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Mahmoud Abdul-Rauf: La impotencia del perfeccionista (y II)
Mahmoud Abdul-Rauf vivía su mejor momento cuando se negó a estar presente durante el himno americano en los partidos. La NBA acabó permitiéndole jugar con matices, pero su juego nunca volvió a ser el mismo. Incansable, perfeccionista y verdaderamente enamorado del baloncesto, Abdul-Rauf prosiguió su camino en Europa, donde encontró el cariño y las sensaciones perdidas. Tras tres retiradas y con 38 años a sus espaldas, este base tan singular como talentoso, sigue dando guerra en el Aris de Salónica. Con esta segunda entrega acaba la historia del anteriormente conocido como Chris Jackson, un perfeccionista inconformista, al que nos acerca Daniel Barranquero


Mahmoud Abdul-Rauf vive su enésima juventud en Grecia (Foto Euroleague)

  • La impotencia del perfeccionista (I)


  • Mahmoud Abdul-Rauf contaba con el apoyo de diversas organizaciones islámicas del país, que pedían respeto para su decisión. Existían aficionados que afirmaban que al jugador le pagaban por su baloncesto y no por sus creencias, que se veía presionado injustamente y que no se le debía criticar por algo extradeportivo. Algunos comparaban el gesto con acciones reivindicativas históricas como las de Tommy Smith y John Carlos (que agacharon su cabeza en el pódium y alzaron los puños con guantes negros, simbolizando el movimiento “Black Power”) en los JJOO de México 68 e, incluso, otros aprovechaban para preguntarse qué tenían que ver los himnos con el deporte.

    Sin embargo, esos apoyos se antojaban insuficientes. En una encuesta de la CNN, el 78% de los estadounidenses consideraba que Abdul-Rauf no llevaba razón y que había que ponerse firme con el himno. Las radios le criticaban con voracidad. Se mantenía que el base sabía las reglas a cumplir una vez ingresó en la liga, y se aludía a que el jugador era un empleado más de una organización privada como la NBA.

    Las declaraciones de estrellas deportivas que compartían su religión como Hakeem Olajuwon o Mike Tyson, en las que le contradecían al negar incompatibilidad alguna entre nacionalismo e Islam, tampoco ayudaban a que el jugador ganase adeptos a la causa.

    Bernie Bickerstaff, entrenador de los Nuggets, se impacientaba progresivamente por la ausencia de su jugador, mientras que Abdul-Rauf sólo deseaba que todo fuera como antes de la polémica. “No quería hacer de esto un asunto público. Soy un objetivo fácil. ¿Qué problema hay si no me levanto? Si estoy aquí para jugar al baloncesto, ¡miradme jugando al baloncesto!”
    .
    La NBA, finalmente, llegó a un acuerdo con el jugador. Tras 48 horas de surrealismo y locura, Mahmoud se levantaría con el himno pero no le rendiría homenaje a la bandera sino que aprovecharía esos instantes para orar. “Rezaré en silencio, haré mi propia oración para pedir por los que lo necesitan.”

    Su pacto in-extremis con la NBA le permitió jugar y llegar a los 19 puntos con Denver en Chicago, dónde los seguidores locales le abuchearon severamente.

    La situación, no obstante, era insostenible. Se recibieron más de doscientas llamadas de aficionados enfadados que amenazaban con boicotear los encuentros de los Nuggets si Abdul-Rauf continuaba en la franquicia. Otros menos beligerantes, se limitaban a advertir que darían de baja su abono de temporada si no se desprendían del jugador.

    Casualmente, jugó sólo tres partidos más con Denver hasta el final de la fase regular por una lesión. Parecía el símbolo del inicio de su caída. Ante las presiones, acabó traspasado en junio a Sacramento por una ronda del draft y un ya veterano Sarunas Marciulionis.

    Su primer año con los Kings no pasó de discreto, anotando 13,7 puntos por enfrentamiento. El nivel exhibido fue aceptable aunque había demostrado anteriormente que podía rendir mucho más. En la campaña sucesiva, por desgracia, su declive prosiguió: 7,3 puntos por choque en una fase regular marcada por problemas y lesiones.

    En el 98, Abdul-Rauf hizo las maletas y partió hacia Turquía, para jugar en el Fenerbahce. Allí, habiendo mostrado un básquet de gran nivel, discutió con el entrenador y abandonó el club. Y del mismo modo, el baloncesto. La trayectoria de una estrella incomprendida, de un ídolo sin suerte finalizaba. O tal vez no.

    Después de doce meses de inactividad, surgió en el 2000 la oportunidad de volver a los Grizzlies. Cumpliendo un rol de veterano en Vancouver, obtuvo un promedio anotador de 6,5 puntos. Le quedó de consuelo poder despedirse del sueño NBA desde las canchas, y no desde la enfermería. Esa última campaña, empeoró levemente la estadística de tiros libres, aunque sus días de NBA concluyeron con un espléndido 90,5% de porcentaje en esa faceta. Podría ser hoy en día considerado el mejor especialista de la historia... pero a la NBA se le ocurrió establecer el límite, para optar a ese reconocimiento, en 1.200 tiros libres efectuados. Mahmoud había lanzado 1.161. ¿Mala suerte?

    Tras dos años más alejado del parqué, el jugador pensó que el baloncesto no acababa en Estados Unidos. Si su situación era de ostracismo en la NBA, llegaba el momento de buscar nuevos alicientes al otro lado del Atlántico. Europa sería nuevamente su destino. “Es innegable el progreso del básquet europeo. En América prima más el espectáculo y el físico aunque en Europa se encuentra la esencia del baloncesto. Será menos vendible aunque es más bonito de ver”.

    Esas dos temporadas en blanco le pasarían factura a cualquiera. Lógicamente, a cualquiera que careciera de su talento. Su estancia en Rusia, en el Ural Great, resultó exitosa. Su experiencia y liderazgo (12,7 puntos por encuentro en Liga, 16,4 en competición continental) resultaron determinantes, e influyeron para que el club ruso ganase la Copa nacional en 2004. Tan próximo a la retirada, Abdul-Rauf conseguía por fin el primer título de su vida.

    Al verano siguiente, Italia fue el país de destino y el Roseto, su próxima escuadra. Los emolumentos no serían altos, mas a la edad de 35, ganas no le faltaban. En absoluto. Su excelente rendimiento le hizo participar en el partido de las estrellas de la FIBA y se sentía confiado y capaz de ayudar al modesto conjunto transalpino. “Tengo 35 años, amo el baloncesto y siempre he tenido un gran instinto para competir”. Su físico estaba mejor que nunca. Maduro, sonriente, astuto, eterno. Los tiros le volvían a entrar de la forma que buscaba desde la infancia, con aquella perfección que le hacía sentirse tan bien. Delicia para la vista, inteligencia en la pista, clase suprema. Anotó 18,7 puntos de media, dirigió a los compañeros hasta los Play Off y asistió al All-Star de la LEGA.

    Ya no era Mahmoud. Ni siquiera el viejo Chris. Se trataba del nuevo ‘Califa’ (Il Califfo di Roseto), sobrenombre que llevaba con orgullo. “Me encanta la ciudad y su gente. Son como unas vacaciones haciendo lo que más me gusta, jugar al baloncesto. Es fantástico”.

    Parecía un bello final de guión en una vida que había sido de cine. Transformó un trastorno en virtud. Encumbrado por su juego y desterrado por sus ideas. Sin nada de qué arrepentirse. “Cada experiencia ha tenido un porqué en el contexto de mi carrera”.

    Creó en su vieja Gulfport una mezquita y se convirtió en imán, predicando como emblema el respeto y la convivencia. “Dios nos ha creado en entidades y naciones separadas, pero desea que tengamos una conciencia única”.

    Sin embargo, le aguardaba una última sorpresa en su peregrinar deportivo. El Aris de Salónica, que participaba en la máxima competición continental tras catorce años de ausencia, se acordó de él. Tanta experiencia podría ayudar en la cancha y su veteranía aportar fuera de ella. La tentación griega convenció al jugador y regresó de su retiro… ¡por tercera vez!

    La participación sólo sería en Euroliga. No lo dudó y aceptó el reto. “Es un honor poder jugar al más alto nivel europeo. Estoy muy agradecido y muy feliz”. Actualmente, junto a viejos conocidos como Scales, Sigalas o Giannoulis, ha aportado su granito de arena para que el Aris entrase entre los 16 mejores de Europa y luche contra poderosos como Unicaja, Dynamo Moscú o Benetton Treviso.

    Con mayor edad, más lento y más fallón tal vez. Sin embargo, a sus casi 38 años, con el amor por el deporte intacto. Si en la infancia no se conformaba con solamente anotar, ¿cómo pedirle pues que se retirara sin más?

    La trayectoria de Abdul-Rauf recuerda a la del pintor que tarda meses en lograr su obra perfecta. Como si aún se empeñara en dar las últimas pinceladas a su trayectoria, a base de volver una y otra vez del retiro, y lograr, de ese modo, entrar en el perpetuo recuerdo de los aficionados por sus canastas y no por su controversia.

    Loco para algunos, ejemplo para otros. Mito. Su impotencia es la de aquel que lo tuvo todo y al que le quedó bien poco. La impotencia del perfeccionista.

    Daniel Barranquero
    @danibarranquero
    ACB.COM

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