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Viaje al Año 2095 (II)
Segunda entrega de la serie “Viaje al Año 2095”, además de refrescante lectura de verano, toda una introspección futurista a cargo de G Vázquez, que a través del estilo clásico de la ciencia ficción y de una intensa narración en primera persona, considera la fascinante realidad del Baloncesto sobre un escenario donde muchos de los elementos que conocemos hoy han desaparecido dando lugar a otros nuevos. En este segundo capítulo somos testigos del primero de los grandes cambios a gran escala. No te lo pierdas

  • Viaje al Año 2095 (I)

  • Viaje al Año 2095 (III)




  • The Paint

    Con magistral delicadeza, como todo su proceder, John tomó mi mano derecha y sin soltarla adelantó su posición como a un palmo de donde reposaba, sobre una insinuación luminosa de la butaca en la que, de haberme fijado, no cabría figurar más que el suave detalle de un mobiliario remoto. No toqué nada. Tan pronto mi mano pasó a ras de aquella franja cuando una especie de pantalla se hizo ante mí. Por un instante quedé quieto, incrédulo, congelando la mirada en aquella hipnótica imagen que parecía observarme. Era una pantalla, no cabía duda, pero de tan radiante y tangible presencia que mi frágil entendimiento no pudo más que asociar su aspecto a la materia. Así fui a tocarla cuando... no toqué nada salvo el aire que ocupaba. Repetí el movimiento varias veces, hasta provocar en John una rotunda carcajada.
    -¿Qué es esto, John? ¿Qué clase de ilusión tengo delante?
    Acto seguido mi buen compañero atravesó la imagen con una serie de aspavientos similares a los míos, como para terminar de convencerme.
    -Vale, vale... Entendido. ¿Para qué... sirve?
    John se mostró fulminante.
    -Para todo.

    La pantalla ofrecía una serie de pequeños cuadros de texto delicadamente ordenados. Uno de ellos, situado casi en el centro y al que John dirigió mi dedo, decía: COURT LINES. La imagen desplegó al instante otro enjambre de cuadros algo mayores que los precedentes. SEE ALL, fue el siguiente donde apenas hube posado el dedo cuando, para mi absoluta perplejidad, la estructura ósea de toda la pista se hizo perfectamente visible.
    -¿Está bien así?
    ¿Qué podía decir yo?
    -Sí, John, claro que sí –sonreí entusiasmado.
    Tal contagio debió de producir en mi compañero el visible fervor que me invadía que como si aún le pareciera poco yo no sé dónde fue a enredar que la pantalla, olvidé añadir que de estructura generosamente rectangular y de vértices curvos, tornó de pronto en una esfera, igualmente deslumbrante, cuya superficie insinuaba el rubescente naranja y las seductoras líneas de un balón de Baloncesto. De qué inmenso goce fui objeto. Resultaba ahora una pantalla esférica, una milagrosa holografía de inimaginable perfección. Y sin llegar a tocarla, como habiendo adquirido una pronta destreza en su manejo, la hice girar a capricho y entre los muchos cuadros que la salpicaban, descubrí el que decía: ROSTERS. Allá que fui y otros dos nuevos marcos, a derecha e izquierda, me declaraban: COMPLETE y ON THE COURT. Un rápido ademán de John me detuvo:
    -¿Qué tal... si los vemos luego? Resta tan sólo un cuarto pero verás cómo aún nos es muy útil.

    Al decir esto fui presa de una revelación instantánea. Aquella esfera contenía toda la información por la que cualquier otro hombre de mi época habría suspirado. Comprendí que, en efecto, allí estaba todo. El portentoso discurrir de la pantalla, objeto de mi primera seducción, se me antojó ridículo al tratar de formarme una idea del inconcebible volumen de información que encerraba aquel prodigio, un volumen que con seguridad escapaba a todo cálculo. Movido por esta ensoñación deslicé la mirada grada a través y me llamó la atención no percibir entre la multitud ni una sola pantalla, ni otra esfera igual a la mía.
    -¿Soy yo el único?
    -No.
    -John, no veo ninguna otra.
    -Ellos tampoco la tuya.


    No pregunté más. Supe que era inútil. Aunque breves aquellos esbozos de John a mis torpes preguntas eran certeros, suficientes para hacerme yo una aproximación de cuanto veía, pero ni remotamente a sus principios. Entendí que así debía ser, y que toda pretensión de ir más allá habría resultado baldía. Así como uno enciende la luz sin atender al milagro que la produce, supuse que mi relación con lo nuevo tenía que acontecer de ese modo superfluo. Lo fantástico de mi situación residía, me abochornó recordarlo, en representar el espectral papel de mero espectador, acaso por una noche el más privilegiado que hubo nunca entre los hombres.

    Reanimado por esta última consideración volví a pasar la mano sobre el brote de la butaca y la esfera de luz se desvaneció en el acto, quedándome la pista a placer. Ahora podía ver todas las líneas. O eso creí. Porque si bien ya no aparecían y desaparecían, si nada parecía alterar ya su dibujo, lejos estuve de disipar la confusión. La superficie de juego se me continuaba antojando extrañamente anémica de líneas, como si me faltara alguna. O varias. Reconocí el triple que, sorprendentemente, no había modificado su silueta en... ¡más de un siglo! Reconocí también la división del campo en aquel intenso filamento que tanto me sugería el láser. Pero poco más pude reconocer. La media pista carecía de círculo. Y otros dos círculos, los que dan cabeza a la bombilla, también habían desaparecido, igual que las letras, la zona de carga, las paralelas y hasta la línea de tiros libres. En suma la radiografía de la pista, insistiré que el más hermoso manto que quepa imaginar, continuaba presentando una incómoda simpleza.
    -¿Dónde...?
    John me detuvo.
    -Observa.
    Acto seguido quedé atónito. A un ataque de los Sonics, una porción semicircular que no asocié a nada conocido, enrojeció bajo el aro de Chicago creándose un intenso sector de luz como del tamaño de un tercio del triple cuya encendida coloración contrastaba visiblemente con la superficie circundante.

    -Es la pintura. Resplandece al paso de los jugadores que atacan. No se puede permanecer ahí dentro más que tres segundos. Esto te suena, ¿verdad?
    -Pero... ¿y el tiro libre?


    “El tránsito por un segundo paso: el recorte longitudinal del rectángulo”

    Al formular esta pregunta, del todo inoportuna por la asombrosa revelación de que había sido objeto, caí en la cuenta de que el tamaño de aquella zona, la pintura, se me figuró algo menor a la que yo conocía. Y si el extremo más alejado del fondo era en realidad la línea de tiros libres, éstos se habían acercado ostensiblemente al aro. ¡Habían acortado su distancia! Como de costumbre John se anticipó:
    -La línea de tiros libres no es la que estás pensando. La línea de tiros libres sólo hace acto de presencia cuando, efectivamente, hay tiros libres. Te preguntarás por las letras y sucede con ellas exactamente lo mismo. Tan sólo aparecen cuando hay posición de rebote conjunto en los tiros libres, como una referencia para situarse los jugadores, básicamente como siempre. Por lo demás sobran en juego. Te sorprenderá, lo sé, pero dime, ¿cuántas de las líneas de pista es necesario ver de modo permanente?
    La pregunta sonaba absurda.
    -Tan sólo la pintura –prosiguió– y la porción de cuerda de quien va a lanzar un triple. Incluso la línea divisoria sólo se materializa al atravesar la media pista. Cuando el equipo que ataca la ha traspasado allá queda fijada, para indicar que quien ataca está encerrado en esa porción del campo, y regresar al suyo equivaldría al campo atrás.
    -Pero... ¿y los círculos?
    -¿Qué círculos?
    -La media pista, John, la cabeza de la bombilla. ¿Cómo es posible que no estén?
    -Dime, ¿qué utilidad tienen? ¿Alejar al resto en un salto entre dos? Perfecto. Pues cuando hay situación de salto, allá que se materializan.


    Insatisfecho sobre cada punto como cabía esperar, redoblé mi atención en la circunstancia sin duda más sorprendente de todas, la zona, de una fisonomía como jamás hubiera imaginado. Tal como dije consistía en un semicírculo de apariencia muy similar al triple europeo, sin paralelas, pero de un tamaño mucho más pequeño, motivo por el que a su presencia simultánea con el anillo del triple se antojaba una sugerente simetría concéntrica en la superficie de ataque. A simple vista su radio de fondo parecía más ancho pero, en cambio, el radio interior penetraba en la pista apreciablemente menos que el rectángulo de nuestra zona, cuyo extremo alcanza al tiro libre. Debo confesar que muy por encima de la confusión motivada por lo insólito de este descubrimiento predominaba en la percepción la irresistible belleza de aquel novedoso conjunto. Aun así no me detuve.
    -¿Por qué la zona... es más pequeña?
    -¿Y por qué tan grande?
    –repuso enérgico–. Recuerda. Primero Mikan, luego Chamberlain, obligaron a ensanchar el delgado cuello de aquella bombilla original. Un acierto incuestionable. Pero, ¿por qué... tan larga? ¿Por qué había de llegar hasta el tiro libre? Y más aún: ¿Por qué rectangular? Mediante esa forma circular que ahora ves, una forma solidaria con la circunferencia del aro y que el triple sí pareció entender, se ha ganado un riquísimo espacio que durante muchísimos años, quizá demasiados, aparecía inexplicablemente privado de libertad de acción. Ahora se puede postear desde allí, donde antes había vértices, sin necesidad de salir pitando. Si te enumerase la lista de grandes episodios que han tenido a ese pequeño espacio como protagonista, créeme, quedarías muy sorprendido –apostilló innecesariamente.

    Lo reconozco. Las palabras de John desprendían una rotunda lógica. Ese cuadro largo y aplastado que todos concebimos como zona porque no hemos conocido otra; el singular grafismo que presta a nuestro juego su huella dactilar, esa zona abombillada y el distante abrazo del triple que fueron siempre exclusiva cosa del Baloncesto, diré que seguían vivas, pero no al modo que conocemos. Su condición había variado al punto de presentar la pista un rostro muy distinto, de una arrebatadora novedad que, a mis ojos, parecía haber rejuvenecido el juego tantos años como habían transcurrido. Aunque trato de ilustrar este profundísimo cambio en el torpe dibujo de cabecera, debo señalar que en ningún momento pude ver todos esos elementos juntos, pues desaparecía la pintura cuando había tiros libres, así como éstos y las letras, tres densos círculos a cada lado, lo hacían a la presencia de la zona. El juego en vivo era el juez que decretaba los turnos. Sobra añadir que la justa descripción del color y brillo de la superficie donde estos elementos cobraban vida, así como el sofisticado juego de contrastes, me es inalcanzable.

    John siguió explicando. Durante una profusa intervención a cuyos más hondos detalles quedé una y otra vez rezagado, me reveló que para llegar a aquel modelo de zona había sido necesario el tránsito por un segundo paso: el recorte longitudinal del rectángulo, una mudanza que tras fuertes controversias terminó siendo aceptada universalmente en el ecuador de siglo. Adjunto una sencilla ilustración de esa segunda zona que, preservando la silueta rectangular, conquistó para el juego aquel espacio de libre acción cuya insospechada riqueza John me había subrayado. Y con no poco motivo. Porque en un abrir y cerrar de ojos mi generoso guía, extendiendo nuevamente la pantalla ante nosotros, me mostró una acción ocurrida durante los años noventa de nuestra era, en que una prodigiosa asistencia del Sabonis de Portland –desorbité los ojos de emoción al reconocerle–, situado al pie interno del tiro libre, fue groseramente anulada por los consabidos tres segundos prohibidos. Acto seguido unas imágenes cuyos protagonistas me fue imposible reconocer y seguramente sucedidas en algún misterioso punto de aquel vasto siglo XXI, otro jugador situado exactamente en el punto donde Sabonis cediera su magistral pase, hizo lo propio y a la canasta sucedió ese desaforado tipo de júbilo común a jugadores y público que tanto sugieren la celebración del más preciado título.
    -Así fue, amigo mío, aquella acción les hizo campeones –disipé toda incertidumbre. John me leía el pensamiento.


    “Visto ahora con nuevos ojos, me pareció un bocetto del mismísimo Da Vinci”

    Con qué nítida claridad lo comprendí todo. La distancia a la que se habían producido ambos pases respecto al aro era suficiente para avergonzar cualquier represión del reglamento. “¿Cómo admitir que un jugador pudiera instalarse junto al lateral de la antigua zona –concluía John su intervención– y no en cambio en la línea interna del tiro libre, cuando la distancia de cada punto respecto al aro resultaba tan dispar?”. Casi dos décadas después, me confesaría después, se resolvió materializar uno de los cambios más dramáticos y decisivos en la historia del Baloncesto: el arqueo de la zona, una circunstancia sobradamente justificada en la circunferencia del aro. En adelante las distancias hacia el elemento hegemónico de nuestro juego guardarían, al igual que el triple, una solidaria y razonable relación de geométrica paridad. Todo ello suponía mandar al garete aquella otra ecuación, tan perfecta como atávica, que hacía de la pintura y sus componentes un hermoso atavismo de museo que, visto ahora con nuevos ojos, me pareció un bocetto del mismísimo Da Vinci, y que adjunto como tercera ilustración para exponer gráficamente al lector por qué tres armaduras había atravesado la zona a las alturas del tiempo en que me encontraba. Me asombró hasta lo indescriptible comprobar que la economía del progreso, lejos de complicar, había remontado a su más extrema simpleza. Sobre este particular punto no puedo ser juez. Sólo testigo de un terminante acierto.

    Meditaba yo embobado sobre éstas y otras muchas cosas que aún me habrían de asaltar, cuando una nueva canasta de Chicago que hacía el 99 a 97, elevó el bramido de la multitud a un nivel difícil de creer. John pareció advertir mi congoja:

    -Puedes modular el sonido a tu gusto.
    -No, no es necesario
    –repuse.

    Por un instante me pregunté cómo era posible hacer algo así. Pero me abstuve. Sospechaba el método. Sospechaba que todos los presentes podían hacer de la escena todo cuanto les viniera en gana, igual que nosotros manejamos a placer la pantalla de un televisor.
    -Como quieras. Creo oportuno además que prefieras contemplar todo esto tal cual es.
    No había mermado el ensordecedor rugido cuando se sobrepuso otro aun más atronador que, esta vez sí, me hizo encoger sobre el asiento.

    -¿Es... la bocina?

    Era fácil suponerlo. Aquel gigantesco clamor que hizo temblar el recinto había venido precedido por una especie de palpitantes estridencias que acompañaban a los últimos segundos del crono, tal y como los nadadores aguardan su salida en las pruebas de nuestro hoy.
    -Sí, el cuarto ha terminado.

    Gonzalo Vázquez
    @GVazquezNY

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