormente habían conseguido jugadores como Tyrone Bogues (1987) o Tim Hardaway (1989). En total, Boykins disputó 122 partidos en la universidad y en sólo uno de ellos dejó de ser titular. Sus promedios pasaron de los 12.5 de su primer año a los 25.7 puntos que en su último año le valieron ser el segundo anotador del país.

    Todos estos números y galardones no pasaron por alto para la asociación americana de baloncesto que en 1997 seleccionaron a Earl Boykins para dirigir el equipo americano durante los Juegos Universitarios mundiales. Boykins fue el base titular de una selección en la que estaban entre otros Brian Skinner, Kenny Thomas y Loren Woods. El torneo disputado en Sicilia fue un auténtico paseo para una selección americana que hasta semifinales había vencido todos sus partidos por una diferencia media de 60 puntos y que endosó un humillante 120 a 28 a la débil Hong Kong. Boykins terminó siendo el jugador más valioso del torneo gracias a una soberbia actuación en la final frente Canadá en la que anotó 23 puntos y llevó a su selección al oro.

    Un mes más tarde, se celebraba el campeonato del mundo sub-22 y Boykins tenía muchas esperanzas de ser incluido en el equipo nacional. Sabía que su actuación en Sicilia había llamado la atención del seleccionador Rick Majerous (entrenador de la Universidad de Utah) y defender a su país era un reto que le entusiasmaba. Sin embargo, al final no consiguió entrar en una lista de doce donde sí estaban como bases Andre Miller, Corey Brewer y Chad Austin. A la decepción inicial le sobrevino un alivio al ver como aquel equipo que le había rechazado naufragaba y se quedaba sin medallas.

    Con todo, el periplo con la selección americana aún no se había cerrado para Earl Boykins. Un año más tarde, en 1998, se disputaba el campeonato del mundo de selecciones en Grecia y debido al cierre patronal de la NBA, los jugadores americanos rechazaron acudir con su selección. Ante esta renuncia colectiva no le quedó más remedio a la asociación americana que convocar a un combinado de urgencias para defender el campeonato del mundo conseguido cuatro años antes en Canadá. Para la ocasión, se llamaron a jugadores universitarios y jugadores que competían en la CBA o en ligas europeas. Boykins entró en la preselección de 16 jugadores que realizó la fase de preparación en Monte Carlo bajo las ordenes de Rudy Tomjanovich, pero lamentablemente volvió a quedarse a un paso de la lista definitiva y en su lugar se prefirió seleccionar como bases a Michael Hawkins (exjugador de FC Barcelona y Real Madrid) o Kiwane Garris. De nuevo, una selección americana sin Boykins no podía cumplir sus objetivos y el combinado de Tomjanovich se tenía que conformar con la tercera plaza del torneo.

    Consciente de que los escasos éxitos colectivos conseguidos en la Universidad le restaban opciones de ser elegido en el draft, Boykins sabía que sus posibilidades se centraban en los entrenamientos privados que se celebraban antes de la elección en el draft. Por ello, una vez concluido su ciclo universitario incrementó su preparación física para ganar músculo y llegar en forma a las pruebas. Boykins no decepcionó en los campus pre-draft y en su interior comenzó a vislumbrar esperanzas. Las previsiones del draft lo situaban por detrás de los grandes bases de aquel año como eran Mike Bibby (elegido en el número 2), Jason Williams (7) y Larry Hughes (8), y por delante de otros bases como Bryce Drew (16) Tyronn Lue (23). En el peor de los casos se hablaba de que sería un “robo” de la segunda ronda del draft. Por ello, cuando supo que no había sido drafteado no pudo evitar sentirse frustrado. "Esa noche (la del draft) fue dura. En la Universidad había hecho todas las cosas que un base podía hacer. Mirando los chicos que fueron seleccionados, pensaba que era mejor que ellos". El miedo entre los ojeadores a arriesgarse con un jugador de 165 centímetros había sido mayor que su calidad porque, como él mismo comenta, "en la NBA tienes que responder a un prototipo determinado. Ellos te caracterizan, un base tiene que hacer esto y tienes que tener esta estatura... No hay categoría para chicos de 5-5 de altura. Existe un prejuicio en la NBA para los jugadores que miden 5-5 porque creen que no pueden responder a su nivel".

    (continúa en el próximo capítulo)

    Álvaro Paricio
    @Alvaropc23
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