Artículo

Mahmoud Abdul-Rauf: La impotencia del perfeccionista (I)
En marzo de 1996, una gran polémica conmocionó a la NBA. Mahmoud Abdul-Rauf, jugador de los Denver Nuggets, le echó un pulso a la competición. Converso al islam y de firmes ideas, se negaba a rendirle homenaje a la bandera o al himno norteamericano por considerarlos símbolos de opresión y tiranía. Sus días sublimes de estrella universitaria y los méritos contraídos en la NBA se vieron eclipsados desde aquella polémica extradeportiva y su excelente carrera quedaba en suspenso por un conflicto ideológico-político. En esta primera entrega recorremos los mejores años de la carrera de Chris Jackson (quien posteriormente cambió su nombre) de la mano de Daniel Barranquero

  • La impotencia del perfeccionista (II)



  • Mahmoud Abdul-Rauf tuvo sus mejores años con la camiseta de los Nuggets

    Su nombre era Chris Wayne Jackson. Generación del 69. Nacido en Gulfport, Mississippi. Cuerpo menudo, hábil, eléctrico. Enamorado del baloncesto. Cogió un balón de pequeño y nunca lo volvería a soltar.

    No era un niño como el resto. Sufría el síndrome de Tourette, un trastorno neurológico que provoca tics, movimientos y sonidos vocales involuntarios.
    La afección le transformó desde muy joven en un perfeccionista obsesivo. Tareas tan comunes como el atarse los cordones de unos zapatos le podían ocupar minutos. Buscaba la simetría, la armonía absoluta, la perfección.

    Para un jugador de baloncesto el más perfecto de los actos es anotar. Chris Jackson no se conformaba con ello. Tiraba y tiraba hasta marcar la canasta perfecta. Encestar no era lo esencial. Pretendía que la pelota entrara limpia, el sonido de la misma red con cada acierto le hacía sentirse bien. Jugaba a todas horas, de la mañana a la noche. Cualquier simple fallo le haría repetir otra eterna sesión de tiro.

    Su particular sed de canastas, le permitió destacar desde la adolescencia. El día que debutó en el instituto marcó 21 puntos. La leyenda de Chris Jackson acababa de nacer.

    El talento ofensivo y la regularidad del base le convirtieron, en los dos últimos cursos del High School, en el jugador del año en Mississippi. Mas su maravillosa etapa universitaria dejaría este hecho en mera anécdota.

    Su aparición en 1988 en la LSU (Universidad de Louisiana) se puede calificar de portentosa. Al quinto encuentro ya alcanzaba los 55 puntos de anotación. Su baloncesto sabía a caviar, delicia para compañeros y pesadilla para rivales. Atrevimiento, descaro, imaginación, confianza y efectividad. Ingredientes idóneos para inscribir su nombre en la lista de los más grandes de la historia de la NCAA.
    Sus números adquirían mayor relevancia al coincidir en Louisiana con Shaquille O’Neal, conformando una pareja de ensueño con el dominante pívot de los Heat. Concluyó esa primera experiencia universitaria con un registro de 30,2 puntos en cada choque. Nombrado All-American, se erigía como la gran sensación entre aficionados, periodistas y ojeadores de la NBA. En la temporada sucesiva, a pesar de sus 27,8 puntos de media, no pudo conducir a la LSU al título soñado. Aunque sus méritos resultaban evidentes. Nuevamente All-American, su periplo universitario culminaría con la obtención del galardón que le coronaba como el mejor jugador del año en la NCAA.

    No había techo para Chris. Tercero en el draft de 1990. Los Nuggets de Denver ya le esperaban y la NBA significaba un viejo anhelo para él. Significaba la vía más rápida para lograr unas condiciones de vida óptimas para su madre. El perfecto escenario para demostrar el talento nato y forjado a base de esfuerzo.

    En el ansiado debut en la mejor liga del mundo, exhibió pinceladas de su clase, pero unos problemas de tobillo y la poca conexión que tuvo con el entrenador impidieron un impacto aún más importante en la competición. La situación del equipo tampoco ayudaba. De la mano de Paul Westhead, con un baloncesto anárquico y caótico carente de cualquier atisbo de defensa, Denver hizo una de las temporadas más ridículas de la historia (con un record de 20-62) y Jackson hubo de conformarse con promediar 14,1 puntos, convirtiéndose en el tercer baluarte ofensivo de la plantilla.
    En la campaña siguiente, vio incluso reducida la participación, por lo que descendió hasta los 10,3 puntos por choque. No obstante, su increíble precisión y perfeccionista concentración le sirvieron para lograr el segundo mejor registro en porcentaje de tiros libres (95,6%) en la historia de la NBA, por detrás de Calvin Murphy.

    Hasta la temporada 92-93 Chris Jackson no se reencontró totalmente consigo mismo. Se hizo con la titularidad. Obtuvo minutos y los supo rentabilizar. En el parqué dirigía con maestría y anotaba con soltura. Recordaba nuevamente a aquel chico que no se iba a la cama hasta encestar decenas de tiros consecutivos, a ese joven que deslumbró como pocos más en una cancha universitaria.

    Los 19,2 puntos de media y su soberbio juego le hicieron acreedor del premio al jugador que más había progresado (Most Improved Player), de la Liga. Curiosamente, cuando el pequeño de Gulfport se había hecho mayor, en el momento en el que Chris Jackson había sido más Chris Jackson que nunca, su nombre abandonó los pabellones de la NBA. Nunca más esa identidad volvería a aparecer en su camiseta.
    Mahmoud Abdul-Rauf “nació” en julio de 1993, a la edad de 24. Dos años antes se había convertido al Islam. El nombre significaba elegancia, misericordia y amabilidad. Compartía mucho con Chris Jackson. Mismo cuerpo, idéntica cara, similar talento para el baloncesto.

    Incluso el citado síndrome de Tourette. Pero Abdul-Rauf era otro tipo. La fe dominaba ahora su vida, modo de pensar y de actuar. Para él, su trastorno era un regalo de Dios. “Doy gracias a Alá por todo. Hace tiempo lloraba por la enfermedad, no sabía qué había hecho mal y cómo detenerla. En cambio, ahora creo que el síndrome es una bendición porque me ha permitido ser un perfeccionista. Es mi principal virtud”.

    Heredó los buenos años de básquet de Chris, promediando 18 y 16 puntos por encuentro respectivamente en las dos posteriores temporadas y jugando por fin con el equipo en Play Off. Los tiros libres eran su pasión, convirtiéndose, partido a partido, en uno de los mejores especialistas de la historia. Si de joven presumía por encestar en el entrenamiento 267 seguidos, en la NBA sus 81 lanzamientos anotados de forma consecutiva sin fallo, suponían la segunda mejor racha de tiros libres de todos los tiempos.

    La 95-96, tercer año de Mahmoud tras el cambio legal de nombre, fue la más atípica de su vida. Cielo e infierno. Ilusión y decepción. Héroe y villano.

    Rondó la veintena de puntos de media con los Nuggets. Un día marcaba 51 puntos. Al otro repartía 20 asistencias. Su juego rozaba lo excelso y el liderazgo en el equipo se revelaba indiscutible. Su alter ego Jackson había colocado el listón muy alto desde la infancia, pero Abdul-Rauf se superaba. Cada día más ídolo, más estrella, más mito.
    Empero un hecho cambiaría su carrera. En marzo del 96, el nombre del jugador aparecería en todos los medios monopolizando discusiones de todo tipo. No era la valentía en el juego o el certero tiro del base los motivos del debate. Ni siquiera sus triples imposibles.


    Mahmoud Abdul-Rauf desató la polémica al no querer estar presente mientras se interpretaba el himno americano

    Durante toda la competición, Mahmoud había preferido permanecer en el vestuario hasta después de haberse interpretado el himno norteamericano. Contaba con el permiso de la franquicia y había pasado desapercibido por prensa y aficionados. Sin embargo, en ese mes muchos seguidores comenzaron a telefonear a los medios para averiguar el motivo de tal ausencia. La estrella se vio obligada a dar explicaciones: “Mi religión me impide asistir a ese ritual nacionalista. Para mí, la bandera y el himno norteamericano son un símbolo de opresión, tiranía e imperialismo. Se debe respetar mi decisión”.

    La controversia estaba servida y la polémica no tardó en llegar. Y de qué modo. La postura de la NBA parecía clara: el jugador debía permanecer de pie y solemne mientras sonaba el himno. Ninguna religión, creencia o ideología justificaba no hacerlo. “El reglamento está claro y es el mismo para todos los jugadores”, afirmaba el comisionado adjunto Russ Granik. Por ello, se decidió impedir que Abdul-Rauf cobrase y disputase partido alguno hasta que rectificara la postura. “El que no se levante con el himno, no juega”. Era el primer profesional sancionado por ese motivo en la historia de la competición.

    Cada encuentro sin jugar le supondría dejar de percibir más de 30.000 dólares. A él no le importaba. Ni siquiera hallaba motivos para la polémica. “No pretendo faltarle el respeto a nadie, por eso no salto a la cancha hasta que no se interpreta el himno. Respeto la libertad de expresión, quiero vivir en paz conmigo y jugar al baloncesto, nada más”. El de Mississippi estaba muy seguro de su pulso a la NBA. “No me arrepiento de nada. Es en lo que creo y estoy muy convencido. Me debo al Creador, no a una ideología nacionalista. Mis creencias religiosas son más importantes que el baloncesto. Si me obligan a dejarlo, lo hago. Y punto”.

    (Continuará...)

    Daniel Barranquero
    @danibarranquero
    ACB.COM

    Últimos artículos del autor



    © ACB.COM, 2001-

    Aviso Legal - Política de cookies - Política de protección de datos