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Tocar a Michael Jordan
Michael Jordan ha visitado Barcelona como parte de su Jordan Classic Tour, despertando un gran interés entre los aficionados, que tenían la primera oportunidad desde 1992 para verlo en la Ciudad Condal. Roc Massaguer estuvo en la rueda de prensa y posteriormente en el clínic con los mejores jugadores sub16 de España. Con una crónica muy personal nos relata la experiencia de intentar tocar al astro: objetivo tan mágico como imposible. Tan amable como inaccesible, tan fugaz como agradecido, el mejor jugador de la historia levantó pasiones con su presencia vista y no vista


Los aficionados han esperado horas para poder ver a su ídolo

Llego a las instalaciones del INEFC de Barcelona en la montaña de Montjuïc, con un firme objetivo: tocar a Michael Jordan. Tan firme como imposible, lo sé. En la puerta hay cerca de 1.500 personas esperando para entrar a ver su ídolo. Mayoritariamente gente joven, vestidos para la ocasión: camisetas de Chicago, de Washington, del Dream Team, de North Carolina, del All Star. Llevan ahí desde las 11 de la mañana y ya son las cinco de la tarde.

A las 17.30 deberían empezar a dar acreditaciones a la prensa. No tenemos muy claro qué sucederá ni qué acceso podremos tener a la estrella. Un compañero espera poder conseguir una firma estampada en una camiseta. Sospecho que muchos otros esperan algo parecido. Yo me conformo con mi atrevido objetivo.

Entramos y llegamos a la sala de prensa repleta de pósters de Michael Jordan. "His heart said more than he ever could" (Su corazón dijo más de lo que él mismo nunca pudo), reza uno. Esperemos que diga algo más esta tarde con sus propias palabras. Son las 17.50; vamos tarde. Esperamos media hora más sin que nadie nos diga nada y empieza la inquietud. Algunos periodistas incluso se quejan silbando y tantean la posibilidad de irse, por mucho Jordan que tenga que venir.

Son las 18.25 y el acto empieza. Un hombre negro de cerca de 1,70 de altura, de unos 40 años y cuerpo flacucho entra por la puerta. Obviamente, no es Jordan. Resulta ser Larry Miller, un alto cargo de la empresa de ropa de Jordan. Nadie le aplaude, a pesar de la petición de la presentadora. Nadie parece querer oir lo que vaya a decir. En medio de un permanente murmullo de desinterés, Miller cuenta lo competitivo que es Jordan, lo mucho que se involucra en las zapatillas de la marca... A continuación, a las 18.30, en un vídeo unos jóvenes nos cuentan lo fantástico que es Jordan y lo grande que era sobre una pista. Sigue el murmullo.


Michael Jordan, tan inaccesible como amable (Foto EFE)

Son las 18.32 y aparece Michael Jordan por la puerta. Estalla un aplauso espontáneo y la estrella sonríe. Se disparan los flashes y se sienta en un cómodo sillón, solo. Ha pasado a varios metros del cordón que nos separa de él. Imposible tocarlo. Nadie, ni siquiera sus guardaespaldas, lo hace. El silencio es absoluto; incluso los flashes de las cámaras parecen haber enmudecido. El retraso ya está olvidado; profundo respeto es lo que se masca ahora.

Viste completamente de negro, con ropa de su propia marca y parece relajado, muy tranquilo. Sonríe cuando escucha la traducción de la primera pregunta, que cuestiona el cambio a la hora de elegir a jugadores para su marca: ahora llevan más tatuajes. Se ríe y uno incluso llega a pensar que se divierte. "La posibilidad de llegar a la NBA está despertando el interés de los jóvenes jugadores europeos", "últimamente he visto mucho fútbol; me han dicho que Ronaldinho es el Jordan del fútbol, aunque nunca lo he visto jugar", "Gasol es aún muy joven, pero es uno de los mejores pívots de la NBA y será una estrella durante mucho tiempo"; "sé que la Selección Española ganó el Mundial; no vi ningún partido pero si ganaron seguro que se lo merecieron". Responde a cuatro preguntas con sobriedad pero con interés, meditando las respuestas y con un sencillo y pausado inglés.

Como veo que lo de tocarlo será complicado, me decido a hacer una pregunta. Le pregunto sobre Ricky Rubio (al que asumo que no conoce) y sobre el límite de 20 años para jugar en la NBA. Se lo piensa y me contesta que 20 años es una edad perfecta para entrar en la gran liga. Dice que aquí, con un partido a la semana, un chaval puede jugar, pero que con 82 partidos uno debe ser maduro, física y mentalmente, para poder rendir. Me mira mientras responde, me lo explica e incluso llega a parecer alguien cercano. Luego se levanta y posa para las fotos. Sonríe sinceramente y se va por donde ha venido. Nadie le ha tocado en los 13 minutos que lo hemos tenido delante.

Por fin en la pista

A las 18.55 bajamos a la pista. Hay unas graderías preparadas para la ocasión que albergan alrededor de 1.500 personas. Fuera de la pista, desde una posición superior y separados por un grueso cristal, están casi 200 personas que, teniendo entrada, no han podido coger sitio en las gradas. Oyen lo que pasa en la pista a través de unos altavoces que fallan por momentos. Algunos han llegado a pagar 50 € por estar allí.

Acaban de ver la primera parte de un partido entre dos equipos con los mejores sub16 de España. Un equipo está entrenado por Pepu Hernández y el otro por Chichi Creus. Ellos esperan, igual que nosotros antes, que aparezca el astro. Y aparece. La improvisada grada aplaude atronadoramente durante unos segundos mientras Jordan saluda. Pasa por delante de los jugadores, que no se atreven a chocarle la mano.


Jorge Santana fue el MVP y tuvo el privilegio de tocar al astro (Foto EFE)

Michael recuerda lo contento que está de visitar Barcelona por primera vez desde 1992. La gente aplaude otra vez. Acto seguido le presentan a Pepu y Chichi. Ellos sí le tocan: se dan la mano e intecambian pocas palabras y muchas sonrisas. Los olvidados de detrás del cristal quieren su ración de Jordan y se hacen notar golpeando el cristal al unísono. Jordan lo oye y los saluda, agradecido.

Empieza la segunda parte del partido y la grada se enfría. Ni siquiera aplauden las canastas de los esforzados jóvenes. Jordan se lo mira desde un lateral, sentado tranquilamente. No se inmuta... hasta que una perfecta entrada con canasta por elevación de uno de los chavales le obliga a asentir. Y después, con empate a 64 y dos segundos en el marcador, un alucinante tapón lleva el partido a la prórroga. "Wow", dice.

Al final gana el equipo blanco, por tres puntos. Sobre la bocina, el base dribla a un rival pasándole el balón por debajo de las piernas. Jordan, a dos metros de la jugada, no puede evitar sonreír otra vez. Realmente empiezo a pensar que se lo está pasando bien. Seguramente mejor que los aficionados detrás del cristal. Saben que no lo podrán tocar y apenas si lo ven. Aburridos, esperan irse sin encontrarse el atasco de los que han visto jugar el RCD Espanyol a escasos metros de ahí, en el Estadi Olímpic.

Acaba el partido y el presentador pide un aplauso para "el mejor jugador de todos los tiempos". Otra ovación de unos segundos y para casa. Antes, Jordan entrega el trofeo de MVP a Jorge Santana, un completo escolta canario que viajará a New York en abril para participar en el Jordan Classic junto a los mejores sub16 del mundo. El chaval ni se lo cree, se acerca a Jordan (no mucho más alto que él) y le estrecha la mano. Él también lo ha tocado: la sonrisa casi le sale de la cara y rompe a llorar.

La cosa acaba y me dan un póster y un pin. Ni he tocado a Jordan ni he estado cerca. Sólo lo han conseguido el mejor entrenador del mundo y su asistente y el mejor sub16 de España (con permiso de Ricky Rubio, que no estaba). Si ese es el criterio, creo que nunca lo conseguiré. Jordan vive en otro mundo, en el suyo. "Antes podía caminar por Europa sin que casi nadie me reconociera. Ahora no puedo hacerlo en ninguna parte del mundo. A pesar de eso, intento disfrutar de las ciudades que visito", explicó en la rueda de prensa. Con la más completa tranquilidad y amabilidad añade: "Es un reto ser Michael Jordan".

Roc Massaguer
@rmassaguer
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